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El Malpensante

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Acto de presencia

Este texto tiene una profunda intuición sobre aquello que se desvanece hasta ser fantasmagórico: el cuerpo de un familiar fallecido, la amistad interrumpida, las miradas que se buscan en una videoconferencia, los espantos de Scooby-Doo, un chiste sin remate y el amor en una relación a distancia.

Ilustración de Nerea Sanz Ferrer

 

Que en su casa espantan, eso me dice. Que en las noches, cuando está sola en el altillo, alguien mueve las cosas y se oyen ruidos: “Mi papá está dormido. Mi mamá está dormida. Mi hermana no está. ¿Quién más podría ser?”. Aunque quisiera, no puedo ser yo. Estoy en otro país, en un apartamento donde no espantan, aunque a veces mis vecinos pelean y se sacuden las paredes. Nuestra relación –la de ella y yo– ha sido por mucho tiempo a distancia, casi cuatro años de ocho. Su relación –la del espanto y ella– ha sido presencial y constante.

 

 Un fantasma es, ante todo, una cuestión de tacto, de ahí que sea tan escalofriante: aquello que no tiene cuerpo es capaz de tocar, de dejar huellas vaporosas en las ventanas, de hundir la mano en un cuenco de harina, de refundir las llaves o el cepillo de dientes, de resquebrajar un espejo, de respirar sobre la nuca, de prender o apagar las luces, de remover las cobijas de un tirón, de zapatear por las escaleras, de dar portazos o, si no es violento, de llamar a la puerta. Un fantasma es el horror de un chiste sin resolución: toc, toc. ¿Quién es?

 

 Hace poco asistí a un funeral en línea. El papá de un amigo. Asistimos cuarenta cámaras. Una mostraba al cura en lo que parecía un presbiterio privado. Otra mostraba a mi amigo, independiente y solo, en su apartamento. Otra, a su mamá y a su hermana en otra casa, y junto a ellas el ataúd. La empleada de la funeraria dirigía el evento desde su propia cámara. El pianista y la cantante compartían una. El violinista no vivía con ellos y tocaba aparte. Yo estaba aquí, en el mismo sitio donde escribo esto, y también allí, en el funeral. Entre las treinta y tres cámaras restantes había varias apagadas y no se veía más que un recuadro negro con el nombre de cada persona en blanco. El cura terminó la misa y, a manera de colofón, dijo algo como “los muertos nunca se van, quedan en nuestro corazón”. Sí, pero, ¿en qu&eacut...

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Nicolás Rodríguez Sanabria

Economista y escritor. Ha colaborado con medios como Cartel Urbano y Bacánika, y escribe con regularidad para El Malpensante. Acaba de terminar la maestría en escritura creativa de la Universidad de Texas.

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