300 días en Afganistán

Texto y fotografías de Natalia Aguirre Zimerman

El texto que sigue, excepcionalmente largo incluso para las dilatadas tradiciones de esta revista, cumple sin embargo con medidas también excepcionales de calidad e interés que nos llevan a publicarlo de un tirón: es la versión muy personal de lo que vio y vivió una joven médica colombiana durante algo más de 300 días en Afganistán, adonde llegó el 9 de septiembre de 2002 y de donde partió el 15 de julio de 2003.

POR Natalia Aguirre Zimerman

300 días en Afganistán

 

 

300 días en Afganistán

 

Preludio necesario

El texto que sigue, excepcionalmente largo incluso para las dilatadas tradiciones de esta revista, cumple sin embargo con medidas también excepcionales de calidad e interés que nos llevan a publicarlo de un tirón: es la versión muy personal de lo que vio y vivió una joven médica colombiana durante algo más de 300 días en Afganistán, adonde llegó el 9 de septiembre de 2002 y de donde partió el 15 de julio de 2003.
 
Afganistán es un país que los colombianos conocemos sobre todo a través de la óptica guerrerista y maniquea del periodismo americano, en particular el de televisión. A este periodismo le interesa muy poco la vida cotidiana de los lugares en los que se desarrollan las batallas y se obsesiona en cambio con las implicaciones geopolíticas de los conflictos. Como Afganistán está en guerra desde hace más de dos décadas y acaba de padecer el fundamentalismo talibán, lo corriente sería encontrar en los microrrelatos que siguen ante todo hechos de sangre y fanatismo. Sin embargo, el lector encontrará la visión de una joven médica paisa, minuciosa, humana e incontaminada por las jergas y los prejuicios típicos de los corresponsales de guerra. Desde luego que el conflicto no está ausente de sus relatos, pero aun así podemos encontrar en ellos a mucha gente de carne y hueso que vive, sufre y se divierte en un sobresalto constante que con gran facilidad transita de la vida a la muerte.
 
Vale la pena aclarar que Natalia estaba en Afganistán a título de médica gineco-obstetra en una misión de la prestigiosa ONG Medicins sans Frontières (o MSF), si bien lo que ella relata no refleja de ninguna manera la versión oficial de MSF, así ellos estén al tanto de la presente publicación. Se trata simplemente de las observaciones personales que la autora envió por e-mail a su familia y a sus amigos en Medellín, así como de las fotos que tomó para ilustrar su experiencia. No sobra recalcar que su estadía en Afganistán coincidió con el momento en que el ejército de Estados Unidos invadió a Irak, de modo que los riesgos para la seguridad de los representantes de MSF y demás ONG humanitarias se agudizaron mucho en el proceso, según se nota aquí y allá en el texto.
 
Lo demás no es lo de menos: estamos ante un retrato múltiple de la vida cotidiana de un pueblo martirizado y llevado a grandes abismos por una tradición religiosa problemática y por una larga historia de traumas e invasiones. Mucho se ha hablado de las diferencias que existen entre la escritura femenina y la masculina. Pues bien, lo que sigue sólo lo pudo escribir una mujer. Esperamos que los lectores lo aprecien. A nosotros, tanto los microrrelatos como las fotos nos parecen extraordinarios, de suerte que los publicamos de una buena vez en toda su gloriosa extensión.

 

Una alfombra mágica moderna

No sé ni por dónde empezarles a contar lo que he visto en los últimos tres días. Salí de París hacia Dubai porque la carretera de Pakistán a Afganistán está muy peligrosa, ya que en estos días es el aniversario del bombardeo sobre Kabul y se teme que ocurran incidentes conmemorativos. Salí con cuatro acompañantes: Petra (una logística holandesa como de mi edad), Yoerguen (un anestesiólogo alemán queridísimo que iba rumbo a Sri Lanka), al que decidimos llamar “Yogurt” para podernos acordar, Alain (un cuarentón reportero de MSF) y Katrina (la partera neozelandesa). Desde el check-in se vio lo ostentoso de la aerolínea. Los tags para las maletas eran rojos, de plástico grueso, blandito y súper bien diseñado.
 
Cuando llegamos a Dubai a la 1:30 a.m., nos bajamos, y en emigración vimos una gente de fantasía. Unas mujeres africanas, negras como el carbón, de 1,90 m de estatura y ropa de colores muy fuertes, con vestidos enormes y tocados como medio tribales en la cabeza. Estas africanas, además de imponentes, tenían una voz de tono muy bajo y miraban con la cara en alto. No tengo ni idea de su nacionalidad pero viajaban solas. Luego vimos toda clase de musulmanas, con toda clase de trapos en la cara y rayones en las manos. Había una especialmente triste. Parecía ser la esposa de un duro saudita, barrigón, de atuendo blanco. Tenía toda la cara cubierta con un velo gris oscuro; las manos, blancas e impecables, adornadas con joyas ultra costosas; los zapatos, de tacón y negros. Detrás de ellos un maletero traía tres french poodles blancos, grandes e impecables, iguales a la dueña.
 
Como era de esperarse, el equipo pasó tranquilo por in­migración, pero como yo tengo pasaporte colombiano y no tenía visa, me sacaron a un lado y se me enfrió todo. Pensé: me van a deportar y mínimo me voy de violada en la prisión local de Dubai. Afortunadamente, un viajero experimentado que me acompañaba les echó el cuento de que era sólo por una horas y que yo era de un equipo huma­nitario. La carreta funcionó y me dejaron salir hacia el hotel. Por cortesía de los Emiratos Árabes nos alojamos en un hotel lujoso y bastante miamesco (como todo en Dubai, ¿o será que en Miami todo es arabesco?). Tres horas más tarde regresamos al aeropuero, me monté en el vuelo de Naciones Unidas, un Fokker medio destartalado, y llegué a Afganistán.
 
Aterrizaje
 
Uno llega hasta Kabul desde una altura mayor de la normal porque, al igual que Medellín, la ciudad está metida entre montañas y tiene una en la mitad. Cuando el piloto piensa que ya está cerca a la pista, se tira en picada y uno cree que se va a matar. Pero no, todo lo tienen bien calculado para que no nos tumben (por motivos de seguridad uno nunca sabe a qué horas sale o llega, porque los talibanes derriban los aviones a punta de rockets). El avión vuela muy bajito y en el último momento lo aterrizan con una precisión impresionante. Lo primero que uno ve en la pista son los cadáveres de cientos de aviones, y los esqueletos de buses y carros, dispuestos a ambos lados de la pista. Algunos muy oxidados (como si pertenecieran a una guerra pasada); otros parecen recientemente fusilados, y los carros en que viaja la población están premórtem. ¿Cómo describirles la ciudad? Hagan de cuenta que están en Tolú luego de la bomba de Hiroshima, y de que no ha llovido en cuatro años. Todo es café grisoso (salvo la gente), y la ciudad tiene varicela. Todos los frentes de las casas y edificios muestran cicatrices de los tiros de los Kalash­nikov porque como las construcciones son de ladrillo terroso, se les cae el pedazo del lado del huequito.
 
Nos recibieron los conductores de MSF y nos llevaron a la casa.
 
La casa es en realidad una serie de edificios que pertenecieron a un hombre muy rico, hace muchos años, rodeados por un muro alto que impide mirar hacia afuera. Tiene dos pisos. Es un monstruo de casa, de aproximadamente diecisiete cuartos (apenas normal para una familia afgana rica). Tiene ocho baños con agua caliente. Los muebles son de los años sesenta, y en cada cuarto hay una lámpara enorme de cristal, tipo araña, y un tapete persa. En la biblioteca hay televisor, grabadora, libros (para mi pesar casi todos en francés), juegos, como billar afgano y Scrabble (pero los franceses no saben bien inglés y no pueden jugar) y rompecabezas.
 
Ya comencé a trabajar. Hasta hoy me tocó trabajar en ropa prestada porque tenemos restricciones severas de movimiento dentro de la ciudad, e ir al bazar está totalmente prohibido. Así que tuve que conseguir mi primera shwar kamize por medios no muy santos, que no les puedo contar porque la holandesa sabe español, el mail es compartido y me hago deportar si me pillan. La ropa es feísima, color mugre (eso lo camufla a uno muy bien en este polvero); gruesa, porque el invierno está por comenzar, y la pañoleta gigantesca (según las reglas).
 
Fui a las tres clínicas que me toca supervisar porque básicamente estoy aquí para organizar dos servicios de maternidad en dos clínicas rurales que no los tenían y que estaban destruidas. Una ONG alemana las está reconstruyendo, y nosotros nos encargamos de habitarlas y ponerlas a funcionar y de convencer a la población de que vengan a parir al hospital. La razón básica es que la mortalidad materna en Afganistán es la más alta del mundo: ¡1,7 por cada cien partos, lo que significa que se muere una de cada 60 mujeres que tiene un hijo! Éste es un indicador muy claro de lo mal que viven las mujeres en este país. El promedio de vida de una mujer es de 45 años, y la mayoría no sabe leer ni escribir. En conclusión, estoy al frente de un hospital veterinario.
 
Exquisiteces
 
En la casa somos muchos y tenemos dos cocineros que se lla­man Khan y Zaman. Son unos encantos, no hablan ni una palabra de inglés o francés, pero no importa porque son unos genios para cocinar y ya me los amigué para no pasar trabajos. Todos los días nos tienen una canasta de frutas frescas para el desayuno (melón, uvas, peras, manzanas y bananos), y a las 12:30 venimos de las clínicas y nos tienen pan afgano fresco. Éste se llama nan (se pronuncia como nun, o sea monja en inglés). Es largo, aproximadamente de 60 cm, y plano, y de ancho tiene como 20 cm. Lo fabrican en hornos, en las panaderías de las viudas de la guerra, y es como pan árabe pero más oscurito (me sueño con un frasco de queso crema Colanta para untarle). Este pan es multiusos. Sirve solo, como comida en sí mismo; de base, como una arepa, o para envolver carne, como un tamal. De plato fuerte siempre hay carne de res, cabra, cordero y muy ocasionalmente pollo. Todos los días hay ensalada tipo “mi mamá”, o sea, de las que tienen todo medio deshidratado, berenjenudo, tomatudo y pimentonudo. Por ejemplo: el almuerzo de hoy fueron unos seudorraviolis de espinaca cubiertos con carne y queso. Siempre tenemos postre: ayer fue pie de banano con Nutela. Hace dos días fueron cubitos de “queso urraeño” con pedacitos de pistacho y almendras. Hace más días me dieron una réplica exacta de colaciones pero más chiquitas. En el corazón tenían una almendra tostada.
 
Cualquier cosa que le pedimos a Khan, él nos la consigue en el mercado negro porque Seguridad de MSF nos tiene recluidos en Alcatraz. Khan llega todos los días en bicicleta (único medio de trasporte del 99,9% de los kabulíes) con la canasta cargada de encargos que recibimos como si fueran cartas de la novia para un soldado en Vietnam. Lo otro que se come, pero que no he probado porque no me dejan salir a la calle, son los kebabs (pinchos). Estos berraquitos atraviesan cualquier cosa o a cualquiera con un palo y lo ponen a asar. Hay kebabs de carne, vegetales, cebollas, mixtos, etc. Tal como yo lo esperaba, la comida de este país es exquisita.
 
Fisonomías
 
No hay tal cosa como el afgano promedio. No existe. Los afganos son personas de múltiples procedencias. Hay tribus que se originaron en Mongolia, algunas con raíces en lo que ahora es Rusia, y otras se subieron de Pakistán. Cuando uno sale a la calle, ve cuatro tipos de etnias claramente definidas.
 
Los tajiks (hermosísimos), altos, cejones, con la piel medio clara. Tienen los ojos claros (verdes, azules o miel) y cuando te miran, sientes que te están interrogando. A los niños tajiks yo los miro y los miro y los miro porque tienen en los ojos unas rayitas rojas (en vez de las cafecitas que tenemos los colombianos), que salen desde la pupila, y algunos son pelirrojos.
 
Los pashtun son oscuros, cejones, muy velludos, con la mandíbula grande y los ojos miel. Vienen de Pakistán y fueron los que dieron origen a los talibanes.
 
Luego están los hazara, de la zona central de Afganistán, muy discriminados (son de segunda categoría para los demás). Son primos de los mongoles, por lo cual son achi­nados y no les crece pelo en la cara. Durante el régimen talibán fueron tratados muy mal. Por ejemplo: los talibanes les exigían a los hombres tener una barba que les llegara hasta el pecho. Como se podrán imaginar, a los hazara no les crece barba, entonces en la calle les cascaban por violación de los mandatos. ¿Cómo les parece este castigo?
 
