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El Malpensante

Artículo

Literatura, pestes y coronavirus

Aliado Comfama

 

 

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Como les sucede a quienes relatan los cuentos de El Decamerón, estoy aislado en las afueras de una ciudad. A unos pasos de mi casa, situada en lo alto de una loma de Envigado, se puede ver la extensión de Medellín y los municipios limítrofes. El panorama del valle de Aburrá, a pesar de su majestuosidad urbana, me suscita congoja. Hay pocos muertos por el coronavirus, que ha llegado hace unas semanas, pero la gente está confinada para evitar los contagios. Y en medio de ella el aire es nocivo debido a la contaminación ambiental.

 

Pero a diferencia de los nobles de Boccaccio, que van a un castillo en las cercanías de Florencia para olvidar las tribulaciones de la peste negra y entretenerse al calor de sus cuentos, yo estoy de cara a una nueva pandemia con perfiles aciagos. Soy incapaz, aunque lo quisiera, de substraerme de la estela de miedo, inseguridad e impotencia que crece en todas partes. Y a pesar de que un aislamiento así, para un escritor, es sinónimo de una pausa benéfica y de tiempo de reflexión, es inevitable sentirme en medio de una calamidad planetaria como nunca antes se había vivido. Ahora —y parodio al narrador de La peste, de Camus— podemos decir sin vacilaciones que el coronavirus es el asunto de todos. Lo cual significa que tendremos que luchar contra él porque todos, de algún modo u otro, lo tendremos.

Y, sin embargo, no es el único. Otros asuntos ya nos tenían en vilo, acrecentaban nuestra angustia y hacían suponer que estábamos ad portas de un tremendo cambio social: la crisis climática con la próxima extinción de una parte de la flora y la fauna; la polución atmosférica y sus miles de víctimas; la voracidad de un neoliberalismo que, como un ser que agoniza, convulsiona aquí y allá; la condición miserable de millones de personas y el confort vergonzoso de unos pocos. Pero ha llegado el covid-19 y es como si sintiéramos, con claridad insoslayable, que hemos traspasado el límite.

 

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Las otras pestes, desde la que narra Tucídides en la Atenas antigua, pasando por la que describe Daniel Defoe en la Londres del siglo XVII, hasta la que cuenta Albert Camus en la Orán de mediados del siglo XX, les daban tiempo a las noticias para su difusión. Estas, a pesar de los estragos provocados por la epidemia, llegaban al cabo de los meses a oídos de quienes todavía no estaban enfermos. La circulación de los hombres no era este vértigo incesante de desplazamientos actuales. En ocasiones, poblaciones enteras ni se enteraban de aquellas tragedias masivas. Los nativos de lo que después sería América jamás supieron de las penurias que generaron las epidemias asiáticas y europeas. El tiempo era lento a la sazón y no tenía a la mano un sistema de comunicaciones sofisticado. Pero el coronavirus, muy acorde con esta hiperactividad que nos define ahora, no da respiro. Su aparato publicitario, además, es portentoso. Son aceleradas y, en cierta medida, espectaculares las maneras en que los medios muestran su propagación. Cada día amanecemos y anochecemos viendo cómo las cifras, en mapas virtuales, crecen escandalosamente. Y nunca antes tantas personas han opinado y predicho, analizado y anatemizado, juzgado e interpretado tanto en torno a una enfermedad. Pero basta compararla con la mortandad de otras pestes, particularmente con la peste negra y la gripa de Arkansas, que han sido las más devastadoras, para pensar que hay algo de exageración anómala con lo que nos está pasando.

 

¿Habría que sospechar, entonces, de ese otro flagelo llamado “infodemia”? ¿No sería mejor, para lograr un cierto equilibrio, mitigar la intensidad de los medios y más bien recogerse para tratar de comprender este galimatías que, de repente, ha caído sobre nuestras vidas? ¿Pero comportarse así no sería negar lo que, de otra manera, podría ayudarnos como colectividad ¿No son las redes las que contribuyen a garantizar datos salubres sobre este fenómeno? ¿No son ellas las que, con sus contornos recreativos y culturales, evitan que se caiga de bruces en la total desesperanza? Pero así tenga a su favor una comunicación glamorosa, es evidente que el ser humano, con esta pandemia, se ha dado cuenta una vez más de su fragilidad. De pronto, se nos ha revelado que aquella grandeza humana a la que nos tiene acostumbrada la mentalidad burguesa desde los tiempos del Renacimiento, y que ha tomado visos de prepotencia insoportable con los nacionalismos extremos y el neoliberalismo, es poca cosa frente al poder de la naturaleza.

