La tía Lola

Publicamos en exclusiva el primer capítulo de la nueva novela de Andrés Hoyos, La tía Lola, una radiografía de la alta sociedad colombiana y sus malestares.

POR Andrés Hoyos

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Ilustración por Nathaly Cuervo

 

LACOPA LINERO

 

Lola Velasco no era lo que se dice una mujer felizmente casada, pese a que en la foto de su último aniversario –él ataviado de esmoquin, ella, de vestido largo– sonreía hacia la inmensidad. Lola y Guillermo Linero vivían en una inmensa casona en el barrio de La Cabrera, el más elegante de Bogotá, y tenían una vida social agitada. Sin embargo, el marido tycoon se iba por semanas y la dejaba un poco a la deriva. Lola salía en los periódicos y en las notas de sociedad de las revistas, dada la obvia fortuna de don Guillermo Linero. Eso sí, aparecía casi siempre como su señora. A veces las fotos la sorprendían en un gesto de resignación, como diciendo: así me tocaron las cosas.

 

Miércoles 31 de octubre de 1990

Pero todo eso dio un vuelco drástico el miércoles 31 de octubre de 1990, día de Halloween. Según su costumbre, Lola no había querido asistir al partido de polo en el que Guillermo jugaba. Años atrás le había perdido el gusto a verlo en esas, sobre todo por lo notorio que era el contraste de él con los otros siete jugadores, siempre jóvenes y atléticos, mientras que a Guillermo ya se le notaba el peso de los 60 años, dijeran lo que dijeran las continuas pleitesías que todo el mundo le rendía.

En este momento Lola estaba en el spa Serenidad Azul y le daban un masaje oriental de cuerpo entero. A Lola no le gustaba que le hablaran durante estas sesiones, así que ponían música. Ahora sonaba una versión suave de “Begin the Beguine”, la canción de nostalgias y amores perdidos compuesta por Cole Porter vaya a saberse en qué circunstancias. La larga pared lateral estaba empapelada con la imagen de una isla del Caribe, tan apacible que casi se sentía soplar la brisa.

De repente, sonó el teléfono en la recepción del spa. La recepcionista debidamente uniformada contestó.

–Buenas. ¿A la orden?

Del otro lado se oyó que decían:

–¿Me puede pasar a doña Lola Velasco, si me hace el favor?

–Tenemos órdenes de no interrumpirla. Le están haciendo un tratamiento completo.

La misma voz, ahora con un tono más marcado, de esos que se usan cuando uno no admite negaciones, dijo:

–Vaya, por favor, y le dice que llama Gabriela Velasco y que es urgente.

–Doña Gabriela, es que no está permitido.

Entonces sonó por tercera vez la voz exasperada de Gabriela:

–Mire, niña, el marido de la señora Lola acaba de tener un accidente grave, así es que si no la llama en este mismo instante, yo misma voy hasta allá y le tuerzo el pescuezo a usted, ¿me entiende?

La recepcionista se puso pálida:

–Sí, sí, ya mismo voy.

En la penumbra de la sala de masajes, Lola estaba tendida sobre la camilla con cara de extrema placidez. En esas, se oyó cuando golpearon a la puerta. La terapeuta, Blanca Arenas, una mujer de 50 años, sólida y fuerte, se detuvo y volvió la mirada.

–¿Quién es?

La recepcionista, entreabriendo la puerta, dijo:

–Perdón, doña Blanca, pero buscan a doña Lola y dicen que es extremadamente urgente.

Lola lucía espléndida a sus 43 años –el cabello lacio suelto, la piel sin maquillaje, la nariz recta y los ojos oscuros profundos– y alzó la vista; un dejo de preocupación asomó en su cara.

–Ya voy.

La recepcionista pasó la llamada a la sala de espera. Lola se puso una bata y tomó el teléfono.

–¿Aló?

Entonces se oyó la misma voz de antes:

–Tía, es Gaby. Por favor, siéntate.

Lola se puso lívida.

–¿Cómo así? ¿Por qué? ¿Qué pasó?

–Te tengo que contar, con todo el dolor de mi alma, que el tío Guillermo acaba de sufrir un accidente.

Lola se agitó y se puso levemente pálida:

–¡No, no, no, por Dios! ¿Qué le pasó? ¡No puede ser!

–Estaba en pleno partido cuando se cayó del caballo. Fue bastante fuerte, pero tranquila que ya llamamos a un helicóptero ambulancia que viene en camino. Tranquila.

Lola se había sentado como le sugirió Gaby y tuvo un soponcio, dejando caer el auricular. Blanca Arenas, que en ese momento estaba a su lado, alcanzó a sostenerla. Con Lola en brazos, Blanca tomó el teléfono y preguntó:

–¿Con quién hablo?

–Con Gaby.

–Gaby, ¿qué le dijiste a Lola que se me iba desmayando?

–Que Guillermo tuvo un accidente.

Blanca hizo una pausa leve antes de seguir:

–Hay que ir con calma. Ya sabes que ella tiene el corazón débil.

–Lo sé –respondió Gaby–, se lo dije de la forma más suave posible, pero la cosa es grave y tiene que salir de una.

En esas, Lola abrió los ojos. Blanca le pidió que esperara un instante.

Con ayuda de Blanca, Lola se repuso y volvió al auricular.

–¿Sigues ahí, Gaby, mi amor?

–Aquí sigo, tía.

–Es que me iba dando un soponcio.

–Tranquila, tía, tranquila, tómate algo. Según los médicos que están aquí, hay que llevar al tío a la clínica Santa Fe, que tiene helipuerto.

–Maldito polo. Arranco para allá en este instante, Gaby. Me esperas en el lobby, por favor.

–Mejor te espero en la pura entrada de la clínica, tía. Puede haber tumultos.

No habían pasado diez minutos desde que Lola colgó con su sobrina Gaby, cuando su entorno de seguridad se puso en marcha pesadamente. Estaba compuesto por tres camionetas iguales, tres carros de escolta con sirenas y luces y más de quince hombres.

Lola había podido arreglarse un poco, pero no llevaba maquillaje. Ante la mirada inquisitiva de Obdulio, el obvio comandante del esquema, Lola le dijo:

–A la clínica Santa Fe, Obdulio. Sobre el humo.

La caravana arrancó rauda.

