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El Malpensante

Entrevistas

El reguetón es el resultado del mal fermento social que vivimos

Una entrevista a Leonardo Padura

Menos conocida que su labor como escritor es la vocación melómana del autor cubano. Aquí deshilvana su pasión por la salsa, los engranajes ideológicos que la sostienen y el malditismo de algunos de sus soneros más conocidos, tan cercanos al frenesí de las estrellas de rock.

© Wikimedia Commons

 

En La Habana, en 1997, Leonardo Padura publicó Los rostros de la salsa, un libro que reúne entrevistas con célebres ejecutantes del género, como Mario Bauzá, Cachao López, Papo Lucca, Juan Luis Guerra, Rubén Blades, Willie Colón, Johnny Pacheco y Juan Formell, entre otros. Voces con las que repasa la historia, gloria y desdicha de un ritmo que se extendió alegremente por el mundo. Un texto, como otros de su autoría, opacado tal vez por el mismo Padura y su exitosa saga de novelas sobre el detective Mario Conde y también por títulos como El hombre que amaba a los perros. Esta serie de conversaciones fue recién recuperada y publicada por editorial Tusquets, que lanzó el libro hace unos meses.

 

No muchos saben que usted comenzó como periodista y que publicó varios libros de ese género. ¿Dónde estaba ese Padura entrevistador?

 

Siempre he llevado paralelamente la escritura y el periodismo. Mi primer trabajo fue en El Caimán Barbudo, una revista cultural, y a la vez escribía mis primeros cuentos. Viví del periodismo hasta 1995, cuando decidí ser autor independiente. Sin embargo, nunca lo dejé y tuve la suerte de abordar temas que no envejecieron al día siguiente. Por eso, tengo alrededor de diez libros de no ficción, como Los rostros de la salsa y El alma en el terreno, con entrevistas a jugadores de béisbol cubanos. 

 

Para serle honesto, poco conocidos esos libros en Colombia.

 

La mayoría fueron publicados en Cuba. Algunos estamos recopilándolos y publicándolos con Tusquets y, bueno, espero en un momento reunir mi obra periodística y ponerla a circular, porque así se entenderá mejor a Mario Conde, el protagonista de mis novelas, y a Leonardo Padura.

 

Béisbol y salsa, más Caribe imposible...

Yo soy un escritor muy apegado a mi pertenencia. Los orígenes y la identidad están desde el principio dentro de mis preocupaciones. Al punto que mi primer libro, mi tesis de grado, es un estudio de la vida y obra del Inca Garcilaso de la Vega, el primer hombre que vivió el conflicto de ser un hispanoamericano. Es decir, el fundador de una identidad continental: mezcla de indio y español, hijo de la Conquista. Y después trabajé mucho la obra de Alejo Carpentier en la definición de lo americano a través de lo real maravilloso. Mis libros tienen que ver con esa identidad, como La novela de mi vida, sobre el origen de Cuba, donde hay elementos capitales como la música y el béisbol. 

 

Su interés por la salsa va más allá de lo musical, de un trombón o un bongó, ¿por qué?

 

Entre varias razones, la salsa fue un movimiento que tuvo conciencia de su carácter supranacional. En el Caribe, las islas estamos geográficamente muy cerca, históricamente muy cerca. Pero socialmente, muy distantes. La salsa creó un lenguaje común a todo el Caribe hispano. Así mi gran interés por ella.

 

¿Es de los que cree que solo con la música se podría conocer la identidad cubana? 

 

Definitivamente. Imagínate, en 1830, época en la que se desarrolla La novela de mi vida, Cuba y Puerto Rico fueron los dos únicos territorios de Hispanoamérica que no se lanzaron a la lucha independentista. Y hubo una razón: en Cuba, el 52% de la población era negra o mestiza, y la aristocracia cubana, la burguesía, que dirigió las revoluciones independentistas en América, no se atrevió a hacerlo en la isla porque tenían miedo a que ocurriera lo que ocurrió en Haití.

