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El Malpensante

Artículo

En busca de las ocho rosas de Rosalía

 

La revista ARCADIA fue suspendida antes de publicar la que sería su edición 172. Sus autores y colaboradores, que se refieren a ella como #LaRevistaQueNoFue, le propusieron a La Liga Contra el Silencio publicar los artículos que ya no verían la luz.

 

Léalos aquí, distribuidos en los portales de los medios que integran esta alianza.

 

 

 

 

Notas sobre coreografía y performance del cuerpo colectivo.

Por Juan Álvarez

   

Bailar es el problema fundamental de la pasión. No hay baile con contemplación. 

 

En el pasado remoto, alrededor de la hoguera, antes de articular el grito y hacerlo palabra, mientras calibrábamos como especie la aniquilación de los demás homínidos, lo primero debió ser sacudir los brazos y el torso y las piernas y entrar en el éxtasis de la expresión que se hace con el cuerpo: danzar; conmover las vísceras para conjurar la muerte.

 

Bailar quizá sea la expresión primaria de la cultura. 

 

Rosalía ha descrito El mal querer (2018) como “una exploración en las pasiones”.

 

Esa exploración revive, desde junio de 2018, en los shows en vivo de su disco deslumbrante, en los músculos y órganos de un cuerpo colectivo de bailarinas conocidas como Las ocho rosas.

 

*

 

El cuerpo de baile que pone en escena El mal querer pasó por un cerebro con nombre propio: Charm La’Donna, coreógrafa afro de Compton, un condado al sur de Los Ángeles. En aquellas calles de barrio, cuenta la leyenda, vinieron a encontrarse el break dance, el hip-hop, los rituales tribales africanos y las artes marciales, un frenesí de aires que, en los noventa (estimulados por activistas sociales que promovían batallas de danza para sublimar la fascinación juvenil por los gángsters), dio como resultado el baile urbano conocido como krumping.

A finales de la primavera de 2018. Charm La’Donna, reina en ejercicio del krumping, cruzó el umbral de Fabra i Coats (centro de arte contemporáneo) en Barcelona. Rosalía había conseguido convencerla llevar su flamenco mestizo, latino y contemporáneo al público global del pop, cosa que requería de una apuesta en vivo que honrara a las bulerías tanto como a los beats.

 

El flamenco puede expresarse en toques, donde guitarrista y cantaora pasan la mayor parte de los compases sentados. El flamenco trap y pop y reguetoneado de Rosalía, de ninguna manera. Rosalía sabía que el corazón de su flamenco mestizo había que pompearlo de agitación; romper el orden del tablado; acompañar su voz deslumbrante de un cuerpo de baile que la expandiera e hiciera de su espectáculo una hipnosis.

 

Dicho en tajos, el código de cuerpo y danza que inventaron es un krump barroco, a veces agraciado, enérgico por esencia, matizado aquí y allá con la expresividad del brazeo y floreo flamenco; un flamenco donde la mujer cierra las manos, empuña, saca pecho en reclamo y lanza marcajes a destiempo.

 

En aquel centro artístico, durante tres meses, ocho mujeres interpretaron a la diva y al cerebro, y ensayaron e incorporaron su propia invención de la hipnosis.

 

*

 

Ninguna ha cumplido treinta años y ya Las ocho rosas vivieron el año más alucinante de sus vidas. El año de los mil vuelos y las semanas sin días. El año de las setenta presentaciones y del dolor a tope en el cuerpo y dopamina a full en el cerebro.

Seis de ellas son de Barcelona, una es valenciana y la última de Mendoza, Argentina.

 

Paula Alcaina y Elena Marín son camaleónicas. A veces bailan para marcas. María Ríos y Beatríz Ortíz aman el mar y la adrenalina. Solo una de ellas tiene un video extenso en su IGTV. Es julio de 2018. No tiene mil vistas. Hay dos comentarios. Uno dice: “No sabía que era físicamente posible moverse así”. Ainhoa Urrestilla y Luisina Sánchez son lectoras. En el IG de Ainhoa no hay fotos de libros. El de Luisina está cerrado.