 

A las once de la mañana de ese mismo día de Halloween, el sol brillaba con todo su esplendor sabanero en el club de polo Los Urapanes, ubicado en las afueras de Bogotá. Habían decorado el club por todas partes para festejar el día de las brujas. Se veían calabazas, festones, lechuzas y efigies particularmente vistosas. Muchos asistentes iban disfrazados. Los patrocinios de las compañías del Grupo Linero, identificados por un logotipo de aire hípico, estaban por todas partes. Marcas como Cartier habían puesto anuncios.

Se jugaba la final de la “Copa Linero” y el partido iba por la mitad. Las graderías lucían repletas de gente de estrato alto. De los ocho jugadores reglamentarios, siete eran jóvenes atléticos –incluido Carlos René Lanari, un argentino muy buenmozo cuyo hándicap de diez goles es el máximo en este deporte–. También jugaba Virgilio Montero, un mayor del Ejército en ejercicio, con hándicap de cinco goles. El octavo jugador era un hombre de 60 años, viril, algo subido de peso, muy magnético y con aire de autoridad, aunque no era el apuesto clásico.

Por todo lo que se veía en Los Urapanes resultaba evidente que don Guillermo Linero era el dueño del partido, aunque dada su edad y su ya mermada habilidad física, se hallaba en desventaja en el juego como tal. En una de esas, Carlos René le sirvió un gol que don Guillermo convirtió sin que nadie lo asediara ni lo perturbara: el marcador se puso 6:5 en favor de su equipo, y el dueño del partido sonrió satisfecho, alzando el pulgar en señal de victoria.

Aunque casi todos los presentes miraban el partido –al fin Los Urapanes es un club de polo–, en una mesa de la taberna un grupo conversaba de otra cosa. Allí, Martín Velasco, un sesentón algo ajado, se hallaba reunido con una pequeña audiencia de bebedores, como él, y recitaba versos de León de Greiff:

“Jardines solitarios, bosques, sotos, / calmos asilos en mi viaje largo; / oasis donde llego con mis rotos / ensoñares –irónico y amargo...”.

Aunque Martín recitaba con la voz entrenada de quien lo hacía con frecuencia, era evidente que ya empezaba a estar borracho. A su lado, con mucha serenidad y casi disfrazada de sí misma, Silvia Palomino lo miraba arrobada. Le renovaba el trago, eso sí procurando servir poquito, como una suerte de hada madrina.

–Martín, querido, dale suave, suave –dijo Silvia.

A lo que Martín, con la lengua un poco pastosa, respondió:

–Buueeno, entooncess suaavve.

En ese momento, se oyó en la tribuna de espectadores una algarabía de excitación más fuerte que las anteriores porque en la cancha se acababa de iniciar una gran carrera hacia una bola. En la puja, el caballo de Guillermo tropezó y, tras un enredo, el dueño del partido cayó aparatosamente al suelo y el caballo le cayó encima. La multitud como un todo pegó un grito espantado. Dejó súbitamente de hacer sol.

Varias personas salieron corriendo hacia la cancha, mientras que uno de los ocho jugadores, un joven atlético llamado Santiago Velasco, se detenía a mirar la escena con sorna displicente. Se le notaba un aire más o menos despiadado. De hecho, fue el último en apearse tras el accidente, si bien al fin lo hizo, acariciando a su caballo.

A todas luces malherido, además de inconsciente, don Guillermo Linero estaba siendo atendido de emergencia por dos médicos que había entre los espectadores y que llegaron corriendo a la cancha.

–¡Pronto, pronto, hay que llamar una ambulancia! –exclamó alguien.

El doctor Bruno Monsalve, uno de los médicos que se había hecho presente e iba disfrazado de Charlot, sacó su beeper y escribió un mensaje.

–Lo que hay que llamar es un helicóptero-ambulancia. El club está muy lejos y, por lo que se ve, la ambulancia podría no llegar a tiempo –dijo.

–¿Así de grave es la cosa? –preguntó alguien.

–Mírelo nomás –respondió Monsalve–. Y no, por favor, no se les ocurra moverlo. Podría ser fatal. Aléjense, déjennos actuar a los médicos.

Los dos médicos procedieron con mucho cuidado. Bruno Monsalve le hizo a Guillermo un torniquete improvisado en una pierna con una corbata que alguien le prestó.

El mayor Virgilio Montero ya había entregado su caballo a un palafrenero y miraba a don Guillermo con cara entre preocupada y fría, pero de repente arrancó apresurado hacia alguna parte. Gaby Velasco, muy atractiva y moderna a sus 28 años y con el pelo largo hasta la mitad de la espalda, se abrió paso entre el tumulto. Era sobrina política de don Guillermo e iba disfrazada de hada madrina. Choqueada al principio, Gaby se espabiló y empezó a hacerse cargo de la situación, en vista de que nadie más parecía estar en disposición. Tomó al doctor Monsalve del hombro.

–Soy Gabriela Velasco, doctor. Oí que usted pensaba llamar a un helicóptero-ambulancia.

–Sí, señorita, mucho gusto –respondió Monsalve, dándole rápido la mano–. Soy el doctor Bruno Monsalve. Puse un beeper.

–¿Le confirmaron algo? –insistió Gaby. El doctor revisó el beeper.

–Sí, la cosa está andando.

–De todos modos, y por si acaso, pida también una ambulancia de calle. Nunca se sabe.

–Tiene razón, señorita, pidámosla.

El doctor procedió a escribir un segundo mensaje en el beeper y a enviarlo.

–Supongo, en todo caso, que va a ser necesario que despejen el área –dijo Gaby.

–Pues cuando llegue el helicóptero, sí –dijo el doctor.

–No, despejémosla ya –dijo Gaby, y luego se dirigió a la muchedumbre alzando mucho la voz–: Por favor, despejen el área que en unos minutos llega un helicóptero y no queremos otro accidente. De resto, dejemos trabajar a los doctores.

Todavía en las graderías, un hombre mayor y subido de peso, disfrazado de levita y con patillas postizas como parte del disfraz, tras dudarlo un instante se dirigió al campo de juego, aunque se demoraba debido a su visible cojera. Su nombre era Gustavo Adolfo Linero, hermano menor de Guillermo, el accidentado. Iba apoyado en su bastón y lo acompañaba su hija Tatiana. Gustavo Adolfo lucía desconcertado en medio de la gran confusión, pero cuando estuvo cerca trató de dar un par de órdenes, si bien no le salieron frases concretas:

–Eh... Eh... Eh...

