Raphael y el renacimiento

Más que un placer culpable, lo que siente el autor de esta confesión por el rutilante cantante español es una especie de adoración desvergonzada y ruidosa. A continuación, un retrato del ídolo desde el amor sordo del fanático.

POR Sandro Romero Rey

Raphael y el renacimiento

Ilustración de Fernando Vicente

 

No puedo arrancarte de mí

No puedo arrancarte de mí

Me aprietas el alma

Me arañas el sueño

Me envuelve tu aliento al vivir...

(Manuel Alejandro)

 

Ser o no ser aquel

¿Cómo puede un amante de Shakespeare llorar después de oír cantar a Raphael?, me decía un amigo cinéfilo, antes de la proyección en el Centro de la Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) de la película Rafael en Raphael, que inauguró el ciclo denominado “Cultura Basura” en el que se incluía, fuera del título sobre el cantante español, obras maestras de Ed Wood, sumadas a la escatológica Pink Flamingos de John Waters (donde el divino Divine termina comiendo mierda de perro tras acariciarle el ano al animal) o la memorable Sextette, último filme de la musa Mae West, dirigido por Ken Hughes, con las impacientes presencias de Ringo Starr, Alice Cooper y Keith Moon, entre otros. Sí. Cultura basura. “Una espeleología del gusto”, aclaraba el programa del exitoso ciclo de cine estival, donde los espectadores gozábamos al aire libre de los excesos y los defectos de los mejores/peores filmes de la historia. Rafael en Raphael es un curioso documental de 1975, desautorizado por su protagonista, dirigido por un tal Antonio Isasi-Isasmendi, en el que, tras testimonios de figuras venerables de la cultura hispánica (desde don José María Pemán hasta El Cordobés), se cuenta y se muestra la gesta del cantante conocido como “El monstruo”.

Es muy posible que nuestro hombre haya vetado el filme justamente por su mayor fortaleza: mostrar sin vergüenza que el mal gusto puede llegar a rozar las puertas del cielo. En realidad, a mí las expresiones “basura”, “mal gusto”, “kitsch” y otro tipo de eufemismos me tienen sin cuidado. El mismo hecho de que haya tomado impulso para escribir sobre Raphael me acomoda mucho más allá de las excomuniones. En apariencia, es un pecado defender a Raphael. Yo, por el contrario, como cualquier peluquero de los años setenta, pecador me confieso. Es una adicción que con el tiempo se va volviendo culpa. Pero que no puedo evitar, porque la melaza del recuerdo se convierte en nostalgia y no queda más remedio que aceptarla. Ahora resultó que también soy adicto a Raphael, al igual que mi madre. Ella, doña Luz Estella Rey, que durante años ha sido cultora de las Bellas Artes con inmensas mayúscu­las, que ha pasado su vida dirigiendo teatros como el Municipal de Cali, el Jorge Eliécer Gaitán y el Colón de Bogotá, nunca ha negado que Raphael le conmueve su casi imperturbable buen gusto. Estamos pues ante un caso de adicción heredado. Aunque no sabría decir si fui yo o ella quien inoculó primero el veneno en el cerebelo del otro. ¿Qué fue primero, Jeckyll o Mr. Hyde?

Raphael ha existido desde siempre. Cuando yo era muy niño, en la agotada Cali de los años sesenta, entre las películas con Kirk Douglas o Robert Mitchum, no quedaba más remedio que ir, cada cierto tiempo, al teatro Cervantes, donde se presentaban películas sin subtítulos. Es decir, películas españolas, argentinas y mexicanas. Entre ellas estaban las películas de un joven y sobreactuado cantante ibérico con nombre de pintor. Los títulos de sus filmes los recuerdo sin problema: Cuando tú no estás, Digan lo que digan, El golfo... No me gustaban las películas de cantantes, mucho menos las películas románticas. Y menos me gustaban las películas en las que las protagonistas eran, a conciencia, más feas que el galán de turno. Pero había que verlas porque si no ibas al Cervantes, muy pronto te quedarías sin cine. Raphael me atrapó. Y un detalle adicional: no sé por qué, pero entre los acetatos de mi papá, entre sus discos sagrados de Bach, Mozart, Beethoven, Tchaikovski, Dvorak y Debussy, había siempre un vinilo de Raphael. A mi papá le gustaba y, supongo, entre sonata y cantata le dedicaba a mi madre, no sé, “Cierro mis ojos”, “Hablemos del amor”, “La noche” o “Poco a poco”. Nunca se lo he preguntado a mi mamá, porque con ella no se habla de Raphael. Se va a los conciertos en silencio y se regresa a casa sin secar los lagrimales.

