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El Malpensante

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La tendencia in-sostenible

Una reseña de Fashionopolis, el libro de Dana Thomas que denuncia los dilemas éticos y ecológicos de la “moda instantánea”, estilo Zara, y propone alternativas menos deshilachadas.

Fashionopolis de Dana Thomas. Traducción de Carlos Aguilera. Editorial Superflua. Barcelona, 2019.

 

Fashionopolis abre con una imagen de Melania Trump y la controvertida chaqueta que utilizó en 2018, al visitar a los niños migrantes encerrados en un centro de detención en la frontera entre Estados Unidos y México. En la espalda llevaba estampado el mensaje: “I really don’t care. Do U?”[“Realmente no me importa. Y a usted?”]. Este es el abrebocas del libro con respecto al debate en el que se encuentra el ecosistema de la moda en este momento. Todos los días nos preguntamos “¿qué me voy a poner hoy?”, “¿qué quiero proyectarle al mundo?”, en medio de un sistema con una producción frenética, y cuyo impacto social y ambiental es tan grande que no podemos dimensionar fácilmente su escala. No sabemos de dónde viene la ropa que llevamos puesta o las alteraciones que produjo en el camino hacia nosotros. Pero deberíamos empezar a ser conscientes de ello y, como dice Dana Thomas, responder a estas preguntas “con conocimiento y con un poco de orgullo. Todos hemos sido descuidados al escoger nuestra ropa, pero podemos vestirnos con intención”, como si realmente nos importara.

A lo largo de su libro, Thomas nos recuerda que, desde la aparición del telar mecánico hace dos siglos y medio, la industria de la moda ha sido sucia, inescrupulosa; ha explotado a las personas y al planeta para obtener grandes ganancias económicas que benefician solo a unos cuantos. Con cifras y ejemplos concretos, la autora denuncia esta explotación que, desde la creación de la fast fashion, ha venido causando un gran impacto en los métodos de producción, las prácticas laborales y de consumo, así como el medio ambiente.

Un ejemplo paradigmático de depredación es el caso de la diseñadora Mary Katrantzou, cuyas colecciones han sido copiadas por la fast fashion en tiempo real e incluso antes de ser presentadas en una pasarela. Las redes sociales ponen a disposición del público imágenes que son detectadas por competidores de la industria de la moda rápida, que inescrupulosamente copian los diseños para luego hacerlos ejecutar por trabajadores mal remunerados. Así se produce lo que Thomas denuncia como “plagio creativo, indiferencia hacia los otros, corrupción y contaminación”. Algo que, según cuenta, ha existido en la moda a gran escala durante los últimos 250 años. Vamos para allá.

       Thomas empieza su recuento histórico de la industria textil en el siglo XVIII, durante la Revolución Industrial, cuando el algodón se vuelve el material más importante para la confección de ropa. El modelo de producción de algodón en telar eléctrico, montado por Richard Arkwright en Inglaterra, empieza a ser copiado por el resto del mundo y se define como la base de un negocio para ganar mucho dinero confeccionando prendas de bajo costo a expensas de una mano de obra en condiciones deplorables. Ya en el siglo XIX la industria de la confección en Nueva York es poderosa. Para ese entonces la ciudad era el puerto “más activo de América”, adonde llegaban una gran cantidad de telas importadas e inmigrantes europeos: judíos, húngaros y rusos. Con mano de obra económica y experimentada en el tejido, la manufactura de prendas crece hasta formar todo un barrio, el famoso Garment District. Pero este modelo industrial decae hasta su desaparición en los Estados Unidos con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Nafta, por sus siglas en inglés) y la posibilidad de trasladar la manufactura a México o Canadá para ahorrarse costos de producción. Así mismo, China abre sus puertas para que las marcas norteamericanas puedan elaborar sus productos en Asia. Las marcas ven la posibilidad de implementar un modelo rápido y barato a kilómetros de donde se concibió la idea original. Ante este panorama, Amancio Ortega, en España, crea Zara y con ella la moda instantánea, la mencionada fast fashion que cambió el paradigma de la industria desde entonces.

Hay dos temas que atraviesan el recorrido histórico de este libro sobre la moda: el uso de algodón y los famosos sweatshops,talleres de explotación. Entrados en el capítulo “El precio de la moda furiosa”, la autora cita a Karl Marx para evidenciar uno de los grandes problemas de la industrial textil: la esclavitud. “Sin esclavitud no habría algodón. Sin algodón, no habría industria moderna”. En Estados Unidos, en los años noventa, fueron denunciadas varias fábricas en las que se había identificado unas condiciones de explotación extrema y, aunque estos lugares disminuyeron, aún hoy hay población indocumentada y vulnerable enfrentando la retención o el robo de salarios y unas condiciones de trabajo brutales.

Al respecto, Thomas relata una de las tragedias más grandes del mundo de la producción textil: el colapso del Rana Plaza en Bangladesh, en abril de 2013, siniestro en que murieron más de 1.100 personas bajo condiciones de trabajo inhumanas. Ante la catástrofe, grandes marcas sacaron comunicados. El de H&M decía: “Ninguna de las fábricas textiles ubicadas en el edificio producía para H&M, es importante recordar que este desastre es un problema de infraestructura específico de Bangladesh y no un problema específico de la industria textil”. Aunque el evento marcó el comienzo para hacer cambios legislativos en ese país, el consumo de ropa barata en el mundo no disminuyó. Si la industria estuviera igual de obsesionada por pagar a sus trabajadores decentemente como lo está por mostrar su crecimiento, países en desarrollo como Bangladesh tendrían alguna evolución, reflexiona Mark Anner, director del Centro para los Derechos Globales de los Trabajadores, de la Universidad de Pensilvania, en entrevista con Thomas.

