Un sancocho literario político y religioso

Con el ojo en las publicaciones colombianas

POR Luis Fernando Afanador

Mario Mendoza, Buda Blues Planeta, 2009. 275 páginas

Vicente Estévez le escribe desde Bogotá una carta –odia los correos electrónicos– a su amigo Sebastián, quien se encuentra viviendo en Kinshasa, capital del Congo. Una larga carta-ensayo en la era de internet. Y él, más moderno, le responde por correo electrónico, aunque de igual manera: con otra larga carta-ensayo. Más adelante la comunicación epistolar se hará solo por correo electrónico. ¿Un olvido? ¿Se durmió el script? No lo sé, de cualquier manera, se trata de un récord Guinnes: difícil encontrar cartas más largas entre dos amigos. Y más serias: no aparece la cotidianidad por ninguna parte. Por cierto, acabo de leer Una botella al mar de Gaza, de Valérie Zenatti, una novela epistolar también a través de correos electrónicos donde la trascendencia de lo que se dice no excluye la brevedad –los correos son cortos y prolíficos–, el humor, la espontaneidad y la fluidez: el estilo que normalmente la gente utiliza en ese medio. Valga aquí señalar una característica de los personajes de las novelas de Mendoza: ellos nunca hablan como les corresponde. Los pobres, los ricos, los niños, los habitantes de la calle, los profesores, los drogadictos, los ex drogadictos y los policías: todos hablan parecido, con un lenguaje incierto que no pertenece del todo ni al registro oral ni al escrito. Esperábamos que en Buda Blues, consciente de sus limitaciones –“bésame los pezones, amor”–, con la elección del anacrónico género epistolar –recurso de novelistas bisoños y decimonónicos– lo que buscaba era esquivar los peligrosos diálogos para esconderse en la seguridad de la primera persona. Increíblemente no: abundan los diálogos y por lo tanto las situaciones poco creíbles. Y ahora, como si fuera poco, a la lista de personajes que hablan parecido, se le han sumado otras nacionalidades: indios, brasileros y congoleses. Dice Nnubungo, el africano: “En cambio, y quizás como un rechazo a ese mundo que gira en torno al dinero y la posición social, ese mundo que usted mismo habrá respirado en Bogotá porque en todas partes es el mismo, me encantan las mujeres populares, las negras, como yo [sic], con sus caderas enormes y su nostalgia a flor de piel, las isleñas con sus sonrisas deslumbrantes, las maestras de escuelas públicas, a las que les noto ese compromiso irrestricto con su pueblo, esa misma desesperación que me atraviesa y que no me deja dormir”.

