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El Malpensante

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Las razones de la dignidad

El 24 de abril de este año, el emblemático novelista turco se le midió a un tema muy espinoso en su propio país: por qué nunca, en ninguna circunstancia, debemos negociar la libertad de expresión.

En marzo de 1985 Arthur Miller y Harold Pinter viajaron juntos a Estambul. En ese momento probablemente eran los dos nombres más importantes de la dramaturgia mundial, pero su viaje a Estambul por desgracia no fue a causa de una obra de teatro o de un suceso literario sino de los crueles recortes a la libertad de expresión que se estaban imponiendo en Turquía en ese momento y de la gran cantidad de escritores que languidecían en prisión. En 1980 hubo un golpe de Estado en Turquía: encarcelaron a cientos de miles pero, como siempre, los escritores fueron objeto de la persecución más encarnizada. A veces miro las publicaciones y los almanaques de aquella época para recordar cómo eran las cosas, y siempre acabo topándome con una imagen que para muchos de nosotros define la era: en un juzgado, un hombre de cabeza rapada y flanqueado por policías frunce el ceño mientras se juzga su caso. Muchos de esos hombres eran escritores, y Miller y Pinter habían venido a Estambul a reunirse con ellos y con sus familias, a ofrecerles ayuda, y a obligar al mundo a ver su predicamento. El Pen Club y el Comité de Helsinki organizaron su viaje. Yo fui al aeropuerto a recibirlos porque junto con un amigo seríamos sus guías.

Me habían ofrecido este trabajo no porque tuviese nada que ver con la política sino porque hablaba inglés de corrido, y había aceptado feliz no sólo porque era una forma de ayudar a colegas amigos en problemas sino porque significaba pasar unos días en compañía de dos grandes escritores. Visitamos juntos pequeñas editoriales empeñadas en sobrevivir, salas de redacción atestadas, y las oscuras y polvorientas oficinas de revistas modestas constantemente a punto de cerrar; fuimos de casa en casa y de restaurante en restaurante y hablamos con escritores en problemas y con sus familias. Hasta ese momento yo había permanecido al margen del mundo político, negándome a participar excepto bajo coerción, pero la culpa que me generaban las sofocantes historias de represión, crueldad y maldad pura me empezó a atraer a ese mundo, y también el sentimiento de solidaridad —aunque al mismo tiempo me invadía el deseo opuesto de protegerme de todo eso, de no escribir más que novelas hermosas el resto de mi vida. Recuerdo que mientras llevábamos a Miller y a Pinter en taxi de una cita a otra, discutíamos sobre los vendedores callejeros, las carretas tiradas por caballos, las mujeres con velo y las mujeres sin velo, que siempre despiertan el interés d...

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