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Coda

In dubio, pro Grass

Las recientes precisiones del Nobel alemán sobre su pasado nazi no dejan de producir reacciones de toda índole. La que sigue es la de un gran conocedor de la obra del autor de "El tambor de hojalata".

A los quince años de su edad, en Danzig, Günter Grass se presenta voluntario para ingresar en el cuerpo de submarinistas, donde lo rechazan. Poco después, ya en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, es llamado a filas y pasa a ser miembro de una división acorazada de las SS. Y ahora, cuando han transcurrido sesenta años, convertido en alguien mundialmente célebre, Premio Nobel de Literatura y conciencia e instancia moral de su nación, Günter Grass va y lo reconoce en su último libro, Beim Häuten der Zwiebel (Pelando la cebolla) —puesto a la venta a mediados de agosto en Alemania—, desencadenando así una polémica tempestuosa.

Esta revelación ya la podía haber hecho en 1967, cuando en un lugar tan arriesgado como Israel no tuvo inconveniente en admitir que había formado parte de las Juventudes Hitlerianas. O en 1976, cuando con Heinrich Böll y Carola Stern fundó la revista L’76: ahí pudo haber tomado ejemplo de la Stern (nacida en 1925 como Erika Assmus), una joven nazi convencida y activista, que al acabar la guerra, y aterrada por su ceguera, mudó radicalmente de pensamiento hasta el punto de adoptar un seudónimo judío, como expiación. Sí, mal que nos pese, han sido varios los momentos significativos en que Grass pudo haber hecho público lo que hizo ahora.
 
Por ello, se le dé las vueltas que se le dé, queda de cualquier modo un regusto amargo, sobre todo porque Grass admite paladinamente que no sabe cuáles han sido las razones de su silencio durante tan largo tiempo. Y si él mismo no las sabe, el campo queda abierto a la especulación. Ahora bien: sobre lo que no cabe especulación posible, de ninguna especie, es acerca de la grandeza de su obra, ni de la integridad de la persona que la escribió. Ambas, como la mujer del César, están por encima de cualquier sospecha.
 
Algo que también debería aclararse, sin finalidad exculpatoria sino sencillamente explicativa, es que al decir sin más que “Grass estuvo en las SS”, el titular habitual, lo que queda en la memoria del lector, únicamente, es la estampa cinematográfica de las SS: una máquina de guerra infernal en que soldados de mirada acerada, aupados en?las altas torretas de sus tanques, pasan por encima de quien se ponga por delante. Y hay que rebajar mucho, mucho Hollywood, de esa imagen: las SS del 45 eran una tropa quizá algo menos destruida que las demás, pero estaba ya tan venida a menos que corría igual que las fuerzas armadas regulares ante el avance de los Aliados. Y en el Este, más. Porque los rusos no tomaban prisionero a un soldado alemán con las dos siniestras runas cosidas en el cuello de la guerrera: lo fusilaban sin más trámite.
 
A este respecto me gustaría citar en extenso una carta de lector llegada al diario coloniense Kölner Stadt Anzeiger desde la Westfalia profunda, de Nümbrecht, firmada por el doctor Jürgen Strelow, y en la que se dice: “Lástima que este asunto sea juzgado y prejuzgado por gente que en razón de su edad no conocieron las circunstancias de entonces. Todavía tengo presente cómo muy poco antes de la llegada de los americanos a un pueblo del Westerwald, vi una tropa dispersa de ‘chiquilines’ sentados en el suelo y apoyados en la tapia del cementerio, con el uniforme de las Waffen-SS, agotados, hambrientos, sedientos y sucios, y contando el resto de sus armas y municiones. Nada de patriotismo a ultranza, sólo rostros cansados y ojos apagados. Ni siquiera en tiempos más ‘victoriosos’ se hubiese creído en una libre voluntad auténtica de esos muchachos. Sencillamente habían caído allí, los habían destinado allí. Y hasta podían dar gracias a Dios de que no los habían enviado a integrar pelotones de ejecución de ‘saboteadores’ u otras acciones parecidas de las Waffen-SS. El solo hecho de su pertenencia a las Waffen-SS no debe reprochárselo nadie a Günter Grass. Tampoco hay nada reprochable en la conversión de Saulo en Pablo. Lo que sí se le debe preguntar es por qué lo ha revelado ahora, tan tarde”.
 
Por su parte, un temible polemista, Henryk M. Broder, ha caracterizado la caza de brujas contra Grass de la siguiente manera: “La Alemania burguesa del año 2006 reacciona [...] como una familia que poco antes del octogésimo cumpleaños de la abuela se entera de que cuando era una muchachita... hizo la calle. No se puede echar a la abuela de la casa, pero tampoco se la quiere seguir presentando en la sala de recibo”.
 
Y pues que hablamos de abuelos, me hizo gracia leer otra carta de lector, en ese mismo diario citado antes, y en este caso escrita por Konrad Adenauer, nieto del canciller federal de idéntico nombre, el primero que tuvo la Alemania occidental en la posguerra. Se indignaba este nuevo Konrad Adenauer por los ataques de Grass contra la política de su abuelo, que fue —según dice el nieto— quien “sacó el proverbial carro del lodo”. Pero ya metidos a poner en claro el pasado, ¿por qué omite que “el Viejo” (como familiarmente se conocía al anciano canciller) sacó el carro del lodo colocando a no pocos nazis en su aparato gubernamental? No obstante, lo más curioso, aunque al propio tiempo altamente revelador, es lo que este Konrad Adenauer nieto añade, en el mismo contexto y refiriéndose a Günter Grass: “en vez de callarse contrito”. Ajá.
 