Gaby seguía diligente y le dijo a Monsalve:

–Voy a traerle lo que haya de primeros auxilios aquí. Espéreme un instante, ya vuelvo.

Y arrancó. A poco andar regresó con un maletín grande, un par de toallas y una camilla que llevaba otra persona.

–Aquí tiene, doctor.

–Gracias, señorita Gabriela –dijo él.

Acto seguido, los dos médicos con sumo cuidado lograron acomodar al inconsciente Guillermo en la camilla. Gaby siguió en plan ejecutivo, mientras que Gustavo Adolfo miraba impotente y sacudía un poco su bastón con mango de plata.

Martín Velasco, a quien el episodio no acababa de quitarle la borrachera, se vio avasallado por los acontecimientos. Había salido a la cancha, pero se mantenía a prudente distancia.

–Huy, pero qué horror, por Dios, doctores, hagan algo. Mírenlo no más al pobre cuñado. Sic transit gloria mundi.

Silvia Palomino seguía cuidando a Martín y lo mantenía al margen. Carlos René Lanari, el argentino, andaba desorientado, sosteniendo todavía su caballo de cabestro. Gaby le dijo en tono inapelable:

–Carlitos, vamos, vamos, amarra ese caballo y ayúdame a despejar el campo. Lo único que nos faltaría sería tener una estampida cuando llegue el helicóptero.

Carlos René obedeció y pronto los palafreneros retiraron los caballos. El boroló seguía. Un espectador le preguntó a Gaby:

–¿Dónde está Lola?

–Hace tiempo que no viene a ver los partidos porque ahora odia el polo.

–¿Y eso? –preguntó el espectador, a lo que Gaby señaló a Guillermo inerte sobre la camilla:

–Pues vea por qué. Es que esta no es la primera vez que Guillermo tiene un accidente jugando. Sufrió uno muy feo hace cosa de tres años. Esa vez se quebró una pierna.

–Terrible.

Pero Gaby se espabiló y dijo:

–Justamente tengo que ir a llamarla. ¿Dónde diablos dijo que iba a estar?

Gaby fue a buscar al jefe de seguridad de Guillermo, el coronel Juan Harvey Lombana, un cincuentón fuerte y mestizo, con aire tropero. Por fin lo vio en el parqueadero, en medio de la gran caravana de escoltas. El coronel Lombana estaba revolando en cuadro, acompañado del mayor Virgilio Montero.

–Doña Gaby, ya estamos solicitando un helicóptero militar, según nos sugirió aquí el mayor Montero.

El propio Montero, todavía en uniforme de polo, agregó:

–En estas materias el tiempo es crucial y los helicópteros del Ejército siempre están alerta.

–Buena esa, coronel Montero –dijo Gaby–. Claro que ya uno de los médicos presentes pidió un helicóptero-ambulancia.

–Apenas soy mayor, doña Gabriela –dijo Montero, mirando a Gaby con intensidad e interés.

Gaby ignoró el comentario y la mirada. En esas intervino el coronel Lombana.

–Montamos a don Guillermo en el primero que llegue, doña Gaby.

–De acuerdo, coronel. Pero ahora, necesito que se conecte con Obdulio –dijo Gaby.

–Claro, claro, doña Gabriela. En este instante. –Dicho esto, tomó el micrófono de su radioteléfono–. Obdulio, Obdulio, ¿me copia?

Entonces Gaby aclaró:

–Dígale que por favor me consiga el teléfono del sitio donde está Lola, pero que no la ponga al radio.

–Copiado –dijo Lombana e insistió por el radioteléfono–: ¿Me copia, Obdulio?

Entonces se oyó una voz en el parlante.

–Copiado. Aquí Obdulio.

–Aquí Lombana. Necesitamos, por favor, el número de teléfono donde se halla doña Lola. Urgente. Es una emergencia. Ah, y sin alboroto.

–Copiado. Voy a preguntar.

Gaby oyó la posterior respuesta de Obdulio y anotó el número en una libretica coqueta que tenía. De inmediato entró al hall y se dirigió a la oficina del gerente del club y ella misma marcó con rapidez.

 

Pese al boroló causado por el accidente, Santiago Velasco había ido al vestier del club, casi desierto en ese momento, y estaba terminando de darse una buena ducha. Cerrada la llave, salió en toalla exhibiendo su torso musculoso y se vistió con parsimonia. Iba de sport pero muy elegante. En esas, se oyeron las aspas de un helicóptero encima del techo. Por la ventana se veía que había llegado primero el aparato militar que pidió el mayor Montero.

Lentamente Santiago salió al campo y se sumó a las labores de ayuda. Dio un par de órdenes a desgano que nadie atendió. No le importaba.

Tres paramédicos bajaron del helicóptero sin que se detuvieran las hélices, subieron la camilla, cerraron la puerta y despegaron. El doctor Bruno Monsalve logró colarse a último momento. Santiago vio cómo el helicóptero se perdía camino a la ciudad. Buscó entonces en su libreta, fue a un teléfono del club e hizo un par de llamadas.

Quince minutos después, el helicóptero militar aterrizaba en el helipuerto de la clínica. Dos de los paramédicos bajaron al paciente y lo introdujeron al ascensor. El tercer paramédico se quedó de brazos cruzados. El ascensor se cerró y la camilla fue a dar directo al quirófano. Ya había allí una aglomeración de médicos y enfermeras de urgencia, y agitación por todas partes.

Por la pantalla de los monitores se alcanzó a ver que el paciente respiraba y tenía pulsaciones. El ambiente en la mesa de operaciones era frenético porque pese a los esfuerzos y a que el paciente fue llevado al hospital en helicóptero, la salud de Guillermo Linero empeoraba minuto a minuto.

El cirujano principal gritó en un momento dado:

–¡La presión sigue bajando, transfusión inmediata!

A lo que la enfermera principal gritó a su vez:

–¡Paro cardíaco, doctor!

–¡Reanimación inmediata! –respondió el cirujano principal, pero su segundo a bordo dijo pronto:

–¡No responde, doctor!

