El mugre bajo la alfombra (1), (2)

   

POR El Malpensante

 © Debra Hardesty • Corbis

 

El mugre bajo la alfombra (1)

Bastantes comentarios y algunas cartas, como las que publicamos en nuestro correo, han llegado a esta redacción a raíz del artículo del profesor Pablo R. Arango en el número anterior. El asunto de las publicaciones universitarias, y en general de las prácticas que pelechan en sus alrededores, tiene tantas puntas como un puerco espín, y vamos a seguir quitándolas con cuidado a ver si llegamos a la piel del feo animalito (y con seguridad algunos implicados en el proceso van a resultar puyados). Durante la edición del artículo “La farsa de las publicaciones universitarias”, en las conversaciones que sostuvimos con el autor, nos contó varios casos de prácticas no muy limpias que había advertido durante su trabajo como director de la Editorial de la Universidad de Caldas, las cuales van más allá de la horrible escritura y la falta de crítica. Un caso en particular nos llamó la atención; teniendo en cuenta que no es el único que conocemos y que llegó a instancias como el Ministerio de Educación y algunos medios –y que no pasó nada–, vamos a exponerlo en esta breve nota.

El caso fue así: en 1987 el profesor Luis Enrique Orozco Silva, de la Universidad Javeriana, publicó un módulo titulado Epistemología, para uso en el Sistema de Educación a Distancia de la institución capitalina. Hasta ahí todo bien: se trata de un libro que recoge conceptos generales sobre epistemología, que, debemos recordar, se define en el DRAE como “Doctrina de los fundamentos y métodos del conocimiento científico”. Diez años después los profesores Pablo Emilio Gómez Díaz, Raúl Ancízar Munévar Molina y Josefina Quintero Corzo publicaron en la Universidad de Caldas un módulo, también para el programa de Universidad Abierta, titulado Reflexiones epistemológicas. Seguimos bien: el tema da para que se publiquen toneladas de material, como efectivamente sucede en nuestro medio.
 
Desocupado que es el profesor Arango, le dio por cotejar ambos libros, y en el de Orozco leyó un párrafo que comenzaba de esta manera: “Así como podemos apreciar que en el orden social existen procesos de transformación de una materia prima para generar un producto determinado que satisface una necesidad de la comunidad, de igual manera hay personas que, con la formación necesaria, trasforman una comprensión ingenua de los fenómenos en teoría explicativa, en conocimiento...”. Mientras el profesor Orozco escribía ese párrafo en su libro, los profesores Gómez, Munévar y Quintero escribían en el suyo: “Así como podemos apreciar que en el orden social existen procesos de trasformación de una materia prima para generar un producto determinado que satisface una necesidad de la comunidad, de igual manera hay personas que, con la formación necesaria, trasforman una comprensión ingenua de los fenómenos en teoría explicativa, en conocimiento...”. Inquieto con el hallazgo, Arango siguió cotejando ambos volúmenes, y las concordancias siguieron saltando párrafo tras párrafo tras párrafo hasta alcanzar ¡131 páginas! copiadas de la manera más vulgar, en un módulo que alcanza las 139.
 
La cosa no es un descuido ni un asunto de olvidos: se trata de un plagio descarado. Los profesores Gómez, Munévar y Quintero aparecen específicamente –en letra grande y en mayúsculas sostenidas– como autores de una publicación que coincide casi exactamente con un libro publicado antes por otro autor. En puntaje menor y en la página legal del libro Reflexiones epistemológicas dice: “Tomado: OROZCO, Luis Enrique. Epistemología General, Universidad Javeriana”, etcétera. Esta atribución no quita que los profesores Gómez, Munévar y Quintero hubieran fusilado el libro de Orozco. Así se lo hizo saber el profesor Arango al Consejo Superior de la Universidad de Caldas, al Ministerio de Educación y a la emisora La W. Julio Sánchez Cristo entrevistó al rector de la Universidad de Caldas en ese entonces, Bernardo Rivera, quien dijo que iba a esperar que se aclarara el caso en la investigación disciplinaria. La investigación no se aclaró, ni pasó nada. O sí pasó: el doctor Rivera, ¿tal vez por hacerse el de las gafas?, es ahora presidente de Ascún, la Asociación Colombiana de Universidades. Y los profesores Quintero y Munévar, en vez de sanciones, recibieron honores absolutamente insólitos dada la gravedad del caso. La señora Quintero continuó como decana de la Facultad de Artes, y ella y el señor Munévar fueron escogidos como “pares evaluadores” de Colciencias. No solo eso: tanto Quintero como Munévar tienen grupos de investigación ubicados en los niveles más altos del escalafón de Colciencias. Para terminar, hace poco la profesora Quintero fue nombrada miembro elegible en la Sala de Maestrías y Doctorados de la Comisión Nacional Intersectorial de Aseguramiento de la Calidad de la Educación Superior, Conaces. El pomposo título alude a una instancia donde se revisan y aprueban las maestrías y los doctorados del país.
 
En su columna de El Espectador del 4 de abril del 2008, Salomón Kalmanovitz señalaba: “El plagio revela incompetencia para asumir la investigación y redacción de un ensayo. Se trata de un atajo para escapar de la labor de investigación y redacción cuidadosa, evidencia de pereza. Y aunque la pereza es también la madre de la invención, aquí es la madre de la simulación. Porque el plagio es al mismo tiempo una alteración de la verdad, una mentira pública o frente al profesor mediante la cual el plagiador captura beneficios con base en esfuerzos ajenos”. En cristiano, la última afirmación de Kalmanovitz quiere decir que quien plagia se gana indulgencias con padrenuestros ajenos. Efectivamente, Josefina Quintero en la actualidad –después de haber copiado casi que palabra por palabra un libro sobre “fundamentos y métodos del conocimiento científico”– regula procesos de investigación (¡científica!), y ella y Munévar avalan publicaciones de colegas en calidad de “pares”. Además, administran recursos para investigación por decenas de millones de pesos (solo el año pasado uno de sus grupos recibió 103 millones de pesos de la casa Lúker). Y su pecadillo –o su delito, para decirlo con todas las letras– quedó escondido bajo la alfombra.
 
