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El Malpensante

Coda

El teatro, la Cenicienta del Nobel

A juzgar por los cálculos que hace nuestro asiduo corresponsal, las madrastras en la materia son la narrativa y la poesía, mientras que muy pocos dramaturgos, y no siempre los mejores, han recibido tan famoso premio.

La noticia del Premio Nobel a Harold Pinter ha sido, al menos para mí, una alegre sorpresa. Recuerdo aún que cuando un jueves de octubre del 97 se anunció que el Nobel de ese año era Dario Fo, mi primera pregunta fue: “¿Y Arthur Miller y Harold Pinter, cuándo entonces?”. Eso con prescindencia de que, a más de la injusticia de ningunear a Miller y Pinter en favor de Fo, se ninguneaba también a Franca Rame no haciéndola compartir el premio de su esposo, y es de todos sabido que el teatro de Fo, sin Franca, sería impensable. Pero en fin, en la Academia Sueca parece que también hay escritoras, y si ellas mismas no quisieron ponerle el cascabel al gato, cómo hacerlo nosotros.

Pero mi pregunta (“¿Y Arthur Miller y Harold Pinter, cuándo entonces?”) estaba sobre todo justificada por el hecho de que, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, los gurús de Estocolmo sólo habían condescendido en galardonar a un dramaturgo que pudiéramos llamar, en castellano, full time: a ese mismo Dario Fo; además de a otros dos que, aunque también probaron sus armas en otros géneros, mayormente eran dramaturgos: Beckett (1969) y el nigeriano Wole Soyinka (1986). Mientras que desde la fundación del premio hasta dicha guerra, los dramaturgos premiados fueron ocho: Bjørnson (1903), José Echegaray (1904), Maeterlinck (1911), Hauptmann (1912), Jacinto Benavente (1922), Bernard Shaw (1925), Pirandello (1934) y Eugene O’Neill (1936).
 
Curiosamente la tendencia era contraria en lo que respecta a los autores que se manejaron en varios géneros: sólo uno antes de la guerra, Yeats (1923), pero tres después de ella: Eliot (1948), Camus (1957) y Sartre (1964), sin entrar en el detalle de que este rencoroso enano rechazó el premio que según él se merecía cuando lo recibió Camus —¡qué fea es la envidia!—, mas eso no le impidió intentar cobrarlo en efectivo —¡qué francesa es la avaricia, oh manes de Harpagón! (con lo que seguimos dentro del mundo teatral)—. Pero no nos desviemos. A ellos tres hubiera que añadir desde el 2004 a la austriaca beneficiada por la lotería sueca con el premio mayor, y casi sin boleto: me refiero, ça va sans dire, a frau Jelinek.
 
Con lo cual regreso, y no me importa ser reiterativo, a mi pregunta: “¿Y Arthur Miller y Harold Pinter, cuándo entonces?”. Porque de todos los géneros literarios, el más ninguneado en la historia del Nobel es el teatro. Por comparanza, hasta la prosa no narrativa (historia, filosofía, ensayística) ha alcanzando marcas dignas del Libro Guinness de Récords, nada menos que seis galardones: Mommsen (1902), Eucken (1908), Spitteler —el suizo que para sorpresa propia se alzó con el premio en 1919 porque el trono y el altar (españoles) le volvieron a echar bola negra a don Benito Pérez Galdós—, y después de él monsieur Henri Bergson (1927), Bertrand Russell (1950), y un quídam llamado Winston Churchill (1953), que ¡nadie! sabe por qué recibió el Nobel... y además, si lo supiera, lo mejor sería que se callara.
 
La respuesta a mi pregunta llegó tarde para Miller. No para Pinter, y es justicia, aunque tardía, así ciertas voces críticas aquí en Alemania donde sobrevivo hayan buscado pelos en la leche de tan merecida recompensa. Una señora que pasa por crítica lo ha llamado “démodé”, sin advertir que lo que está de veras démodé es emplear esa palabra. Otro aristarco arguye que si hace escuela lo de conceder el Nobel a quienes han abandonado ya su profesión (es el caso de Pinter, enfermo de cáncer de laringe), entonces terminarán premiando autores difuntos, a lo cual respondo que me alegro por Kafka, sin ir más lejos. Etcétera. De a deveras, me parece infantil, peor aún, pueril, venir a negarle el pan y la sal al autor de varias obras maestras del teatro mundial en el siglo XX (The Caretaker, The Collection, The Lover, The Basement... o esa Mountain Language que tanto se adelantó a las escenas de vejaciones a presos en Abu Ghraib y en Guantánamo), y de varios guiones cinematográficos de auténtico lujo, entre ellos los de The French Lieutenant’s Woman de Karol Reisz, The Last Tycoon de Elia Kazan, The Handmaid’s Tale de Volker Schlöndorf y The Servant y Accident, ambasde Joseph Losey.Filmes en varios de los cuales ha intervenido, además, como actor (por ejemplo interpretando el divertido papel de Bell, el productor de tv, en la última citada). En una palabra, no creo que lo hayan distinguido con el Nobel por ser, que sí que lo es, “chairman” del Gaieties Cricket Club, lo que me parece un de-talle muy simpático de su biografía.
 