 

Con todo, ahora que el coronavirus ha iniciado su travesía de infortunios, se podría afirmar que lo que estamos sintiendo es muy parecido a lo que sintieron quienes tuvieron que enfrentar el tifus, la influenza, la viruela, la sífilis, el cólera y el sida. En el dominio de los instintos básicos es poco lo que hemos cambiado. Seguimos siendo esa frágil y breve criatura, hecha de sueño y materia, y tratada por Marco Aurelio en sus Meditaciones, a la que muchas enfermedades han sometido con facilidad. Aunque cómo pasar por alto que la ciencia ha avanzado y hoy le prodiga a la humanidad más seguridad. Seguridad y solaz que, como sabemos, llega con eficiencia a unos pocos y no a todos. Entre esta sensación de orfandad y su opuesta, la de la confianza ante la inclemencia, lo que resulta inobjetable es que esta pandemia está colapsando, entre otras cosas, los sistemas de salud de los países. Y los muertos se contabilizan de tal modo que, ante nuestros ojos asombrados, el fenómeno va tomando cada vez más los rasgos de la hecatombe.

 

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Las muertes provocadas por las epidemias han tenido una particularidad. Vemos las cantidades, siempre impresionantes, pero no sabemos muy bien quiénes han sido esas víctimas. Salvo uno que otro muerto distinguido, sobre los demás cae el manto de un frío anonimato. Hoy, como nunca antes, estamos informados sobre detalles concernientes al coronavirus y las acciones preventivas que se deben tomar, pero el rostro de la muerte colectiva sigue siendo inasible. Hemos bandeado nuestro desamparo, ciertamente, a través de una censura universal de las imágenes del horror. Pero tal anonimato se incrementa todavía más cuando vemos que, por las medidas sanitarias de los países más golpeados, a estos muertos sin nombre se les deja en las calles, o se les acumula en grandes contenedores, o se les entierra o se les crema, y les es negada la dosis de duelo que merecería cualquier persona.

 

El paisaje de las muertes masivas narradas por la literatura, es siempre desgarrador. A las calles y santuarios de Atenas, repletos de muertos, que relata Tucídides, siguen las hogueras levantadas en las playas del Mar Interno para quemar los cadáveres descritos por Lucrecio; continúan las carretas atestadas de cuerpos narradas por Manzoni, que salen del lazareto de Milán hacia el cementerio; después vienen las fosas comunes atiborradas de las parroquias de Londres, contadas por Defoe, y a las que los infectados más desesperados se arrojan para morir y no contaminar a nadie más; hasta llegar a los ataúdes de hoy, puestos en fila en amplios recintos de Bérgamo, Madrid y París, o a las bolsas negras con los cadáveres de los hospitales de Nueva York a la espera de una inhumación solitaria. Pero ¿quiénes eran ellos? ¿Cuál fue su procedencia? ¿Cuáles sus profesiones y ocupaciones? A todos los cubre un anonimato desconsolador. Lo que sabemos, en cambio, es que durante las grandes pestes la parca no respeta jerarquía social alguna. Como lo canta François Villon en “El testamento”, pobres y ricos, sabios y locos, curas y laicos, nobles y villanos, feos y guapos, todos terminan siendo pasto de la muerte.

 

Aunque no sucumbamos del todo a la candidez. Pensemos, más bien, que las muertes que ocurren en estas coyunturas acaecen en una suerte de tinglado económico donde las personas de menos recursos, malnutridas y con servicios médicos deplorables, son las más aporreadas. Luego de un rápido escrutinio en las estadísticas, comprendemos que un gran porcentaje de las víctimas han sido ancianos desprotegidos por los sistemas de salud estatales de Europa, o afroamericanos e inmigrantes hispanos de bajos recursos en Estados Unidos, y que las próximas permitirán concluir que el nuevo virus, como los demás, posee su guadaña de raza, género y clase. Y que serán los sectores populares, si la pandemia se instala con holgura en América Latina y África, los más vulnerables. No es menester entonces mucha imaginación para considerar que con el coronavirus pasará, dentro del marco económico actual, lo que sucedió con las pestes del pasado: los ricos se volverán más ricos, los pobres serán todavía más pobres, y la brecha entre ambos se ampliará muchísimo más.

