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El Malpensante

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Bogotá revisitada en los libros

Cada gran ciudad deja en los libros un rastro inconfundible. En la pasada feria del libro, el connotado poeta antioqueño trazó su lectura del tema para Bogotá, su ciudad de adopción.

Ciudad y libro son dos palabras que, muy lejos del azar maravilloso que invocaba Lautréamont trazando una suerte de bodegón con paraguas y máquina de coser sobre una mesa de disección, cada vez están de manera más cotidiana involucradas. Y no sólo como palabras sino como conceptos.

Cualquier hombre moderno sabe que las palabras Baudelaire y flâneur, es decir, poeta andariego y ciudad, son de la misma estirpe, de la misma naturaleza. Praga y Kafka, Jean Valjean y el París de las cañerías y los albañales, México y José Trigo, Buenos Aires y una mitología casera en Manuel Mujica Láinez, para no hablar de los mitos arrabaleros de Borges, la Montevideo orillera de Onetti, la Santiago decadente de Donoso, la ciudad de las columnas que parece fundada por Carpentier, la Caracas en la que envejece un hombre becketiano como el personaje conmovedor de Adriano González León, la Lima horrible de Vargas Llosa, la triste fundación de un conato de ciudad debida al más grande poeta vivo de este lado del mundo, Aimé Césaire, nos remiten más que cualquier teoría de lo que se ha dado en llamar con facilismo literatura urbana, al sentir de quienes vivimos en la ciudad, entre cuatro muros cardinales.
 
Quiero hacer un recuento de los encuentros que he tenido con Bogotá en muchos parajes de libros variopintos, de diferentes momentos de su historia y de sus imaginarios. Bogotá es una ciudad cuya belleza no se le entrega de manera fácil al mal viajero. Me recuerda esta ciudad la saga de la bella mujer envuelta en piel de asno, en una cierta aspereza que hay que encontrar bajo un abrigo de harapos: ocurre que quien encuentra esa belleza ya está perdidamente enamorado, sin remedio posible.
 
No es tan cierto, aunque en el caso de Bogotá se presente en condiciones menos mitologizadas que en los casos de Buenos Aires o de Ciudad de México, para sólo citar dos urbes latinoamericanas, que la ciudad no haya sido motivo expansivo de inspiración para historiadores, narradores y poetas. Voy a intentar un rastreo sincopado a partir de una ciudad revisitada desde la escritura, de manera ecléctica como es la ciudad misma.
 
Empiezo por el Libertador, que amó tanto su Quinta en las estribaciones de Monserrate y que salió insultado bajo abyectos calificativos de Bogotá. O’Leary cuenta, al evocar a Simón Bolívar, que el Libertador no quería, tras librarse la batalla de Boyacá, que Santa Fe siguier...

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