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El Malpensante

Artículo

Sola-mente

La historia del arte es también la historia del patronazgo masculino. Aquí una defensa de la soledad para la mujer creadora: el verdor que brota dentro de su habitación propia y florece entre sus ropas.

 

Ilustración de Laura Renée

 

 

 

Una colección de escenas. La niña que repasa insistentemente el mismo disco por las tardes en su habitación –voces carrasposas y guitarras eléctricas–. La silueta con doce años que se arranca de la fiesta donde sisean merengues y flotan promesas de afectos arrebatadores. La quinceañera que se sustrae del pulso grupal para consignar rabiosamente sus propias cadencias en un cuaderno voluminoso. La veinteañera que transita por las aceras de la capital, empujada por una añoranza abstracta. La que se va de una fiesta porque toda esa alterada electricidad ha sido demasiado. La que se zambulle en los sitios musicalizados para mirar y registrar, con palabras, las actitudes y las vestimentas. La que llora en la habitación de sus días universitarios, envuelta por la atmósfera grisácea, lágrimas de ausencia en forma de varón. La mujer que se viste a solas, animada por las posibles miradas que habrán de observar su aparición vestida en algún lugar. La mujer que repasa sus estados internos, articulando ropas para alcanzar esa amalgama –ponerse prendas de cierta forma, sobre el cuerpo, en la soledad del vestidor, en presencia del espejo–. La que habitó con temor y carácter las cadencias porteñas y neoyorquinas, inexperta, con intuiciones y torpezas. La que entra a solas al cine, a mediodía, mientras llueve. La que existe en un apartamento iluminado y traza sus ritmos internos, ininterrumpida, mientras suena Miles Davis y en la lengua el café se esparce. Cuando es domingo y por delante están las horas aflorando mientras escribe, en el escritorio, inquieta. La silueta que con frecuencia duerme sin compañía y sueña que ordena sus actividades según su voluntad. La que rectifica sus pensamientos floridos con un cosquilleo ansioso antes de derramar la voz ante una audiencia. Todas ellas me habitan y suman a las arterias de mi autobiografía un rasgo definitorio, un patrón que me caracteriza: la necesidad de soledades extendidas y frecuentes.

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Comentarios a esta entrada

Luis Miguel Ramirez Aristeguieta nuevo

Excelente articulo...que sigan empoderandose...nada mas atrayente.

Su comentario

Vanessa Rosales Altamar

Historiadora con una maestría en estudios de moda de Parsons School of Design. Se ha especializado en la historia y teoría de la estética y la moda desde una perspectiva feminista. Autora del libro "Mujeres vestidas", acaba de terminar su segunda obra, "Mujer incómoda".

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