 

Y, sin embargo, cómo no remitirse a las palabras del cronista del Diario del año de la peste frente a los pobres. Ellas podrían servir para entender lo que los de ahora, en medio de la incertidumbre por la sobrevivencia de cada día, hacen frente al coronavirus. En realidad, fueron los pobres, en la epidemia que azotó a Londres, los más temerarios, los más valientes, los más exacerbados. No sabemos muy bien si el escritor inglés los enaltece o los compadece cuando dice: “Cumplían con sus obligaciones poseídos de una especie de brutal coraje; pues así es como tengo que llamarlo, ya que buscaban todo lo que pudiera darles trabajo, aunque fuese el más peligroso, como lo era cuidar de los enfermos, vigilar las casas cerradas por infección, trasladar a las personas apestadas al lazareto y, lo que era todavía peor, transportar a los muertos hasta sus sepulturas”.

 

 

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Ahora bien, este nuevo virus es dueño de una gran especificidad. Cuando termine su ciclo, o pierda su potencia letal, se le recordará con algo de perplejidad admirada. Nunca antes, en la historia de las epidemias, se había presentado una política planetaria de prevención de las proporciones que ha suscitado el covid-19. Unos se refieren a esta profilaxis como una de las mayores formas de la paranoia colectiva. Otros ven, tras bambalinas, la puesta en escena de un nuevo control de los Estados nación. Otros, acaso los más ilusos, consideran que estamos frente a un formidable respaldo humano ante semejante crisis. Lo que es innegable es que este bicho ha logrado paralizar una buena parte del planeta y reducir al máximo su ritmo acelerado de vida. Las guerras, con sus mecanismos crueles, no pudieron lograrlo; tampoco el cambio climático y su rastro de huracanes, sequías e incendios, ni mucho menos las manifestaciones del descontento popular contra este capitalismo decadente que nos gobierna. Nada de esto funcionó. Y esta maquinita ribonucleica, que no sabemos muy bien de dónde viene, si de un murciélago o un laboratorio, consiguió en cuestión de unas pocas semanas lo que la voluntad política no pudo.

 

Muchos tienen suficientes razones para despotricar en su nombre. Los desposeídos que viven del rebusque cotidiano y para quienes todo aislamiento es infausto. Los familiares y seres próximos de quienes padecen la exclusión que provocan las pestes. Los trabajadores de la salud que cuidan a los enfermos, bajo grandes riesgos, sin dar abasto y con una dosis de heroísmo sorprendente. Los forjadores de las economías porque sus ganancias se resquebrajan y serán conducidos a la quiebra. Pero otros no dudan en agradecerle al coronavirus. Porque, debido a su presencia, el planeta se ha podido limpiar de la contaminación ambiental. Porque animales y plantas han podido respirar mejor en sus dominios. Porque los gases de efecto invernadero han disminuido. Que un microorganismo de estos haya detenido a los aviones, a los automóviles, a los barcos y a los trenes del mundo, y que haya parado en seco a las empresas del turismo y derrumbado como un castillo de naipes el consumismo demencial que nos ha movido en las últimas décadas, y que, además, haya permitido el cese de una buena parte de los conflictos bélicos internacionales, es como para sentarse frente a su figurilla volátil con emblema monárquico y felicitarlo.

