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Hemingway y los tiburones

A dentelladas, se abrían paso tanto en las claras aguas caribeñas como en la turbia marea de su sangre.

© John F. Kennedy Library

 

Están de moda los tiburones. La Resolución 350 de 2019, emitida por el Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural de Colombia, puso a muchos a lamentarse de que miles de zorros marinos, por fuerza de este mandato, vayan a perder sus aletas. Otros, los pescadores sin alma y quienes se deleitan con la sopa de pínula, no caben en la ropa de lo puro felices.

La normativa permite la pesca incidental de estos animales, lo que favorece a quienes están muertos de la dicha. Por mi parte, afín como soy al primer grupo –el de los que se lamentan–, se me ha venido a la cabeza y quiero comentar una entrevista que Milt Machlin, director de la revista norteamericana Argosy, le hizo a Ernest Hemingway en septiembre de 1958.

En ese diálogo Hemingway no habla, como era de esperarse, de literatura. Revela, en cambio, sus conocimientos sobre los tiburones, acumulados antes y durante la escritura de El viejo y el mar, y también hace explícito su odio hacia los reyes del mar.

Frente a esa sabiduría y esa confesión, Machlin se deslumbra y se entristece.

Desazona al periodista que el Premio Nobel se declare un implacable enemigo de los tiburones. Pero, a la vez, lo maravilla su sapiencia en torno a la conducta y la esencia de este habitante del mar.

Sobre el tema los dos conversan mientras saborean en la torre de Villa Vigía, a 30 millas de La Habana, su daiquiri hecho de dos chorritos, uno de lima y otro de zumo de uva, y cuatro onzas de ron, fórmula del coctel del novelista que se comercializó como “el papa especial” en el bar Floridita de La Habana

Lo que Hemingway le cuenta al reportero no está en los libros. Lo ha aprendido de Santiago Puig, el viejo pescador de su novela; de Gregorio Fuentes, capitán del Pilar, su barco legendario, y de Mayito Menocal, principal colega de las faenas de pesca en altamar.

Ellos y otros amigos, en largas juergas en los ranchos de Cojímar, poblado en cuya playa el narrador amarra su bote, le han enseñado a distinguir un jaquetón de un tiburón tigre, así como un mako de un marrajo, y a estar atento, en el momento de pescarlos, a los hábitos de ataque y defensa de cada uno.

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Andrés Nanclares Arango

(Frontino, Colombia, 1954). Ha publicado "Los jueces del mal" (ensayos) y "La vida del austriano Sergio Pera del Olmo" (novela corta)

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