Durante años, en los tiempos en los que mi madre dirigía con mano de hierro los teatros de Cali y Bogotá, siempre se paseó Raphael por sus escenarios. Mi mamá lo recibía con distancia pero con sincera fascinación. Y veía todos sus shows. No sé cuándo fue la primera vez que Raphael vino a Colombia pero sí sé que he perdido la cuenta de las veces que lo he visto porque son demasiadas. Mi mamá lo veía por su lado, desde su discreto palco central, y yo me acomodaba como podía en el palco de avant-scène. Me gustaba verlo tomando impulso desde la lateral. Raphael siempre ha salido a escena atropellando al universo, vestido de negro, con una sonrisa de actor de otros tiempos, acompañado de una orquesta que siempre le queda pequeña, tronándole al mundo sus canciones frente a un micrófono que no necesita, aullando con su voz infalible durante tres, cuatro minutos, hasta que el público lo recompensa con aplausos exagerados. Sí. Todo es exagerado en una presentación de Raphael. Porque Raphael nació y sigue existiendo para ser exagerado: su presencia escénica, su expresión corporal, la ubicación de su garganta, sus trémolos de golondrina, el repertorio inacabable, las tres o más horas que dura cada una de sus ceremonias. Raphael es un ejemplo de cómo se puede ser superlativo en la vida y de cómo se es orgulloso manteniéndose inmenso. Sin vergüenza. Feliz con su desmesura.

Vi a Raphael una, diez, veinte veces. Lo admiraba, lo envidiaba, lo quería tanto en silencio que cuando cumplió veinticinco años de carrera artística casi termino preso y desheredado por culpa de mi fanatismo suicida. La historia es breve y jocosa, pero eterna y terrible en el recuerdo: Raphael, por agüero de estrella nocturna, siempre se presentaba de negro hasta los pies vestido. En varios conciertos en el Teatro Municipal sorprendió porque salía a escena con un esmoquin blanco. En un momento del show, mientras cantaba “Cierro mis ojos”, se retiraba, pero su voz seguía. Sin que nadie se diera cuenta, Raphael regresaba al proscenio vestido de negro como siempre. Ovación cerrada por su voz y su acto de prestidigitación. Me gustó tanto la travesura del cantante que le propuse a mi amiga fotógrafa Karen Lamassonne que nos escondiéramos en la tramoya del Municipal y le tomáramos algunas fotos de paparazzi a Raphael mientras se cambiaba. Desde arriba, desde el punto de vista de Dios. La imagen debería ser fascinante. Así lo hicimos. Sin que mi madre se diera cuenta, nos escondimos en el techo siniestro del teatro y esperamos a que el concierto empezase. Uno, dos, tres timbres. Oscuridad. El telón se abrió. El monstruo de la canción salió a escena, de blanco inmaculado, sonriendo con sus dientes de leche. Desde arriba oíamos la ovación y poco faltó para que yo también aplaudiera. Karen comenzó a obturar sin descanso. De repente, lo peor. Sentimos los dedos acusadores de varios asistentes que nos señalaban desde abajo. Nos habían descubierto. Y comenzó el operativo. “¡Huyamos, Karen!”, susurré, siempre cobarde. “Todavía no la tenemos” dijo ella, fundamentalista. “¡Ya vienen!”, lloré. Y me imaginé a mi madre castigándome con el látigo que guardaba para los traidores. Comenzó entonces una carrera por los pasillos de madera del teatro. Por fortuna, yo conocía todos los huecos del Municipal de Cali. Y allí, entre las madrigueras donde se esconde ahora el fantasma de Mr. Fly (¿debo explicar que se trata del tramoyista que protagonizó el ya mítico film Pura sangre de Luis Ospina?) conseguimos huir de los feroces asistentes del genio de Linares. Las fotos deben estar por ahí. Raphael, por supuesto, no se ve en ellas: se ve su aura. Los años han pasado: 25 años después, es decir, 50 años desde que Raphael comenzó a cantar, he decidido, yo también, cumplir 50 años. Y cuando pensaba que mi adicción había terminado para siempre, el muy miserable ha decidido regresar a Bogotá para celebrar sus cinco primeras décadas. No tuve que llamar a mi mamá. Jubilada y jubilosa, más allá del bien y del mal de los teatros, tenía listas las boletas, porque el fiel empresario de Raphael se las proporciona sin que ella las solicite. La ventaja de los adictos es que siempre hay un dealer benévolo que no nos desampara.

