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El Malpensante

Breviario

La escritura de "Lavaperros"

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Fotograma de Lavaperros. 

 

 

Era inevitable que nos hiciéramos amigos. Somos de Cali y nacimos en el 72, estudiamos en colegios similares –uno masculino y otro para señoritas–, fuimos a la misma universidad en Bogotá y nos convertimos en escritores al tiempo. Teníamos ganas de salir del lugar solitario al que nos había confinado nuestro oficio de novelistas y pensamos que podríamos escribir algo juntos, el guion de una película, pues sentíamos que sería más fácil y divertido que hacer una novela. Fue así como en 2011, a raíz de un mail en el que planteábamos el tema –los mafiosos– y los referentes literarios y cinematográficos –básicamente Elmore Leonard y Quentin Tarantino–, echamos a andar una historia que se convirtió en el quinto largometraje de Carlos Moreno.

El punto de partida fueron dos personajes y una imagen: un jardinero joven y vago que fuma bareta y un traqueto paranoico y gordo, en pantaloneta y chanclas, frente a una piscina de aguas verdes llena de renacuajos. Durante años, nuestro trabajo consistió en urdir una trama que los conectara.

Lavaperros cuenta la caída de un baby-cartel. Los problemas de don Óscar, el patrón, comienzan en la primera escena y se complican hasta envolver a su esposa, a su amante y a todos los que trabajan para él. A medida que el poder y la cordura de don Óscar se van desmoronando, quienes están a su alrededor empiezan a darle la espalda y a sacar provecho de la situación para hacerse con una tajada de dinero o poder. El tema de fondo es la lealtad y la traición. Cuando el patrón cae en desgracia, ¿hasta dónde lo acompañarán sus mujeres y subalternos?

Siempre supimos que la película podría encontrar resistencias. ¿Por qué otra historia de mafiosos? ¿No estamos ya saturados de la misma temática en nuestra producción audiovisual? Nosotros creemos que no, que el exceso no está en las series ni en las películas sino en la realidad, y que esta no se ha acabado de contar.

Crecimos en la Cali de los ochenta, una ciudad donde los señores de la droga andaban orondos por las calles y eran respetados por todos. Cuando empezamos a ir a fiestas y bares, nos topábamos con ellos, con sus mujeres y sus guardaespaldas. Estudiamos con sus hijos en el colegio y compramos en los negocios legales que poseían. Aunque en aquellos años producían admiración también se respiraba un clima de miedo: había demasiadas armas e igual cantidad de hombres dispuestos a usarlas.

El negocio sigue pero los tiempos han cambiado. En Cali ya no se sabe de grandes capos como Chepe Santacruz, quien, cuando los socios del Club Colombia le negaron la membresía, construyó una réplica de mayor tamaño para él mismo; o los hermanos Rodríguez Orejuela, que eran dueños de cadenas radiales, un emporio farmacéutico y el equipo de fútbol colombiano con más estrellas internacionales. Ahora la mayoría de organizaciones son de unos pocos hombres que mueven cargamentos pequeños. Esta nueva realidad, la de los herederos del negocio de la droga, que crecieron y se convirtieron en adultos al tiempo que nosotros, es el telón de fondo de Lavaperros.

Queríamos que nuestra historia fuera fiel a la realidad, que no tuviera gánsteres de vodevil ni ambientes edulcorados, de la misma manera en que Perro come perro, la anterior película de Carlos Moreno, retrata a una Cali que nada tiene que ver con la de los folletos turísticos, ¿y quién mejor que ese mismo director para llevarla a cabo?

Nos imaginábamos que la película tendría una estética cutre, como correspondería a unos traquetos incultos venidos incluso a menos. Moreno dobló la apuesta. Trasladó la acción de Cali a Tuluá, el personaje que tenía carro ahora andaba en moto, la heladería se convirtió en un puesto callejero que robaba energía de un poste de alta tensión y así todo se fue degradando hasta encontrar la versión que más convenía al precario ambiente de los criminales de poca monta que pretendíamos retratar.

Lavaperros es una comedia negra. El humor hace contrapeso a la carga de drama y violencia que va escalando. La trama policíaca se construye sobre la amenaza de un “empresario” enemigo y el acoso de la ley, con persecuciones, huidas, insidias y juegos de poder, pero no traiciona al género cómico: los policías son torpes, fallan en sus cálculos, sufren de hemorroides, son incapaces de disimular su condición encubierta, y los criminales son tontarrones, inexpertos o están perdiendo la razón.

La película está construida a partir de secuencias rápidas, pero también se permite pausas para dar paso al drama íntimo de los personajes: el patrón que sufre de infertilidad, el guardaespaldas enamorado, la mujer que se enfrenta al dilema de abortar, el lugarteniente que no soporta más abusos, el tonto que descubre que su lealtad ha sido inútil, la puta entrada en años que no consigue clientes y el jardinero humilde que ve la oportunidad de hacerse rico.

Aprendimos a escribir a cuatro manos. Tal como esperábamos, salimos del lugar solitario de la escritura de novelas y tuvimos muchas horas de diversión. Hubo días en que no parábamos de reír. Pero no fue más fácil: tiramos muchas páginas, nos enfrascamos en discusiones interminables, nos demoramos meses resolviendo alguna escena y no pocas veces llegamos a pensar que jamás veríamos la película. El trabajo nos tomó casi una década, mucho más que el tiempo invertido en cualquiera de nuestras novelas. Sin embargo, en un país plagado de guiones que se quedan en el papel y de películas sin terminar, no nos resta más que decir, con sonrisa triunfal, como lo haría alguno de nuestros personajes: “¡Coronamos, hijueputa!”.

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