Para terminar, tenemos a mis favoritos: los kutchis, una rama de los pashtun. Son una tribu nómada de personas muy pequeñas pero muy ricas y coloridas que viajan con camellos, cabras, burros y carpas por todo este país y los vecinos. No le responden a nadie por nada. Si los friegan mucho, se van. No cumplen ninguna regla de ningún Estado y se niegan a taparse la cabeza. Aun durante el régimen talibán, las mujeres se resistieron a cubrirse la cabeza. Son medio salvajes pero muy pacíficos. En el ala izquierda de la nariz las mujeres se ponen una areta en forma de florecita, con una piedrita verde en la mitad. Tienen la costumbre de entabacar a los bebés en telas de colores, los amarran con una cuerda dorada y les ponen un sombrerito lleno de bolas. Quedan como unos gusanos.
 
En estos días me trajeron unos mellicitos, acordonados, hermosos. El gusto kutchi es igual al de Paula, mi hermana, cuando tenía tres años. Se ponen el mismo día una falda de puntos con una camisa de cuadros con un chaleco dorado. Ninguna tela es ni del mismo color ni del mismo material, pero por alguna razón logran verse hermosos. Adicionalmente son más lindos porque se alimentan con leche de cabra. A la hora de parir, obviamente, las mujeres kutchi no van a los hospitales. Cuentan las parteras que ellas trabajan hasta el minuto del parto, luego del cual se paran, se lavan, entabacan al niño y siguen con sus oficios.
 
Los afganos son para los franceses una manada de hipócritas, pero para mí son unos sobrevivientes. Mejor dicho, para sobrevivir en esta tierra tan hostil desde todo punto de vista, este pueblo ha desarrollado conductas y estrategias inimaginables. Una especie de malicia indígena. Hoy piensan una cosa y mañana otra. O se adaptan o se mueren. Los franceses repiten mucho en el trabajo que a los afganos les toma diez años aprender cosas (como ven, los franceses son bastante pretenciosos y arrogantes), pero yo pienso que ningún ser humano que haya sobrevivido veintitrés años en un país en guerra y desértico puede ser ni siquiera moderadamente bruto. Es más, a veces pienso que se burlan de los expats o expatriates (los foráneos) franceses. Tiene una actitud un poquito como cuando uno le dice a alguien: “Sí mijo, sí mijo”, pero en el fondo no tiene ninguna intención de hacer lo que se le está pidiendo. Saben que los expats son temporales y ellos permanentes.
 
The Kabul Project
 
Mi grupo se llama Kabul Project, y mi función principal es coordinar la reconstrucción, entrenamiento y puesta en marcha de dos servicios de maternidad en el área rural. La jefa mía, Fariba, es una señora de 55 años que nació en Irán pero que vive en Australia. Es muy buena gente pero tiene un temperamento durito y vive agarrada de las greñas con el jefe supremo, lo cual a mí no me conviene para nada. Los otros de mi equipo no viven en la casa: Matahbbudin, un logístico local súper querido, que parece un muñequito; Leilomá, mi intérprete farsi-inglés y mi mano derecha; el doctor Khaled, un pediatra afgano, y Leila, la que limpia la oficina.
 
En la casa vivimos muchos expats. Pero bueno, yo siempre les hablo de los logísticos. Un logístico es alguien que tiene que diseñar sistemas, aparatos, programas, planes, etc. Tienen que ser capaces de diseñar desde el plan de evacuación de toda una misión, hasta arreglar la ducha del segundo piso con su respectivo calentador. Con respecto a los franceses, yo ya no sé qué pensar. Son todos como de mi edad pero bastante prepotentes. Evitan mezclarse con los locales. No se bañan todos los días, y no propiamente por ecológicos. Fuman y toman trago como condenados. Para complementar este ramillete de virtudes, tampoco son del todo ajenos a otros vicios. Estos manes no pueden creer que yo sea de Colombia (la Meca de los psicotrópicos) y que ni siquiera me tome un trago. Tan de malas que les tocó semejante beata. De todas maneras, por raro que parezca, los colombianos nos parecemos infinitamente más a los afganos que a los franceses. Un afgano es un paisa (recursivo, avispado, hospitalario, medio cauteloso y muy trabajador). Mañana tenemos una fiesta en MSF España (yo soy MSF Francia) y, como no podemos salir a la calle después de las 9:30 p.m., nos toca llevar sacos de dormir. Tenemos una buena dotación de ellos.
 
Olores: de la gente, de las flores
 
Los franceses huelen a grajo, con alcohol, orégano y aliento mañanero. Los conductores de los carros huelen a grajo sen­cillo, y los hospitales a orines (no tienen agua corriente, sino unos tanquecitos en cada consultorio). Los baños de nuestra casa huelen a lo mismo que los franceses, mezclado con berrinche (porque los hombres franceses tampoco le atinan a la taza).
 
Pero el almuerzo, cuando uno viene de la clínica muerto del hambre, huele a gloria: a pan fresco, a carne asada, a torta en el horno. La otra razón para que la comida sea tan buena es que como el cocinero Zaman lleva tantos años trabajando en la casa, cada expat le ha enseñado su mejor receta. Cuando quiere, nos hace italiano o a veces neozelandés o de pronto carne con papitas (eso, fijo, se lo enseñó alguien como yo).
 
Quién lo creyera, pero a los afganos les encantan las rosas. Hay un fenómeno único y particular en los jardines y es que no son verdes sino grises por el polvero. Lo más lindo es que los rosales son grises pero como las rosas se abren súbitamente y no se alcanzan a empolvar antes de morirse, el jardín parece una postal en blanco y negro a la cual alguien le coloreó las flores con óleos. Las rosas son, además de olorosas, de todos los tamaños y colores imaginables. Razur (mi choquidor favorito) me va a recoger las semillas al final del otoño para llevarlas a Colombia. Nota: choquidor significa vigilante.
 
 
De compras
 
Matahbbudin me llevó al bazar y la pasé muy bien. Aquí no hay supermercados sino bazares de todo tipo (háganse de cuenta los tianguis mexicanos). Unos son más elegantes que otros, pero todos con el sistema antioqueño del regateo. Nada tiene precio fijo. Por ejemplo, hoy me compré la tercera shwar kamize, de color azul petróleo, que me costó 300.000 afgani, lo cual equivale a cerca de seis dólares, o sea unos 18.000 pesos colombianos. Considerando que cada shwar kamize trae pañoleta y pantalones, creo que es muy barato. Nos dan de per diem (plata para el gasto local) ochenta dólares por mes libres, con lo cual me basta y me sobra. Yo me gasto la platica en teléfono, pistachos y ropa. Las primeras dos shwar kamizes me las dio MSF, pero de ahí en adelante las otras mudas las compro yo, aunque podría sobrevivir con sólo dos. La intérprete me preguntó un día si los franceses eran muy avaros que se tenían que poner la misma ropa día de por medio. Entonces decidí comprar por lo menos cuatro muditas para no parecer una pordiosera ante los ojos de mis compañeros afganos. La shwar kamize es la ropa de mis sueños: amplia, larga, amorfa, le permite a quien la lleva moverse en cualquier sentido sin la más mínima limitación. La pañoleta es indispensable porque lo protege a uno tanto del sol como del polvo. ¡Cómo voy a extrañar mis shwar kamizes cuando vuelva a Colombia!
 
En las clínicas
 
Tristemente, anoche casi se nos muere Fátima, la esposa de Khan, el cocinero. La historia es larga, pero básicamente Khan tiene dos esposas: Marialai, con quien se casó por amor y con la que tiene cuatro hijos, y Fátima, que es la viuda de un hermano que desapareció hace ocho años. Como lo ordena la ley sagrada, Khan casó con Fátima, y ahora viven los tres en la misma casa. Fátima tenía dos hijos del hermano, otros dos de Khan y estaba esperando el tercero. Tenía ocho meses de embarazo y anoche le dio un abruptio de placenta y casi se muere. La ley actual dice que después de las doce de la noche nadie puede salir en la ciudad. Las calles las patrulla el ISAF, el ejército internacional, que agarra a tiros a cualquiera que salga después de esa hora. A Khan le tocó salir para el hospital muerto del miedo y con Fátima sangrando y, claro, lo pararon mil veces. Ella llegó con 4 de hemoglobina (lo normal es 12) y con el bebé muerto. Aún no se lo han contado. Cuando fui a visitarla al hospital me encontré con Marialai, la primera esposa, quien estaba deshecha porque aparentemente se lleva muy bien con Fátima y comparten la crianza de los hijos. Parece que Fátima va a estar bien.
 
Después me fui para Arzan Quimat —una de mis cliniquitas— y ahí otra cosa me partió el alma. En la sala de espera vi a una niña de aproximadamente 13 años con una cara hermosa y unas aretas con cascabeles. Le dije que tenía las aretas más lindas de Afganistán, y ella se rió. Como dos horas más tarde, la hermanita vino corriendo, me entregó las aretas y salió a toda carrera. Yo la llamé y le regalé las mías para que se las llevara. Así de generosa es la gente de Afganistán.
 
Luego estuvo excelente el día en las clínicas. Las pacientes son súper queridas y, además, entre mujeres no hay ningún secreto. Los hombres que vienen como médicos están fregados porque sólo pueden conocer la mitad de la rea­lidad, pero a las mujeres expats los hombres nos tratan como hombres y las mujeres como mujeres.
 

Las frutas y otras experiencias

Las frutas son una magia. Primero que todo son diminutas, la mitad del tamaño colombiano y una décima parte de una fruta genéticamente diseñada por los gringos. Sin embargo, lo que les falta en tamaño les sobra en sabor. Hagan de cuenta que cogen un sobre de fresco Royal y lo diluyen en la mitad de la cantidad de agua que dice la etiqueta. Es decir, las frutas no son sólo más dulces sino más intensas. Cuando uno las mira piensa que son revejidas. Los bananitos son del tamaño del dedo gordo de un hombre adulto. Las uvas son como huevos de pescado, de aproximadamente siete milímetros de diámetro, y los melones son peloticas de béisbol. Todas las mañanas me zampo una tajada de melón o nan con una cucharada de Nutela.
 
Mañana voy a comprar una cobija iraní porque la que me dieron tiene cuatrocientos años, la han utilizado innumerables franchutes y, además, hay unas iraníes perfectas para mí (que siento una pasión profunda por las cobijas). Yo no nací para el sufrimiento, y mientras pueda hacerle el quite, lo hago. Me voy a winterizar (así se llama el proceso de adaptarse al invierno). Fui al hospital infeccioso de Afganistán. Ustedes se morirían de la impresión con la pobreza y los olores. Está lleno de pacientes amputados, gangrenados, escarados y, por si fuera poco, abandonados. Es una escena macabra, aun para mis estándares. Las moscas vuelan por todas partes, el olor a mortecina se le pega a uno de la memoria olfativa y se le revive a cualquier hora. Es horrible.
 
Los expats
 
La situación de orden público se está poniendo regularona, por lo cual cada vez nos aprietan más las normas de seguridad. ¡Estamos pasando de Alcatraz a Guantánamo! Afortunadamente para mí, el staff afgano me lleva clandestinamente por todas partes desde que les dije que Colombia era igualito a Afganistán. Hoy comí choclo (es igualito pero diminuto). Yo pensaba que MSF era muy estricto, pero en realidad son medio hippies. Nada de religión (somos una manada de ateos), nada de idealismos (no pretendemos salvar el mundo), nada de trascendencias (sabemos que lo que hacemos es sólo un alivio temporal). Básicamente aquí todo el mundo tiene los pies sobre la tierra.
 
El reciclaje
 
Los afganos son recicladores por excelencia. Uno no ve montañas de basura por ninguna parte, simplemente porque en esta cultura no conocen el desperdicio. Es la antítesis de la cultura norteamericana. Un ejemplo: las llantas las usan los carros; cuando se deterioran, se emplean como caucho para las enjalmas de los burros, y lo que queda se incinera en las fábricas de ladrillos para calentarlos y hacerlos resistentes. Las casas son de ladrillos hechos de tierra, que a su vez amontonan sobre una gigantesca pirámide y en el corazón de ésta encienden fuego. Todo lo que se deja quemar se puede usar para hacer ladrillos. Es así como los afganos logran construir sus vidas a partir del reciclaje. Ellos sí que convierten la materia en energía.
 
Los afganos se las arreglan para reciclar hasta los excrementos. El baño de una casa normal es una especie de letrina que no tiene hueco en la tierra sino una caja. Uno deposita aquello en la caja y cuando está llena, un recogedor oficial de excrementos viene en una carreta y se los lleva; no los bota sino que los seca para luego venderlos como material para quemar y calentar las casas en el invierno o para fertilizar los cultivos. Es increíble cómo un vestido de novia se torna en un pedazo de una cobija y luego en un trapo y luego en candela para calentar la casa de la mujer que utilizó el mismo vestido. Ellos no entienden cómo los expats pueden desperdiciar tanta comida. Los excrementos de los demás animales también son utilizados para lo mismo y también se pueden comprar en el bazar.
 