Cincuenta años sin cuenta

El problema principal con Raphael es que no se puede explicar la emoción de sus conciertos. Porque Raphael es lamentable en la televisión y poco fascinante en sus discos. Pero en vivo es una experiencia que colinda con lo sobrenatural. Ya dije que sus shows trascienden las tres horas, incluso ahora, después de la operación en la que le cambiaron el hígado. ¿Alguien sabe de quién es el hígado de Raphael? Es muy probable que le perteneciera a alguno que repetía sin cesar que Raphael le caía al hígado, aunque el chascarrillo no sea muy afortunado. Castigo de Dios. El impacto visceral de sus presentaciones es muy complejo y se acerca sin timideces con el más allá. Como son viajes de nunca acabar, uno tiene el tiempo suficiente de emocionarse, de llorar, de aburrirse, de burlarse, de sufrir, de querer irse, hasta que el Espíritu Santo se acomoda en nuestros esfínteres y es mejor no tratar de escaparse. Para qué. Raphael es mejor tomarlo que dejarlo. Y cuando se asume, lo ganamos todo. Raphael puede ser el mejor ejemplo de aquello que en otros tiempos se llamaba la pachuquería. Pero es una pachuquería sin contemplaciones, sincera, violenta, atrabiliaria.

Luego de una de sus presentaciones en Cali, Raphael debía ir a Medellín y regresar dos días después a una función adicional. En el interregno, estaría en el Municipal el mimo francés Marcel Marceau. “Quiero que le pidas a Marcel una foto autografiada”, le dijo el Monstruo a mi mamá. “Dile que una de mis fuentes de inspiración ha sido él”. Marcel era Marceau, por supuesto. ¿Bip, modelo de cantantes? Así parece. Y, por supuesto, vi a Marceau, mi madre hizo la tarea y, dos días después, Raphael se paseaba con su caminadito de moonwalker, jugueteando a ser actor de vaudeville, tomándose un respirito, para luego atacar a mimos una de sus grandes baladas sin aliento. Allí es donde radica su genio. Raphael es un gigante cuando se desprende de la compostura y se lanza al vacío profundo de su voz, actuando las canciones que intentan capturar el dolor. En esos momentos no tiene rival. Su figura se infla como una basílica y deja al resto de los mortales trapeando el piso con sus propias lágrimas. Todos lo saben. Amigos y enemigos. Por eso, en el disco de sus 50 años comparte crédito con ángeles y demonios. Con Joaquín Sabina y con Enrique Bunbury. Con Joan Manuel Serrat y con Alaska. Con Ana Torroja y con Miguel Bosé. Hasta Juanes se da el lujo de gemir al alimón su “Volverte a ver” con el inmortal. Parece que a Raphael le dio risa que su más reciente disco se llamase La vida es un ratico. El álbum (y el DVD) de los 50 años es una constatación, un homenaje y, de cierta manera, una coronación. A Raphael se le perdona todo, hasta el hecho mismo de creerse Raphael. Pero todos lo celebran en España y en América.