–¡Maniobras de resucitación! –ordenó el cirujano principal. Ejecutada la maniobra, la enfermera principal, con algo de alegría, dijo:

–¡Tenemos pulso, doctor! Es muy débil, pero lo tenemos.

En la pantalla del monitor se veía que el corazón, en efecto, había reaccionado. Sin embargo, pronto los latidos empezaron a espaciarse otra vez y luego pasaron a plano.

De esa manera, don Guillermo murió en la mesa de operaciones sin haber recobrado el sentido. Los médicos, fatigados, lo desconectaron mientras el monitor del corazón emitía un ominoso pitido continuo. El cadáver quedó tendido encima de la camilla ensangrentada. Empezaron a operar los protocolos de la clínica para esos casos.

Gaby, quien se había venido a las volandas con Silvia, Martín, Gustavo Adolfo y Tatiana en los carros de la flota de Guillermo, entró primero. La zona de urgencias de la clínica Santa Fe empezaba a mostrar aglomeración. El helicóptero que hacía un rato se había posado en la azotea no dejaba de llamar la atención.

Lola llegó unos minutos después, un poco antes de que se hiciera presente una horda de periodistas. Gaby le dio un abrazo sentido y sin terminar de abrazarla del todo, la agarró y se la llevó.

–Vamos, tía, hay un salón reservado. No nos quedemos aquí a la intemperie.

Lola se dejó llevar porque seguía medio turulata. A poco andar, el director de la clínica se apareció en el salón reservado donde ya estaban Lola y Gaby. Llamó a Lola aparte y la condujo sola a un cuarto contiguo, también reservado.

–Doña Lola, siéntese, por favor –dijo el director. Lola se sentó, aterrada–. Quiero decirle que hicimos todo lo posible, pero los traumas que traía don Guillermo eran demasiado severos. Una costilla astillada le alcanzó a perforar el corazón y también la fractura del fémur comprometió la femoral. Venía casi sin sangre. Pese a que lo transfundimos copiosamente, no fue posible salvarlo. Créame que lo siento muchísimo y que estamos a sus órdenes.

Lola se puso lívida y rompió a llorar. El doctor la abrazó. Al rato ella se soltó con suavidad pero con determinación.

–Sí, doctor, muchas gracias. Yo sé que estaba en las mejores manos. Por supuesto que sí –dijo–. Pero permítame tomo aire un instante porque estoy mareada.

–Claro. Tómese todo el tiempo que quiera. Ni más faltaba –dijo el director de la clínica, ofreciéndole apoyo con el brazo.

Lola lloró calladamente, hasta que un poco después paró por un instante y abrió la puerta para que Gaby entrara al reservado. Se abrazaron en silencio.

El director de la clínica, un poco sin tema, sacó algo de su bolsillo.

–Supongo que querrán tener esto: es el reloj del finado.

El director le dio a Lola un Rolex de oro. Lola no lo quiso recibir y Gaby lo recibió con no poca repugnancia y lo metió en la cartera. Lentamente las dos se dirigieron a la salida del cuartico, camino al reservado más grande.

Afuera, la consternación era general. Lola salió al lobby cabizbaja, flanqueada por Gaby. De inmediato se les sumaron Arnulfo, su primo hermano, y Sandra Velasco, la joven hija de aire bastante promedio. Era la hermana menor de Santiago. Entonces se desató un murmullo porque se entendió que don Guillermo Linero acababa de morir. Ya había varios periodistas y pese a que tenían ganas, ninguno se atrevió a preguntar nada directamente a Lola. Hubo abrazos fúnebres por todas partes.

El barullo fue inevitable. No todos los días se muere uno de los hombres más ricos del país y menos al caerle encima un caballo de polo. Los noticieros de televisión abrieron con esa noticia y en los programas de radio el tema fue comidilla ese día y los siguientes. Además, a Guillermo Linero lo rodeaba un aura de misterio y glamur, aunque claro que no faltaron quienes lo consideraban un capitalista despiadado que se había enriquecido explotando sin misericordia el trabajo de los demás. Algo se dijo de Lola, pero lo que más recibió fueron las condolencias públicas de muchas personas. Ella, que era enfermera graduada de la Universidad Javeriana aunque nunca ejerció su profesión pues fue sacada de órbita por el clan Linero, era vista más que todo como la beldad mucho más joven que su marido.

De salida de la clínica y antes de ir a su casa a confrontar los acontecimientos, Lola decidió hacer una parada de emergencia en donde su médico, el doctor Jaime Malagón, un hombre de más de 50 años y con pinta de sabio. Los consultorios estaban desiertos a esa hora del miércoles, un poco antes de las ocho de la noche, pero Malagón estaba esperando a Lola a la entrada, con cara de acontecimiento. En un gesto poco común en él, la abrazó.

–Gaby me llamó, Lolita. Tremendo asunto. Tremendísimo. Hiciste bien en venir a verme.

–Porfa, Jaime, revísame un poco y dame algo, porque de repente hoy hay dos muertos en vez de uno.

Malagón hizo cara de negación irónica y le dijo que no con el clásico vaivén del dedo índice.

–Nada de más muertos, querida. Por favor ponte cómoda y te recuestas en la camilla.

Lola obedeció y el doctor le tomó el pulso. Luego le abrió la blusa y, sin quitarle el brasier, le auscultó el corazón.

–Sí, estás agitada, pero creo que sobrevives a este trance. Vístete –dijo el doctor quitándose el estetoscopio de los oídos.

Lola se compuso y Jaime escribió una receta médica.

–Te voy a dar un calmante y un somnífero fuerte para esta noche. Como ambos son de venta reservada, les dices a los guardaespaldas que paren en una farmacia que hay a dos cuadras de aquí y que lleven esta fórmula. Tienes el teléfono de mi consultorio por si acaso. Aquí estaré media hora más. El calmante te lo tomas de una. El somnífero antes de acostarte, pero no demasiado temprano.

–Gracias, Jaime –dijo Lola con un suspiro–. Eres un ángel.

–Tal vez, pero antes que ángel soy tu médico. Me llamas al primer anuncio de que haya algo raro con tu corazón. Claro que un poquito de taquicardia en estos días no sería demasiado rara. De lo que hablo es de un dolor continuo, de un desvanecimiento largo o de algo por el estilo. ¿Bueno?