Leilomá
 
Leilomá es mi intérprete, mi mano derecha, mi pie izquierdo, mi guardaespaldas, básicamente mi cordón umbilical con el país. Tiene 23 años y le falta un ojo porque cuando tenía siete cayó una granada cerca a su casa y la metralla se lo voló. Afortunadamente, le consiguieron una prótesis adecuada y no se le nota mucho, pero cuando estamos en las carreteras, el polvo se le deposita en la prótesis y se ve lo más de raro. Su vida es la clásica historia de las mujeres afganas. Como es muy inteligente y poco atractiva por el problemita ocular, logró estudiar inglés y se ha autoformado. Hace siete años se fue para Pakistán porque ya la vida se estaba poniendo maluca.
 
Toda la familia depende económicamente de ella porque el papá es parapléjico por la guerra. (Lo normal en Afganistán es convivir con la mutilación). Ella trabajaba como profesora de inglés en un colegio y vivía mejor que aquí porque en Pakistán las restricciones para las mujeres son menores. Se devolvieron para Afganistán con la esperanza de poder reconstruir lo que antes tenían, pero para ella es muy duro que la vuelvan a enjaular después de haber sido relativamente libre. Tiene una actitud súper buena y he decidido volverla mi asistente y no mi traductora porque cualquier habilidad que adquiera le puede servir en el futuro.
 
Casi la infarto un día que nos fuimos para la clínica y había un parto y se medio desmayó porque a ninguno se nos ocurrió que Leilomá es mujer y virgen y por ende no sabía nada de la reproducción. Casi se muere cuando vio el parto; es más, le tocó salirse un rato. Entre la sangre, el bebé, los gritos, la traducción y el despelote, esta pobre afganita se estaba infar­tando. Unas horas más tarde me di a la tarea de dictarle el curso de las abejas y los pajaritos, aunque con mucho cuidado porque si en la familia se pillan que está muy informada la matan.
 
Aquí se usa que las mujeres sean completamente ignorantes hasta una semana antes de la boda, momento en el cual la madre y hermanas le cuentan los detalles de la reproducción y le dan las instrucciones pertinentes. No sé qué tan prudente sea instruir a Leilomá acerca de los detalles del cuerpo humano, pero si no lo hago ella no me puede traducir bien y por lo tanto se perjudican, además, las pacientes. Cuando sea el momento de irme de este país le pienso dejar todo a Leilomá porque ella en realidad lo necesita. Un día le pregunté si era posible conseguir un perro afgano y ella me dijo que para qué. Yo le dije que para llevármelo y ella me respondió que si no preferiría llevarme a un humano afgano. Así de desesperada es la situación aquí para las mujeres moderadamente estudiadas.
 
La boda
 
Ayer estuve en la boda de mi farmaceuta, que se llama Ta­wab. Tawab tiene 23 años y se casó con Mariam, que sólo tiene 17. Fue un matrimonio elegantísimo, en un hotel de Kabul; ya les contaré los detalles, pero primero los preparativos. Anteayer me fui con Leilomá para el almacén adonde van las mujeres locales a comprar los vestidos para los matrimonios elegantes. Aquí se consiguen dos tipos de vestidos: los supremamente occidentalizados y horrorosos, y los tradicionales, claramente hermosos. El método de selección del vestido fue muy democrático. Yo escogí tres que me gustaban y luego les preguntamos a otras mujeres que estaban en el almacén cuál preferían. Nos reímos mucho porque todas se quitaron las burkas (estábamos en un sitio encerrado, obviamente) y empezaron a darme mil razones por las cuales debía comprar el uno o el otro. Los argumentos oscilaban entre “este color te queda mejor” hasta “con éste vas a conseguir marido” y “tendrás mejor suerte con éste”. Las mujeres aquí son muy unidas y cuando están entre ellas hablan como unas loras. Me volteaban, me tocaban, me medían. En resumen, toda una experiencia. El vestido que me eligieron es lo más lindo. Es en realidad una shwar kamize tipo panyovi, de satín verdeazul, bordado en hilo dorado, y la pañoleta es de velo igualito. Los zapatos son una oda a la exageración. Son sandalias doradas con diamanticos en las tiritas y tan hermosas que ni la Cenicienta después de casarse con el príncipe las podría tener.
 
El siguiente paso fue ir a la peluquería. Definitivamente el lenguaje universal de las mujeres no es el amor sino la vanidad. La peluquería se llamaba como su dueña: Humaira. En Yarumal también hay probablemente una peluquería que se llama Omaira. La diferencia está en que la Humaira de Kabul no está casada con Jhon Freddy sino con Shariff. El local es, como todo en Kabul, muy colorido, plástico y adornado, y los afiches de las paredes muestran mujeres con peinados setentudos. Fuimos Petra (la administradora holandesa), Armelle (la francesa de los refugiados) y yo. Nos hicimos depilación de piernas con el método del hilo, maquillaje tipo local (khol debajo de los ojos, los labios rojísimos, y mucha sombra porque los ojos son lo más importante aquí) y unos megapeinados que les describiré. El mío era una moña, como una torta, en la cabeza, y un crespo muy sexy, único y lateral, que caía sobre la cara. Utilizaron cantidades industriales de laca y luego nos echaron mirella dorada en el pelo, y mirella plateada en brazos y cuello. Parecíamos concursantes de un reinado popular en Magangué.
 
Cuando salimos de la peluquería y nos montamos al carro, Bismila (uno de los conductores) nos echó la flor más afgana y linda del mundo. Nos dijo con cierta picardía: Oh, you need a burka. Creo que tenía razón porque justo cuando nos montábamos al carro pasaron unos kabulíes machos en sus bicicletas y nos miraron con ojos entre asombrados y hambrientos. Luego llegamos a la casa, nos pusimos los atuendos y salimos como unas muñecas para el matrimonio. El staff afgano masculino estaba asombrado porque es la primera vez en diecisiete años que veían a las expats femeninas vestidas y comportándose como mujeres.
 
Nos fuimos para el hotel y a las niñas nos metieron en un cuarto con otras 200 mujeres y a los hombres en otro con 200 hombres. Cada salón tenía orquesta propia y pista de baile. Los afganos son megarrumberos desde la cuna. La pareja aún no había llegado y ya los invitados estaban emparrandados a punta de cocacola porque aquí no se ingiere licor. La música era entre una mezcla de funk y música árabe y se baila entre mujeres de una manera bastante seductora, medio cerrando los ojos como si se estuvieran sollando cada paso. Los niños salen y bailan parejo con las mujeres, y todo el mundo aplaude al son de las canciones. El baile masculino sí que es un hermosura. Tienen una danza tradicional, que me pillé porque Omayun (un ingeniero afgano) me llevó clandestinamente a una ventana a verlos bailar. Es muy masculino, violento y rítmico. Bailan en una ronda y golpean el piso con los pies y luego giran sobre sí mismos cada vez más rápido y más rápido y más duro y más duro y más duro hasta que paran y se acaba la música y se ríen y se abrazan. Es su baile tradicional y aparentemente es muy prestigioso saber bailarlo bien. Durante la ronda, además, se usa tirar plata a la jura para bendecir a la pareja y desearles prosperidad.
 
Luego de dos horas de parranda llegaron Tawab y la novia. Ella es una gorda caradeluna y él un flacuchento mariapalito. Ella tenía un vestido verde pistacho, iridiscente y ceñido, y un velo blanco. La ceremonia la hace el mulá en un cuarto cerrado y el vestido tiene que ser verde (no sé bien por qué), pero luego la pareja baja y se sienta en un kiosco decorado con flores plásticas y se toma fotos con la familia. La decoración del salón era sencillamente hermosa. Todas las flores eran plásticas, de distintos colores, con lazos de cintas de muchos tonos en el techo. Fosforescentes, iridiscentes, incandescentes. Si a esto le sumamos que todas las mujeres estaban tan colorinchudas como yo, se podrán imaginar el caleidoscopio visual de la noche. La comida fue: arroz kabulí (es arroz alargadito con pasas, tiritas de zanahoria, mucha grasa y muy rico), pollo asado, carne asada, vegetales, nan, manzanas y bananos. A las 9 p.m. por supuestas razones de seguridad nos hicieron devolver para la casa, así que no sé cómo se puso la fiesta más tarde.
 
En resumen, los matrimonios afganos son acontecimientos alegres para todo el mundo menos para la novia. La pobre caradeluna se veía francamente asustada desde que entró. Sólo tiene 17 años; hasta hace una semana no sabía nada de lo que quieren los hombres, y de buenas a primeras la pasan a vivir con la suegra y las cuñadas. Afortunadamente les hacen esta marranada lo suficientemente jóvenes para que se puedan defender con la capacidad de adaptación propia de la infancia, porque de otra manera estarían condenadas a la infelicidad. Al otro día de la boda tiene que aparecer la sábana manchada por el descorche; no me quiero ni imaginar a esa pobre niña en su noche de bodas. Tawab me dijo que rapidito quería un Tawabcito, así que no me dio tiro de ofrecerle planificación. Sin embargo, es política de MSF tener, tanto en la casa como en la oficina, una gigantesca caja de preservativos en los baños para utilizarlos con libertad. La caja de la oficina hay que cambiarla con fre­cuen­cia, así que por lo menos parte de mis compañeros afganos se está cuidando de alguna manera.
 
Los niños
 
Los afganos pequeños son una hermosura. Son unos fenómenos evolutivos. Son de baja estatura comparados con los americanos o los europeos. Son mugrosos, empolvados y desconfiados. Te miran desde lejos y se esconden detrás de las piedras, acuclillados. Cuando uno menos piensa, muchos ojitos te están mirando. Salen lentamente de sus escondites pero siempre con mucho cuidado. Te miran a la cara y cuando te acuclillas se acercan con recelo. Cualquier movimiento brusco los espanta. Todo el cuerpo es mate, por el polvo, pero los ojos son brillantes: azules, verdes, ama­rillos, grises, negros, castaños, redondos, almendrados, grandes, diminutos, pero siempre inquisitivos.
 
Las primeras palabras de un niño normalmente reflejan la situación en la que vive. Por ejemplo, los americanos dicen “cocacola”, los colombianos dicen “bomba” (como Paula), los palestinos dicen “tac tac tac” (por las balaceras) y los afganos dicen ab (agua). Antes de aprender a caminar gatean hacia los pozos. Apenas se ponen en dos patas brincan y agarran el palo de la bomba y lo bajan para bombear agua por el otro extremo. Corren hacia el lado opuesto y sacan la lengüita. Cuando tienen 2 años van al pozo con un galón plástico en cada mano, lo llenan y se lo llevan a la mamá. (A esta edad un colombianito del barrio El Poblado a duras penas es capaz de ir al baño y con mucha asistencia). Cuando cumplen 5 se gradúan como asistentes de crianza de sus hermanos. Contra lo que uno puede pensar, los varones afganos de corta edad cuidan y cargan tanto a los hermanitos como las afganitas. En este país o se trabaja en equipo o no se sobrevive. Lo normal es ver a un afgano de 5 años cargando al hermanito de 2 (y se ven tan desproporcionados).
 
Los bebés están envueltos como unos tabaquitos y amarrados con cuerdas, lo que los hace muy portátiles. Al principio yo me asustaba cuando un afganito salía corriendo con un neonato en la mano. Pero no los dejan caer. Es sorprendente lo que la necesidad hace sobre los cerebros. Los niños afganos habitan los techos y las terrazas. Se divierten con lo que tienen a mano. El juego más común son las cometas. Tienen unas cometicas todas subdesarrolladas, de plástico transparente o de papel, y las vuelan con unos hilos súper delgados. Juegan con botellas, manzanas, llantas, y cuando se encuentran con una mina quiebrapatas o una granada sin explotar, también tratan de jugar con ella. Es en este punto cuando se vuelven mutiladitos, cieguitos, desesperaditos y finalmente resentiditos.
 
Oggi
 
Oggi (uno de mis conductores) es un hombrecito chiquito y enjuto, de aproximadamente 60 años. Lleva doce años trabajando para MSF. Usa un gorrito blanco y se pone unas ultramodernas gafas oscuras marca Oakley que algún expat le regaló. Parece como si una máquina del tiempo lo hubiera transportado desde el 1002 al 2002, y él se hubiera puesto las gafas para llevarse como recuerdo del futuro. (No se les olvide que el presente de Kabul es el pasado del resto del planeta). Maneja una Toyota que se llama Lima Yak. Ha estado con nosotros a lo largo de muchos períodos políticos y nunca nos ha abandonado. Cada vez que tenemos que hacer evacuaciones de emergencia se pone el gorrito y nos lleva a través de las balaceras hasta los aeropuertos y las fronteras para que podamos escapar. Luego, espera pacientemente hasta que nos vuelvan a reincorporar a las misiones, nos recoge en el aeropuerto y nos vuelve a dar la bienvenida.
 
