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El Malpensante

Iceberg

Las matas no teletrabajan

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Mientras las oficinas se vaciaban de personas, archivos y demás materiales de papelería ante la negra perspectiva de la cuarentena, quienes no podían salir se quedaron allí en las esquinas, al lado de los muebles, sobre las mesas y bajo los escasos ventanales. No, las matas no pueden teletrabajar.

No creo que a la luz de las pantallas –que ahora ocupamos el doble– lograren encontrar suficiente calidez para la fotosíntesis. Y veo poco probables las quejas y denuncias de su parte, en redes sociales y noticias de último minuto, sobre la falta de cuidado a la que han sido condenadas. Hasta donde sé, no se ha organizado ninguna videoconferencia para saber qué hacer con ellas, las abandonadas a su suerte en los cubículos y pasillos vacíos. No he oído tampoco que los domiciliarios de Rappi vayan a hidratarlas, ni de preparatorios urgentes para ir y despojarlas de las hojas secas y marchitas que ahora deben ser una constante del lúgubre paisaje oficinista.

No sería raro que, entre las escasas sobrevivientes –uno que otro cactus, sábilas amarillentas y molestas dracaenas–, hayan conformado un sindicato silencioso. Que las hiedras y enredaderas exteriores hayan armado una revolución para tomarse las fachadas de los edificios sin competencia ni oposición. Ya veremos qué se inventarán los gerentes cuando vuelvan a sus despachos y deban decidir cómo tratar una maraña enfurecida que les reclama por su abandono. Pero lo más probable es que la mayoría de plantas de interiores, ya secas y marchitas, sean tiradas a la basura o en el mejor de los casos convertidas en abono para los brotes del nuevo personal.

No, las matas no teletrabajan. Sin embargo, aunque enfurecidas, las pocas que perduran siguen produciendo oxígeno en las oficinas evacuadas; continúan hospedando a las comunidades de bichos y microorganismos que viven en la poca tierra húmeda que se ha logrado conservar entre las raíces. Pero no les pagan ni un salario mínimo, a las pobres matas de oficina, aunque su labor sea más esencial que la de muchos empleados que parecen vegetales. Tampoco tienen mayores posibilidades de ascender de sus posiciones como decorados de oficina o testigos de indecorosas acciones. Lo único que pedían era un mínimo de atención: ser regadas, podadas, protegidas contra plagas y enfermedades; todas ellas, acciones difíciles de realizar a distancia. No, las matas no teletrabajan y, aunque lo hicieran, les pagarían con mala moneda, como siempre se ha hecho.

Este abandono parece decir que todas esas matas, marchitas o en camino a serlo, ya han sido despedidas. Así, sin previo aviso, sin ser liquidadas ni teniendo en cuenta su seguridad social. Una tras otra saldrán de sus materas secas para ser reemplazadas por otras matas nuevas, compradas en el vivero urbano más cercano. No he oído nunca de movimientos plantistas que aboguen por estos seres y contra su explotación laboral, por lo que el reemplazo será su destino seguro.

 



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Eduardo Merino Gouffray

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