Lola asintió con la cabeza pero sin decir nada.

 

Siendo ya las ocho de la noche, al único lugar al que no había llegado la noticia de la muerte de don Guillermo Linero era a Piscis, un club gay de la vertiente audaz ubicado en la calle 23, arriba de la carrera Décima, en el centro de Bogotá. Allí era donde ese miércoles de Halloween estaba Memo Linero, un muchacho de 26 años, flaco, esmirriado y feo. Memo era el único hijo conocido de Guillermo Linero, nacido de un primer matrimonio con una señora de sociedad de Cali a la que dejó de forma fulminante cuando conoció a Lola.

Una música de moda sonaba a todo volumen. La luz era baja y exótica. De repente, un gavilán se le acercó a Memo, quien lo miró con temor, deseo y ansiedad. Manos fueron, manos vinieron hasta que Memo fue arrastrado al backroom.

–Ven, cerdo, que te voy a dar tu merecido –le dijo el gavilán. Memo, ansioso, se dejó llevar.

–Ay, gracias, papito, sí, gracias. Quítame esta rasquiña, que me pica. ¡Por favoooor!

A lo que el gavilán respondió con audacia:

–Te voy a dar tu merecido, cerdo, te voy a enderezar el caminao a punta de palanca.

–Sí, sí, por favor, duro, sin piedad. ¡Castígalo! –consintió Memo. Afuera del club, los guardaespaldas de Memo se paseaban aburridos y malhumorados. De repente, John Jairo Escobar, el atlético jefe de la escolta, recibió una llamada por el radioteléfono que hacía parte del esquema de seguridad. El hombre se puso pálido, asintió y, sin decir nada, se dirigió a la entrada del club, no sin antes hacer señas a dos de sus hombres para que custodiaran.

Cuando varios enrumbados vieron entrar a un camaján como John Jairo, se le querían echar encima, pero él le zampó una fuerte cachetada al primer osado que se le acercó y apartó al resto de forma ruda. Buscó por varias partes y por fin pilló a Memo en garras del gavilán. Sin miramientos, John Jairo empujó al gavilán y este, semidesnudo, intentó protestar porque le estaban usurpando su presa, pero John Jairo le aplicó un puño seco en el estómago y el gavilán se dobló, chillando de dolor, y se escabulló. Memo, medio borracho, medio drogado, se resistió, pero ante la cara de pocos amigos de su guardaespaldas, se arregló la ropa y aceptó irse con él.

Ya afuera, otro de los escoltas le buscó a Memo en los bolsillos y le quitó las llaves del Triumph deportivo.

–¿Dónde tiene la boleta del parqueadero? –le preguntó en tono seco. Memo buscó en la billetera, luego en los bolsillos de adelante del pantalón y en la chaqueta, donde por fin la encontró y se la dio al escolta.

–¿Necesita plata?

–No –respondió el escolta.

Memo, turulato, se alzó de hombros, entró al blindado y se sentó en el puesto vip.

–¿Adónde vamos con tanto afán, si se puede saber?

–Don Memo, su papá ha tenido un accidente muy grave –le dijo John Jairo Escobar.

Memo, choqueado, se enderezó.

–¡¿Cómo así, dónde, cuándo?!

–Estaba jugando polo y el caballo le cayó encima.

Se notó que a Memo le pasaba un escalofrío de dolor.

–Huy, qué horror. ¿Y vamos a la clínica?

John Jairo Escobar, con frialdad, contestó:

–Sí, aunque, de hecho, parece que don Guillermo ya murió. Mi muy sentido pésame.

Memo se puso pálido, enarcó las cejas en señal de impotencia incrédula y se echó para atrás en el asiento, tapándose la cara y sin decir nada. Parecía un pelele en manos del destino. Como a pesar del shock seguía borracho y drogado, habló de nuevo:

–Vamos primero a mi casa, John Jairo. No me puedo presentar en ninguna parte en este estado –a lo que John Jairo respondió en voz alta y sin mucho humor.

–Ya oyeron, al apartamento.

La caravana llegó a un edificio elegante y los carros entraron al parqueadero. Memo se bajó y el esquema de seguridad montó guardia. Todavía tambaleante, Memo se subió al ascensor y después abrió la puerta del apartamento. Encendió las luces, se desnudó y se metió a la ducha.

Una vez bañado, se vistió con ropa limpia, escogida al azar. Antes de salir extrajo un sobrecito del cajón de la mesa de noche y, con una cucharita de plata que tenía lista, se metió un pase de perico para recomponerse un poco.

A la salida, en el lobby del edificio, se topó con unos niños.

–Triquitriqui Halloween, quiero dulces para mí.

–¿Tienen dulces? –les preguntó Memo a los de la escolta que estaban ahí mismo. Estos lo miraron con frialdad.

–No, no tenemos dulces.

Entonces Memo se dirigió a los niños disfrazados, alzándose de hombros:

–Hoy no hay dulces, chicos. Lástima. Y como que las brujas andan sueltas haciendo maldades.

Con una cara algo mejor, Memo llegó al parqueadero y se volvió a montar al carro.

–Mire, John Jairo, no tiene ningún sentido que vayamos a la clínica. Mejor vamos de una a la casa de mi papá.

–Como diga, don Memo.

La caravana arrancó hacia La Cabrera, donde la mansión esperaba indolente. Había nubes de periodistas afuera, pero el entorno de seguridad no les permitió entrar en contacto con Memo. Abrieron un garaje y entraron.

En el salón de guardaespaldas de la casa de Guillermo y Lola era normal que hubiera charlas, y más el día de la muerte del patrón. Todos parecían bastante frescos, pese a los eventos recientes. Habló John Jairo Escobar, el recién llegado.

–Yo nunca había entrado al antro ese de Piscis en plena faena. Vieran, estaba la mariconería desatada, cada uno manoseando al de al lado. Una cochinada. Al Memo lo tenía un gavilán por allá en un cuarto oscuro a medio pelar. Fue como quitarle una res a un vampiro.

–Claro, con semejante nave, el Memo se levanta cada tintorera –dijo uno.

–Sí –dijo John Jairo–, levanta por el carro y por el billete, pero no es solo por eso. Esa gente come hasta vaca podrida. Es tanta el hambre.

Entre ellos estaba Hollman Polanía, un hombre alto, corpulento, gordo y de aire peligroso. No tenía cuarenta años.