Un día, durante el régimen talibán (y les recuerdo que MSF estuvo todo el tiempo aquí metido denunciando y tratando pacientes) a Oggi se le ocurrió invitar a un expat a su casa a almorzar. Fue tan de malas que los talibanes lo pillaron, entraron a su casa y se llevaron a Oggi, a Shariff (el administrador que estaba sirviendo de intérprete en el almuerzo) y al expat para la cárcel. Resulta que como la infraestructura carcelaria en Afganistán es muy pobre, los recursivos talibanes resolvieron adaptar como cárceles transitorias los containers vacíos de la carga que viene en barcos. Pues resulta que esto fue en el puro invierno (temperatura aproximada: -15°C) y metieron a mi pobre Oggicito en un container con Shariff y el expat (y otros delincuentes), no sin antes haberlo flagelado con un cable de teléfono (grueso y bífido) hasta que le sacaron sangre. Al expat lo liberaron a las cuatro horas y no lo golpearon porque no es musulmán y no había roto ninguna regla.
 
La acusación formal que presentaron en la comisaría los policías decía que Oggi había convertido su hogar en un prostíbulo porque le había permitido al expat mirar a sus mujeres, y que Shariff era un pecador porque conocía los secretos de estos malditos paganos. Se llegó la noche y la temperatura empezó a bajar. Oggi empezó a temblar y temblar y se estaba congelando. Entonces, a Shariff (que es un gorila peludo y completamente masculino) se le ocurrió sentarlo entre él y otro grandulón, y lo abrazaron para que no se les muriera de frío. Este par de mamá-gallinas lo mantuvieron caliente por tres noches y lo salvaron de morirse en el container. Finalmente, la policía los liberó porque la intención era sólo asustarlos y no encarcelarlos para siempre. Oggi salió, se puso el sombrerito, se vino para MSF, cogió las llaves del carro y arrancó a trabajar.
 
Mi metamorfosis
 
Esta mañana me levanté y descubrí que en vez de pies tenía patas y en vez de manos tenía garras. Lentamente me volteé y al mirarme descubrí que ya no era una monita sino un lagarto. Los cambios han sido lentos y espero que no definitivos. La piel que tenía anteriormente era blanca, suave, delgadita y sensible. Hoy mi piel es grisosa, gruesa, empolvada y carente de sensaciones. Es evidente que mi cuerpo se está adaptando paralelamente con mi mente. Cada sistema ha evolucionado. Por ejemplo, mis tripas han adquirido la capacidad de comunicarse con el exterior mediante horrorosos sonidos internos, como si me hubiera tragado una mezcladora de cemento prendida. Esto le está pasando a mis compañeros también. En las tardes, cuando estamos en silencio, podemos oír una sinfonía intestinal. Afortunadamente no tengo ningún dolor. El proceso ha sido lento. Mis pies han adquirido suela propia y en las noches, cuando un pie se encuentra con el otro, me horrorizo con lo que siento. La falta de agua en el aire y en la cotidianidad hace que mis riñones recirculen continuamente el poco líquido que consumo. No tengo necesidad de ir al baño porque pierdo todo el líquido por el sistema respiratorio. La piel se me está cuarteando y por momentos sangra. Los labios me sangran continuamente. No importa cuánta crema humectante me eche en las mañanas: el aire es tan seco que se roba cualquier gota de humedad. La solución parcial que le encontré a la piel fue utilizar lo que usan las mujeres locales: aceite de almendras, lo cual me confiere un olorcito dulzón, algo empalagoso. El pelo sólo se empolva pero no se engrasa, y no hay ni una gota de sudor en mi cuerpo. Las uñas se pusieron gruesas y crecen a una velocidad increíble. Ya no son manos sino garras, y a pesar de mis incansables esfuerzos por mantenerlas limpias, siempre están sucias.
 
En Colombia, en el espectro de la feminidad, yo me ubico cerca del lado masculino pero en MSF las mujeres son tan poco femeninas que yo parezco una Barbie. La ropa es uno de los principales factores amorfizantes. Uno puede tener nueve meses de embarazo o estar caquéctico y la ropa lo esconde todo. Con la pañoleta la figura femenina se torna invisible y ni el pelo se ve. Cuando me miro al espejo (ca­si nunca), me asombro de lo mucho que he cambiado pero aunque sé que parezco un lagarto, sigo siendo una mona.
 
Las burkas, las afganas y los pobres varones
 
Una burka es un pedazo de tela (azul cielo generalmente), largo hasta el piso en la parte posterior y hasta la cintura en la parte anterior. Lo que se pone en la cabeza es muy ajustado a la cara y no interfiere realmente mucho la visibilidad. Ensayen a ponerse una media velada en la cabeza y díganme si todavía pueden ver bien. Claro que sí. La prensa ha magnificado el asunto de la burka. Cuando uno les pregunta a las mujeres qué es lo que más las atormentaba del régimen tali­bán, la respuesta nunca es la burka. La principal preocupación de las mujeres eran las restricciones en cuanto a la educación.
 
Éste es un país musulmán pero no árabe. Su estructura social es persa y si le insinúas a un afgano que es un árabe, le da un ataque de histeria. Los hombres afganos quieren y ayudan a sus mujeres. No se la pasan rezando (es más, en un mes que llevo aquí, sólo he visto a un hombre rezando durante el día). Los talibanes eran una porción no representativa de los afganos. Eran un fenómeno que nació del caos político pero que creció únicamente porque fue alimentado por los intereses económicos de los norteamericanos y europeos. Los afganos no se sentían representados por los talibanes.
 
Una burka vale entre seis y ocho dólares. Las mujeres afganas no son débiles. Son unas fieras. No se callan nada. No viven escondidas como la prensa le hace creer al mundo occidental. Estas mujeres hacen comentarios tales como: “Lo bueno de la burka es que podemos mirar a todos los hombres sin que nadie nos pille”. Cuando están entre ellas hacen chistes sexuales, discuten temas prohibidos y son bastante maliciosas. Sáquense de la cabeza la idea de que estas mujeres están en vía de extinción. Exceptuando por la mortalidad materna, tienen vidas muy completas (aunque duras) y tienen mucha posibilidad de decisión. Como en cualquier parte del mundo, a punta de cantaleta logran que los mariditos hagan lo que ellas quieren. Son tan manipuladoras como las occidentales y no les gusta que el marido callejee. Una minoría de los hombres tiene más de una esposa. Sólo hay más esposas cuando se presentan situaciones extremas, como la muerte de un hermano. Tienen de alguna manera el sartén por el mango porque son las que deciden con quién se casan los hijos varones. Es un sistema un poquito como el de las matronas. Son el poder detrás del poder. Quién lo creyera, ¿no? Éste no es tanto un país machista cuanto un país de separación de géneros.
 
Las burkas existían antes del régimen talibán, así que son parte de su cultura y no únicamente una forma moderna de opresión. Pienso también que es hora de pensar en los hombres afganos. A ellos también les toca muy duro. Tienen que trabajar como unas mulas, tienen que ser fieles, tienen que ayudar mucho con la crianza de los hijos, tienen que proteger a sus mujeres durante la guerra, tienen que exprimir esta tierra tan seca. Tienen que rebuscarse el nan de cada día y, además, tienen que vivir con el nuevo estigma de que son unos terroristas despiadados.
 
 
Colombianos y afganos
 
A medida que pasan los días me doy cuenta cada vez más de que este pueblo es muy distante geográficamente del mío pero muy cercano antropológicamente hablando. No sé si es que mi nostálgico cerebro va encontrando asociaciones donde no las hay o si hay universales que rigen el comportamiento de los pueblos primitivos. Los afganos son habitantes de las montañas, como los colombianos. Han estado en guerra desde hace muchos años, como los colombianos. Son títeres políticos, como los colombianos. Producen tanta heroína como los colombianos cocaína. Producen tanto hachís como los colombianos coca. Son tan orgullosos como los colombianos. Están tan estigmatizados como los colombianos. Son tan juguetones como los colombianos. Son tan primarios como los colombianos (si en la calle se chocan dos carros también se sacan pistolas). Tienen esa malicia indígena de la que carecen los europeos y los gringos pero que sí tienen los colombianos.
 
Tienen grandes camiones llenos de dibujitos y colores, que son idénticos a las chivas. Bailan y comen como los colombianos (o sea en grandes cantidades y con muchas ganas), pero no beben, a diferencia de éstos. Hacen chistes picantones, que obviamente los europeos no entienden. Lo más asombroso es que tienen dichos para todo y son exactos a los nuestros. Por ejemplo, al despedirse dicen “vaya con Dios”; para dar las gracias dicen “Dios le pague”. Tienen un dicho igual al de que el que escupe hacia arriba en la cara le cae. Mejor dicho, es como si el lenguaje de los pueblos primitivos estuviera muy fundamentado en las historias, los proverbios y las comparaciones (cosa que nunca les he oído hacer a los europeos). Algunas veces les hablo como si yo fuera de Jericó, en términos muy antioqueños, pero traducidos al inglés, y me entienden mucho mejor las ideas que les quiero transmitir que si les hablo con claridad y sin proverbios o ejemplos. Ah, les cuento también que el dari usa más o menos los mismos fonemas que el español, o sea que las pocas palabras que logro hablar no son tan difíciles y no me suenan tan mal. Como mis traductores aprendieron inglés británico entienden mejor si hablo con acento paisa que si lo hago con acento americano. Si me oyeran hablar pensarían que yo soy el señor hindú que maneja el Seven-Eleven de Los Simpsons.
 
En un continuo cultural, si ponemos a los afganos en un extremo y a los franceses en el otro, yo me ubicaría mucho más cerca del extremo afgano. Pero bien, supongo que la capacidad de ambos pueblos para sobrevivir épocas prolongadas de violencia los hace tener comportamientos similares.
 
 
El cadáver
 
Fue en una mañana kabulí común y corriente, o sea fría y empolvada. Me fui para mi cliniquita en Dashte Barchi, una pequeña vereda de la ciudad habitada únicamente por hazaras. Más o menos a las 9 de la mañana un señor de edad indeterminada (aproximadamente 60 años) entró a la clínica, se puso la mano en el pecho y dijo: “... No puedo respirar” y... se murió. Les aclaro que aquí nadie sabe cuántos años tiene. Los más viejos le muestran a uno los dientes para que uno haga el cálculo, como si fueran caballos, y los más jóvenes le dicen a uno que nacieron antes de la invasión rusa, después de los mujaidines, durante los talibanes, etc. (Nota: los mujaidines son señores de la guerra que reinaron antes de los talibanes y que viven de los cultivos de opio). No hay tampoco percepción del tiempo. Todo aquí es “porai”. Por ejemplo: ¿Cuántos hijos tiene? “Porai ocho”. ¿Hace cuánto que no comen carne? “Porai un año”. ¿Hace cuánto que volvieron de Irán? “Hace porai cuatro inviernos”. ¿En dónde vive? “Porai”. ¿Cuántas almendras quiere? “Porai un puñado”. Nadie tiene cédula, casi nadie sabe escribir, y no tienen billetera (amarran los billetes con un caucho negro).
 
Volviendo al muertecito en cuestión, el personal de la clínica me llamó corriendo para ver qué hacíamos. Cuando llegué al sitio del fallecimiento, me encontré con que los otros pacientes lo habían envuelto en una sábana y lo habían sacado al patio. Le tomé el pulso y, tal como me lo esperaba, irremediablemente muerto. Buscamos familiares dentro de la clínica pero nadie apareció. Gritamos a todo pulmón el nombre del señor porque antes de morirse se hizo apuntar en la entrada como Salim hijo de Naguibula. (Aquí yo no soy Natalia Aguirre sino Natalia hija de Isaías. Nada de apellidos). Pasó una hora y las moscas y los curiosos se acercaron al cadáver. Nadie lo conocía, así que mandé al enfermero a que gritara en un carro por todo el bazar. “¡Salim el hijo de Naguibula está muerto! Por favor, recójanlo en la clínica”. Obviamente esto no fue idea mía, pero adonde fueres haz lo que vieres, y el personal de la clínica me dijo que ése era el procedimiento normal. Pasó otra hora y nada de nada; nadie reclamaba a mi muertecito. Le pusimos una sábana encima y mandamos a otro enfermero a la estación de radio para que anunciara lo mismo. Nada. Se llegaron las tres de la tarde y nadie lo reclamaba. Se me ocurrió la idea de esculcarle los bolsillos y le encontramos una invitación a una fiesta el día anterior. Pues nos hemos ido de barrio en barrio buscando la dirección y no la pudimos encontrar. Me devolví para la clínica y le pregunté al director qué hacía, porque a las 4 p.m. se va todo el mundo para la casa. Me sugirió que nos lo lleváramos para la mezquita. Le dije a Oggi que trajera el carro para montarlo pero me abrió unos ojotes y me dijo que por ningún motivo iba a dejar que le montáramos un muerto en el carro. Leilomá se puso pálida y me dijo lo mismo. Como ya me les estaba enojando, se miraron y muy seriamente me dijeron: “Está contra las reglas de MSF”. (Horas después me enteré de que no existe tal regla). Me cansé de pelearles y de rogarles y de decirles que se pusieran en el lugar de la familia de mi muertecito y no hubo manera. Finalmente, me tocó montarlo en una camilla, tirarle una sábana encima, conseguir cuatro macancanes y mandarlo a través del bazar para la mezquita. Al otro día me enteré de que por la noche aparecieron los propietarios y se lo llevaron. Así terminó la historia y la vida de Salim hijo de Naguibula.
 