 

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El prólogo que Boccaccio le hace a El Decamerón inicia así: “Hay que compadecer a los afligidos: es una ley de la humanidad”. Tal precepto forma parte de la compasión cristiana medieval a la cual perteneció el escritor italiano. Aunque es perfectamente atribuible a otras épocas, a otras religiones, a otras nacionalidades. Y, en principio y en apariencia, es la divisa que está moviendo al mundo frente al coronavirus. Una acción de apoyo por parte de las instituciones médicas, tanto estatales como privadas, hacia los que sufren y habrán de sufrir los efectos de la pandemia. En esta perspectiva, podríamos pensar, como concluye el narrador de La peste de Camus, que en medio de los flagelos hay siempre más cosas que admirar que despreciar. Empero, ¿cómo olvidar que se trata de una reacción tardía? El neoliberalismo, frente a la salud, ha sido avaro, por no decir inhumano. Y esto se ha visto en los países europeos, en Estados Unidos y en gran parte de América Latina, donde se ha dejado al garete a la mayor parte de los ciudadanos enfermos, haciéndonos entender que, para esas políticas financieras, la salud humana y todo lo que la rodea son meras mercancías. Por ello, si es que debe celebrarse esta reacción en cadena de los Estados y los empresarios ante una tragedia avisada, habría que hacerlo sin perder jamás el juicio.

 

Lo que quisiera señalar, en todo caso, es que la divisa de El Decamerón de Boccaccio se enlaza con lo que Camus propone en La peste. Ante el avance del mal de bubas, y como una forma de ejercer la compasión por los sufrientes, surgen en Orán unos comités sanitarios conformados por médicos y civiles. Frente al absurdo existencialista de una enfermedad que aísla a una ciudad del mundo y mata hasta a los más inocentes, Camus propone no la vigilancia y el control estatal, sino la acción solidaria de los ciudadanos. De hecho, en la novela se registra con cierta minucia lo que hacen quienes integran estos comités. Como si se nos dijera que, por encima de los Estados que toman medidas más o menos totalitarias por la salud de todos, lo que le interesa a un escritor como Camus es mostrar más bien la capacidad de resistencia y lucha de los individuos y las comunidades que son capaces de construir en medio de la desolación y la impotencia. 

 

En realidad, Camus fue un intelectual ateo y miraba con algo de desconfianza eso que los cristianos llaman “compasión”. Él prefería hablar de “solidaridad”, que es un término más laico. Creía que la justicia humana era perfectible y, en este sentido, sus consideraciones sobre esta perversa abstracción humana, a pesar de sus valientes críticas a la pena de muerte, son bastante idealistas. Camus, asímismo, sospechaba de las inclinaciones tiránicas de los Estados fascistas que proliferaron durante su existencia. Por ello, si viera a qué niveles de vigilancia hemos llegado y hasta dónde los controles estatales, unidos a la empresa privada y a las evoluciones de la inteligencia artificial, podrían llegar bajo los efectos de las nuevas pandemias, aquel gran defensor de los derechos inalienables del ser humano tendría suficientes motivos para alarmarse.

 

Porque es alarmante que, bajo el argumento de la compasión o la solidaridad hacia los otros, y para que no ocasionemos contagio, se nos imponga este tipo de aislamiento. Se nos ha prohibido vernos con los amigos y los familiares. Se nos ha prescrito no darnos la mano, no abrazarnos, no besarnos. Incluso no han faltado los consejos del benemérito onanismo porque la cópula en estos momentos es como un exabrupto. Cuando intento mensurar esta difícil medida, recuerdo la última parte de La muerte en Venecia, de Thomas Mann. Aschenbach, el prestigioso escritor alemán que está de vacaciones en una Venecia diezmada por el cólera, decide quedarse en esa ciudad. Pasa por encima de cualquier cuidado y consejo, y transgrede la norma. Sometido a un postrero deseo sexual, persigue, febril y soñador, la figura de un adolescente del cual está enamorado. Y es que esta contravención por el deseo ha sido, sin duda, una de las reacciones vitales más conmovedoras ante el completo desaliento que dejan las epidemias. No en vano, una de las escenas impactantes que nos ha llegado de los tiempos de la peste negra, es la de aquellos coitos que se realizaban en los cementerios de Europa. El camposanto de Aviñón, por ejemplo, se convirtió en verdadera zona roja. Y era usual observar a las mujeres ofreciéndose en las tumbas a los adúlteros y fornicadores ansiosos. Por ello mismo, ¿por qué asombrarnos de que en varias partes de mundo haya fiestas, rumbas, bacanales para contrarrestar, desde la fiesta y los abrazos, la amenaza de la enfermedad?  

