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El Malpensante

Ficción

Un gran día para Marguerite

El relato de cómo una pequeña Maya Angelou superó el mutismo en que la sumió una violación, y cómo una vestimenta le auspició un horizonte más prometedor que el de los ásperos algodonales de Missouri.

Ilustración de Amalia Restrepo


Por el camino empedrado se acerca Bertha Flowers. Viene con un vaporoso vestido de gasa, un sombrero de verano y un pequeño bolso de tela colgando de su muñeca como una joya. No solo es una mujer singular: es más hermosa que todas las mujeres que Marguerite ha visto en el norte y el sur. Parece salida de una novela inglesa. Una de esas damas que toman una taza de té tras otra en salones decorados con papeles de colgadura dignos de los trofeos de cacería que exhiben. En realidad, la señora Flowers tiene algo que a todas ellas les falta: su delicada piel color de terracota. Siempre que la ve llegar a la tienda de su abuela, Marguerite siente un estremecimiento en el alma, la súbita emoción que provoca la belleza en movimiento.

Cuando la señora Flowers termina de hacer la compra de la semana y se ve a sí misma haciendo malabares con casi media docena de bolsas, la señora Johnson, abuela de Marguerite, le pide a su nieta que la ayude a llevar los víveres. De manera que Marguerite y la mujer más hermosa del mundo se van caminando juntas bajo un sol resplandeciente.

–Me han dicho que eres muy buena en la escuela, Marguerite, ¿pero solo por escrito?

Después de que la violara el novio de su madre, Marguerite regresó al pueblo yermo de su abuela paterna acompañada por su hermano Bailey. Tras las fiebres, el hospital, el juicio en los tribunales –tan bochornoso para una niña de ocho años– y el misterioso asesinato del violador, la única persona que seguía escuchando su voz era Bailey. Marguerite estaba convencida de que revelar la identidad del hombre que la violó fue lo que provocó su muerte. Y si ella, con su voz, era capaz de matar a alguien, no volvería a hablar jamás.

–Tu abuela me contó que lees mucho. Eso es admirable, Marguerite, pero permíteme decir que no es suficiente. Las palabras significan más de lo que dicen en el papel. Necesitan la voz hum...

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Sorayda Peguero Isaac

Reside en Barcelona. Es columnista de "El Espectador".

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