 
El invierno
 
La Luna aparecerá esta noche, lo cual marca el inicio oficial del Ramazán (Ramadán). Nunca se sabe exactamente cuándo ocurrirá, ¡así que fue una sorpresa para nosotros saber que no teníamos que ir a trabajar mañana! Parece que por tres días vamos a estar libres (casi libres, porque al fin del mes siempre tengo que hacer un chorro de estadísticas). Durante un mes la gente no come nada durante el día y nosotros nos tenemos que esconder para no ofenderlos con nuestra glotonería. Claro está que ya corrompimos a la mitad de los afganos que trabajan para nosotros, así que nos meteremos a comer en los carros.
 
El invierno comenzó anoche. Aquí un día uno se levanta y el clima cambió completamente. Por ejemplo, hoy tengo puesto mi atuendo tipo don Chinche: calzones fucsia, brasieres blancos, ciclistas azules, camiseta roja, pantalones negros, camisa negra, chaqueta café, guantes grises y pañoleta verde. Soy una vergüenza. Cuando me desnudo para bañarme, parezco una casa vieja a la que le ponen papel tapiz nuevo sobre el viejo anterior, sucesivamente, por años y años, y luego un día el nuevo dueño trata de arrancarlo para poder repintar. Mi cama se ha tornado progresivamente en una milhoja porque cada que puedo compro otra cobija. Tengo una japonesa supergruesa, a la cual llamamos “la cobija de diez kilos” porque se compran por peso en el bazar. Tengo una de lana escocesa, hermosa, que sobró de una donación británica, y tengo mi cobijita con borde de satín que compré antes de venirme (la llamo “cobija de emergencia”). Antenoche me levanté a las cuatro de la mañana, muerta del frío a pesar de mis múltiples capas de ropa y cobijas. Le pregunté a una compañera francesa si se había congelado y me explicó que lo que sucede es que yo no tengo la técnica apropiada. Me la enseñó y funcionó perfecto. Resulta que para uno no congelarse se debe envolver “tipo empanada”. Primero extiendo la japonesa, luego una capa de la escocesa, luego el relleno (o sea yo), luego la cobija de emergencia y luego cierro la japonesa. Me quedo tan quieta como me es posible porque cualquier milímetro de piel que toca una parte nueva de la sábana se congela y me despierto.
 
El soldado y la rosa
 
MSF es una ONG súper antipática. No nos juntamos con casi nadie porque nos parece que nadie hace nada tan bien como nosotros los franceses (éste fue un comentario sarcástico pero muy cierto). Tampoco nos juntamos con nadie que sea militar, aun cuando se vista de civil, porque es peligroso y, además, se presta para confusiones. Las ISAF son un ejército internacional compuesto por italianos, ingleses, franceses y alemanes, y son los encargados de vigilar todo Afganistán. Son enormes, unos gigantones supercuajos muy bien vestidos y muy lindos. (Me llevan por ahí tres cabezas cuando me les paro al lado). Nosotros no nos podemos juntar con ellos porque después la población civil no sabe la diferencia entre los trabajadores humanitarios y los militares. Nos lo tienen terminantemente prohibido.
 
Pero bien, Armelle es una francesa de aproximadamente 30 años que está arrejuntada con el coordinador médico de la misión, que se llama Denni. Resulta que un día Armelle se fue para una reunión acerca del proceso de invernización de la ayuda humanitaria. En esa reunión estaba un soldado alemán de las ISAF. A ellos les tienen prohibido salir a la calle con ropa de civil y en todo momento andan armados hasta los dientes: granadas, cuchillos, ametralladoras, chalecos, botas. Resulta que a este pobre hombre le dio por antojarse de Armelle, lo cual es comprensible si consideramos que vive junto con otras cinco mil personas de su mismo sexo en unos galpones rodeados de alambre de púas. Además, estos pobres hombres se desesperan porque aquí no están en Bangkok y por ende no hay prostíbulos a los cuales acudir; es más, a las afganas sólo se les ven los zapatos porque las burkas lo tapan todo. Para un occidental es francamente imposible enamorarse de una mujer a la que no le puede ni mirar la cara ni hablar en su mismo idioma, así que cualquier carita descubierta se convierte en un manjar. (Es verdaderamente una lástima que nos los tengan prohibidos). En un tímido intento por acercarse a ella, y sin saber que está arre-juntada con el coordinador médico, se apareció en la puerta de la oficina con una rosa en la mano y preguntó por ella. Alhamudin, el portero (mero macho y solidario afgano), al ver que un sol-dado con una rosa en la mano estaba preguntando por Ar-melle, prefirió ir directamente adonde Denni (el arrejun-tado de Armelle) para ver si lo dejaba entrar o no. Como Denni es medio mala leche, estaba muy ocupado y no le para bolas a nadie, y Alhamudin no habla casi inglés, la información no le quedó clara, pues, y le dijo que lo dejara entrar. Pues se ha dejado venir este pobre g.i. Joe (término despectivo que utilizamos para referirnos a los soldados), rosa en mano, y le dijo a ella: “Hoy vine armado con una rosa únicamente”. Armelle lo sacó a las carreras porque para msf es pecado mortal tener a un soldado en sus oficinas y le dijo que nunca más la fuera a buscar. Así termina esta triste historia de amor. Un amor que nunca floreció, dividido por las reglas.
 
La ciudad (que nos dejan ver)
 
Mi tiempo libre es en realidad muy escaso porque cuando uno vive en la misma casa del jefe le toca estar per-manentemente en tónica laboral. Adicionalmente, las reglas de seguridad bajo las cuales nos tienen son extre-mas. Por ejemplo, no puedo salir a caminar sola ni con otra mujer. Tengo que rebuscarme un hombre que me saque a la calle por lo menos una vez cada dos días. Como los perros cuando quieren salir a orinar, nos paramos junto a la puerta para ver quién va para la calle. Esta regla es absurda no porque no exista peligro sino porque somos muchas mujeres en la casa y los únicos dos hombres son altos mandos, viven fundidos y obviamente no quieren ir a las promociones del Éxito, como cualquier hombre normal.
 
En mi proyecto, por ser en la capital, tenemos la desventaja de que nos toca vivir bajo el mismo techo que el jefe de misión y por ende vivimos bajo perenne y suprema supervisión, amén del estrés contagiado. La calle más famosa de Kabul se llama The Chicken Street y nos la tienen rotundamente prohibida porque van muchos expats de las otras ong y militares, y les da miedo que nos maten accidentalmente. Es una calle llena de ventas de antigüedades y artesanías y de cosas lindas y de mercaditos donde sólo venden comida expat, o sea Nutela, quesos, chocolates, champús, etc. Las “niñas” de esta misión vivimos desesperadas de las ganas de salir a co-merciar pero por ahora nos lo prohíben. Lo que sí hago ocasionalmente es ir a restaurantes de la ciudad. ¿La calidad? No sé, porque yo siempre pido kebabs con papitas chip pero básicamente la calidad de los platos occi-dentales es mínima. Yo de todas maneras gozo mucho con cualquier salidita. Dalila y yo decidimos meternos a clases de alguna cosa para despejarnos un poquito. A la hora de elegir nos dimos cuenta de que sólo había cla-ses de farsi (el idioma local) y nos dio una jartera suprema. Luego de mucho pensarlo decidimos matricularnos en clases de modistería. Entonces compramos sendas máquinas de coser manuales, que son las que se consi-guen aquí. Son metálicas, negras con dorado, chinas, pesadas y muy hermosas. Son muy primitivas pero a punta de manivela y mucha energía recanalizada estamos haciendo cada vez cositas mejores. Llamamos a nuestra modistería El atelier o Taller Kabul-París-Medellín. ¿Cómo les parece de patético el último hobby mío? Pasé de la fotografía y el buceo a la modistería. Pero les cuento que estoy dedicada a hacer ropa infantil de terciopelo, muy elaborada, y se la regalo a los niños de mi clínica.
 
Normas de supervivencia cotidiana
 
Salam alecum! Jub as ti? Yu tur asti? Mi repertorio de frases en persa (dari o farsi) ha mejorado mucho en los últimos días. Les estoy diciendo: hola, ¿cómo están? Esta misión está hecha un caos total. El coordinador médi-co, que odiaba a mi jefa Fariba, logró que el jefe de misión la devolviera. Así que me quedé sin jefa porque no se sabe cuándo van a encontrar otro coordinador de campo. Yo me llamo a mí misma the foot of the mission [pie de la misión] y mi poder de decisión es muy limitado, además, porque yo soy pri-mípara y no soy muy ducha en the msf way. Pero bueno, de todas maneras es una catástrofe que hayan devuelto a mi jefa. En este momento son nueve franceses y un solo expat internacional (yo) en esta misión. Se imaginarán lo difícil que me es llegar por la noche a la casa y encontrarme con estas chimeneas. Por mi parte, he resuelto hacer vida con los afganos porque son mucho más divertidos, entienden mejor lo que significa estar vivos y tener familia, y son muy leales.
 
En estos días las montañas se están llenando de nieve y me temo que ésta pronto bajará a la ciudad. Es un in-vierno muy particular porque como no hay nubes, hace un sol intenso y radiante durante todo el día. Ya soy una experta en prender y apagar toda clase de elementos calentadores peligrosos, bien sean de gas, gasolina, diesel o electricidad. Pasé de ser una gallina para prender un fogón de gas a ser una experta manipuladora de elemen-tos volátiles variados. Les cuento que mi atuendo está cambiando y lo que se usa en invierno es el terciopelo. Tengo una shwar kamize de terciopelo verdeazul, muy caliente y muy rica. Aquí no se usa chaqueta hasta que no cae la nieve sino que uno se envuelve en unas mantas y encoge los brazos. Al principio se me caían, pero ya no.
 
Este Ramadán me va a matar porque los locales están dedicados a ayunar todos los días. Esto quiere decir que se levantan a las 4 a.m., se em-buten el desayuno y no prueban ni gota de agua hasta que se oscurece. Para mí es un suplicio pues me voy para las clínicas y no pruebo bocado porque no es respetuoso con la gente. ¡Afortu-nadamente, resulta que si una mujer tiene la menstruación no está obligada a ayunar! ¿Cómo les parece de práctica esta “re-glita”? Pues me fijo en cuál traductora está mens¬truando y me en¬cierro con ella a comer cosi-tas. Así, ellas no cometen ningún pecado mientras están en su período impuro, y yo no me muero de hambre.
 
El viernes lo que hice fue elevar cometas en el techo de la jaula (la casa) y hacer cortinas para la oficina. Espero que el próximo fin de semana me pueda ir para Gulbahar (búsquenlo en el mapa), un pueblecito en las monta-ñas (100% burkas) donde se puede hacer una caminata de cuatro horas. Me la estoy soñando.
 
Las suegras afganas
 
De por sí las suegras son mundialmente reconocidas por ser unas malas mujeres, pero las afganas son las reinas de la maldad. Resulta que a toda mujer afgana le toca seguir un orden jerárquico muy particular.
 
1. Cuando nacen son un bebé de mala calidad por ser mujeres (una tristeza para la madre parturienta cuando se entera de que el bebé es de sexo femenino). Y, además, no se les puede decir el sexo del neonato hasta que la placenta haya salido porque se ponen tan tristes que, según ellas, se les atranca y sangran más. Cuando uno le pregunta a una mujer que ha parido doce hijos cuántos hijos tiene, dice que cinco o seis, pues cuenta sólo los hombres. A las hijas no las incluyen en las estadísticas personales.
 
2. Cuando tienen entre 2 y 12 años son las hermanas, las sirvientas, las carga agua, las carga hermanitos, las cul-pables de que los platos se quiebren, el agua se riegue, el hermanito se accidente y de cualquier desgracia que se les quiera asignar. Viven en manadas, duermen en corrales y se comportan como cabras.
 
3. Cuando cumplen 13 se convierten en estorbos, así que corriendito hay que conseguirles marido para desha-cerse de ellas. Literalmente se vuelven un estorbo porque comen mucho y si accidentalmente se embarazan o las violan toca matarlas y eso es muy engorroso. Hasta este punto cualquiera se puede tomar la libertad de cas-carlas. Los hermanos, la mamá, el papá, las tías y hasta la abuelita las cachetean y patean con frecuencia. Les pegan por torpes o porque se ríen o porque lloran o porque está haciendo mucho frío o porque no hay trabajo. En resumidas cuentas no hay que tener una razón clara para cascarle a una af-ganita: es el derecho divino de los hombres y los adultos limpiarse las botas en la dignidad de estas personas.
 