El negro pesa en la historia de Cuba. Llegaban desnudos en sus barcos y no traían ni siquiera un objeto que los identificara con su tierra. ¿Qué cosa traían esos negros? Traían su mente. ¿Y qué traían en su mente? Música y religión. Y por eso tenemos música y religiones afroantillanas, el vudú, la santería o la regla de palo. En fin, creaciones de carácter espiritual y artístico, decisivas en la vida y en la historia cubanas. Y es la música, no solamente en Cuba, la gran expresión del Caribe. Sin ella nuestra cultura no tendría la definición que tiene. 

 

¿Cómo puede ser la salsa tan alegre cuando tiene un origen triste?

 

La salsa llegó en los años setenta, en un momento en que la comunidad hispana o latina que vivía en Nueva York atravesaba una situación difícil. Bueno, nunca ha atravesado un momento que sea fácil. Y, al comienzo, fue una respuesta social a esa realidad. Pero cuando empiezas a escuchar música del Caribe terminas bailando y tienes que divertirte. 

 

Pero la salsa no es solo diversión...

 

Claro, lo comenzó a demostrar Rubén Blades con canciones como Pablo Pueblo. Este señor llega desde esa esquina remota y extraña del Caribe que es Panamá, porque Panamá vive más mirando hacia el Pacífico que al Atlántico, y trae su música y crea la llamada “salsa consciente”. Este ritmo tiene un registro que va desde lo festivo hasta lo político.

 

¿Es ahí cuando empezó a ser relacionada con la izquierda?

 

Yo creo que la salsa tuvo una vocación progresista. Era la expresión de los que no habían tenido voz y pudieron expresarse a través de la música. Y eso le da ese carácter que puede ser o izquierdista o progresista, o revolucionario incluso, que la salsa asumió con responsabilidad. Creo que sí, que se puede tener esa percepción de la salsa porque lo practicó. 

 

¿Hay manera de decir que es mejor la salsa consciente, tipo Blades, que la de “Vamos a gozar”?

 

Yo creo que todo es pertinente en este universo, donde nada es puro. Si oyes un guaguancó cubano hecho en tiempos de salsa, ya te das cuenta de que tiene elementos que lo modifican. Si oyes un aguinaldo puertorriqueño, ocurre lo mismo. Si oyes una cumbia colombiana, igual. En el álbum Siembra, de Blades, por ejemplo, hay una modificación de los ritmos originales porque la salsa tiene una conciencia supranacional.

 

¿Cómo ubicar en el mapa ese Caribe de la salsa?

 

Mira, este es un fenómeno muy curioso porque la salsa se asocia al Caribe, pero pertenece a un Caribe que es más grande que la geografía de esta cuenca, porque va desde Nueva York hasta Cali, es decir, va desde el norte del Atlántico hasta el centro Pacífico de Suramérica. Y siempre mantiene su carácter. En el caso de Cali, por ejemplo, hay un elemento que a mí me parece que vale la pena estudiarlo: el negro caleño no es un negro caribeño. Yo he visto espectáculos de música folclórica caleña, y los instrumentos, las maneras de cantar, las maneras de bailar, son completamente distintos de los que te puedes encontrar en Cartagena o Barranquilla.

 

¿No tiene la sensación de que la salsa ha perdido mucho espacio?

 

Como todo movimiento artístico. Tuvo su momento de nacimiento, esplendor y decadencia. Hoy lo más escuchado es la música urbana, a partir de la llegada del hip-hop y del rap. Y, después, la evolución hacia el reguetón. 

Entre otras razones, porque es mucho más fácil escribir un reguetón que hacer una obra en el territorio amplio de la salsa. Además, en estos tiempos, lo que hoy es actual, mañana es pasado remoto.

 

¿Usted oye reguetón?

 

Me parece que el reguetón es una de las deformaciones y manifestaciones de una crisis social, incluso intelectual y espiritual, en el Caribe. El reguetón llega a tener un carácter violento, sexista, homófobo y, a veces, escatológico. Tiene mucho que ver con lo que ocurre en nuestras sociedades, el resultado del mal fermento social que vivimos.

 

No solo cambiaron las audiencias...

 

Cambiaron las audiencias, cambiaron los paradigmas, cambió el mercado. Los músicos de la salsa en los años setenta trataban de vivir de lo que vendían sus disqueras. Hoy ningún músico vive de los discos, viven de los conciertos y de los derechos que les pagan por determinados usos de su música. El disco desapareció como un elemento capital del mercado. Vender en aquella época cien mil discos era un exitazo, vender un millón era un superéxito. Hoy esas contabilidades no son tan importantes.