 

Pero, frente a nuestro enclaustramiento forzado, los medios no paran de alabar la munificencia de los Estados y las empresas privadas, y lo ejemplar que nos estamos comportando ante el coronavirus. Hasta dónde puede llegar la manipulación masiva es algo que, de ahora en adelante, adquirirá tonos tan espeluznantes como vergonzosos. Y es que a pesar de que el virus es real y no es invención de nadie, es legítimo sospechar que un nuevo orden mundial se fragua. Y que este habrá de fundarse en un control militar asfixiante de los ciudadanos. Y ahí está China, imperio que tal vez tome las riendas del planeta después de esta crisis, y termine imponiéndonos sus formas de vigilancia pública. Tal control, no es exagerado suponerlo, podría alcanzar dimensiones distópicas, como las que describen Aldous Huxley en Un mundo feliz o George Orwell en 1984. Recuérdese que en esta última novela hay un Gran Hermano que vigila agresivamente a una sociedad. En ella los lazos familiares han desaparecido y la fraternidad es una engañifa turbia. Allí prima el sometimiento, y el amor que se da entre sus habitantes carece del placer subversivo. Tanto es el control militar que impera en la Londres de Orwell, que el futuro solo es concebible como una bota que aplasta el rostro humano.

 

 

 

6

 

“¡Quédate en casa y así cuidarás a los demás!”. Esta es la consigna en tiempos del coronavirus. Una consigna fraguada con dos incómodos imperativos, pero dulcificada con el calor del hogar y una supuesta alteridad a la cual podríamos salvar. Esta circunstancia, la de estar aislados en nuestras propias casas y no poder atravesar fronteras (cuando lo más apasionante de toda vida es franquearlas una y otra vez), origina algo que Camus describe con agudeza. Se trata del padecimiento de un tipo de exilio interior, a puerta cerrada, que corre el riesgo de sumirnos en un vacío recordatorio. En La peste se explica que este exilio ocasiona una mortificación profunda: vivir con una memoria que no sirve para nada. ¿Qué significaría esto en nuestra condición actual? Por un lado, que evocamos continuamente un pasado con el gusto de la lamentación. Pero, por otro, que podríamos olvidarnos de los verdaderos males que nos agobian.

 

¿Seremos capaces entonces de superar esta pandemia, inmunizarnos frente a ella, y volver sobre los graves problemas que tiene un país como Colombia? La gran desigualdad social que nos impide prosperar como comunidad; los derechos humanos violados sistemáticamente; las mujeres maltratadas por un orden social dominado por patriarcas brutales; niños desnutridos, ancianos olvidados y jóvenes dueños de un futuro de opresión y servilismo; los bosques y selvas vejados por los emporios mineros; las ciudades contaminadas por la codicia sin fin de sus empresarios; los responsables de grandes crímenes todavía sin castigo; la corrupción, el paramilitarismo, el narcotráfico como pilares de una democracia nauseabunda. Quizás es verdad que el panorama que se nos viene encima sea muchísimo más complejo y doloroso que bandear el coronavirus, ya que nuestros problemas integran eso que podríamos denominar la “endemia nacional”. Porque, más que ese tipo de exilio que abate en el encierro, y que Camus desglosa en su novela, a Colombia le ha de corresponder enfrentar obstáculos peores.

 

Pero, ¿qué pasaría con el coronavirus en este país que tiene una inmensa parte de la población sumida en la precariedad y cuyo sistema de salud es tan deficiente y no es más que un negocio formidable creado por las políticas neoliberales? ¿Qué ocurriría con los hospitales públicos que, en el momento en que escribo estas líneas, ya están desabastecidos de sangre y no poseen la infraestructura necesaria para asistir a los futuros contagiados? Con solo imaginar que en Colombia la pandemia será tan implacable como lo ha sido en Italia, España o Estados Unidos, nuestro porvenir sería totalmente funesto. Porque estamos lejos de decir, frente al coronavirus, lo que el cronista de La peste afirma: “Esto sucedió”. En Colombia y América Latina esto apenas está comenzando a suceder. Por tal razón, estamos sumidos en el territorio inmenso de la incertidumbre. Y de ella quién sabe si saldremos bien librados.

