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El Malpensante

Breviario

Diatriba pequeñoburguesa contra la plancha

¿Quién la sigue usando en esta época de pandemia en que la prenda más socorrida es la piyama?

 

 

De seguro lo que voy a contar no les gustará a varios de mis amigos. Y es que, después de mucho tiempo, volví a agarrar la plancha para desarrugar la ropa. Fue gracias a la cuarentena, como pasa con casi todo últimamente. Ya sabemos –de sobra– que el aislamiento nos tiene restringidos, herméticos, claustrofóbicos. No podemos salir y muchas personas no pueden trabajar, ni siquiera la señora que viene a mi casa los jueves y plancha.

Es lamentable –qué le vamos a hacer–, pero debo decirlo: soy un pusilánime, todo un perezoso para los quehaceres domésticos. No sé limpiar ventanas, no sé lavar baños y, siendo honesto, los platos me quedan llenos de jabón. Alguna vez casi se arma la de Troya en mi casa por estas minucias (nunca tan bien dicha la palabra). Sí, mi torpeza es profunda. Seguro –dirán mis amigos– se debe a esa educación pequeñoburguesa que siempre me dieron. No soy capaz de pegar un cuadro, ni de enrollar un par de cables, ni de congelar hielos con pericia (me quedan en forma de pirámide); mucho menos de coger una plancha y planchar.

Los que hayan planchado alguna vez en su vida coincidirán conmigo en que es uno de los actos más absurdos e innecesarios que puedan existir. ¿Para qué gastarse horas tratando de aplanar y eliminar los pliegues que surgen en un pantalón o una camisa? ¿Para qué si, cuando te pones el pantalón o la camisa, las arrugas vuelven, los dobleces emergen y sientes una sensación que te revuelve las tripas? ¿Es necesario cometer el acto de planchar de manera repetitiva, como si se tratara de un mito griego? ¿No nos parecemos un poco a Sísifo cuando agarramos la plancha cada semana?

Viéndolo bien, planchar es una fatalidad y la plancha es un objeto fatal. Es decir, se impone como el destino y permanece incólume a pesar de los avances tecnológicos. Es un objeto que se mantiene sólido frente a los embates del tiempo. No hay en él un mínimo viento de cambio profundo desde la Edad Media, cuando se empezó a usar en Occidente. Pasó del latón al mármol, del mármol al vidrio, del vidrio a la madera, de la madera al hierro, del hierro a la energía y al vapor. Pero ahí sigue: invariable, sin nada que modifique su función primordial, su propósito existencial. ¿Hasta cu...

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Sebastián Gaviria

Fue finalista del Premio Nacional de Cuento La Cueva 2019 y ganador del concurso de relatos cortos "Desde casa hacia el futuro" de Tragaluz Editores.

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