 

¿Por qué en su libro no se habla de la importancia que tuvo la salsa en Colombia y por qué no aparece ningún artista colombiano?

 

Porque este fue un libro que se hizo a partir de encuentros fortuitos. Solamente busqué dos entrevistas: la de Mario Bauzá, en un momento en que yo estaba en Estados Unidos y pude ir a Nueva York, y la de Juan Luis Guerra, con quien quería cerrar este libro. Las otras fueron encuentros en distintas partes del mundo, de manera inesperada. Se me quedaron sin entrevistar, por ejemplo, Oscar D’León, Joe Arroyo, Gilberto Santa Rosa y Celia Cruz.

 

Además de Juan Luis Guerra, entrevista a Wilfrido Vargas. ¿No cree que es difícil aceptarlos como salseros?

 

No. Yo tengo una lectura muy abierta de la salsa. Y en esa lectura entran todos estos ritmos que se fueron mezclando y fueron conviviendo en la evolución de la salsa. Hay elementos de todas las músicas del Caribe. Los salseros utilizaron ritmos del merengue para muchas de sus canciones. Por lo tanto, no creo que sea justo excluirlos de un fenómeno que es caribeño.

 

El salsero puro denigra del merengue...

 

Algunos, los menos inteligentes. Yo creo que los más aprovechan todo lo bueno que ha dado la música del Caribe, y el merengue, como dice Johnny Ventura, “es algo esplendoroso y extraordinario”.

 

Si bien al final del libro usted hace un listado de setenta canciones, ¿cuál es la canción de Padura, la que siempre busca?

 

Hay varias. En Siembra, por ejemplo, hay siete u ocho canciones que escucharía siempre, y hay un álbum muy poco conocido de Blades, en inglés, Nothing but the Truth, que me encanta. Soy muy heterodoxo en cuanto a mis gustos salseros: disfruto lo mismo un son de Papo Lucca o de Adalberto Álvarez que una canción con muchos trombones de Willie Colón, o un viejo tema cubano arreglado por Johnny Pacheco

 

¿Por qué Mario Conde, el detective de sus novelas, su álter ego, es más de los Beatles que de salsa? 

 

Para mi generación, en los años sesenta y setenta, era muy difícil acceder a la música que se hacía en Estados Unidos y en Inglaterra, el pop y el rock. Y como era tan difícil, a manera de reafirmación o de rebeldía, era lo que más oíamos: los Beatles, los Rolling Stones, Creedence Clearwater Revival, Mamas & The Papas, Led Zeppelin, en fin. La música cubana estaba estancada, la escuchábamos menos, la practicábamos mucho menos. Hasta que conocimos, tarde, la salsa. Así empezó un momento de recuperación de la música cubana y por eso tanta gratitud con este ritmo. 

 

En la salsa, como en el rock, hay cantantes o artistas malditos, como Héctor Lavoe. ¿También le sedujo la personalidad y vida de los salseros?

 

Mira, mi gran interés por la música no surgió especialmente por la música. No soy musicólogo ni historiador. Yo empiezo escribiendo unas entrevistas, unos textos, sobre una serie de músicos cubanos que tuvieron vidas muy dramáticas. Y es la vida personal del músico, relacionada con la noche, el sexo, el alcohol y, a veces, la droga, lo que me interesó.

 

¿Se aventura a dar una razón de por qué caen al abismo?

 

A Barbarito Díez, gran cantante cubano de danzones, cuando estaba ya muy mayor, le preguntaron: “Barbarito, ¿y cómo usted en los años treinta, cuarenta y cincuenta se preservó así con esa voz, y con esa presencia, viviendo en un momento en el que prácticamente todos los músicos consumían marihuana, trago, y trasnochaban?”. Y Barbarito dio una de las respuestas más hermosas que he escuchado: “Porque estoy haciendo el experimento de ver cuánto dura un negro bien cuidado”. 

 

 

Portada de Los rostros de la salsa. Tusquets, 2020.


 

 

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José Ángel Báez

Ha trabajado como periodista y editor en El Tiempo y la revista Semana. En 2019 publicó "Llegar a la cima: un perfil íntimo de Nairo Quintana".

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