 

7

 

Pero volvamos a las cifras. Toda epidemia se sustenta en ellas. Si no tiene millones de muertos, la memoria humana la pasa de largo con desdén. Quienes han descrito los efectos de las pestes en la literatura hablan, por lo general, de miles de víctimas. En La peste se hace, por ejemplo, un comentario a propósito de las cifras pasadas que nos situaría frente al nuevo coronavirus. Las aproximadamente treinta pestes que ha habido en la historia de la humanidad han dejado cerca de cien millones de muertos. El número sobrecoge a quienes vivimos en medio de la aparente seguridad brindada por las sociedades modernas. Cien millones de personas cubiertas por ese anonimato de silencio que, finalmente, deja el transcurrir de las civilizaciones terrestres. Y el narrador de Camus hace una anotación que matiza más el desconsuelo que caracteriza a esa cantidad de seres humanos: “Cien millones de muertos sembrados a lo largo de la historia no son más que un humo en la imaginación”.

 

¿Qué serían treinta o cincuenta o cien mil o doscientos mil víctimas del coronavirus comparadas con esa humareda sin nombre que nos han dejado las pestes? ¿Por qué esta epidemia del siglo XXI, con tan pocos muertos si los comparamos además con los que han ocasionado las grandes guerras, ha tenido el poder de amedrentarnos de semejante manera y ha lanzado a las naciones a exigir un confinamiento de estas proporciones? ¿Será que nos estamos volviendo sensibles a las aniquilaciones masivas y en verdad creemos hoy más que antes que moriremos como hormigas indefensas si no nos cuidamos? Pero ¿qué hacemos con esta gran desconfianza que nos asedia? ¿No habrá detrás de todo esto maniobras perniciosas que le darán paso a un nuevo orden mundial de ribetes fascistas? Como respuesta a estos interrogantes, nadie guarda silencio. Al contrario, la batahola de voces brota desde todos los flancos. Y entre el optimismo de unos y el pesimismo de otros, el abanico de opiniones es desbordante. ¿Qué leer y cómo leer todo lo que se escribe sobre el coronavirus? ¿A quién creer y de quién dudar? ¿Les creemos a los médicos y a los científicos? ¿A los jerarcas religiosos o a los intelectuales? ¿A los empresarios y a los mandatarios? En esta terrible falta de liderazgo sensato e inteligente que nos caracteriza, ¿quién, en definitiva, dice la verdad? ¿El que toca la sombra o el que roza la luz?

 

Algunos suponen, intentemos un balance provisorio, que después de esta pandemia todo cambiará y no seremos los mismos. Aspecto que favorecería a la humanidad con una actitud necesariamente renovadora frente a lo que se avecina. Otros piensan que lo que está pasando es una coyuntura única que nos llevará a sociedades más equitativas y sensatas y menos destructivas con nuestro prójimo y la naturaleza. Hay quienes creen que la Madre Tierra o el Creador Supremo nos están dando una segunda oportunidad para que rectifiquemos lo torcido que ha sido nuestro destino desde que el tiempo dorado de los antiguos finiquitó. Otros más están firmándole al capitalismo un merecidísimo certificado de defunción. Si cayó, consideran, la gran utopía del comunismo porque fue una ignominia disfrazada de justicia social e igualdad proletaria, ¿por qué no habrá de morir esta vergüenza consumista maquillada de democracia, progreso, avance tecnológico y libre comercio? Lo cual desembocaría necesariamente, como si la historia de esta pandemia debiera tener un final feliz, en el establecimiento de un nuevo ámbito donde el socialismo, el humanismo y la ecología fuesen sus grandes pilares. A pesar de que es la crisis misma quien diseña tales análisis, no es difícil concluir que los esculpe el optimismo. Pero es válido suponer también que estamos ante el fortalecimiento de un nuevo capitalismo más agresivo que, apoyado en la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías de vigilancia militar, terminará controlándonos completamente.

