Nuevos motivos para brindar; El caso Pascual Gaviria

En la oficina del fisca; Montejo, ahora sí

 Ideas, apuntes, críticas, tendencias, habladurías

POR El Malpensante

Juan Gabriel Vásquez • © Daniel Mordzinski | Cortesía Bogotá 39

 

Nuevos motivos para celebrar

En esta edición 82, El Malpensante llega a sus 11 años, cifra menos llamativa que los diez, pero igualmente digna de celebraciones y balances. Comenzamos en grande este aniversario con nuestra fiesta de malpensantes: el F-11. El evento superó por mucho tanto al F-10, versión anterior, como nuestras expectativas y generó reacciones muy diversas entre el público asistente al Gimnasio Moderno a finales de septiembre. La respuesta del público puede leerse en la selección de cartas que conforman nuestro correo de esta edición, producto de una convocatoria realizada por la revista entre lectores, invitados y asistentes.

Cuando los malpensantes apenas salíamos del guayabo del F-11 se nos atravesó un nuevo motivo para brindar: Juan Gabriel Vásquez ganó el Premio Simón Bolívar en la categoría de Artículo Cultural con el texto “El arte de la distorsión”, publicado en la edición 76 de El Malpensante.

En el artículo premiado, nuestro colaborador relee Cien años de soledad, ahora desde la posición de novelista; reflexiona acerca de su valor histórico, en paralelo con la experiencia de estar escribiendo su propia novela, y aporta claves para leer la obra de García Márquez desde una mirada distinta a la del realismo mágico. El premio, entregado el pasado 9 de octubre, reconoce el valor de este ensayo y viene a sumarse a los tres Simón Bolívar que ya habíamos obtenido en el pasado.

Por lo pronto, la mejor manera de hacer un reconocimiento al autor es continuar compartiendo sus textos con nuestros lectores, por eso podrán encontrar en esta edición un nuevo ensayo de Juan Gabriel, dedicado esta vez al escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, más una selección de raras fotos cedidas a nuestra revista por su viuda, Alida de Ribeyro.

Para nosotros, un breve respiro después de tanto correr con invitados, patrocinadores, traducciones simultáneas, escarapelas, cables y filas. Al fin podemos hacer un balance positivo del festival en medio de la lluvia, sorprendidos de que el cielo haya estado despejado sobre el Gimnasio Moderno durante el F-11 y un poco avergonzados porque el eslogan del evento, “Arde Bogotá”, haya resultado profético: el domingo en la noche, mientras recogíamos los corotos y barríamos del piso vasos desechables y entusiasmos, ardieron los cerros orientales de la capital colombiana. No sobra advertir a los más perspicaces que no fue una maniobra de mercadeo. Se trató —aunque no nos crean— de una fatal y triste coincidencia.

 

El caso Pascual Gaviria

Han pasado las elecciones y unos celebran, aquellos planean, otros se conduelen y los de más allá se echan las culpas por lo que pudo haber sido y no fue. Lo que no pasa son asuntos como la libertad de prensa, la manera en que se diseñan y se adelantan las campañas, la forma como responden los medios a esas estrategias. Porque si bien es cierto que los periodistas colombianos sufren toda suerte de vejámenes, también es cierto que algunos medios para los que trabajan escurren el bulto a la hora de las grandes responsabilidades. ¿Exagerados? Reproducimos a continuación una columna de Pascual Gaviria vetada por El Colombiano, donde esta situación cobra una amarga actualidad.

 

En la oficina del fiscal

Nota introductoria. En un debate con los candidatos a la Alcaldía de Medellín, Luis Pérez condicionó su permanencia en el foro a mi participación como entrevistador. La pataleta surtió efecto y fui invitado a tomarme el vaso de agua que me correspondía en el detrás de cámaras. Al terminar el debate, el candidato dijo que era increíble que la Universidad Nacional, organizadora del evento, invitara a un columnista que tenía procesos en la Fiscalía. Me hablaron de su respuesta e hice inventario de mis fechorías: ninguna daba para mover los piñones temibles de la justicia. Una semana después todo estaba claro: una carta de la Fiscalía con mi nombre como acusado llegó al periódico El Colombiano, donde he escrito una columna desde hace un par de años. Tiene su encanto leer esa cita rutinaria y ritual donde los fiscales dicen urgir nuestra presencia.

Una semana después asistí con curiosidad a la audiencia de conciliación en el proceso penal que Luis Pérez instauró en mi contra por el delito de injuria. Estrené mi cartón de abogado en ese careo elemental. Y utilicé mis notas de sindicado para escribir una crónica de la audiencia, que El Colombiano se negó a publicar con unas disculpas viejas. Hace poco, en una conversación telefónica, Héctor Abad me recordó lo sucedido en la anterior campaña a la Alcaldía de Medellín. Una columna suya y otra de Alberto Aguirre fueron engavetadas con un argumento exactamente igual al que se me dio como justificación para guardar la historia en la fiscalía: campaña muy caldeada, necesidad del periódico de no entrar en descalificaciones personales, tono desmesurado. En esa ocasión se les dijo a los columnistas que el periódico había decidido cerrar el tema candidatos en sus páginas editoriales. El domingo siguiente, el editorial de El Colombiano recomendaba a Sergio Naranjo como la mejor opción a la Alcaldía por ser un candidato con experiencia en el manejo de la ciudad.