4. Entre los 13 y los 17 se casan y se las llevan para la casa de la suegra a vivir en una pieza. La suegra fue en reali-dad quien hizo las negociaciones, así que ella es la que escoge el surtido de nueras y, dependiendo de su poder, las escoge más gordas o más flacas, más ricas o más pobres, más sumisas o más ale¬brestadas, y si por casualidad alguna saliera defectuosa (por ejemplo infértil) le consiguen una segunda esposa al hijo, la convierten en mu-chacha de servicio y se acabó el proble¬mita. Las suegras manipulan, cascan y humillan, y en su casa las jóvenes viven el momento más duro porque de bue-nas a primeras las patadas vienen de desconocidos, las cachetadas de extraños y las humillaciones de personas a quienes no quieren. Ahora las patean el marido, la suegra, el suegro, el hermano del marido, el sobrino del marido, y hasta el abuelo del marido.
 
5. Se dedican pues a parir hijos para que las acompañen y para mantener al maridito contento. Paren hijos para que las quieran, paren hijos para que dependan de ellas, paren hijos para pegárselos al pecho y no ser golpea-das. Paren hijos porque Dios así lo quiere y la evolución así lo diseñó. Paren y paren y paren y nunca paran. Por-que paran de parir cuando por parir parten (recuerden que la mortandad materna en Afganistán es la más alta del mundo).
 
6. Un día cualquiera se despiertan y se dan cuenta de que ya es hora de casar al primer hijo que parieron y de que ya no son las nueras sino las suegras y, como si hubieran olvidado su historia personal, se tornan en tiranas y repiten con sus nueras exactamente la misma historia. Pasan de ser el oprimido a ser el opresor con una facili-dad aterradora y sin memoria alguna de lo que fue ser golpeada y humillada; porque, eso sí, después de treinta años de patadas, a las suegras nadie les vuelve a poner la mano encima, pues de alguna manera trajeron al mundo a un batallón de hombrecitos que las quieren y las respetan y se hacen matar por ellas. Me pregunto, entonces, si esa amnesia selectiva es sólo un mecanismo más de adaptación y si hay alguna manera de romper este ciclo de vida tan enfermo.
 
Los retournés
 
¿Qué son los retournés o retornados? Son 1,8 millones de afganos que reingresaron a Afganistán durante los últimos tres meses. (Estamos esperando 1,6 millones más durante la primavera que viene). ¿Por qué regresa-ron a este moridero plagado de minas quiebrapatas? Porque como cualquier humano normal añoran volver a su terruño y sueñan con reconstruir sus casas y porque fueron presionados en un proceso de repatriación semivo-luntario creado por Naciones Unidas.
 
Resulta que durante los últimos seis años, cinco millones de afganos se fueron del país huyendo de la guerra, los talibanes, las bombas rusas, el conflicto interno, el desempleo, la discriminación. Y finalmente del bombar-deo americano. (Nota: cuando uno se escapa del país se llama “refugiado” y cuando vuelve se llama “retorna-do”). La mayoría de los refugiados migraron hacia Pakistán o hacia Irán, y los más educados y pudientes se fue-ron para Europa, Amé-rica, Australia y Japón.
 
Gracias a Al Qaeda y su atentado en las torres, el ejército internacional intervino y se metió a este país y des-terró parcialmente al régimen talibán. Resulta entonces que al resto de los países del mundo se les metió en la cabeza que era muy buena idea devolver a los refugiados a su país de origen porque supuestamente la guerra se había acabado y la paz reinaría por los siglos de los siglos.
 
Esto es obviamente ridículo porque ninguna de las causas por las cuales el conflicto se originó ha cambiado, y la paz que hoy se vive es una frágil torrecita de cartas que en cualquier momento colapsará. Pero bien, a Nacio-nes Unidas se le ocurrió iniciar el más grande proyecto de repatriación de la historia del mundo. Hicieron una campaña gigantesca para estimular a los refugiados a que se devolvieran para sus tierras. Por el radio y la televi-sión de Pakis¬tán e Irán anunciaron que reinaba la paz, que les iban a ayudar económicamente, que la sequía se había acabado, que todo iba ser una belleza. A los países anfitriones de los refugiados les pareció una magnifíca idea salir de los es-torbitos y se dedicaron por cuenta propia a presionar psicológicamente y con amenazas a los refugiados para que se devolvieran.
 
Sin embargo, a nadie se le ocurrió pensar que este país está destruido y que no tiene la infraestructura necesa-ria para reincorporar tal cantidad de personas. Kabul hoy por hoy está destruida en un ¡70%! Tiene luz eléctrica de tres a cuatro horas al día y no tiene alcantarillado. Hay un solo semáforo, que funciona tres horas al día, no tiene sino unos cuantos buses para el transporte público, y ni hablar de los hospitales. Las montañas están pla-gadas de minas quie¬brapatas que dejaron los rusos de regalo al partir y los mujaidines cuando peleaban entre sí. Los sistemas de riego fueron destruidos por los bombardeos aéreos de todo el mundo incluyendo a los gringos, y el invierno afgano es despiadado. Así, pues, los pobres pendejos que se dejaron echar el cuento o que se dejaron empujar hacia Kabul llegaron llenos de ilusiones y se encontraron con múltiples decepciones. En el solo Kabul tenemos 600.000 nuevos habitantes y ningún sistema de rehabilitación de casas para alo-jarlos. Llegan a Kabul por los caminos, cargados de cositas, desde Pakistán. Literalmente desensamblaron las casas que tenían en Pakistán para traerse la madera y poder volver a construirlas (como ustedes ya lo saben, los afganos son reci-cladores), así que tampoco se pueden regresar porque ya no tienen casa y al cruzar la frontera devolvieron los papeles de refugiados. Mejor dicho, se fregaron porque ni pa’ dentro ni pa’ fuera. Llegan a Kabul porque de aquí salen algunos para el resto del país y cuando llegan están exhaustos por el viaje, medio muertos por la ma-laria que se traen de Pakistán y con diarrea porque en el ca-mino no hay agua limpia para tomar.
 
Lo más triste es que cuando llegan al campo de ingreso (nosotros tenemos un puesto de salud ahí, organizado por Naciones Unidas), llegan hechos unos guiñapos pero felices porque vuelven a su tierra. Es difícil describirles lo apegados que son estos berraquitos a sus tierras. Sueñan con volver a sus montañas porque el exilio y la dis-criminación en los países vecinos es realmente horrible. Naciones Unidas les da por fa-milia: un plástico de 15 x 15 metros, 100 kilos de trigo, 3 barras de jabón y 20 dólares por persona para pagar el transporte hacia sus tie-rras. (¡Cómo me les parece la ayu-dita de incompleta!). Los pasan por un túnel de información tipo “vacas” y les enseñan con dibujitos y minas a los niños con qué “juguetes” no pueden jugar, o sea, cómo se ven la minas en la tierra. (Nota: los malnacidos rusos, y perdón por la palabra, pero no tengo otra manera de expresar este sen-timiento, tiraron unas minas 100% plásticas en forma de mariposas muy coloridas para que los afganitos queden totalmente confundidos). Adicional¬men¬te, Unicef vacuna a todos los niños, y nosotros les ha¬-cemos consultas médicas a quienes lo solicitan. Hasta hace un mes, msf estaba haciendo 400 consultas diarias en el puesto de salud.
 
Resulta que se llegó el invierno y tenemos detectadas 700 familias (nueve personas en promedio por familia) que están viviendo como tugurianos en las ruinas de edificios bombardeados. Se sabe lo baja que es la tempe-ratura en la noche porque los perros y gatos callejeros se están empezando a morir congelados y en la mañana vemos los cadáveres en las calles. Pronto no van a ser los perros callejeros sino los niños y los ancianos los que no van a aguantar. Debido a esto, msf (y en contra de lo que Naciones Unidas quiere) decidió distribuir elemen-tos no médicos porque definitivamente el frío no se cura a punta de aspirina. Ayer empezamos la distribución de 50 kilos de carbón por familia (calculado para cocinar y calentar el tugurio por un mes y luego cada mes les daremos más durante el invierno), un aparato consistente en una mesita con una olla en la mitad en la que se pone el carbón y se le coloca una cobijota encima y toda la familia se mete debajo de esa mesita y así comen y así duermen. Además, les damos tres cobijas de 40% de lana y nos sentamos a esperar que sobrevivan este invierno y que en la primavera puedan construir una casa o por lo menos rehabilitar el tugurio.
 
Ongianos vulnerables
 
El sentimiento anti-Occidente va en incremento. Cada vez que el torpe de Bush lanza una amenaza contra Irak, el resto de los países musulmanes se lo toman a pecho y se empieza a sentir el rechazo. Es muy claro que si Bush decide atacar a Irak, a nosotros aquí en Afga-nistán se nos complica la vida. La mayor parte de la población afgana es muy agradecida y quiere mucho a msf porque por veinte años hemos estado aquí a pesar de los tali-banes y los rusos. Cuando nadie se atrevía a venir, msf y la Cruz Roja nunca los desampararon. Sin embargo, mucha parte de la población actual lleva años sin ver televisión ni oír radio (porque los talibanes lo prohibían) y no saben distinguir bien quién es un gringo y quién no. Hay múltiples incidentes por confusiones fatales, porque a los militares les dio ahora por ponerse de humanitarios y reparten dos o tres cobijas para tomarse fotos y ha-cerle creer al mundo que vienen a ayudar mucho. Este hecho hace que la población no tenga muy claro quién es quién y cualquier mono ojiazul es un potencial militar. Hoy por hoy en Kabul hay 300 ong, más el ejército gringo, más el ejército de Naciones Unidas, isaf. Entre las 300 ong hay toda clase de locos: cristianos funda¬men¬talistas evange-lizadores que creen realmente que lograrán hacer algo, ong médicas muy buenas, ong farmacéuticas excelentes, ong feministas como Women for Women, ong para la reconstrucción de carreteras, hay ong de to-do tipo con expats de toda índole tratando de sacar este país a flote de alguna manera.
 
Pues bien, msf tiene las reglas de seguridad más estrictas de todas las ong, y nos llaman constantemente pa-ra preguntarnos cómo son nuestras reglas para copiarlas porque tenemos una mortalidad de expats realmente bajita cuando consideramos las leoneras en donde nos metemos. El viernes pasado, una mujer y un hombre de gtz (es la ong del gobierno alemán, que se dedica a reconstruir escuelitas y hospitales) salieron en el carro de Unicef a ver una obra a diez kilómetros de mi casa y a tomar fotos y fueron atacados por unos afganos. Aparen-temente se los llevaron, les robaron todo, torturaron un poquito al hombre y violaron a la pelada que, además, es psicóloga. Para mí es particularmente duro porque ellos son los que están reconstruyendo mis cliniquitas y construyendo las maternidades y, además, los conozco. Son unas buenas personas. A todos se nos partió el corazón porque es un acto de agresión que nos enfrenta a la triste realidad de lo supremamente vulnerables que somos al vivir aquí. Uno se puede hacer pajazos mentales y decir que fue porque no fueron cuidadosos, pero en realidad nada justifica estos actos. La pelada estaba vestida con ropa de Occidente (nosotros nunca salimos a la calle sin shwar kamize y sin velo) pero el ataque fue claramente para ellos porque pararon el carro y se los llevaron a los dos. Afortunadamente no los mataron.
 
Cuando Karzai (el presidente) se enteró de lo ocurrido, llamó a gtz y le dijo a Walter (el jefe de gtz que, ade-más, es el alemán más dulce de los dulces) que iba a mandar a la esposa para que hablara con la pelada violada. La mayoría de los afganos están muy avergonzados porque para ellos los invitados son lo primero. Parece que este acto fue planeado por un comandante del ejército bajo el mando de Fajim (el ministro de Defensa) para crear pánico en las instituciones que están ayudando a reconstruir a Afganistán y desestabilizar al gobierno de Karzai. Fajim y Karzai se detestan, pero esto es de esperarse si consideramos que Karzai es una marioneta de Estados Unidos y Fajim un militarote. De alguna manera lo están logrando porque al llenar de pánico a los expats logran que el país pierda el apoyo internacional. Este comandante hijo de puta sabe muy bien que violando a las mujeres les hace un gran mal a las relaciones de las ong con el gobierno porque los países desarrollados cuidan mucho a sus mujeres, así que violando y no matando el daño es más significativo políticamente. De todas mane-ras, Dalila y yo fuimos a hablar con Walter y a ofrecerle nuestro apoyo, tanto en calidad de colegas ex-pats y de psiquiatra y ginecóloga respectivamente. No es fácil vivir con el creciente temor de ser un blanco político cuando la mayoría de nosotros vinimos aquí a realizar trabajo humanitario.
 