 

8

 

En los momentos culminantes de las pestes, recordémoslo, se corre el riesgo de carecer de algo fundamental para la vida: el porvenir. La gente puede sentirse, de pronto, abandonada por sus dioses y llegar a descreer de cualquier filantropía. Es entonces cuando se presenta la degradación de los hábitos humanos. Tucídides refiere cómo la peste de Atenas acarreó un gran desorden y cómo en los habitantes, que saqueaban los patrimonios de los muertos, no actuaba ninguna ley divina ni humana. Alessandro Manzoni, al final de Los novios, describe con detalle otras perversidades. No solo habla de la irresponsabilidad de las autoridades políticas y religiosas que, al no creer que había peste, permitieron eventos masivos y no ordenaron los cierres respectivos de pueblos y ciudades, propiciando así la escalada del contagio. Algo semejante ha ocurrido hoy con Italia, España, Brasil, Estados Unidos e Inglaterra. Sus presidentes, sus ministros, sus empresarios, para preservar sus economías, dejaron que el virus se expandiera. En la ineptitud y arrogancia de los mandatarios tampoco hemos cambiado mayor cosa. Pero Manzoni también habla de los untadores, personajes anónimos que embadurnaban las iglesias, las casas y los edificios públicos de Milán y la región lombarda. Lo hacían con un veneno compuesto “de sapos, serpientes, babas y materia de apestados”. Y Defoe explica cómo en la peste londinense los sepultureros y cargadores de muertos y hasta las enfermeras desvestían a los cadáveres para quedarse con sus atuendos y demás pertenencias, y así comerciar con ellos. Ya Camus concluía que lo adverso de las epidemias no es que acaban con los cuerpos, sino que desnudan las almas, dejando ver un espectáculo que no suele ser hermoso.

 

En vez de buscar la protección general y la calma, algo en la condición humana se desquicia con las epidemias. Durante la peste negra, los flagelantes, que pensaban que la enfermedad era un castigo divino y no podían saber que el desaseo y las pulgas la ocasionaban, iban de pueblo en pueblo mostrando su remordimiento y, al mismo tiempo, propagando la enfermedad. Defoe pormenoriza, en su informe, casos en los que las gentes infectadas salían a las calles y abrazaban a los sanos, o ingresaban a las casas por ventanas y patios traseros y se dedicaban, con miradas perdidas, a contagiar a los residentes. De allí que las autoridades implantaran en pueblos y ciudades confinamientos plagados de vigilancias y castigos severos. Michel Foucault, en Vigilar y castigar, explica cómo a finales del siglo XVIII se tomaron en Francia medidas panópticas extremas para enfrentar las epidemias. Medidas que integraban el toque de queda y condenas a muerte a quien incumpliera las órdenes. Ahora, con el coronavirus, nos obligan, no con amenazas de muerte todavía pero sí con multas, a quedarnos en casa para evitar que los riesgos aumenten. Y suceden en cascada otras manifestaciones de la mezquindad humana. Empresas que, en vez de unirse con las instituciones estatales para así ayudar a los más afligidos, hacen despidos masivos de sus trabajadores, o proponen reducciones de los salarios. Bancos que aprovechan cualquier transacción en sus cuentas para cobrar impuestos. Grandes terratenientes beneficiándose de las ayudas estatales y quitándoles el dinero a los pequeños y medianos propietarios. La situación que viven los presos en cárceles hacinadas que, ante sistemas judiciales miserables, viven la peor de las pesadillas. Especuladores que brotan como una plaga más y venden a precios altos los productos que sus compinches hacen que escaseen. Y la criminalidad, en todas sus expresiones (el robo, el asesinato, la extorsión, las violaciones), que se dispara desproporcionadamente.

 

Pero, aunque ya estén presentes estos excesos, tratemos de no caer en el núcleo de ellos. El coronavirus no ha tenido hasta el momento, al menos al nivel del número de víctimas, el poder de otras pestes que tanto estremecieron la imaginación de los artistas. Basta mirar los infiernos del Bosco, de Brueghel el Viejo, de Goya y de Otto Dix; o leer los infiernos de la literatura, desde el que aparece en el Apocalipsis, o en la Divina Comedia, de Dante, o en El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, o en Viaje al fondo de la noche, de Louis Ferdinand Céline, para entender que el infierno no está al otro lado de la muerte, sino que palpita ampliamente en la tierra y que son los hombres quienes lo han modelado. Sin embargo, así aquellas desmesuras del pasado, y la áspera ausencia de porvenir que provocan los encierros, todavía no le corresponden del todo al nuevo virus, es verdad que ha originado un despertar pavoroso y esperanzador entre nosotros.