El impacto de la industria textil también golpea al medio ambiente. Por ejemplo, la tintura del color índigo para producir dénim se da por un proceso químico altamente nocivo para los humanos y la biosfera en general. Thomas asegura que este es uno de los procedimientos más sucios y tóxicos en la industria de la moda. Más adelante, la autora relata que al visitar uno de los puntos de fabricación de dénim en Vietnam, pudo ver el impacto ambiental que este procedimiento causa en el país. Investigó sobre las casas de lavado y preparación del dénim en Xintang, China, ciudad conocida como la capital mundial del jean, y descubrió que uno de los afluentes del río Perla está contaminado por plomo, cobre y cadmio, lo que causa daños ambientales y deterioro de la salud humana.

La segunda parte de Fashionopolis muestra un panorama más optimista. La autora escribe sobre propuestas a diferentes escalas, micro y macro, que pretenden dar soluciones al consumo desmedido de ropa y han tenido consecuencias positivas en el entorno. A esto lo llama slow fashion, moda con conciencia, producida con materiales orgánicos y procedimientos sostenibles.

Una marca que sirve como ejemplo de esa tendencia es Alabama Chanin, de la diseñadora estadounidense Natalie Chanin, enfocada en la producción de prendas de algodón de manera vertical. Ella tiene control completo del circuito: desde el cultivo del algodón orgánico hasta la producción y venta de sus colecciones. Su sistema es “hiperlocal”, invierte en las personas y en su comunidad, y supervisa los procesos de diseño de sus productos desde la obtención de las fibras materiales. Claro está que el precio de una prenda de Chanin –un poco más alto que el de una comprada en tienda de cadena– refleja este sistema de creación y producción, en el que se intentan evitar impactos negativos para las personas y el medio ambiente.

Otra de las soluciones locales que expone Thomas es el reshoring, adoptado en los Estados Unidos para llevar de regreso al país la producción de ropa que se perdió después del Nafta. En pocas palabras, buscan confeccionar cerca del consumidor y, con ayuda de la alta tecnología, transformar la industria textil en un proceso más personal y ético, humanizando la cadena de suministros. La marca Zero + Maria Cornejo, de Nueva York, es un buen ejemplo de reshoring. La diseñadora empezó vendiendo en el SoHo y ahora surte materiales y produce en el Garment District. Su marquilla define la empresa como “moda de lujo con conciencia. Diseñada y producida en Nueva York para mujeres y por mujeres”. Otro ejemplo es Reformation, la cual se ha posicionado como un caso de éxito de marca masiva que trabaja con parámetros sostenibles. La diseñadora Yael Aflalo, su fundadora, describe esta marca como ecochic: altruista y narcisista al mismo tiempo. Usa materiales sostenibles y es transparente al comunicar la huella de carbono y el consumo de agua para confeccionar cada una de las prendas. Además, su marquilla lleva el registro RefRecycling, que da la posibilidad al cliente de reformar la prenda en el futuro devolviéndola a la empresa. Para Aflalo, la sostenibilidad se basa en usar recursos limpios y renovables. La marca se asume como fast fashionporque se acopla a sus planes de expansión, en los que puede producir prendas rápidamente, pero de una manera más responsable y sin crear cantidades innecesarias de existencias.

En la última sección de su libro, Thomas plantea las opciones que a mi parecer son las que realmente tienen una incidencia positiva para el sistema y para el usuario, pero al tiempo son las que causan mayor disrupción para la industria. Rent the Runway es una iniciativa que permite “arrendar” prendas de diseñadores emergentes para una ocasión en particular u obtener un plan para recibir piezas de su trabajo mensualmente. También hace referencia a un acercamiento al ecosistema de la moda desde un lifestyle holístico: no es solo llevar prendas “sostenibles” sino ser consecuente en la manera como se vive el día a día. Esta tendencia se puede ver también en la tienda por departamentos Selfridges, en Londres, que ha hecho cambios sistémicos dentro de la organización para poder llegar a un punto de equilibrio sostenible. Se trata de la eco-ethics o sistemas que, como lo expresa Stella McCartney, aconsejan al consumidor que “si no puede obtener una pieza por su valor, la obtenga de segunda”. Son ese tipo de negocios de ropa usada los que más fuerza han cogido en la última década. Esos negocios no impactan de forma considerable el medio ambiente ni su entorno social, ya que el proceso no afecta recursos vírgenes, y no hay estrés proveniente de la cadena de suministros. Es un circuito sin tantas fracturas. Creo que es importante acogerse a este modelo de diseño emocional transferido a un producto terminado que, al ser vestido, transmite toda esa sensibilidad. Pero no hay una solución total y a fin de cuentas la problemática debe abordarse desde un plano sistémico; en eso estriba el valor de Fashionopolis. Al entenderlo así, tal vez se pueda ver que las raíces del sistema están rotas, y es ahí donde se deben encontrar soluciones plausibles y coherentes.

 

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Carolina Obregón

Diseñadora de Parsons School of Design, en Nueva York. Tiene una maestría en diseño sostenible de la Universidad de Aalto, en Helsinki. Actualmente es profesora de diseño en la Universidad de los Andes, donde se centra en asuntos de sostenibilidad y moda. Además, adelanta investigaciones alrededor del biodiseño y tintes textiles sostenibles.

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