El león y el comandante
 
Hace siete años cuando los mujaidines reinaban en Af¬ganistán (eran unos comandantes súper atarvanes y bár-baros) uno de ellos se tomó a Kabul. Como prueba de su poderío, decidió ir al zoológico (que en realidad sólo tiene conejos y en ese entonces un león) y meterse a pelear a mano limpia con el único león de Afganistán. (Definitivamente los hombres se vuelven locos cuando tienen el poder). Este león era el orgullo de la ciudad porque era muy peludo y rugía muy duro. (A los afga-nos les encantan las muestras de poder). El pendejete se metió a la jaula sin armas y, como era de esperarse, el león lo mató de un zarpazo y casi se lo come. Lograron sacar el cadáver y al otro día un hermano del comandante, que había decidido vengarse del animal, se fue para el zoológico y le tiró una granada a la jaula. Afortunadamente no lo mató, pero le dañó la mandíbula. Los habi-tantes se pusieron muy tristes y llamaron a msf para que lo atendiera. msf puso todo su empeño en salvarlo y lo logró. Lastimosamente el león quedo un poco boquineto y cicatrizado y hace apenas dos años se murió de viejo. Son una leyenda en la ciudad: el león, por matar al comandante, y msf, por salvar al león.
 
Rivalidad familiar
 
El ingeniero Yassim es un hombre muy bueno y dulce. Tiene 55 años y es el logístico afgano de la coordinación. Yassim es el claro ejemplo de alguien que nace en condiciones muy difíciles pero que logra salir adelante por su excepcional inteligencia. Resulta que el ingeniero Yassim nació en una vereda de una remota, violenta y lejana provincia de Afga-nistán. Cuando tenía 13 años, un hombre de otra familia mató a su papá. En el campo no hay sistema organizado de justicia, así que entre las familias arreglan el problema como buenamente pueden por-que, si no lo resuelven, por cuestiones de honor se tienen que matar los unos a los otros hasta que se acaban las familias. Una de las soluciones más frecuentemente utilizadas es la de pedir perdón regalando una de las hijas para que se case con uno de los hijos de la familia ofendida, con lo que las familias dejan de ser enemigas y se convierten en “familiares”. El pobre Yassim tenía sólo 13 años cuando la familia del asesino le mandó una mu-jer de 29 para saldar las cuentas. Como los hermanos de Yassim ya se habían casado, y en vista de que la mujer ya estaba en la casa, resolvieron chantársela a Yassim y los casaron. ¡Cómo sería la desdicha de esta pareja! Ella fue regalada para prevenir la matanza de más gente, y a él lo encartaron con una mujer más vieja, que además era la hermana del asesino de su padre y muy ignorante.
 
Pasaron los años y a Yassim lo becaron en Kabul por ser uno de los niños más inteligentes del colegio. Mien-tras tanto, Yassim creció, se convirtió en un hombre y la embarazó, como buen esposo afgano. Resulta que lue-go de graduarse del colegio, a Yassim le salió una beca para estudiar ingeniería en Japón y él la aceptó; luego le resultó un postgrado en Alemania y también lo aceptó. Al buen Yassim se le abrió el mundo y aprendió a vivir en la civilización. Se convirtió en un hombre moderno y de avanzada, educado y culto, pero con un legado muy pesado tras de sí. Volvió a Afganistán, encontró a su mujer y a sus dos hijos —ya grandecitos— y se enfrentó al terrible dilema de tener la mente en 1970 y el cuerpo y la familia en 1570. En Europa también aprendió que los humanos se enamoran los unos de los otros y se casan con la persona que escogen pero él nunca tuvo la opor-tunidad. Un día se sentó con la esposa y le dijo que él nunca la iba a abandonar y mucho menos a sus hijos pero que ella tenía que entender que él necesitaba ser libre para casarse con una mujer más joven y más parecida a él. Ella aceptó sin chistar y hoy en día el ingeniero Yassim tiene dos esposas, dos casas y cuatro hijos.
 
Mi vida en el invierno
 
El invierno en el subdesarrollo es la peor de las pesadillas, tanto para los que nacieron aquí como para los que venimos temporalmente. La temperatura está bajando vertiginosamente y cada día el sol sale más tarde y se pone más temprano. Ya empezaron las lluvias y es una alegría inmensa porque marca de alguna manera el prin-cipio del fin de la sequía que por cuatro años azotó esta tierra tan aporreada por los otros 100 mil problemas antes descritos. Los afganos dicen: “El invierno es la muerte de los pobres”. Y tienen toda la razón, porque sólo los más fuertes logran sobrevivir a estas temperaturas. El invierno implica que la comida escasee, los caminos se bloqueen por la nieve y las enfermedades respiratorias se alboroten. En un país donde prácticamente no hay luz eléctrica, sistema de salud, ni acueducto, es un milagro que no se muera más gente. Los pozos se están con-gelando y el agua falta.
 
Para dormir tenemos que poner estufas de petróleo o de madera en las piezas. Las de madera son mejores porque no huelen mal y producen un humo menos dañino, pero a las tres de la mañana hay que levantarse a echarles más leña, así que no es nada práctico. En mi pieza tengo el sistema de petróleo, por lo cual cada maña-na me levanto con lagañas enormes, negras y pegotudas en los ojos; me limpio la nariz y me salen tacos de brea, y cuando me lavo el pelo el agua sale negra. Soy un asco de ser humano en las mañanas, pero es esto o morirme congelada. Ni sueñen con calentadores eléctricos porque sólo hay luz en la ciudad tres horas al día y el resto del tiempo funcionamos con generadores que hacen muchísima bulla y son muy costosos de mantener. Los niños salieron a vacaciones hace dos semanas (y por tres meses) porque en invierno no se puede ni salir de la casa y porque el gobierno no tiene con qué calentar los salones de los colegios. De los hospitales ni hablar; como no tienen plata para comprar leña, meten a todos los pacientes juntos en espacios súper estrechos y an-tihigié-nicos. En mis cliniquitas tenemos suficientes calentadores de leña para no tener que hacinar a las pacien-tes, pero lo que hacemos cuando vamos de la sección masculina a la fe-menina y viceversa es que ponemos piedras a calentar en las estufas y cuando tenemos que salir a la calle nos echamos un par de piedras al bolsillo. Este mismo sistema lo adapté para calentar la cama antes de acostarme. Ya no sólo soy fea y pegotuda sino que duermo con piedras.
 
En estos días me pasó algo muy gracioso por montañera: yo lavo mis calzones yo misma y los junto todos para lavarlos cada diez días, en la pieza, para no congelarme. Resulta que como me fui de paseo no tuve tiempo de lavarlos durante el día y cuando llegué a la casa por la noche cogí y los eché todos en un balde con agua y jabón. Justo en ese momento llegó alguien a mi pieza y tocó la puerta, y para que no me vieran lavando los calzones saqué el balde al balcón por la puerta de atrás y como era de esperarse se me olvidó entrarlos. Ya se imaginarán que al otro día, cuando me acordé, salí a buscar el balde y ¡me encontré un baldado de calzones congelados! Era súper charro porque parecía una paleta de salpicón en leche por el jabón y porque mis calzones son multicolo-res. No me quedó de otra que sentarme a reír, meter el balde a la pieza, prender el calentador y esperar hasta la noche para poder sacarlos del balde. Ya me baño con una bolsada de calzones para que no se me olviden nuevamente.
 
Una gineco-obstetra en Afganistán
 
Para poder explicar cuáles son los problemas a los que me enfrento como obstetra y ginecóloga cada día en Afganistán en condiciones de fundamentalismo islámico y subdesarrollo extremo, primero tengo que definir dos palabras que traen consigo dos conceptos. Ambas palabras se utilizan frecuentemente en la consulta médi-ca y en el existir cotidiano. La primera expresión es in shalá, que se puede traducir literalmente al español como “si Dios quiere”, pero la manera de utilizarse es completamente diferente. En español “si Dios quiere” realmen-te significa “lo más seguro es que sí” y en inglés God willing significa: “si nada se interpone”. En persa, in shalá significa “si mi marido lo permite”, “si se alinean los astros para que yo pueda volver”, “si no me muero de aquí a eso” y finalmente “si Dios lo quiere así”. In shalá se utiliza como la última frase de toda conversación. Por ejem-plo, yo le digo a Alhamudin (mi portero) “mañana nos vemos” y el siempre responde: in shalá. Yo le digo a la partera que me esterilice quince cuchillas de afeitar para mañana y ella responde: in shalá. Cuando un afgano termina una frase con in shalá es porque realmente está convencido de que por más buenas que sean sus in-tenciones hay tantos factores que pueden afectar el resultado esperado que no se puede comprometer ni ilu-sionar al otro con una respuesta definitiva.
 
La segunda palabra es mushkil. Mushkil significa problema o dificultad. Un afgano me dijo un día: “En Afga-nistán no hay muchos mushkiles sino que tenemos mucho potencial de soluciones”. Esto es básicamente cierto porque en un país donde reinan la anarquía y el subdesarrollo es fácil encontrar en cualquier área del conoci-miento mushkilitos para resolver. Pues bien, habien¬do terminado con las definiciones, procederé a relatar los mushkiles de la consulta ginecológica y luego del ejercicio obstétrico.
 
Mushkil N° 1:
 
No hablo persa. Como no hablo persa, tengo que utilizar traductora. Como la traductora es soltera, no sabía nada del cuerpo humano, de la reproducción y mucho menos de la sexualidad humana. Tuve entonces que de-volverme hasta las abejas y las flores y con una libretica en la mano explicarle cada parte del cuerpo humano con sus respectivas funciones y nombres en inglés. Una vez logré que saliera de su asombro tuve que resolverle las cien mil dudas per¬sonales y convencerla de que lo que estaba aprendiendo no era pecado. (Le dije que Dios la iba a perdonar porque ella sólo estaba tratando de ayudar a los enfermos y en el islam esto es muy bien visto).
 
Mushkil N° 2
 
Las mujeres que yo trato no tienen claro el concepto del tiempo. Me explico: mi paciente promedio no sabe leer ni escribir, no tiene reloj, no sabe utilizar el calendario afgano y mucho menos el occidental y, para colmo de males, calcula los meses de acuerdo con la luna. Es decir, una mujer sabe si está atrasada o no en la menstrua-ción o cuánto tiene de embarazo porque sabe que le debe venir una vez durante cada ciclo lunar. Imagínense lo difícil que es medicar hormonalmente a una mujer que no tiene ninguna manera exacta de cuantificar el tiem-po.
 
Mushkil N° 3
 
Las mujeres que trato no saben cuántos años tienen. En ginecología, para poder definir si una mujer tiene una menopausia precoz o una pubertad diferida, lo mínimo es saber cuántos años tiene. Sin estos referentes no hay manera de distinguir entre lo normal y lo anormal y, por ende, no es claro cuándo hay que intervenir o no. Para complicar el asunto, las mujeres son tan acabadas por el sol, la desnutrición y la pata que les dan, que las de 24 parecen de 42. Pero las de 16 parecen de 10 y las de 50 parecen de 80. La disociación temporal-corporal crece exponencial y no linealmente a partir de los 16 años, pero es inversa antes de esta edad.
 
Mushkil N° 4
 
Las mujeres no saben si pueden venir a control. Cuando una mujer llega a la consulta, es porque se está mu-riendo o se alinearon los astros para permitirle que viniera. Uno le dice a las que acaba de hacerles la consulta que tienen que venir el mes entrante para revisión, y ahí sí con toda razón me responden in shalá.
 
Mushkil N° 5
 
Las pacientes mías no se consideran personas. Se consideran a sí mismas como parte de un todo que es la familia. Por ejemplo, yo le digo a una mujer que necesita cirugía y ella me dice que lo va a discutir con la familia. Si la familia define que no, entonces la paciente acata la decisión grupal y la hace primar sobre su deseo propio y sobre su integridad física. (Nota: ¡los hombres asumen de la misma manera esta identidad!, no es un acto de sumisión femenina).
 
Mushkil N° 6
 
Mis pacienticas son pau¬-pérrimas, así que ni se ponen calzones ni conocen las toallas higiénicas sino que usan trapitos, que lavan con jabones súper irri-tantes. Tal como es de esperarse, la piel de los geni-tales se les vuel-ve, al igual que las palmas de las manos y las plantas de los pies, supremamente gruesa. Cla-ro está, como lo único que importa es no morirse de hambre y sobrevivir otro invierno, aquí las mujeres no consultan por triviali-dades como flujos. Ahora bien, si la ginecología es complicada, imagínense la obstetricia: primero les recuerdo que actualmente tenemos la mortalidad maternal más alta del planeta. Más alta que en Nigeria, más alta que en India. Esto implica básicamente que de cada 60 mujeres que se acuestan a parir, ¡una se va a morir desangrada o infectada!
 