 

9

 

Pareciera, finalmente, que estos no son tiempos de rebelión. Hasta el inconformismo y la disidencia han sido controlados a través de las cuarentenas planetarias. Está prohibido juntarnos y reunirnos porque así, pregonan los exponentes de la ciencia y el Estado, podremos salvarnos. Y nos quieren convencer de que los otros, es decir nosotros, son y somos el peligro. Como si no se supiera que es a partir justamente de la solidaridad humana y las acciones comunitarias que las epidemias han sido superadas. He aquí, pues, una política que esconde una represión brutal, así muchos la consideren necesaria. Pero cuando la represión, sea de la índole que sea, se desata en el mundo, el ansia de libertad se engendra se desarrolla y se expande, a su vez, como un siempre renovado virus. Tal ansia de libertad acaso insufle los pulmones afectados y pueda acabar de una vez por todas con este sistema político, económico y militar que desde hace siglos ha modelado ruda y torpemente nuestros destinos. Porque así como Defoe atribuye a las iniquidades humanas la culpa del flagelo que azotó a Londres en el siglo XVII, son las iniquidades del neoliberalismo las que han causado, en buena parte, estas desgracias nuevas. Pero habrá que tener paciencia para que el cambio se manifieste. Y entender que este tendrá un altísimo costo. Sabemos, sin embargo, que son los aprietos más excesivos los que han dirigido nuestro rumbo de creaturas perecederas. Que, como dice Hölderlin, es en el peligro donde crece lo que nos salva. Y aunque entendiendo que somos de lejos el peor virus del planeta –basta sopesar el daño que le hemos provocado al prójimo, a los animales y a la naturaleza–, es factible que podamos hallar en nosotros mismos el antídoto eficaz.

Mientras tanto me entero, desde esta loma de Envigado, de que el aire de Medellín y la zona metropolitana ha mejorado prodigiosamente, y de que, según unos señores atildados de China, el café protege del coronavirus. Celebro ambas noticias en medio del panorama opaco que reina por doquier. Para demostrar este entusiasmo solitario, me preparo un tinto y me siento a degustarlo. A mi lado, están los libros leídos y releídos que tratan sobre las pestes. Apago el celular y el computador que me han permitido por estos días recibir el vendaval de informaciones. Respiro durante largos minutos las delicias de la desconexión. Y mientras sorbo el café, y siento el cálido y amargo sabor de la tierra expandirse por mi cuerpo, pienso en las dos opciones que hay frente a toda epidemia. Ambas las he encontrado, por supuesto, en la literatura.

 

La primera la ofrece Edgar Allan Poe en “La máscara de la muerte roja”. No hay aislamiento que valga, y así seamos príncipes y elegidos, cultos y sibaritas, apuestos e inteligentes, como lo son los personajes de este cuento gótico, y nos aislemos de la peste, ella terminará por entrar en nuestros aposentos para devorarnos. La otra la plantea el caballero de la triste figura. Las palabras se las dice don Quijote a su escudero, y fueron escritas hace varios siglos, cuando el mundo también estaba patas arriba. Pero es como si Miguel de Cervantes las hubiese trazado después de ver algún noticiero sobre nuestras desventuras de hogaño: “Sábete, Sancho, que… Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca”. Que el lector de estas consideraciones escoja. Y que juntos imaginemos, desde este confinamiento arduo, el cambio que se acerca.

Pablo Montoya

El Retiro, abril de 2020

 

 

Si después de leer este artículo se anima a echarnos un cuento, Comfama lo invita a escribir en “Medellín en 100 palabras”, tiene hasta el 13 de julio para participar: https://www.medellinen100palabras.com/web/

 

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Pablo Montoya

Docente de literatura en la Universidad de Antioquia. Recibió el Premio José Donoso (2016) como reconocimiento al conjunto de su obra. En 2019, su primera novela, "La sed del ojo", fue reeditada por Penguin Random House. 

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Por Morten A. Strøksnes


Publicado en la edición

No. 208



Visiten el bello país de los fiordos, donde se acuñó la expresión “desarrollo sostenible”. Una petrocracia cuyo último producto contaminante es el &ldquo [...]

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