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El Malpensante

Artículo

Carta de la editora invitada

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Consultar las fuentes originales: un mantra periodístico. Llamé a Antonio Caballero una mañana cualquiera en que iniciaba ingenuamente este 2020 sin saber lo que se venía encima en forma de pandemia.

–¿Antonio?

–Sí, hola –respondió el escritor colombiano con su particular voz, cariñosamente ceñuda.

–Quería pedirte que me cuentes cómo fue la conversación que tuviste en mayo de 1996 con la gerente de El Malpensante mientras se fraguaba el nacimiento de la revista y debatían sobre su título de cabecera.

–Hummm, solo le dije que debía llamarse La Malpensante porque eso era: una revista, en femenino.

–Gracias, Antonio memorioso.

Colgué, se disiparon mis dudas. Esta primera edición que la imborrable (sí, y sobreviviente también) Malpensante dedica al fenómeno de la moda, en sus casi 24 años de recorrido, debía retomar una pequeña historia como aquella. De esos retazos mínimos he aprendido que se obtienen a menudo, en este oficio, estupendas certezas. Un cambio de género en el artículo definido ajustaba la rosa de los vientos y definía nuestro rumbo.

En realidad, nos habíamos embarcado meses atrás en esta iniciativa editorial. Ante la orfandad en que quedó el sector de la moda en Colombia con el cierre de la última publicación impresa de circulación nacional a finales de 2019, el panorama lucía desolador y absurdo. Morían las revistas especializadas mientras que el negocio –global y local– crecía como la espuma. Solo el segmento textil y de confección aportaba el 21% del empleo industrial con 542.321 puestos de trabajo y su producción suponía el 8,8% del PIB industrial del país. Colombia figuraba como el primer exportador de tejido plano en Suramérica, y el tercero en vender al exterior fajas y ropa de control. El auge de diseñadores independientes nacionales mostraba tanto la calidad de sus propuestas creativas como su rapidez para adaptarse y volverse una referencia en las nuevas plataformas comerciales que interconectan el planeta.

Resolvimos responder a esta realidad uniendo talentos, criterios, equipo humano y la obstinación característica de quienes oficiamos fuera del circuito corporativo de los medios de comunicación. La audiencia estaba ahí, al otro lado de las páginas, siempre expectante, por años fiel. ¿Por qué no intentarlo? Así se fraguó la alianza entre Fundación Malpensante –casa matriz de El Malpensante–y SillaVerde –compañía que fundé en 2012 para estudiar el fenómeno de la moda–.

Si Vogue enunciaba en 1941 aquel “beauty is your duty”, nosotros íbamos a apostarle a algo más prosaico, con menos rouge que los pintalabios que hasta Churchill promovió para levantar el ánimo de su gente, pero con similar decisión política: rastrearíamos las huellas que el acto de vestirse viene dejando en la literatura, la filosofía, la investigación periodística, el documento testimonial, la ilustración y la fotografía.

Desde la aparición de Gallery of Fashion en la Inglaterra de 1794 y, más tarde, de la parisina La Mode en 1830, han corrido raudales bajo el puente que conecta el “modus” latino (de donde deriva el término “moda”) con quienes intuyen que tras esa “expresión de valores” –como la ha descrito Valerie Steele– se esconde una ruidosa pero no del todo visible bitácora de historias. Relatos, ensayos, poemas y artilugios visuales que bien merecen una revista impresa elaborada con el mimo y la paciencia propios de una artesana kankuama.

Este enfoque puede sonar extraño, más aún mientras –todavía en cuarentena– sucede la pandemia y las alarmas emiten sus ruidos ensordecedores. Moda en tiempos obtusos, la industria experimenta el parón económico que atenaza al mundo y ocurre que la bonanza se marchita más rápido que un lirio. El pánico es colectivo pero tras el primer estado de choque, la capacidad para generar ideas y ponerlas en práctica vuelve a demostrar que la moda es todo un fenómeno. No me refiero a la moda del “qué me pongo”, como se tiende a simplificar, sino a la labor que ocupa a una sexta parte de la población del planeta, el mismo asunto que tiene ominosas deudas pendientes con su perdurabilidad, el que refleja comportamientos sociales y logra politizar actitudes colectivas con no tan inocuas camisetas de algodón.

