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El Malpensante

Perfil

Molière, pintado al óleo

Para Jean-Baptiste Poquelin convertirse en Molière supuso mucho más que interpretar el papel de comediógrafo en lugar del de abogado o tapicero. Este retrato revela al dramaturgo, detrás del telón y la comedia.

Ilustración de Fernando Vicente

El 17 de febrero de 1673, mientras representaba por cuarta vez su Enfermo imaginario en el teatro del Palais Royal, Molière tuvo un violento acceso de tos que interrumpió el célebre juro de la ceremonia final de la obra. Los actores que lo acompañaban sobre la escena no se alarmaron, pues Molière había tomado la costumbre de jugar con su tos para crear efectos cómicos al tiempo que echaba los ojos hacia atrás y llenaba su rostro de muecas robadas a los bufones italianos. Pero esta vez el tablado sobre el cual veintidós doctores y ocho cirujanos danzaban quedó cubierto de sangre y de saliva. Quienes lo condujeron a su casa de la rue de Richelieu intentaron desesperadamente conseguir a un religioso dispuesto a procurar los últimos sacramentos para este hombre que nunca había sido un creyente demasiado convencido –y, lo que era peor, había sido un hombre de teatro–, pero no tuvieron éxito. Molière murió en su casa a las diez de la noche. Cuatro días después fue enterrado, también de noche y casi a escondidas, en tierra no santa del cementerio de Saint-Joseph. Armande Béjart, su esposa, tuvo que rogar al rey Luis XIV para obtener una inhumación decente, pues las autoridades de la Iglesia habrían preferido olvidar el cuerpo del actor impío en una fosa común. Bajo el busto que le fue erigido más tarde se grabó la siguiente inscripción, que hace las veces de arrepentimiento o de disculpa: Rien ne manque à sa gloire; il manquait à la nôtre. O bien: nada falta en su gloria; él faltaba en la nuestra.

Nunca sabremos con certeza de dónde sacó Jean-Baptiste Poquelin, el hijo de un tapicero parisino, ese nombre afortunado que usó en escena y con el cual firmó sus obras. El seudónimo Molière aparece por primera vez en 1644; para ese momento, el joven de veintidós años había terminado sus cursos de Derecho y decidido una doble renuncia: al ejercicio de su profesión y a la carga de tapicero del rey que su padre había obtenido para él. Había fundado, junto con Madeleine Béjart –la hermana may...

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