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El Malpensante

Breviario

El estigma de la santa rita

Herbario migrante I

Un herbario es una pequeña colección de plantas que podemos utilizar como material de estudio botánico o, es el caso de este herbario migrante, como inspiración y ejemplo para adaptarnos a entornos diferentes. En este primer despacho, se pone la lupa en la bugambilia o veranera.

La Bougainvillea o bugambilia es una planta trepadora de la familia Nyctaginaceae, procedente de los bosques tropicales húmedos de Sudamérica, principalmente de Brasil, Perú y Argentina. Se llama así en honor a Louis-Antoine de Bougainville, quien introdujo la planta en Europa. Gracias a esta primera migración, la bugambilia se encuentra hoy en los cinco continentes. Tiene varios nombres: en Centroamérica la llaman trinitaria, en Colombia le dicen veranera y en Argentina santa rita. 

Entiendo que en Colombia se le llame veranera, ya que suele necesitar poca agua y puede tolerar temperaturas hasta de 38 °C. Recuerdo haber visto muchas adornando las casas coloniales del casco histórico de Cartagena, cayendo en cascadas florales desmesuradas, con tonos fucsias, anaranjados, rojos o magentas. Como la planta trepadora que es, aunque no le ofrezcas un soporte siempre encontrará dónde enredarse para caer con gracia. Eran tantas y estaban tan juntas que parecían parte de algo que no terminaría nunca. Luego supe que las que lucían esos colores no eran las flores sino las brácteas, esa suerte de hojas encargadas de proteger las flores, que crecen como pequeños retoños minúsculos en tonos blancuzcos y amarillentos dentro de los ramilletes coloridos. Las veraneras tienen un período muy largo de floración (desde el primer calor de la primavera hasta que comienza el invierno), y no dejo de pensar que algo tiene que ver la protección de esas brácteas que no son flor ni hoja estrictamente, pero que llevan la dignidad de lo que aguanta vientos, diluvios, caricias y maltratos.

También entiendo que la llamen trinitaria en Perú. Por lo general, sus brácteas se dan en racimos de tres, al igual que las flores a las que protegen. Tal vez haya algo casi místico en la trinidad de esta planta, desde su color púrpura, al que los jardineros llaman “color obispo”. Ese púrpura es el que me acostumbré a ver en Argentina, pero al recorrer Latinoamérica supe que las variedades no solo podían ser infinitas dentro de una paleta cálida e intensa, sino que también existen especies que combinan dos o más colores de brácteas en la misma planta. Alguna vez me animé a preguntar sobre los cambios en el tono, al ver mutar en degradé el color de la planta, y la respuesta fue que, así como las personas, las plantas envejecen. Pero nunca vi morir una santa rita; la imagen que conservo de ella es siempre viva, como la de un fuego que alguien encendió hace mil años y nunca se apagó.

De todos sus nombres, el que más raro se me hizo fue el que le pusieron en Argentina. Sin embargo, después de investigar un poco encontré la relación. Dicen que esta planta soporta todo tipo de recortes, que se ajusta a cada poda con una adaptabilidad increíble. De hecho, hay un dicho alrededor de ella: “Mientras más sufrida, más florida” y, en concordancia, la oración constante de santa Rita era: “Oh, Señor, aumenta mi paciencia en la medida en que aumentan mis sufrimientos”. Me contaron que esta santa es muy celebrada en el nordeste argentino, que le llaman “la patrona de lo imposible”. Y de la planta dicen que de cada corte salen al menos tres tallos nuevos; que cada nuevo sufrimiento aumenta la frondosidad del follaje.

La santa rita es un estruendo vibrante y doloroso que nace de Sudamérica, en el corazón de la selva tropical, y que logró extenderse por todo el mundo. Entre más se alejó del origen, más fuerte enterró sus púas; púas iguales a la espina que apareció milagrosamente en la frente de santa Rita.

El estigma en la frente de la santa nunca cerró. Me la imagino aprendiendo a vivir con ese dolor, como la planta que aprende a crecer después del corte. Me la imagino soñando con la tierra que, como la herida en su frente, se abre; y luego el aire, la púa clavándose durante el ascenso de la enredadera que se aferra desesperada en cada continente. Y me las imagino a ambas, a santa Rita y a la santa rita, sintiendo la sangre púrpura brotar despacio, irse en una cascada vibrante y ensordecedora, hasta que despiertan de golpe, como la voz de miles de chicharras latinoamericanas rugiendo en medio de la noche.

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Lucía Vargas Caparroz

Licenciada en letras de la Universidad del Salvador, en Buenos Aires. Colabora con El Espectador desde 2018. Autora de "Todo el tiempo nuevo" (2016) y "Por ser del Sur" (2019), dos libros de diarios y crónicas acerca de sus viajes por Latinoamérica.

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