–A mí me tocó entrar el otro día allá mismo en Piscis a llevarle al Memo un encargo, y todos me miraban como hormigas que han visto una rosquilla. Tocó acariciarles la barbilla con los nudillos.

–Qué, ¿los pretendientes le pagaron la cuenta, mijito? –preguntó otro.

–Habrá sido a su mamacita, güevón –contestó Hollman–. Pero no, con las caricias quedaron más que satisfechos.

–Tiene razón Hollman –dijo John Jairo–. Apenas lo ven a uno, se les hace la boca agua, por eso hoy me di el gusto de aplicarles par pescozones en el hígado. Maricones de mierda.

Ante el ruido entró el jefe de todos, el coronel Juan Harvey Lombana.

–Silencio, los señores. No quiero que en un día como hoy haya ventoleras ni cuchicheos. Acuartelamiento de primer grado.

Ya dentro de una de las salas de la casa, que tenía al menos diez, Santiago Velasco con cara de preocupación hacía una suerte de ronda. Lo acompañaba Arnulfo, su padre, que lucía abrumado. Junto con ellos iba Mateo, un adolescente medio hermano de Santiago. Se le notaba a Santiago lo poco que apreciaba a su padre, así en este caso considerara necesario llevarlo a su lado. En cambio, era muy solícito con Mateo.

Santiago se dirigió a Mateo, mostrándole un asiento.

–Siéntate aquí, Mathews, y haz cara de acontecimiento.

–La verdad es que yo poco veía al tío Guillermo.

–Eso es lo de menos, nené. Lo demás es que ahora te vean aquí, triste y carilargo.

En esas Santiago le estiró un poco la cara a Mateo, diciendo:

–A ver...

Mateo trató de dejar la cara como se la había puesto su hermano, y Santiago hizo un gesto de aprobación. Sandra Velasco, hermana de ambos, también estaba presente muy pendiente de su prima Lola, que parecía apreciar las atenciones de todo el mundo. Santiago le hizo señas a Sandra de que se ocupara de su padre y de Mateo.

Santiago fue entonces al salón de guardaespaldas y llamó a un lado a Hollman Polanía. Se notaba por la obsecuencia que Polanía mostraba hacia Santiago que tenían una relación de servicio. Santiago le dio a Polanía unas instrucciones que se perdieron en medio del barullo.

 

Siendo ya noche cerrada, un jeep se acercó con las luces encendidas al colegio San Estanislao de Kostka en El Tambo, Cauca. El jeep estacionó y del puesto de pasajeros se bajó, con unos binóculos colgándole del cuello, el padre Camilo Linero, quien no podía esconder su aire aristocrático. Pese a tener más de cincuenta años, se le notaba que había sido muy guapo de joven, si bien ahora el atractivo se veía amortiguado por la condición de cura, visible por el discreto alzacuello. Blanca Hincapié, una monja también cincuentona, lo recibió. El jeep volvió a arrancar.

–¿Cómo le fue, padre? –preguntó Blanca.

–Bien, aunque a cierta hora empezó a llover y me tocó guarecerme. A la salida casi nos vamos con el jeep a la cuneta –dijo Camilo.

–¿Y cuándo será que no llueve en el cerro Munchique?

–De acuerdo, allá llueve un día sí y el otro también. Por eso es tan frondosa la vegetación y por eso también hay tantas aves.

–Usté y sus pájaros, padre. Un día de estos...

–Un día de estos nada, Blanca. Yo tengo la fe de san Francisco y las criaturitas lo saben.

Efraín, un niño con síndrome de Down leve o algo parecido, salió a recibir a Camilo, quien le acarició la cabeza con aire paternal.

–Hola, Efraincito –dijo y después se dirigió a Blanca para preguntar–: ¿Se portó bien?

–Pues andaba ansioso, padre, como siempre que usted se va.

–Se entiende –dijo Camilo, para luego dirigirse al niño–. Pero tú sabes que yo salgo por unas horas nada más, ¿no, Efraincito?

Efraín se puso muy contento.

–Sí, padre. Sí, sí, sí.

No había terminado la conversación, cuando Félix Guarín, un hombre joven y gordito, salió acezante de la casa del rector del colegio. Félix, tartamudo, le arreciaba la condición al exaltarse.

–¡Pa.. pa.. padre, padre, venga pronto que lo llaman de Ca.. Ca.. Cali! ¡Dicen que es muy muy muy urgente!

Camilo acarició sus binoculares:

–¿Y no dijeron qué era eso tan importante?

–No.. no.. no, padre, pero me exigieron que sa.. sa.. saliera a buscarlo y no volviera si no lo tenía a a usted montado en el jeep.

–¿Montado en el jeep? Si me acabo de bajar. Pero, bueno, ya voy. Camilo entró a la casa del colegio y tomó el auricular.

–¿Aló? ¿Con quién hablo? –preguntó.

–Con Lola, Camilito.

–Lola, vaya sorpresa.

–Sí, pero hoy la sorpresa es de dolor... –y se dio una interrupción ominosa– ...me temo que te tengo las peores noticias.

El rostro de Camilo se puso súbitamente sombrío:

–Caramba, Lola querida. Cuéntame.

–¿No has visto la televisión?

–No, aquí la señal casi no entra. ¿Por qué, qué pasó?

–Lo que yo muchas veces me temí, querido Camilo, que Guillermo tuvo un accidente jugando polo, un accidente mortal...

Camilo se conmocionó.

–¡Pero cómo así, no puede ser, imposible, si Guillermo estaba en perfecto estado de salud!

Tanto Blanca Hincapié como Félix Guarín miraron a Camilo con mucha curiosidad. Lola siguió:

–Yo se lo dije muchas veces: a tu edad el polo es peligroso, deja esos caballos en paz. Pero no me hizo caso y míralo ahora.

Camilo caviló un momento en silencio:

–Me dejas abrumado, Lola, colapsado. No puedo creer lo que oigo. –Camilo se sentó y se tomó la cabeza con la mano que le dejaba libre el auricular. Hizo silencio un instante–: ¡Extraños que son los caminos del Señor!

Lola tenía el auricular firmemente apretado:

–Sí, nadie sabe a qué horas lo llaman a uno del más allá.