 

Alicia Aroca fetichiza las cicatrices en la cara. Su primera historia destacada en IG se llama “Rosalía”. Picas y aparece la diva en un documental hablando de las ocho bailarinas que forman parte del proyecto: “Un poder femenino ahí a tope”.

 

En las historias destacadas del IG de Natalia Palomares hay una marcada “México MX”. Es marzo de 2019, ha iniciado EMQ tour. Las secuencias son del día siguiente al concierto en el Festival Ceremonia. Pasean por el Zócalo. Hacen compras en Coyoacán. Se detienen en dos niños guitarristas que tocan por monedas en una calle del centro de Ciudad de México.

 

Estuve en aquel festival en marzo de 2019. Fue en Toluca, a una hora de la capital. Hacía un frío de muerte. Cerraban Rosalía y Massive Attack, en ese orden. No recuerdo un compás de los ingleses. 

 

Mi cerebro acabó acaparado en todas sus esquinas por la diva flamenca, las ocho bailarinas salvajes en torno a ella, una pareja de cantaoras y dos sombras al costado de la tarima que aireaban el mundo con sus palmas.

 

Fue electrizante. Nunca pude parar de observarlas. Nunca pude parar de peguntarme cómo lo conseguían. ¿Con qué palabras habían comprendido y memorizado cada una de aquellas coreografías? ¿Cómo era posible tanta fuerza corporal y expresiva?

 

La voz trajeada de la estrella estaba allí, amplificada, llenando el aire y el espacio del centro. Pero la tarima era enorme. Y era mucho más que espacio y centro lo que había que llenar.

 

Esa noche, mientras caía dormido, mi cerebro escuchó al fin el sonido que todo el concierto intenté oír: la respiración a distancia de una rosa bailarina. Pensé en una palabra para ese sentimiento: desear oír la respiración agitada de un cuerpo que baila a la distancia. (No la encontré. Sigo buscándola.)

 

*

 

Algunos han visto la presentación de Shakira y J-Lo en el Super Bowl como un problema de autonomía del cuerpo de la mujer latina que baila, o de figuración pública estereotípica del cuerpo de la mujer latina que baila, porque el cuerpo de la mujer está en disputa. Los términos del debate son la confirmación del sentido y valor de la justa política feminista.

 

En esa causa por la autodeterminación del cuerpo de la mujer, los primeros videos en redes sociales (tanto de la diva como de Las ocho rosas), cuando preparaban las coreografías del en vivo de El mal querer, hablan con frecuencia de “girl power”. Una vez arrancó la gira, un día impreciso, aquella expresión desapareció de sus publicaciones.

 

Hace algunos años me pregunté qué significa observar y escribir sobre las estrellas de la industria de la música. La inquietud es aún más vigente hoy, cuando las entrevistas son controladas y a las artistas cercanas a las estrellas se las desliza al silencio por contrato. (Al escribir estas notas hice decenas de contactos para hacerle a alguna de Las ocho rosas una única pregunta. Paula Alcaina me contestó un día: “Hola! No hacemos entrevistas, perdonaaa”.)

 

Las audiencias somos fuelle de estrellas. Hoy más que nunca podemos consumir estrellas de la industria de la música. Los términos de ese consumo, sin embargo, son cada vez menos interrogados. 

 

Sobreexhibida en la superficie de sus propias publicaciones permanentes, la corporalidad en bits de la estrella está para borrar cualquier asomo de interlocución o interrogación.

 

Lo divo exhibe. Nadie no controlado puede interrogar lo divo.

 

*

La respuesta de Las ocho rosas ocurre en clave de forma. La sucesión de coreografías que conforman el en vivo de EMQ tour puede leerse en clave de performance. 