Esa historia repetida me hace pensar que El Colombiano mira las elecciones con temor de contratista, con lealtad partidista, con oídos a muchas voces antes que a una firme conciencia periodística que le permita tomar los riesgos necesarios y suficientes para una empresa de su tamaño. Pero, en fin, aquí va la columna censurada:

Pensaba gastar mis setecientas palabras en una loa a los monjes budistas de Birmania, a su marea de azafrán entre los monzones y a su bandera ilusa como cualquier nirvana: “La bondad ganará siempre”. Una alucinación movida por el hambre. Diez mil monjes descalzos que esconden su plato vacío del favor de arroz y pan que ofrecen los militares, con la actitud de una bandada disidente y altiva, merecían una hoja del periódico para el piso de su jaula en Asia.

Pero una inoportuna diligencia judicial me sacó del cuento budista, poniéndome de frente con otro tipo de pájaros: mirlos de garra fina, coloridos y peligrosos. El asunto comenzó con una carta de citación a la Fiscalía para responder por una presunta injuria contra Luis Pérez Gutiérrez. Desde los tiempos de una travesura adolescente no visitaba uno de esos cenicientos palacios de la justicia. Chirridos de impresoras entre corredores, pisos enteros clausurados, abogados que se preguntan la hora en el túnel de las escaleras. He visitado edificios lúgubres de apostadores venidos a menos, de impresores sacando sus últimas copias, de coleccionistas feriando sus sellos. Pero la alegría de ver un antiguo hotel convertido en una tétrica fortaleza de folios y barandas se la debo a un político experto en comparecencias penales. Fue casi una visita guiada.

El ofendido llegó unos minutos tarde a la audiencia de conciliación. Acompañado de un abogado de película mexicana, con camisa y corbata rosada y un prendedor dorado con la balanza de la justicia en la solapa. Las gafas oscuras estaban en el bolsillo, listas para usar en las horas de descanso profesional. El demandante lucía el gesto grave de quien ha sido mancillado, además de su traje impecable y sus mancornas redondas, trenzadas de oro, con una perla en el centro. Mientras se tomaban los datos de los presentes, el candidato demandante fingía dedicar su atención a un cuadro del Quijote colgado en una de las paredes de la oficina. Para demostrar que además de las marrullas legales tiene tiempo para los deleites estéticos.

Una vez iniciada la audiencia, la fiscal le preguntó al ofendido por sus pretensiones. El hombre, con ceño compungido que casi llegaba al ojo lloroso, afirmó que yo había “destruido su dignidad” y que debía devolvérsela. Pregunté por el decir específico con que había logrado semejante agravio, y la fiscal me leyó una parte del expediente. En un reciente artículo titulado “Repugnancia electoral” dije que Luis Pérez resultó un fiasco como alcalde de Medellín, y agregué que era un candidato demagogo y frívolo. Dije también que me gustaría que los electores de esta ciudad asociaran su nombre al unto y al abuso, porque considero, como uno de los habitantes de este valle, que sus actuaciones como alcalde fueron muchas veces abusivas y muchas veces dudosas, dignas de ser miradas con desconfianza por los electores que ya una vez mordieron el anzuelo brillante de sus promesas.

Se me ofrecieron como alternativas la retractación o el compromiso de no referirme al ofendido hasta pasado el 28 de octubre. Tocará incluir un nuevo adjetivo para el compungido candidato. Resultó cínico, además de todo. No me puedo retractar porque guarde con celo una memoria de su amplia colección de pifias. Por acción, por omisión, por descuido, por gusto. Es mi opinión como ciudadano sometido a los poderes del gobernante y creo que tener una opinión sobre un político es un derecho elemental. He enumerado varias veces sus desastres de soberbia, sus números magros, sus escándalos profusos, y no quiero repetirlos. También se dolía el expediente de que yo lo hubiera llamado demagogo, y en un giro de genialidad decía que lo había rebajado hasta las alturas de Nerón, culpable de entretener a su pueblo con pan y circo. Resulta que Luis Pérez no sólo es demagogo por prometer lo que no depende de sus poderes y lo que no tiene respaldo en la lógica pública, sino que además tiene la osadía de refrendar sus promesas ante notario. Un demagogo con aires formales que cree que la administración municipal es un asunto entre el elegido y sus votantes. También dije con un toque de frivolidad que era un personaje frívolo. Y creo que sus gustos de príncipe de reinas de belleza lo confirman, además de sus propuestas cercanas a la ciencia ficción y de sus elegancias de pingüino, un poco impostadas y un mucho patéticas.

Al final dije que era imposible que yo renunciara a referirme a un candidato, que debía hacerlo muy a mi pesar. Porque los candidatos no pueden imponer el silencio de los periodistas por la vía judicial. Al menos eso fue lo que me dijeron mis profesores de derecho sin prendedor de oro en la solapa. Ya en la despedida, el abogado de gafas oscuras en el bolsillo pidió una constancia de su comparecencia en la pequeña comedia. Miró a su poderdante y le dijo entre dientes: “Para poder cobrar los honorarios”. Los dejé riéndose con la malicia de las urracas.

 

Montejo, ahora sí

En el número anterior no pudimos distribuir el libro de la colección Poesía por Centavos que publicamos en asocio con la Universidad Externado de Colombia, dedicado a Eugenio Montejo y titulado Los ausentes y otros poemas. Los suscriptores lo van a encontrar en esta ocasión acompañando el presente número.


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