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El Malpensante

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Una parte del todo: el arte de Walter Anderson

La vida de este artista norteamericano fue tan sinuosa como las formas que pintaba. Una visión mística de la realidad, en la que cada cosa estaba urdida con hilos secretos, entraba en pugna con su resquebrajada salud mental. Mientras tanto, la pintura y la escritura fueron la manera de registrar sus periplos geográficos y espirituales.

 

Unas semanas antes de que las tropas de Chiang Kai-shek fueran derrotadas por las guerrillas de Mao Tse-tung, Walter Anderson subía a una hidrocanoa de Pan Am, en San Francisco, con dirección a la China. Era el otoño de 1949 y su destino final era el Tíbet. Quería observar y pintar los murales de los monasterios budistas sobre los que tanto había leído. El día antes de que despegara su avión, la Unión Soviética hizo detonar su primera bomba atómica. No era, digamos, el mejor momento para viajar. Pero tenía los dos mil dólares que su tía Dellie le había heredado, sumados a un desinterés absoluto por los eventos históricos del momento. El avión anfibio primero paró en Hawái, y luego siguió viaje a Japón antes de aterrizar en Hong Kong. Anderson no conocía ninguno de los idiomas que se hablaban en el país; tampoco traía mapas, ni direcciones de conocidos u hoteles, aunque tenía una confianza absoluta en su instinto y en su buen estado físico. Para 1949 ya había caminado los 1.600 kilómetros que separan a Baltimore (Maryland) de Ocean Springs, Mississippi, sin contar los innumerables viajes en bicicleta que había hecho a Texas, el norte de México, Filadelfia, Nueva York y Florida sin más equipaje que su sombrero, un cuaderno, varias hojas en blanco y sus tintas y acuarelas. No tenía problema en dormir a la intemperie o esperar que algún buen samaritano le diera de comer. Sus preocupaciones eran de otro orden. Tenían que ver con sus sentidos y cómo los utilizaría para registrar el mundo exterior. Tenían que ver con escribir y pintar. Tuvo cientos de cuadernos a lo largo de su vida; en las primeras páginas del que llevó en su viaje a la China escribió: “El avión saltó y tembló y se levantó y cayó, y pensé en Vayu, montado en su antílope, aproximándose desde el noroeste a grandes saltos. Ese viaje a la China encierra, como una semilla, quién era Walter Anderson. Mientras él cubría los 2.000 kilómetros que lo conducirían de Guangzhou a Chongqing a pie y en tren, antes de entrar al Tíbet, en el Brooklyn Museum tenía lugar su primera exposición personal. No fue a la inauguración ni a la Schaefer Gallery, en Manhattan, cuando esta ...

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Gabriela Alemán

Recibió el Premio Nacional de Narrativa Joaquín Gallegos Lara, en dos ocasiones, por su libro de cuentos "La muerte silba un blues" (2014) y por su novela "Humo" (2017).

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