El africano Nnubungo habla como escribe el colombiano Vicente Estévez: arengando, convenciendo. Qué coincidencia: a Vicente tampoco le gustan las mujeres blancas de clase alta. Comparten el mismo cliché –el mismo racismo– según el cual la mujer blanca no es erótica y no puede ser popular. Hablan parecido, escriben parecido y piensan parecido. No hay que escarbar mucho para entender la razón por la cual la voz de los personajes no convence y la narración no “suspende la incredulidad”: Buda Blues es una novela de tesis, y tanto los personajes como la trama rocambolesca están al servicio de una demostración.
En su primera misiva, Vicente le cuenta a Sebastián un hecho extraordinario que ha cambiado su oscura vida de profesor universitario de sociología. Su único familiar, el tío Rafael, fue encontrado muerto en una pensión de San Victorino y el cadáver se encuentra en Medicina Legal. Por su alto grado de descomposición (“con varios gusanos enormes saliendo de sus cuencas vacías”), no se pueden reconocer las huellas y hay que esperar una prueba de ADN antes de enterrarlo como es debido. Mientras llegan los resultados, Vicente va a reconocer la habitación de Rafael, donde encuentra los inefables libros de los poetas malditos y un manuscrito que alcanza a ocultar de la policía. El robo del cadáver y la visita que le hace a Vicente un hombre barbado de gabardina negra para recuperar el manuscrito, aclararán todo: el tío Rafael desde su modesto inquilinato era ni más ni menos que el líder de “La Organización”, una poderosa agrupación terrorista que reclutaba a los habitantes de la calle para luchar contra “La Cosa”. Un concepto vago y ambiguo que al parecer es el sistema capitalista: “A esa gigantesca maquinaria, a ese descomunal tinglado, donde todo está preparado para que nuestras vidas sucumban y se hundan, Rafael lo llamó La Cosa. Como si se tratara de una entidad, de un poderoso ser vivo cuyos tentáculos están por todas partes listos a capturarnos y a triturarnos”. A veces el enemigo no parece ser “La Cosa” sino una innata propensión al mal y al egoísmo por parte de los seres humanos. 
Parece casi imposible escapar a semejante monstruo. Cualquier persona que trabaje, que tenga empleo, horario, que se case y tenga hijos, casa, familia, que coma hamburguesas, vea televisión, escuche radio y lea periódicos, está atrapada por “La Cosa”. No tenemos salvación. La única esperanza contra ese régimen injusto son los mendigos, los habitantes de la calle, los desheredados: los que más padecen hambre y sufrimiento. Ellos son, por lo tanto, revolucionarios en potencia. Esa es la razón por la cual Rafael, el nuevo mesías, ha instalado sus cuarteles de invierno en la zona de San Victorino en Bogotá: “San Victorino, animales de presa y carroñeros recorrían las calles aledañas con las fauces balbuceantes”. Ni Marx, ni Lenin, ni Mao hubieran dado un peso por la capacidad revolucionaria del lumpen-proletariado. Quién lo creyera, el desestimado socialista Louis Auguste Blanqui, que pensaba en una revolución violenta con prostitutas y criminales, vino a tener seguidores en la lejana Colombia del siglo XXI.
¿Cómo hacía el líder Rafael para vivir sin contaminarse de “La Cosa”? Cada dos o tres meses se iba para el Huila y para Boyacá, y regresaba con unos precolombinos que vendía. No era guaquero pero tenía buenos contactos y una intuición certera. Una suerte de Indiana Jones de barrio bajo. De la novela política hemos pasado a la de aventuras juveniles y de ahí al reportaje periodístico. ¿Quién colaboró en la muerte de Luis Carlos Galán? ¿Quién le ayudó a Pablo Escobar cuando se escapó de la Catedral? ¿Quién estuvo detrás de los atentados del 11 de marzo en Madrid? Ni más ni menos que La Organización liderada por Rafael y su dos discípulos, Pedro (el hombre de la gabardina) y Pablo (Nnubungo), el africano ya mencionado. Vale decir, el anti-Cristo, sus apóstoles y María Magdalena. Desde luego, estamos en la época del Código Da Vinci. María Magdalena, a quien Sebastián conocerá cuando deje la vida “falsa” de profesor y se integre a la “vida verdadera” ayudando a la gente de la calle. María Magdalena, una mujer que es “bárbara” y se llama Bárbara –no es un chiste– y, además, es tremendamente sexy: “una mujer morena de mirada felina y con el cabello revuelto”. Esta Amazona promiscua, libertaria y con un discurso seudo-feminista –no hay personaje que no tire línea– será la encargada de cooptar a Vicente en el Proyecto Apocalipsis. Un sueño erótico de Vicente con ella será un momento culmen de la prosa de este libro: “Esa noche soñé que Bárbara cabalgaba por una pradera comandando una tropa de vagabundos, desharrapados y sucios legionarios cuyos gestos intimidaban y me producían terror. Después se bajaba de su caballo, me abrazaba, me besaba con pasión y lujuria, y en un grito de guerra les comunicaba a sus soldados a voz en cuello: ¡Este es mi hombre!”.
No olvidemos a Sebastián, cuya historia es igualmente desopilante. (Hay un momento en que el lector de este libro se plantea el siguiente dilema: si lo tomo en serio, lo abandono; si continúo, lo tengo que leer no en clave realista sino humorística.) Sebastián vive en Kinshasa, en el mismísimo Congo, qué casualidad, adonde va a escapar Nnubungo luego de la muerte del Maestro, y por eso le quedará facilísimo –y baratísimo– hacerle un seguimiento. ¿Por qué terminó Sebastián en semejantes lejanías? Por la culpa, por la insoportable culpa. Cuando vivía en Bogotá y estaba viendo una película en el Teatro Patria, vio que una muchacha de 17 años se atoraba con un perro caliente. El novio de la muchacha, con buen sentido práctico, propuso llevarla a la Fundación Santa Fe, a pocas cuadras. Pero el obsecuente Sebastián, experto en medicina prepagada –la muchacha estaba afiliada a Colsanitas– propuso llevarla a la clínica Reina Sofía, más lejos, lo cual le causó la muerte, el origen de su culpa.
Huye al Congo y después a la India donde descubre el budismo –en realidad un budismo de manual–: el yo es una ilusión de la cual hay que liberarse. Sebastián se libera del yo y de su culpa. Regresa a Colombia y por una bella simetría del destino tiene la oportunidad de resarcirse: salva a una niña de 7 años que iba a ahogarse en el mar de Santa Marta. Entretanto, Vicente, despechado por los cuernos de Bárbara, se ha ido al Brasil, donde trabaja en una fundación que ayuda a los niños de las favelas a superar los traumas practicando el surfing. A estas alturas el Proyecto Apocalipsis ha quedado atrás –se ha olvidado impunemente– y hemos entrado al terreno del melodrama espiritual. Bárbara, previendo su muerte y en una recaída pequeño-burguesa, le envía su pequeña hija a Vicente para que la críe (la hija que tuvo con el Maestro, ¡su prima!). Allí también va a recalar Sebastián, huyendo de los paramilitares. El budismo, al fin, se ha encontrado con la música, en un lindo mensaje final de amor y de esperanza: “Fundaremos una religión donde abandonaremos el yo para unirnos a los otros en un largo abrazo musical, como en el blues, en el rock, en el rap o en la salsa, y cantar a coro la alegría de un nosotros poderoso y resistente. Buda Blues”. La destrucción del capitalismo era por la vía pacífica y la redención de los habitantes de la calle a través de fundaciones. Qué alivio. Ya lo sabíamos, pero no sobra que de vez en cuando alguien nos lo recuerde.

ACERCA DEL AUTOR


Luis Fernando Afanador

Abogado con maestría en literatura.Codirigió el programa Librovia de la Alcaldía Mayor de Bogotá y fue editor de Semana Libros. Poemas suyos han aparecido en diversas antologías y en 1996 fue finalista en el Premio Nacional de Poesia.

Este contenido es solo para suscriptores

Si ya eres un suscriptor inicia sesión acá

Si aún no eres un suscriptor, te invitamos a ser parte del Malpensante

Suscribirme