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El Malpensante

Iceberg

Conjurar la muerte hoy

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“Murió”, “falleció”, “feneció”. No son sinónimos –los sinónimos no existen–, pero los uso como si lo fueran. En una nota o notícula –y me suena a partícula, a gotícula– para el periódico regional en que trabajo, recopilo una serie de pacientes muertos por coronavirus o con coronavirus. Las preposiciones por o con tampoco significan lo mismo, aunque en la emergencia actual es como si lo fueran.

En las notas que escribo no suelo hacer conteos de muertos. De hecho, en aquella tampoco. Se trata de una recopilación, deliberadamente excluyente e informativa, de muertos pertenecientes a un campo particular. Son muertos destacados. Estrellas en el firmamento del cielo extraño bajo el que hoy habitamos esta “nueva realidad” de siempre.

El símil es facilongo. Estuve a punto de decir “cielo oscuro”. Y no. El cielo de hoy no es más especial o más tormentoso que el de otros tiempos. Es extraño, igual que siempre. Deslumbra y asombra. Pero quizá hoy nos proporcione la posibilidad de este diagnóstico: es un cielo que pesa cargarlo. Como si nos diéramos cuenta de que siempre lo tuvimos sobre los hombros.

Como ese cielo, las palabras. Decir “virus” se ha vuelto una experiencia estética, en el sentido de que permite una atención especial a un objeto (como si lo viéramos en cursivas: virus). Preñada de sí y de su contexto, la sola palabra produce un acento que profana diariamente su sentido y lo dice: “Este es el presente que habitamos, ¡y es en gran parte una experiencia del lenguaje!”.

En la nota a la que me refiero, los verbos “fallecer” o “morir” se repiten indiscriminadamente. Una vez leí, me parece que en un libro de Fernando Vallejo, que el “falleció” recae sobre los desconocidos y el “murió” se lo endilgamos a los muertos cercanos, los muertos que son de uno. Ergo: si digo que tal persona “murió”, es mío el muerto; si “falleció”, es ajeno. ¿Y el “fenecer”? Tal vez quede para uso exclusivo de la prensa y de los obituarios.

“Te me moriste” es la expresión enfática que me imagino diciendo ante la muerte de un ser querido. Nadie dice nunca “te me falleciste” (quizá “falleció en mis brazos”), y menos aún “te me feneciste”, conjugación tosca y rebuscada.

Prefiero decir “muerto” en todos los casos, no porque piense que todos me pertenecen o me resultan cercanos, sino porque las otras palabras para decir el acto de morir crean una distancia que no veo que exista entre mortal y mortal. No obstante, me veo empleando –también indiscriminadamente y más allá de una nota de periódico– los recursivos “sinónimos” cuando se trata de un “muerto ajeno” (así como cuando vacilo entre tutear y ustedear a alguien que apenas conozco, y tanto la costumbre de tutear mecánicamente como el deseo de guardar distancia se imponen).

La distancia que establecemos al hablar de los muertos, ¿no es un solapamiento originado en la creencia de que existen lenguajes “neutrales” para expresarnos? ¿No es el abandono consciente e inconsciente de la precisión en pos de la vaciedad de un eufemismo? A lo mejor hay quienes sienten tanto pavor por la palabra “muerte” como a morirse. Desde siempre las palabras han conjurado cosas que queremos o no queremos que pasen, pues están vivas y pesan en el corazón de lo dicho como el cielo de hoy.

En mi nota me cansé de alternar a la diabla los verbos “fallecer” o “morir”. También evité conscientemente los “fue víctima de” o “perdió la batalla contra”, por formulaicos y sensacionalistas. Quise recurrir a metáforas ordinarias y poéticas, a juegos de palabras. “Estiró la pata”, “se lo llevaron las parcas”, pensé decir, e incluso recordé el consolador “pasó a mejor vida”, pero ello no hubiera sido responsable con ningún muerto. “El músico tal pasó a mejor vida el pasado 23 de abril...”, “Después de un mes hospitalizado, el susodicho está más allá que acá...”. Se me ocurrió incluso una variación que se me antoja de otro orden: “El virus lo coronó el pasado miércoles...”.

Espero que estas expresiones no conjuren nada más que a ellas mismas. Porque les temo. Hoy le temo a casi todo. En un chat con colegas, supe que era “el miedoso” cuando una propuso dejar el confinamiento para celebrar un cumpleaños y otra le dijo: “A Kirvin le da miedo”. Quise replicar, pero era cierto. Dije que prefería no hacerlo porque me parecía una irresponsabilidad conmigo mismo y con quienes vivo. Pero, como con las palabras y el cielo allá arriba, era más que eso.

A veces pienso que hemos llegado a un moridero distinto al que vivíamos, un moridero que ya poco conocíamos, pero que ahora desconocemos con más claridad.

 

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Kirvin Larios

Es autor del libro de relatos "Por eso yo me quedo en mi casa" (Destiempo Libros, 2018), y hace parte de la antología de poesía "Nuevo sentimentario" (Luna Libros, 2019).

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