Mientras tanto, el profesor Arango ha recibido amenazas de muerte, en anónimos donde se le acusa de falta de solidaridad por haber señalado esa copia. Ante una situación tan grotesca, no está de más hacerse algunas preguntas: ¿Cuál es el mensaje que la institución le está enviando a la sociedad? ¿Lo que hicieron estos profesores no es deshonesto además de una muestra de mediocridad del más bajo talante? ¿Qué puede pensar la gente de una institución en la que una decana no es capaz de escribir un módulo y lo tiene que copiar? Peor aún, ¿qué pueden esperar nuestros estudiantes y la sociedad de una institución en la que, cuando tales prácticas mediocres y deshonestas son puestas al descubierto, todo sigue igual? Nos encantaría saber qué tienen para decir al respecto no solo nuestros lectores, sino principalmente el director de Colciencias y la ministra de Educación.
El mugre bajo la alfombra (2)

Y seguimos con lo que veníamos. Por un protocolo autoimpuesto, en el Iceberg no solemos responder a las cartas de nuestros lectores. Sin embargo, esta vez haremos una excepción no tanto para discutir el contenido de una carta específica como para abundar en el argumento expuesto por el profesor Arango en el número anterior. Varios lectores nos han insistido en que “La farsa...” no pasa de ser un artículo sensacionalista, lleno de afirmaciones temerarias y absolutamente falto de objetividad. Lo de Arango, nos dicen, es tan solo su punto de vista, insinuando con ello que pocas cosas de las que describe corresponden fielmente a la realidad. Sucede, sin embargo, que de un tiempo acá otros autores han comenzado a encontrar las mismas e incluso peores falencias en el aburridor mundo de las publicaciones académicas. No hace mucho, el profesor Jorge Orlando Melo dictó una conferencia titulada “Universidad, intelectuales y sociedad: Colombia 1958-2008” y en ella decía cosas como éstas:

“En relación con la universidad, me parece en primer lugar que la investigación social y humanística se ha institucionalizado en exceso, que hay mucha investigación pero que no se estudian los problemas centrales y más relevantes. La obsesión de la universidad parece estar en cumplir con indicadores cuantitativos acerca del número de profesores con doctorado, el número de programas de posgrado, la cantidad de grupos reconocidos por Colciencias, y otros indicadores que tienen poco que ver con la calidad e importancia real de los trabajos pero le facilitan el trabajo a los directivos y administradores universitarios. En muchas universidades son ahora más frecuentes consultorías relativamente anodinas con entidades públicas que trabajos de investigación que toquen problemas centrales del país. Por eso, no tiene nada de raro que, después de los trabajos de los ‘violentólogos’, se haya avanzado tan poco en el estudio de la violencia colombiana, o que los paramilitares hayan sido en gran parte ignorados –o que una organización no universitaria haya sido la primera en relacionar, con decisión y valor pero seguramente con limitaciones y errores– el mundo electoral y el mundo de la violencia paramilitar. O que no sepamos casi nada sobre el funcionamiento real de la justicia: nadie sabe en Colombia, por ejemplo, cuántas acusaciones hace la fiscalía por homicidio cada año y como se relacionan esas acusaciones con las características de los crímenes, las víctimas o los victimarios. En general, falta la descripción inicial, controlada y documentada, de muchos eventos que invaden la conciencia pública a partir de la información periodística, y en los cuales nos tenemos que quedar con las imprecisas aproximaciones iniciales de los medios. Los trabajos se escriben con la esperanza de que sean admitidos para publicación en una revista académica internacional, aunque sean ignorados y no tengan ningún impacto local: la carrera es lo que importa y no lo que contribuya al debate entre los colombianos.
 
”Y es que, para señalar una segunda característica que me parece clara, el debate alrededor de los publicaciones universitarias en temas sociales, culturales o históricos es casi inexistente: las reseñas en las revistas académicas combinan usualmente un grado alto de deferencia con un lenguaje sin compromisos. Parecería que en un país en el que el debate público, en los medios o en la política, está cada vez más caracterizado por la descalificación moral y el ataque personal, los académicos e intelectuales universitarios prefirieran compensar con un exceso de caballerosidad y evitar toda confrontación y toda discusión de fondo. Esto hace que se reciban con elogios corteses trabajos cuyas fallas son palmarias, que no prueban lo que ofrecen probar o que hacen afirmaciones absurdas o incomprensibles. Para los reseñadores, los libros malos son por lo menos interesantes, sin que se señale en que están equivocados.
 
”Y esto me lleva a mi tercera afirmación: que la escritura de los trabajos académicos de pertinencia para los intelectuales es cada vez más deficiente, y que el lenguaje de las ciencias sociales y humanísticas busca hacer cada vez más difícil la comunicación, volviendo su contenido incomprensible o indefinible, para evitar toda posibilidad de refutación”.
 
Si esto lo dice un distinguido y lúcido historiador como el profesor Melo, ¿será que todavía se puede insistir en que el artículo de Arango solo es un punto de vista? Volveremos sobre el tema.

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