Con lo cual regresamos a lo que Grass, contrito, no ha callado: a su revelación.

Según uno de los argumentos que se esgrimen para explicarla, ella obedecería al deseo de adelantarse a la publicación de los documentos que prueban la membresía de Grass en las SS, unos documentos que se hallaban en poder de la siniestra Stasi —la Seguridad del Estado—, de la extinta RDA. Este argumento carece de base, ya que Grass, al caer prisionero del ejército estadounidense, se identificó como soldado de la división acorazada Frundsberg de las Waffen-SS, y ese documento siempre estuvo asequible para la investigación histórica, además de al alcance de la consulta de cualquiera, desde 1964, en los archivos del ejército alemán en Berlín.

Un segundo argumento es que Günter Grass, con su revelación, ha montado un espectáculo mediático para promocionar la venta de algo que, sin saber muy bien de lo que están hablando, llaman “sus memorias”. No hay tales memorias, pues Pelando la cebolla es tan sólo un texto autobiográfico, y el argumento de su espuria promoción carece asimismo de sentido, por el sencillo hecho de que cada vez que Grass concluye un libro y se anuncia su publicación, la primera edición de 150.000 ejemplares está vendida antes de imprimirse. Con independencia de si es una novela o un ensayo, un libro de carácter rememorativo (como en este caso) o un recetario de la cocina kachuba.
 
Y otro de esos argumentos tiene que ver con el Premio Nobel, y al respecto no encuentro mejor resumen que lo que me escribió una persona caracterizada por lo demás por su buen criterio: “Supongo que nadie que no sea un resentido de siete suelas querrá sepultar a don Günter por algo que pasó en su adolescencia en el lugar y tiempo más dramáticos de todo el siglo XX en el mundo. Sin embargo, me parece perturbadora la idea que expone Daniel Kehlmann en Un prisionero del Nobel: si el dato de la adolescencia de Grass con los SS se hubiera sabido antes, ¿tendría hoy el premio Nobel? ¿Fue esa la razón para ocultar el dato, e incluso para mantenerlo oculto tanto tiempo? Chi lo sa!”. A lo cual no hay más remedio que contestar, con harta dosis de escepticismo: ¿la posibilidad de que le dieran el Nobel habría sido el motivo para una tan larga ocultación? ¿Para luego, en el peor de los casos, en el lecho de muerte, sabiendo ya que no se lo darían, finalmente revelarlo? ¿No parece muy aventurada la apuesta? O imaginemos que lo hubiera atropellado un auto y se muriese, sin Nobel y sin confesión... No, de a deveras, me resisto a pensar que Grass piense tan retorcido.
 
Y es que los argumentos con que se intenta denigrarlo hablan más de quienes lo intentan, que del propio autor de la trilogía de Danzig. Creanmeló, con acento en la o. Y quienes opinan que la Academia Sueca debería retirarle el premio Nobel, parecen olvidar que Alfred Nobel fue el inventor de la dinamita. Para expresarlo con un cierto Galgenhumor (el humor de patíbulo), a mí me parece que, si acaso, lo que a Günter Grass deberían retirarle es su carnet de conductor —en alemán, FührerSchein—, y ello por avergonzarse en público de haber pertenecido a una organización que prestaba juramento de lealtad inquebrantable al Führer... el cual, dicho sea de paso, y por una de esas paradojas de la historia, jamás poseyó un FührerSchein (aunque no me atrevería a sostener que esa carencia fuera la causa de su fracaso final).
 
Humor negro aparte, lo único que en rigor puede reprochársele a Grass es haber mantenido silencio sobre el tema durante sesenta años. Pero escribí “puede” y me detengo antes de seguir. Tal vez hubiese debido escribir, mejor, “podría”. Pues por paradójico que resulte, y aun siendo reprochable ese silencio de seis décadas, resulta que a fin de cuentas —considerando la absoluta claridad con que Grass tiene que haber previsto la tormenta que se le venía encima, y el que a pesar de todo haya decidido arrostrarla— se produce un fenómeno de proporcionalidad inversa, y eso le confiere una inesperada grandeza de ánimo a su tardía revelación.
 
Last but not least: en uno de los numerosos chistes gráficos a que ha dado lugar este casus belli, puede verse a Grass con la pipa en la mano izquierda, la testa coronada de laureles y toda su persona erguida sobre un pedestal donde campea una placa: EL MORALISTA. De ese pedestal, por una puerta chica abierta a su costado, sale al mismo tiempo un Grass diminuto, cinco veces más pequeño que el del monumento, además de cariacontecido y como agobiado por un peso incómodo. Y al fondo del chiste hay dos espectadores, uno de los cuales comenta: “Alguien como tú y como yo...”. Y la verdad es a que pesar de la evidente intención del autor del chiste, no puedo sino pensar: ¿habrá quizás algún despistado que se lo tome al pie de la letra, y crea que también él sería capaz de escribir El tambor de hojalata?

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R Bada

Escritor y radiodifusor. Escribe para el diario El Espectador

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