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El Malpensante

Columna

De cierta manera: Historia y matices

Con amigos se administra el hambre

Una columna de Javier Ortiz Cassiani.

 

¿Qué tenían en común los estómagos de cuatro amigos llamados Nereo López, Leo Matiz, Gabriel García Márquez y Manuel Zapata Olivella?

Se tostaron con la resolana cerril de La Guajira, sintieron que la sal se les metía por los poros para purgarlos con salitrosa sudoración, se desvelaron para presenciar el florecimiento de los cactus como celebración de la belleza y la resistencia de un pueblo en la aridez de ese territorio, fueron testigos de cómo los manatíes con su ternura de vacas prehistóricas iban desapareciendo del río Magdalena, cultivaron la sensibilidad para leer en los braceros de los puertos fluviales la dignidad de los bogas de antaño y participaron del esplendor del arte mexicano posrevolucionario, pero también supieron de Ciudad de México exhibiendo su mondongo con olor a tortilla y sus noches de pepenadores y cantinas de buena muerte. Hablo –quiero hablar– de Gabriel García Márquez, Manuel Zapata Olivella, Leo Matiz y Nereo López; de la relación solidaria que construyeron en la pobreza y el vagabundaje. Sabemos que fueron escritores o fotógrafos consagrados, pero en un tiempo fueron eso y también vagabundos –a veces solo vagabundos–, pese a que fue Zapata Olivella el único de ellos que publicó el hambre al mismo tiempo que la padecía, y hasta se hizo retratar por Nereo López posando con el disfraz de lo que era. 

Gabriel García Márquez lo dijo cuando ya estaba en la gloria: le tocó cantar boleros y vallenatos; hasta se ganó una beca para cursar estudios de bachillerato por la gracia de su voz y la buena caligrafía con la que copió la letra de una canción para que un burócrata enamorado se la dedicara a la novia. Lo que se ha dicho menos es que fue cajero de una delegación folclórica que Zapata Olivella llevó a la Unión Soviética. Fue en 1957, para los tiempos en que Gabo, varado en París por el cierre de El Espectador durante la dictadura de Rojas Pinilla, administraba el hambre en dosis equitativas con su apariencia de beduino en desgracia. A su paso por la ciudad –como le gustaba andar: con una recua de músicos de todas las pelambres y de varios rincones del país–, Manuel lo encontró y no dudó en arrastrarlo como parte de la delegación que participaría en el VII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes. Dijo el Nobel en sus memorias que la vocación más cierta de Manuel “era tratar de resolverle los problemas a todo el mundo”. Uno puede leer esto desde el reclamo que suele hacérsele a Gabo por la falta de referencia en sus e...

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Javier Ortiz Cassiani

Candidato a doctor en historia por El Colegio de México. Colaborador de medios como El Heraldo, Arcadia y El Malpensante. En 2019, Libros Malpensante publicó El incómodo color de la memoria, una compilación de sus ensayos, columnas y perfiles sobre la raza negra. Este año será lanzada la segunda edición, aumentada.

Noviembre 2020
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