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El Malpensante

Breviario

Con pelos y señales

A propósito del acto de cortarse el pelo.

© Steve Collier | Corbis

 

En un momento en que el afán por rejuvenecer nos ha llevado hasta el uso de embriones de pato o la cámara hiperbárica, también persisten métodos más simples y baratos para cambiar de apariencia, por ejemplo, una motilada. Con ella aludo a esa opción rápida para proyectarnos en el mundo y cuyos efectos secundarios, en el peor de los casos, se expresa en trasquilones, cuando el local es de medio pelo. Asunto de poca monta, cuando hasta un trasquilón puede tomarse hoy como un defecto intencional de la vanguardia capilar.

Aunque suene traído de los cabellos, el acto de motilarse mejora el ánimo y relaja tanto o más que los realizados en lechos y divanes. Conozco personas que van a la peluquería por lo menos cada quincena, en un intento por depilar las penas o desbastar su aburrimiento. Tanta importancia ha cobrado el oficio que hemos pasado del barbero de ópera al estilista profesional.

Sólo este artista sabe contemplar la forma de un rostro antes de echar tijera y liberar, corte tras corte, aquella belleza atrapada entre la melena. Al tiempo que escucha, en confidencia, los peliagudos asuntos que afectan a sus clientes y los alegra con rayitos y gracejos, de esos que le sacan pelo a una calavera.

Es cierto que algunos barberos, como el de Sevilla, no tenían pelos en la lengua para platicar de lo humano y lo divino, desde la filosofía casera hasta los chismes de alcoba, y que tampoco tenían un pelo de tontos cuando se trataba de intrigar. Pero se prefiere su papel de terapeutas al de enredadores. Algunos hasta se han desgreñado por causas políticas y han tenido que rasurar de mala gana el cuello de sus adversarios, venciendo la tentación de practicar el único corte que consideraban conveniente: el de franela.

Desde esos tiempos erizados ya se usaba el símbolo de la espiral giratoria que el temor lee como un hilo de sangre. El roce de la barbera afilándose en el cuero produce una música de horror que aterró al mismísimo Poe. Por algo este poeta se imaginó a un gorila que robaba la hoja filosa para irse a la calle Morgue no precisamente a motilar ovejos.

Tales historias ponen los pelos de punta a cualquiera y explican la resistencia de esos genios de luengas cabelleras, como Leonardo, Rasputín o el Pibe Valderrama, a tratar con peluqueros. A veces...

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