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El Malpensante

Columna

De cierta manera: Historia y matices

La luciérnaga y la polilla, o el (des)encuentro de dos maricas ilustrados

Una columna de Javier Ortiz Cassiani.

 

Aún deslumbrados por el fulgor del Siglo de las Luces, Francisco José de Caldas y Alexander von Humboldt compartieron la misma sed de conocimiento. Lo que pocos saben es que a ambos también los hermanaba otra sed, más carnal y mundana; una que al primero, enamorado del segundo, lo colmó de desdichas.

 

© La Empanadería

 

Las esperas cambian con el tiempo. A comienzos del siglo XIX en el Virreinato de la Nueva Granada se esperaba estimando los imprevistos y los retrasos. Los viajeros transitaban por relieves incómodos; navegaban a merced de bogas “libres, insolentes, indómitos y alegres”, por ríos que se abrían paso entre la espesa manigua, y se andaba por caminos escarpados en medio de aguaceros babilónicos con mulas cargadas en constante amenaza de desbarrancarse por precipicios sin fondo. Se esperaba con menos desespero. Pero, en 1801, Francisco José de Caldas esperó a Alexander von Humboldt desesperado. Desesperado y con el corazón en la mano: aquel que la historia oficial de la nación bautizó como “el Sabio” parecía un infante provinciano que se desvelaba en Nochebuena aguardando el mejor regalo de su vida: sumarse a la expedición del científico prusiano y del francés Aimé Bonpland. 

El 30 de marzo de 1801, Humboldt desembarcó en el puerto de Cartagena de Indias con un arsenal de instrumentos científicos y cargado de fama, fortuna y encanto. Era un faro y Caldas una polilla que se movía torpe y ansiosa atraída por la luz. En esos días el payanés parecía escribir con miel y no con tinta: “Espero con impaciencia que llegue el Barón de Humboldt, no para contribuir con nada a este sabio, sino para aprovecharme de sus luces”, decía en las primeras líneas de una carta que escribió el 20 de junio de 1801 a Santiago Arroyo y Valencia –amigo, paisano, abogado y educador influyente–, que en el cruce epistolar sugirió la vinculación de Caldas al proyecto. No le costó tomar la idea al vuelo. Sin duda era algo que ya había soñado y lo esperaba consumido por la ansiedad: “beberé con ansia cuanto se digne enseñarme este hombre célebre”; “deseo con ansia a este sabio viajero para aprender algo y aspirar a ser alguna cosa importante”; “espero con ansia a este ilustre prusiano, y tengo fundadas esperanzas de instruirme algo con su trato”, siguió diciendo a sus amigos en cartas escritas al borde del delirio. 

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Javier Ortiz Cassiani

Candidato a doctor en historia por El Colegio de México. Colaborador de medios como El Heraldo, Arcadia y El Malpensante. En 2019, Libros Malpensante publicó El incómodo color de la memoria, una compilación de sus ensayos, columnas y perfiles sobre la raza negra. Este año será lanzada la segunda edición, aumentada.

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