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El Malpensante

Artículo

Anatomía del color local

Tres casos de estudio

Los diseñadores locales Francisco Jaramillo, Susana Mejía y Carolina Agudelo demuestran que las posibilidades cromáticas aún no están agotadas, y que también se pueden extraer tonalidades de materiales y eventos cotidianos: el desayuno paisa, el fruto del huitillo y el paisaje aséptico de un laboratorio.

© Juan Silva | “Desayuno en la montoña”, obra cerámica del antioqueño Francisco Jaramillo

 

El poeta nariñense Aurelio Arturo describió a Colombia como el país “donde el verde es de todos los colores”. Con esta imagen logró evocar de forma sintética y simbólica la esencia de nuestro territorio: uno que derrocha color en cada esquina, con una geografía multicolor cuya naturaleza generosa y vociferante le ha deparado a su gente un destino salpicado de tonos carmesíes, un presagio de su historia violenta con dolores de todos los colores. 

En este rincón del planeta, como en todo lugar, el color se tambalea entre el mundo subjetivo de las sensaciones y el mundo objetivo de los hechos. Esta ambigüedad ha sido objeto de fascinación de filósofos, científicos y artistas. Dos de las más notorias posiciones filosóficas sobre el color son contradictorias. Una, basada en la tradición aristotélica, argumenta que es una propiedad intrínseca de la materia, esto es, que existe independientemente del sujeto que lo contempla. Otra, basada en el empirismo, argumenta que puede ser percibido de diferente manera en distintas circunstancias, es decir, que el color existe principalmente en nuestra percepción. El color como esencia versus el color como sensación.

 A la luz de este debate filosófico, como queriendo trazar y describir la variada paleta de colores colombiana, encontramos visiones intermedias que yacen en el purgatorio entre objetividad y subjetividad, entre la historia colectiva y la individual, entre lo biológico y lo conceptual.

Por mucho tiempo, Colombia se negó a aceptar sus contradicciones, a reconocerse en los retazos culturales que la componen. Quizás su historia trágica produjo un sesgo cromático, la identificación con el último color de la bandera, el rojo abatido. Olvidamos nuestros amarillos totémicos y los azules silenciosos y, con ellos, el derecho universal a vernos con otros ojos o colores. La esperanza de la paz nos devolvió...

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Mariana Gaviria

Profesora de literatura y diseñadora gráfica egresada de Parsons School of Design.

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