Hace años que vivo preguntándome por el mañana. Por el tortuoso, lábil y realísimo porvenir. No es lo que diríamos una costumbre meramente filosófica, no en mi caso al menos. Mi obsesión con el futuro nace del odio. El escenario de los hechos que aún no son pero serán guarda el posible alivio de ver a los que parsimoniosa y diligentemente contribuyeron a hacer de mi vida un calvario de voces, recuerdos que superponen la dicha y la desgracia y penosas frases sin estilo. Hay sufrientes que han buscado la reconciliación con quienes lo han vuelto desgraciados; otros, más abyectos pero no menos imbéciles, han sentenciado su armónica comunión con la vida, como si ella pudiera asirse en manos de una vulgar retórica según la conveniencia de las circunstancias. La vida no es algo interesante, lo sabemos los que hemos leído demasiado para evadirla todo lo que hemos podido. Hoy ni la literatura puede salvarnos, somos desgraciados que se han dejado tender todas las trampas posibles. No tenemos derecho ni a la pringosa conciencia, mezcla incierta de espíritu y fisiología. Nos repudiamos incesantemente para tener el derecho de anticiparnos a la humillación que vendrá de los demás. Sí, una autodestrucción caricaturesca, preventiva, orgullosa, pero sin duda alguna lo que nos queda a los que ya no tenemos nada. No voy a permitirles a los que odio que me roben el sufrimiento, único sostén de una existencia inmersa en la difusa penumbra. ”

Publicado por Andrés Russo