A los seres humanos nos llega el momento de salir del clóset. En mi caso, ya no me siento mal diciendo que gozo con Raphael. Nunca me ha gustado el deporte denominado “bala a la balada”. Me gusta la tristeza enlatada. Raphael se inventó la fórmula para llevar su voz a la estratosfera y así convertirse en el Caruso de los pobres. Cuando el caballero sale a escena con su sonrisita de fin de semana y ahoga el aire con sus aullidos de lobo herido, le damos gracias al mundo por habernos despertado, pues Raphael se convierte en sinónimo de misterio, de asfixia feliz, de remedo de Dios. No. No hay necesidad de dar demasiadas explicaciones. No existen. Raphael es como la ópera en la televisión: fatal. Para descubrir la verdadera belleza, la profundidad sin límites de uno y otra, hay que ser testigo en tiempo y alma. No se puede llorar con Raphael en YouTube, como no se puede gozar La Bohème en una pantalla de plasma. Hay que pagar la boleta y correr el riesgo de estar adentro. En el teatro. En La Bohème y en Raphael.

Pero, ¿es posible defender hasta la saciedad eso que llaman “el mal gusto”? Ahora que citamos a YouTube descubro, para mi dicha, que allí se encuentra uno de los mejores fragmentos de Rafael en Raphael. El momento en el que el cantante interpreta la canción “El indio”, versión de uno de los clásicos de Gilbert Bécaud, ese Raphael de los franceses. Allí, nuestro cantante acaba con todos los estereotipos. Mejor dicho: los asume. Sin temor alguno, se convierte en Marcel Marceau y en Marcelino Pan y Vino, lo acompañan coros à la Motown, mientras se convierte en una especie de Juana de Arco setentera.

Mucho se ha hablado del amaneramiento de Raphael. Se dijo que su matrimonio con Natalia Figueroa fue una pantalla para camuflar su irreprimible mariconería. Raphael, en lugar de salir a los cuatro vientos a inventarse su machismo, se divierte multiplicando su plumaje hasta convertirse en una invencible dama de zarzuela. Raphael no le teme a Raphaëlle. Nunca le ha temido a las hordas de la ira, como no tuvo ningún problema en cambiar su Rafael original por un pictórico Raphael, para agradecer con un ph al sello Philips todo lo que hizo por él en los sesenta. Como el cantante sabía que tarde o temprano su radio sería Philips, Raphael se le adelantó al destino y terminó convertido en un hombre (que es un nombre) del Renacimiento.

Pero yo (y vuelvo a la primera persona porque de ella no saldré), que desde niño he pertenecido a la Hermandad Prerrafaelita, volví a Raphael en Madrid cuando, en el año 2000, el artista decidió correr un nuevo riesgo y se empeñó en volverse protagonista de una versión del Doctor Jeckyll & Mr. Hyde en el teatro. Creo que pocas veces había sufrido tanto. Raphael se descomponía durante más de tres horas, como un torero embestido, tratando de sacar lo que no podía, haciendo trizas lo que antaño fueron trazos. Es terrible cuando Raphael se toma en serio. La voz se le descascaraba entre las capas de maquillaje de Mr. Hyde, hasta el punto de que el monstruo de la canción terminaba escondiéndose en una cruel caricatura del monstruo de Stevenson. Salí del teatro jurando que ya había cumplido mi misión con sumisión en esta tierra y que ya a Raphael debería chulearlo para siempre. Pero la nostalgia vence lo que la dicha no alcanza. Tres años después, cuando ya todos juraban que el transplante de hígado iba a convertir al cantante de Martos en una especie de remedo de la Emulsión de Scott, Raphael reapareció en su tradicional programa de televisión de Año Nuevo, cantando durante horas y horas como si nadie le hubiese tocado las entrañas. Por supuesto, a todos los fans vergonzantes de Raphael nos dio vergüenza. “Juro que no morí”, gritó con Paul McCartney. Así que, al regresar a Colombia, le dije a mi madre que no iba nunca más a reprimirme con los shows de Raphael. En 2006, al presentarse en su gira denominada Cerca de ti, me fugué con doña Luz Estela al Teatro Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá, a un espectáculo de horas en el que el cantante solo se apoyaba en un pianista y en su ego de tiranosaurio. Cantó como nunca y ambos, madre e hijo, nos quitamos el sombrero. Qué tal. Mi mamá quejándose de dolor de espalda y yo quejándome por haber nacido, mientras Raphael pirobeaba sobre el escenario como si los hígados los regalaran en las piscinas de Liverpool.