–Que sea lo que Él ha destinado para nosotros.

–Bueno, Camilo, nos tocará resignarnos a lo que ha querido la Divina Providencia, y aunque Guillermo nunca habló de eso, estoy segura de que querría que lo enterraran en Cali y que la misa del funeral la celebrara su amado hermano menor...

–Salgo para allá apenas pueda. Ya sabes, claro, que me toma cuatro horas llegar a Cali desde aquí.

–Sí, sí, ya sé que te toma al menos medio día llegar de la misión a Cali. Por eso vamos a demorar todo hasta pasado mañana.

–Pasado mañana sigue siendo demasiado pronto, Lola, me tengo que preparar. Además, Guillermo era un hombre tan importante, no sé.

–Bueno, bueno, entonces mejor demoremos todo hasta el sábado, si te parece.

–Es mejor –dijo Camilo con aire resignado–. Vas a enviar el cuerpo, supongo.

–Sí, y pedí que dejaran su cara a la vista.

–Entiendo...

–No te preocupes que se verá bien: vamos a contactar a los mejores que hay en eso de arreglar cuerpos. Esta noche van a darles las instrucciones...

–Bueno, mientras nos vemos, va un muy fuerte abrazo para ti, Lola. Sé lo duro que es lo que te está pasando. Créeme.

–Te creo. Bueno, hasta lueguito y buen viaje, querido Camilo. Y un abrazo para ti también. Nos vemos pasado mañana.

Terminada la conversación telefónica, seguían llegando familiares de todo tipo a la casa de Guillermo y Lola. Gustavo Adolfo Linero estaba presente con su hija Tatiana y hablaba por teléfono con su casa en Cali. Su voz tenía un aire profesional y descomplicado.

–Sí, Pau, tienes que ponerte en movimiento de inmediato... No, no quiero decir que agarres ningún avión, pero sí que eches todo a andar porque las exequias son allá. No, no te preocupes, le digo a Tatiana que mañana ponga la esquela y haga lo de las flores...

Hizo entonces una pausa para oír.

–Sí, claro que puede pagarla con la tarjeta de crédito. Fíjate si los de El Tiempo no van a aceptar tarjetas de crédito cuando las esquelas son el mejor negocio que tienen.

Gabriela llegó con Martín, su padre, al que evidentemente le habían aplicado una ducha y le habían recetado un par de cafés cargados. Martín abrazó largamente a Lola, su hermana favorita.

–Ay, Dolores. ¡Qué trance, mi amor, qué trance tan doloroso!

El afecto de Lola por su hermano mayor era visible, tanto que ella se veía cómoda en sus brazos.

–Gracias, Martínez, yo sé que a ti todo esto te duele en el alma. Ya nos recitarás alguna elegía cuando llegue el momento.

–Sí, una elegía –dijo Martín–. Lástima que yo sea tan bruto para escribir poesía. Pero hay varias muy bellas por ahí.

Saludada la gente, Gaby y Silvia Palomino, su abogada y mano derecha, se hicieron cargo de escudar y escoltar a Lola. También había llegado Carlos Alberto Millán, un ejecutivo al que conocían como Cabetto. En una de esas, Lola asumió su nuevo papel, alzando las manos y pidiendo silencio.

–A ver, queridos amigos, gracias por venir a acompañarnos en este trance tan espantoso, tan doloroso y tan amargo. Les cuento que habrá una velación aquí en Bogotá en la sala principal de la Funeraria Gaviria durante todo el día de mañana jueves. El viernes el cuerpo será trasladado a Cali y el entierro será el sábado en el panteón familiar de los Linero, junto a don Guillermo padre y a doña Clarita, su madre, donde Guillermo... –debió parar pues se le quebró la voz y tuvo que secarse las lágrimas– ...hubiera sin duda querido terminar su maravillosa vida. Hablé hace unos minutos con el padre Camilo y me dijo que mañana mismo viaja a Cali desde El Tambo donde, como ustedes saben, vive.

Se hizo un silencio repentino. Gaby lo aprovechó para seguir con la información:

–La ceremonia está programada para las tres de la tarde, de suerte que todo el mundo pueda llegar a Cali sin afanes. Un aspecto desagradable del asunto, entre tantísimos otros, es que habrá asedio de la prensa, de suerte que les pedimos tener eso en cuenta.

Entonces intervino Martín:

–No te preocupes, Gaby, que si algo sabemos en esta familia es guardar la compostura.

Santiago sonrió incrédulo. Silvia Palomino tomó la palabra:

–Sobra decir que la agencia de viajes oficial del Grupo está a disposición para los que necesiten reservar pasajes y hotel. Lola les agradece mucho su presencia. En un rato se servirán unos pasabocas y algo de tomar.

Lola asintió sin decir nada. Gustavo Adolfo se dirigió a ella:

–Lola, acabo de llamar a Magola a México y a Ofelia a Providence. Ambas están anonadadas. Les dije que llegaran directamente a Cali.

–Gracias, Gustavo –dijo Lola–. Muy gentil tú. Más tarde esta noche las llamo yo misma o quizás espero hasta mañana por la mañana. Esto es muy duro.

–Sí, ha de ser como caer bajo una avalancha de piedras.

Memo aprovechó para agarrar a Gaby del brazo con suavidad y llevársela a un lugar aislado.

–Me voy, querida –le dijo.

Gaby hizo cara de sorpresa, pero no subió el tono de voz.

–¿¿¿Te vas??? ¿Cómo así que te vas? No puedes irte, tu papá...

–Sí, mi papá se acaba de matar en un caballo y eso no tiene remedio. Pero yo sigo vivo y no resisto tanto incienso junto.

Gaby miró a Memo un rato y le dio un beso en la mejilla, que Memo encajó con cierta resignación.

Aprovechando el ir y venir por cuenta de los pasabocas, Memo se escabulló y fue al cuarto de Abigaíl, la muchacha de toda la vida. Buscaba algo. Por fin encontró una llave. Después subió al segundo piso y sigilosamente abrió la ahora desierta oficina de Guillermo, de donde, tras buscar un poco, alzó con unos papeles que había en la parte de abajo de una pila y también con un casete de vhs. Metió todo en un sobre de manila, de esos americanos que se cierran enroscando una cuerdita. Con los documentos y el casete a buen recaudo en un maletín que vio disponible, bajó por la escalera de servicio.

