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El Malpensante

Breviario

La ilusión del viernes

Por largas que sean las semanas, llegan a su fin con un respiro. El autor retrata la espera de ese momento en que el alma vuelve al cuerpo.

© Wilson Borja

En alguna de las memorias de cautiverio, un autor confiesa que perdió en la selva una especie de estado del alma que denomina la ilusión del viernes. Una vez que se camina entre la espesura se tiene la sensación de que todos los días fueran el mismo: un largo deambular entre luces y sombras, tal vez más sombras que luces. Allí los relojes podrían no tener manecillas, como en esa calle de horror filmada por Ingmar Bergman.

Cada quien le pone colores a sus días según su paleta de rutinas. Es posible pensar un domingo vestido de rojo y barrigón, un miércoles amarillo como espía indonesio o un lunes opaco como un funcionario de patentes checo. Sólo que el viernes lleva traje de arlequín. Para un empleado de cubículo, existe un pálpito excitante, y es el augurio de que el viernes se acerca. Algo así como un anuncio novedoso del paso de un cometa.
El viernes es un estado del alma que puede asaltarnos en cualquiera de los otros días. Aunque se esté atrapado en una jaula de deberes, cualquier archivista sabe que puede salir a las seis del día quinto a comerse como mínimo un helado con la novia. Mal que bien, el viernes estará allí. Nadie lo moverá, ni Emiliani, ni el emperador Juliano. Y aunque el héroe urbano sienta la demora del viernes, también sabrá que es solo un efecto psicológico producto del tedio porque, mal que bien, pronto llegará.
Así como en la novela de Chesterton, El hombre que fue Jueves, los integrantes de una secta usaban los nombres de la semana para encubrir su identidad, también hay muchos que quisieran portar siempre el espíritu del viernes por la tarde. Podrían vivir a su aire, ser libres y quiquiriqueros como las gallinas de campo que, por cierto, ponen mejores huevos que las de galpón.
Vistas así las cosas se entiende la ironía de Robinson Crusoe cuando se encuentra a un negro en la isla y antes de volverlo su esclavo le pone el nombre de Viernes. Un esclavo debería llamarse Lunes, pero tal vez le sonaba demasiado obvio. Por cierto, nunca unos náufragos trabajaron tanto como este par. Daniel Defoe, amparado en la ética protestante, quiso mostrar que a las islas paradisíacas se va a laborar, no a temperar. Otra cosa diría el poeta Cesare Pavese: “Lav...

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