El ritual se ha repetido hoy, en el mes de mayo de 2009, cuando Miguel Rafael Martos Sánchez, conocido como “El Niño”, nacido en Linares, provincia de Jaén (España), decidió cumplir sus 66 mayos en Colombia (el hombre nació el 5 de mayo y su concierto de Bogotá fue el 6). En esta ocasión el asunto fue mucho más difícil, pues me tocó llevar a mi madre hasta las escalinatas humillantes del Coliseo (no tan) Cubierto El Campín. La noche anterior yo había estado en ese mismo sitio en un concierto de heavy metal (por supuesto sin mi madre). El grupo se llamaba Heaven And Hell. 24 horas más tarde (pensé que el monstruo se iba a lanzar con su éxito “Orgullo de metal”), Raphael atravesaba el cielo y el infierno con su espectáculo inacabable, empezando con los “Cantares” de Serrat-Machado y terminando canonizado por la muchedumbre. 66 años. Menos mal que no le dio por cantar una versión de “When I’m 64” de los Beatles. Ni les cuento lo que es el monstruo cantando en inglés.

Y los recuerdos me asaltaron. Mientras mi mamá, escondida en una bufanda púrpura, canturreaba las melodías salomónicas de Raphael, recordé una tarde en que me tocó llevar en jeep al cantante al Teatro al Aire Libre Los Cristales para que diese un concierto gratuito, como lo obligaba la ley. Raphael fue sin problemas, porque a él lo único que le gusta en la vida es que lo miren cantar. Allí levita. Recordé que mi mamá me contaba que al cantante le gustaba tomar sopa de repollo después de los conciertos y le gustaba conversar hasta altas horas, mientras sus asistentes se dormían sobre los laureles del Monstruo. Dioses. Raphael me persigue. Debe ser una maldición. Ahora que el joven cumplió 50 años cantando y el cronista de estas líneas celebrará otros tantos aguantando, creo que ha llegado el momento de decir que “el mundo es el de siempre/ pero yo/ lo veo diferente/ cuando tú no estás...”

¿Cómo puede un amante de Shakespeare llorar después de oír cantar a Raphael? Traté de explicarle a mi amigo cinéfilo las razones de mi loca pasión. O pasión de loca, como quieran. Traté de cantarle una rápida antología al oído, desde “Yo soy aquel” a “Yo sigo siendo aquel”. Pero mi amigo cinéfilo no aceptó las explicaciones. Sin embargo, cuando salimos de la función de medianoche en el CCCB, cuando Rafael en Raphael terminó derritiendo la bombilla del proyector, mi amigo cinéfilo entendió mi encanto. Ahora, no me lo soporto. Se la pasa comprando viejas copias en VHS de las películas del Monstruo en los anticuarios del Barrio El Raval. Incluso ha intentado proponerme que quiere viajar a Colombia para conocer a mi mamá. Yo me he negado de plano. 

ACERCA DEL AUTOR


Sandro Romero Rey

Trabaja como profesor en la Facultad de Artes de la Universidad Distrital. En 2010 publicó El miedo a la oscuridad.

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