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El Malpensante

Coda

Pavana para Cabrera Infante difunto

Lejos de su país por voluntad del despotismo que allí rige, murió un gran malabarista cubano de las palabras: Guillermo Cabrera Infante. Un amigo y admirador hace de él un perfil de despedida.

Elegía no elegida Toda gran obra literaria apunta a ser una reflexión sobre la muerte. Los libros que trascienden el paso del tiempo han vencido la batalla contra el olvido, contra la lenta e ineluctable desaparición de sus funestos rastros sobre la memoria. En el caso del escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, su batalla ha sido (¡qué difícil tener que decir ahora: fue!) una constante temática, una constante tanática, si se quiere, hasta el punto de convertirse en un juego de palabras fatal y en una broma profunda para matar a la muerte. Ya desde su glorioso libro titulado Un oficio del siglo XX, donde Cabrera crea la biografía imaginaria de su alter ego, llamado G. Caín, el autor (o “el cronista”, como se autodenomina) nace y muere en el texto: a través de su voraz entusiasmo cinéfilo enlaza todas sus crónicas acerca de distintas películas amadas y les da el tono y la personalidad del homónimo asesino de su hermano (de Caín, no del Infante). Pero Cabrera no lo soporta más. Lo exprime a lo largo de 539 páginas y luego decide, a su vez, asesinarlo, como si Guillermo fuese el Caín de Caín, esto es, el expulsado del Paraíso de las letras. “Adiós a Caín” se titula uno de los fragmentos del libro y cuenta la muerte de su doppelgänger. Pero todo desafío a la muerte conlleva una dosis de arrepentimiento. Si en los años sesenta Cabrera había decidido no escribir nunca más sobre cine, en 1977 publica el libro Arcadia todas las noches, consagrado a cinco directores norteamericanos, y la promesa no volverá a ser una premisa. De hecho, el cubano publicará, entre otros, un volumen de más de 500 páginas titulado Cine o sardina, con 76 textos consagrados a sus películas amadas. Y eso que no discutimos que casi la totalidad de su obra es un tácito homenaje a imágenes ya vistas en la pantalla. Así es. Había que arrepentirse de las promesas. Porque con la muerte no se juega.

Sin embargo, a quien esto escribe se le había olvidado que Cabrera Infante, de todas formas, se iba a morir. Él, que se había convertido en un “obituarista” sin par, que había despedido a sus amigos con textos memorables, que había dicho adiós a Borges y a Lezama, a Virgilio Piñera y a Reynaldo Arenas, a Néstor Almendros, a John Kobal, a Manuel Puig, a los “mártires” de la contrarrevolución cubana, él, que había mante...

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Sandro Romero Rey

Trabaja como profesor en la Facultad de Artes de la Universidad Distrital. En 2010 publicó 'El miedo a la oscuridad'.

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