 

Incluso cuando salen del escenario en temas como el tango “Catalina” (donde el performance es la voz misma de la cantaora estrella), la elocuencia de su no presencia –la luz cerrada sobre el rostro adolorido de la diva, que ya no baila, que solo pasea lenta por el frente de la tarima– grita la clausura de la metáfora somos complemento. Las ocho rosas no acompañan o respaldan a la diva; la conforman. 

 

El performance político más importante que inventó la cultura en el planeta en 2019, gestado por el colectivo feminista Las Tesis, en Valparaíso, y propagado desde el sur con energía tectónica, solo es posible como performance de cuerpo colectivo.

 

Una individua que acomete sola “Un violador en tu camino” (cientos de miles así debieron practicarlo primero, antes de memorizarlo para exponerlo en espacios públicos) no puede, corporalmente, estar sola. La memoria que incorpora en dicha coreografía es memoria de género; cuerpo conformado en experiencia colectiva.  

 

Unas y otras son bailarinas en performance porque son expandidas; expanden a otras (o a una diva) y se expanden ellas.

*

En la hiperabundancia de imágenes y movimientos en torno a Las ocho rosas hay una estática en la que me he detenido más tiempo que en cualquier otra.

Es un cuaderno abierto. Está en el piso. Ellas también están sentadas en el piso, al fondo, desenfocadas. El copy dice: “Parece que las bailarinas también estudian”. Por el ángulo, no alcanzamos a leer una sola palabra de la hoja de cuaderno expuesta. 

 

Quiero pensar que allí están escritas ya las claves que contestarían mi única pregunta: ¿con qué palabras comprendieron, se comunicaron entre sí, el pacto constitutivo que son sus coreografías?

 

*

En el infinito distante de los tiempos, alrededor de la hoguera, antes de que la cultura fuera logocéntrica, puedo oír la agitación de las entrañas definiendo la expresión de las manos.

 

Las palmas abiertas, los dedos girando, las muñecas en torsión.

 

Está el perreo y el nalgaje delicioso y obvio y elocuente del reguetón. Y está la mano que sube y baja, que abre y cierra y empuña, y que palpita tanto como circunda e irradia expresión.

 

El performance de Las ocho rosas libera a la diva de la necesidad de la declaración feminista permanente. Ante el control de la interrogación y la lógica de asepsia política impuesta sobre lo divo por la industria de la música, el cuerpo colectivo de baile de las rosas ampara y constituye.   

 

En ellas el vocabulario del cuerpo crece. Con sus tendones el alfabeto de las extremidades se expande. Son ellas la experiencia del escucha en vivo ensanchada. Son, ellas, la agitación de la riqueza sonora del disco alucinante.

 

Corporizan las sonoridades. 

 

Sacuden nuestro aire.

 

Un concierto es un relato vivo.

 

Las ocho rosas laten la altura genuina del “pari”. 

 

 

*Álvarez es autor de novelas como La ruidosa marcha de los mudos (Seix Barral, 2015) y Aún el agua (Seix Barral, 2019). Es coordinador de la línea de investigación en escritura creativa del Instituto Caro y Cuervo.

  

 

El 17 de marzo de 2020, en plena pandemia, la revista ARCADIA que conocimos fue suspendida por decisión del Grupo Semana. No entendimos claramente lo que eso implicaba. Ese día, La Liga Contra el Silencio y los 15 medios con los que había tejido una alianza para romper el silencio y la censura en Colombia, supimos que el proyecto cambiaba de rumbo y que su director y la mayor parte de su equipo de trabajo habían sido despedidos.  

En respuesta presentamos #LaRevistaQueNoFue, una propuesta de los colaboradores de la revista que quisieron publicar sus artículos, que ya no verían la luz, bajo el sello de La Liga. El buen periodismo -ahí el cultural-, ese que cabalga sobre terrenos inciertos, el que siguen haciendo periodistas, escritores y profesionales de distintas disciplinas, tiene su espacio aquí. 

 

 

 

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