Comprenderáse pues —y perdónenme el arcaísmo, pero intento expresarme en los parámetros de la Academia Sueca— que mi alegría haya sido muy grande al oír la noticia de que tan sólo ocho años después de un dramaturgo full time, otro, de una calidad bastante superior dicho sea de paso, se haya alzado con el santo y la limosna. De todo corazón me alegro por Harold Pinter. De él recuerdo lo que cuenta Arthur Miller, cuando una vez en marzo de 1985, y en su condición de miembros del PEN Club Internacional, visitaron juntos Turquía: “El motivo principal de la visita de una semana de duración no era realizar una investi­gación sobre los derechos humanos, algo imposible durante una estancia tan corta, sino demostrar a los escritores y artistas del país y a sus presos políticos que el mundo exterior se preocupa por lo que les sucede”. Lo cierto es que de la parte oficial turca no recibieron la menor atención, pero el embajador de Estados Unidos sí se consideró obligado a ofrecer una cena a tan ilustre huésped y compatrio­ta, cena a la que naturalmente también fue invitado Pinter. Y durante esa cena hubo un violento choque de opiniones sobre la situación de entonces en Turquía, el cual concluyó ya de sobremesa cuando el embajador comentó, diplomáticamente, que siempre puede haber numerosas opiniones sobre cualquier cosa, a lo que Pinter replicó: “Eso si no tienes un cable eléctrico conectado a los genitales”. El embajador se enojó tanto que expulsó a Pinter de su residencia, y Miller se fue con él. Y comenta Miller al terminar de contarlo: “Decidimos formar un equipo que visitaría las embajadas estadounidenses en todo el planeta”.
 
Sin meter en la danza a García Lorca y Valle-Inclán, quienes nunca hubiesen recibido el Nobel por razones rigurosamente históricas (y debemos ser muy claros en la práctica del fair play), ocioso sería hablar ahora de que Nelson Rodrigues, Bertolt Brecht, Arthur Miller, Tennessee Williams, Max Frisch, Friedrich Dürrenmatt, Eugène Ionesco, y si me apuran hasta los dos Jeans, Anouilh y Giraudoux, ex aequo, y desde luego Lao She —autor de esa obra maestra que es La casa de té y a quien la tristemente célebre Revolución Cultural empujó al suicidio, si no fue asesinado por la Guardia Roja en 1966—... todos, todos ellos murieron sin probar las delicias de una cena cuyos hors d’oeuvres consisten en una terrina de alcachofas con salmón ahumado y langosta, teniendo como plato principal pechuga de paloma con guarniciones y salsas de las de chuparse los dedos, bien que la etiqueta lo prohíba tácitamente en este caso y, por último, el postre, un helado empenachado de algodón de azúcar del color de la vida en la vieja y bella canción de Edith Piaf, es decir: rosa. Se trata del menú de las cenas del Nobel. ¡Skoll!
 
Coda: Y ahora viene la pregunta del millón: ¿quién será, en 2006, el autor número 103 que se lleve el gato al agua del fiordo de Estocolmo? Porque Harold Pinter ha sido el 102.
 
(Según otro conteo sería el 99, puesto que dos lo rechazaron —Pasternak, Sartre— y el sueco Karlfeldt lo recibió a título póstumo, y así ni modo). ¿Podemos esperar que la Academia Sueca salte sobre su sombra, como tan bellamente se dice en alemán, y después de tantísimo poeta, novelista, dramaturgo, filósofo, historiador, y hasta un primer guionista cinematográfico —justamente don Harold— ¡por fin, por fin, por fin! nos dé la satisfacción de premiar a un primer cantautor? Digamos, por ejemplo, sin ir más lejos, Bob Dylan. Y eso, eso, porque ya se nos han muerto Jacques Brel y Georges Brassens, que si no...

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R Bada

Escritor y radiodifusor. Escribe para el diario El Espectador

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