En medio de la confusión, Memo le echó un vistazo raudo a Gaby y ella le devolvió una sonrisa de complicidad. Luego logró confundir a los guardaespaldas y, sin que nadie más lo notara, se voló de la casa paterna y salió a la oscuridad de la calle.

Ninguno de los periodistas que hacían guardia lo reconocieron y un par de cuadras más abajo tomó un taxi.

Ya en el aeropuerto, se notaba que Memo estaba muy nervioso y que trataba de ocultar su rostro entre las solapas de la chaqueta. Esa actitud lo hacía más sospechoso, no menos, pero igual nadie pareció reconocerlo ni se fijó en él. Hizo fila en el counter de pasajes, donde lo atendieron de tercero.

–¿En qué le puedo servir? –le preguntó la empleada de Avianca.

–Necesito un pasaje urgente a Cali. En el próximo vuelo.

–¿Ida y vuelta o solo ida?

–Da igual.

–Pues no, señor, no da igual –le dijo la empleada de Avianca, un pelín fastidiada–. Son dos pasajes distintos.

–Bueno, que sea solo de ida.

La chica buscó en el computador y dijo:

–Sí hay cupo. ¿Cómo piensa cancelar?

–Con tarjeta de crédito.

–También necesito ver su cédula, si me hace el favor.

Memo sacó la cédula y la tarjeta de crédito y esperó a que le pasaran el voucher, el cual firmó de una. Luego le dieron el boleto.

 

Más tarde esa noche, Silvia Palomino, Gaby y Cabetto llegaron a una dependencia anexa a la funeraria. Una mujer les abrió, pasaron y Gaby se dirigió a la mujer. Cabetto andaba superpendiente de ella, como embobado.

–¿Está el encargado de embalsamar los cuerpos?

–Un momento y lo llamo –respondió la mujer.

Salió un hombre de edad intermedia, vestido con una bata blanca no tan blanca, y los saludó a los tres con amabilidad estudiada.

–Mucho gusto, Juan Carlos García.

Entonces Cabetto tomó la iniciativa:

–Mire, señor García, venimos de parte de doña Lola Velasco, la mujer del señor Guillermo Linero, cuyo cuerpo usted tiene ahí en su depósito.

–Sí, he estado trabajando en él –dijo el embalsamador–. Lo dejaron un poco maltrecho los médicos, pero ya va quedando listo.

Cabetto, en un tono más formal de la cuenta, siguió:

–No es por nada, señor García, pero esta vez su trabajo tiene que hacerse de forma impecable, porque don Guillermo Linero es... –reflexionó un instante– ...o bueno, era un señor extremadamente importante.

–Descuide –aclaró el embalsamador–, que va a quedar tan bien como quedan todos.

–Sí, sabemos muy bien que la muerte iguala a la gente –dijo Gaby–, pero es que en estas materias también hay gente más igual que otra.

El embalsamador asintió ignorando la reflexión de Gaby. Cabetto continuó diciendo que, por disposiciones de la viuda, el ataúd debía tener ventana.

–Pues eso en Colombia no es lo más común –dijo el embalsamador–, pero no habrá problema. Lo maquillo bien y listo.

Con el aire pragmático del que presume saber de qué está hablando, Cabetto dijo:

–O sea, prepárenlo como prepararon el cuerpo de Luis Carlos Galán el año pasado, que les quedó bien.

Silvia, un poco alarmada, comentó:

–Huy, Cabetto, no menciones a Galán que es de mala suerte.

–¿Mala suerte? Pues hoy lo que hemos tenido no ha sido muy buena suerte que digamos, ¿o sí?

–Bueno, señor García –dijo Cabetto–, confiamos en usted. Sepa, eso sí, que la velación empieza mañana a mediodía, porque hay que llevar el cuerpo al aeropuerto antes de las siete de la noche para que agarre un avión que lo llevará a Cali.

Los tres salieron a la calle. Ya afuera, Cabetto les preguntó a ambas mujeres:

–¿Quieren que las lleve?

–No te preocupes, Cabetto –dijo Gaby–, yo me voy con Silvia.

–Insisto, no dejamos de estar en Bogotá casi a las once de la noche. Fuera en Suiza.

Gaby fue terminante.

–De veras, haz de cuenta que fuera en Suiza. Silvia me lleva.

Cabetto dudó un instante y luego les dio un beso en la mejilla a cada una y se despidió. Ido Cabetto, las dos mujeres fueron caminando hacia el carro de Silvia.

–¿Cómo la ves, Silvie querida? –preguntó Gaby. Silvia pensó un poco antes de responder.

–La veo color hormiga, Gaby. De todos modos, lo esencial será proteger a Lola, porque los mandamases de la familia se la van a querer comer viva. Con toda esa plata de por medio. Ah, y hombres al fin...

–Ella no es manca, yo sé por qué te lo digo.

–De acuerdo, pero lo que se nos viene encima no deja de ser muy cuesta arriba.

 

Siendo cerca de medianoche, Memo golpeó a la puerta en casa de su madre, quien no se sorprendió al verlo. Rosa María Santacruz, una mujer ya madura con rastros de una antigua belleza, lo abrazó y le dio un beso.

–Memito, mi amor, fíjate que sabía que ibas a venir.

–No podía soportar más todo eso, mami –dijo Memo, infantilizado súbitamente–. Estaba espeso, muy espeso.

–Aún no me repongo, mi amor. Es que no esperaba ver al gran don Guillermo Linero, tan poderoso y tan temido hasta en el día de su muerte, metido en un cajón de madera.

–Yo tampoco, y la sensación es como nadar entre engrudo. Memo subió a su cuarto, que Rosa María había organizado como si todavía fuera un niño. Sobresalían imágenes del Topo Gigio, entre otros héroes de la época. Memo soltó todo y se tendió boca arriba en la cama, perplejo. Puso el maletín con los documentos que había sacado de la oficina de Guillermo sobre la mesa de noche.

 

ACERCA DEL AUTOR


Andrés Hoyos

Escritor, columnista y fundador de la revista El Malpensante. Es autor de Conviene a los felices permanecer en casa, Vera y Los hijos de la fiesta, entre otros libros. A finales de 2022, el sello editorial Seix Barral publicó La tía Lola, su más reciente novela.