Si enseguida grupos temiblemente poderosos como LVMH o Inditex, y firmas absolutas como Prada o Hermès, reaccionaron aplicando sus conocimientos en el diseño y elaboración de elementos sanitarios (desde batas hasta máscaras y lociones desinfectantes), en Colombia el dinamismo no ha sido menor. Las grandes y medianas compañías han orientado sus esfuerzos a desafiar el viento de proa y, en tiempo récord, sus líneas de producción enfocadas en prendas de moda rápida, por ejemplo, se han especializado en material sanitario. Sutex apuesta por las telas antifluidos; Permoda por atender al personal médico. Los pequeños empresarios tampoco entienden de parálisis. Enseguida se han organizado de manera colaborativa, como proclaman a voces los postulados de la sostenibilidad. El Proyecto de Apoyo Local (PAL) aglutina a trece marcas independientes que encadenan esfuerzos para proteger sus equipos de trabajo. Somos Uno x Artesanos Colombianos reúne a quince firmas creativas que apuestan por acompañar en la pandemia a las comunidades artesanas con las que trabajan. Los universitarios que estudian programas de diseño de moda se alían con sus profesores y con proyectos solidarios para atender urgencias de insumos. La lista es larga. Demuestra drásticamente las luces y las sombras de este negocio formidable que sí, sí tiene impacto social. El virus ha desbaratado las máscaras. Esto ya no es un baile de disfraces. Si la meta continúa siendo (como venía ocurriendo desde finales de los años noventa cuando el modelo de negocio cambió radicalmente) solo la producción y el consumo a cualquier precio, la curva –no la del covid-19 sino la de los balances financieros– va a picar fondo rápidamente.

Ya no me puedo imaginar al CEO de ninguna compañía global de moda proclamando, como sí escuché no hace mucho tiempo al hombre de la firma Desigual: “Nuestra meta es que cada uno de los habitantes de este planeta compre una prenda Desigual”. Tiempos distintos, la muerte nos encara con su lado más sórdido. Muchas de los 7.500 millones de personas que habitamos el globo están pensando en algo más que en comprarse un letrero andante elaborado a destajo por mujeres cuyos bebés duermen bajo máquinas de coser en edificios ruinosos.

Aquí viene entonces La Malpensante Moda a proponer un patio de debate para medir cómo el acto de cubrirnos para protegernos y adornarnos bien merece ser diseccionado para verlo desde otros ángulos. La conversación ampliada más allá del terreno del diseño, la producción, la comercialización y el consumo resulta vivificante y enunciativa.

Deseamos hilar fino, empezando por la historia del mal gusto. Nos encandila hallar textos victorianos y ofrecerlos –sin crinolinas– en estas páginas. Fuimos a Nueva York de la mano del fotógrafo Ruven Afanador para invitar a Joan Juliet Buck a hablar. La mujer transcontinental que aborda locuaz y memoriosa sus asuntos, que son los de la moda, la escritura y el cine de estas últimas cuatro décadas. Recorrimos las calles de Bogotá en busca de una estética que le da vuelta de tuerca a la retórica. Supimos que las faldas son asunto de hombres. Y que la noción del color para la moda contemporánea transita desde la selva amazónica hasta el primer centro de materiales del país. Hablamos de la soledad femenina y también del significado oblicuo con el que ciertos objetos de vestuario sellan la vida de mujeres dedicadas a la escritura.

Hemos sufrido, como seguramente tantos de nuestros lectores en esta época, de ese mal de adultos que nos asola desde la infancia. Me refiero a la frustración, esa energía que queda convertida en una bola de papel arrugado fuera de la canasta de basura, al ver cancelados proyectos en los que depositamos, más que la energía, algo de la vida también. Fue el virus lo que se cruzó sin piedad en nuestro camino el pasado 16 de marzo y tuvimos que cancelar, en el último minuto, un ambicioso editorial de moda que involucraba a 32 personas. Se impuso la responsabilidad y les quedamos debiendo aquella aventura delicadamente forjada con personas que hoy invito, en agradecimiento, a sentarse en la primera fila del desfile de páginas que ofrece esta edición.

Fuimos hasta las faldas de la Sierra Nevada de Santa Marta y nos fijamos en la historia de una familia étnicamente diversa que traduce un trasfondo cultural del país. Acudimos a la mexicana Margo Glantz cuya voz firme oculta noventa años victoriosos y hallamos su legado periodístico en un texto sobre zapatos. Hasta resolvimos patinar sobre esponjas para lavar ollas porque en estos tiempos de pandemia, con nuestros mejores deseos, les invitamos a pintarse las uñas.

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Rocio Arias Hofman

En 2012 creó el blog SillaVerde desde donde investiga, escribe y crea contenidos sobre protagonistas, procesos técnicos y creativos, así como modelos de negocio del sistema moda.

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