Algunas de las creencias y hábitos del embarazo y parto son propiciadas por el mulá. El mulá es el religioso que manda en la mezquita, y su única educación es haber asistido al colegio coránico (ni sueñen que un colegio coránico es equivalente a uno jesuita). Yo no sé si son mulás o simplemente mulas. Así:
 
1. En el embarazo no se puede comer casi vegetales porque le salen los ojos malos al bebé.
 
2. Si la mujer está muy débil, debe sacrificar una cabra y llevársela al mulá para que él se quede con una por-ción y reparta el resto. (Recuerden que compartir con los pobres es uno de los preceptos musulmanes más im-portantes). Al maldito mulá no se le ocurre que la cabra más bien se la debería comer ella para que se le quite la anemia.
 
3. Siete días antes del parto hay que dormir muy poquito porque en este período es cuando vienen los “ge-nios” y matan al bebé in útero. Nota: aquí en Afganistán hay un Diablo mayor, que es muy malo, y unos “genios” menores, que hacen maldades terrenales pero que no se lo llevan a uno para el infierno. Son como asistentes del Diablo, son muy muy antojadizos y les gusta matar bebés.
 
4. Las embarazadas deben comer poquito, lo cual, viéndolo bien, no es tan mala idea si consideramos que es-ta práctica tan aberrante surgió por el hecho de que si el bebé es muy grande y se atranca, la mamá se muere, porque aquí las posibilidades de una cesárea son casi nulas. Yo tengo pacientes que están en el noveno emba-razo y apenas decidieron venir. Cuando les pregunto por qué en los primeros no vinieron a control y en éste sí, me responden que es porque se ven muy barrigonas y les da miedo de que el bebé se atranque y ellas se mue-ran.
 
5. Las mujeres están tan preparadas para morirse en el parto que se tiñen las palmas y plantas con henna por si fallecen poder irse derechito para el cielo. En Afganistán a la hora de morirse uno no le puede llegar a Dios con las palmas y las plantas en blanco, o sea que hay que estar prevenido.
 
6. El parto es común y corriente, exceptuando que por la actitud corporal (todo el tiempo acuclilladas) más la selección natural (todas las de verdaderas pelvis estrechas se mueren rápido) las pelvis son verdaderamente muy adecuadas. Las mujeres no gritan, no piden epidural (de pronto en 800 años van a poder empezar a soñar con esta idea) y no arañan ni patean.
 
7. Si el trabajo de parto está prolongándose, la suegra saca un billete grande, le da un beso, se lo pone en la frente a la parturienta y sale a la calle a buscar a un pobre para regalarle la plata. Acuérdense de lo que les dije: en el islam dar limosna es muy importante y Dios le echa una manito a la paciente si la familia paga el peaje.
 
8. Cuando nace el muchachito, no se le puede contar su sexo a la mamá porque creen que si ésta se entriste-ce porque es una niña, se le atranca la placenta. Apenas llora el bebé hay que entregárselo al batallón de cuña-das, hermanas y sobrinas, que vienen, encabezadas por la suegra, a acompañarla. Cuando es un varón: “alabado sea el Señor”, fiestas, alegrías, felicitaciones y regalos. Cuando es un niña: “tranquila hija que el próximo año será varón”.
 
9. El neonato tampoco se escapa de las supersticiones. Cuando la abuela lo empaca como un tabaco y lo ama-rra con una cinta, le pone khol en los ojitos. Lo maquillan como una niña, para que cuando el Diablo venga por él piense que es una mujercita y no se lo lleve. Además, la cinta con la que se entabaca al bebé tiene unas piedri-tas que se llaman “espantagenios”. Estas piedritas y moneditas son muy importantes porque si la mamá se des-cuida, los genios le matan al bebé.
 
10. Pero, para mí, lo peor de todo esto son los malditos maridos que se me las llevan de la clínica a las dos ho-ras de haber parido y las hacen caminar y caminar y caminar, y a veces ni les dan permiso de venir a control.
 
Para obviar este problema, implemen¬tamos el regalito de una cobija y un vestidito para el niño para las que vengan a tener el bebé a la maternidad. Los maridos que son muy interesados, además de pobres, les dan el permiso. A los siete días les damos tres barras de jabón para que les vuelvan a dar permiso para venir a la revi-sión post¬parto.
 
Mi trabajo actual consiste en montar dos Basic Emergency Obstetric Care Units, o sea, dos servicios muy bási-cos de ma-ternidad donde las mujeres pueden venir a parir en condiciones limpias y seguras y donde las compli-caciones de los partos en casa se pueden estabilizar antes de remitirlas.
 
Gulbahar
 
Cuando uno sale de paseo en Afganistán parece más una misión militar que un picnic. Primero, todo tiene que ser planeado con una semana de anticipación, y hay que pedir los permisos pertinentes a los jefes de seguridad. Luego, conseguimos un mapa de carreteras que esté muy actualizado porque tenemos que tener muy claro cuáles de ellas ya fueron desminadas por los británicos. (Se calcula que Afganistán no va estar libre de minas hasta dentro de diez años). Luego tenemos que sacar un mapa de los más recientes ataques de la delincuencia y de los comandantes residuales de la época de los mujaidines. Después hablar con los conductores para que averigüen un día antes si los pasos más estrechos de las carreteras no están bloqueados por la nieve, y final-mente tenemos que empacar y adecuar una Toyota Land Cruiser con todo el equipo de supervivencia. El equipo de carretera básico para una tarde de campo incluye: dos llantas de repuesto, gasolina, un equipo médico de emergencia de aproximadamente treinta kilos, bolsas de dormir especiales para temperaturas extremadamen-te bajas, comida y agua para dos días, linternas y un conductor bilingüe que nos pueda servir de intérprete si nos llevan detenidos o secuestrados. El carro cuenta, además, con dos radios, un vhf (very high frecuency) que funciona en tierra plana y se conecta con los radios manuales, y un hf (high frecuency) que sirve para distancias enormes porque las ondas suben hasta la primera capa de la atmósfera y rebotan, y de esta manera logramos comunicarnos a pesar de que haya gigantescas montañas en el medio.
 
Además de todo esto, cada expat en condiciones normales, o sea todo el día menos cuando nos bañamos (pues hasta cuando dormimos tenemos que tener el kit cerquita), porta consigo los siguientes objetos y docu-mentos amarrados a la panza: fotocopia del pasaporte y todas las visas (los originales están en una caja fuerte); doscientos dólares, llamados the security money, en billeticos de diez y veinte, idealmente distribuidos en dife-rentes partes del cuerpo para que cuando nos asalten no nos maten por pobretones y por si nos perdemos poder pagar para que alguien nos ayude; una lista de teléfonos y frecuencias de radio de msf Pakistán, Irán, Uzbe-kistán y Turkmenis¬tán para que podamos pedir ayuda si nos logramos escapar del país por cuenta propia en caso de una emergencia. (Además, una tarjeta de identidad de msf). Finalmente tenemos muy claras las reglas del comportamiento en las carreteras: sólo se puede caminar por la carretera, nada de pararse en el bor-de; sólo se puede caminar hacia la parte de atrás del carro. Sólo se puede alejar tres metros del carro, así que cuando uno tiene que hacer pipí, le toca bajarse los calzones en la mitad de la desolada carretera y orinar bajo la supervisión de los compañeros de paseo —nada de buscar una piedrita para esconderse— y siempre detrás; está prohibido hacerse adelante, no me pregunten por qué. Estoy diseñándome un female urinary device para poder orinar parada como los hombres. (Nota: los hombres afganos orinan acucli¬llados). Por fortuna, el país es tan seco que uno vive deshi¬dratado y no tiene que orinar casi nunca. Además, uno también tiene que tener claro que las carreteras están llenas de colores y símbolos de “desminado” (palabra definida como el proceso de quitarle las minas antiper¬sona¬les a la tierra) y hay que pararles muchas bolas. Por ejemplo, una torre de pie-drecillas con una piedra blanca en la punta significa que la zona ya fue desminada. Una torrecita con una piedra roja significa que no se sabe si hay minas o no. Los campesinos, que no tienen más de otra porque deben transi-tar por campos altamente minados, caminan siempre detrás del bu-rro y de las ovejas para que sean los anima-les los que se exploten y no ellos. (Otro ejemplo más de la sabiduría popular).
 
Pero bueno, suficiente dramatismo. Nos fuimos para las montañas Dalila, Sylvain (mi nuevo jefe), Shir (el conductor: el nombre significa león y por eso el malo de la película El rey león se llama Shir Khan) y yo. Pasamos ultra rico. Nos quedamos a dormir en una de las misiones de Gulbahar y salimos a pasear por todo el valle del Panshir. Las antiguas escrituras tenían toda la razón: es una de las maravillas del planeta. Gigantescas montañas con las cimas cubiertas de nieve, y el río azul como los zafiros corta las piedras en ángulos abruptos que con el sol crean sombras increíbles. Además, el valle está irrigado por canales mile-narios y ríos subterráneos que ha-cen que los árboles sean muy verdes. Hay árboles de morera especialmente sembrados para que aniden los gusanos de seda; manzanos y peros, árboles de duraznos, y finalmente afganos. No sé ni cómo describirles a los afganos del monte. Son hermosos. No se ponen ni un poquito de ropa occidental. Los hombres usan turbantes y llevan barbas largas. Todas las mujeres se esconden tras las burkas, así que ni las vi. Pero los niños son una fantasía. El fenotipo de la zona es piel oscura, ojos verdes, azules y amarillos, pelo negro o rojizo. Los campesini-tos a los 5 años ya son capaces de llevar un rebaño de ovejas de un sitio al otro. Lo más enternecedor fue que trataban de hablarnos y, como no sabían decir sino dos cosas, se nos arrimaban a Dalila y a mí y nos decían: Mis-terjaguaryuuuuu queriéndonos decir: Mister, how are you?
 
Lo mejor del paseo fue un lugar en donde dos montañas convergen y el viento ha creado una enorme ladera de arena delgadita entre dos peñascos. Los niños locales juegan subiéndose como las cabras (y con las cabras), se quitan los zapatos y se tiran corriendo, brincando y gritando, a la vez que crean nubarrones de polvo. Pues Dalila, Sylvain y yo no nos aguantamos las ganas y nos trepamos unos 80 metros por unas piedras aterradoras acompañadas de unos 50 afganitos y unas cuantas cabras, nos quitamos los zapatos y nos tiramos todos juntos (los afganitos y los extraterrestres). Gozamos como niños y los afganitos se reían con nosotros sin parar. Y cuan-do llegué abajo, me di cuenta de lo supre-mamente afortunada que soy por poder estar hoy aquí, en este país, compartiendo la cotidianidad con esta gente tan particular.
 
La utilidad de Dios
 
Ahora sí entiendo por qué los humanos tuvieron que inven-tarse un Dios. Desde hace varios días, y luego de ver lo que he visto y compartir la cotidianidad con quienes la he compartido, he llegado a la conclusión de que aque-llos primeros hombres que habitaron el planeta no tuvieron otra opción que inventarse un Dios y un cielo para poder mirar siempre hacia adelante y soportar lo que tenían que soportar.
 
No es que súbitamente me haya cogido un ataque de religiosidad sino que, por el contrario, en este momen-to puedo comprender con más claridad por qué los humanos (supuestos seres racionales) adoptan ideas tan absurdamente ilógicas y tan poco demostrables. Es muy fácil no creer cuando uno lo tiene todo: familia, agua, control sobre el cuerpo, control sobre el ánimo, control, aunque sea, sobre los hijos que parirá. Pero cuando uno no tiene nada, no le queda otra opción que soñar e inventarse cosas para creer que uno tiene por lo menos algo de control. Si no tengo cómo proteger a mis hijos, por lo menos puedo rezar para que alguien más lo haga. Pero es completamente lógico aferrarse a un supuesto ser superior cuando tu hijo sale por la noche a entrar las ovejas y se lo puede comer un lobo. No es chiste. El 24 de diciembre a las 2 a.m. oíamos los lobos aullando en Bamiyán. Todavía hay en este planeta seres humanos a los que se los comen los lobos. Estas personas no tienen sino cuchillos para defenderse de ellos, no tienen sino telares para hacerse ruanas y protegerse del frío, no tie-nen sino un cuerpo bien diseñado para resistir a los elementos. Si estás en la montaña y te da una apendicitis, estás muerto. Hay grandes poblaciones en este país que se tienen que quedar confinadas en los valles durante todo el invierno porque los pasos a través de las montanas se cierran con toneladas de nieve. Entonces, ¿cómo no aferrarse a un Dios? Si por cuatro meses estás a merced de los elementos, ¿cómo pedirle a una mente dise-ñada para la supervivencia que se quede quieta, que no piense, y que se resigne a lo que pueda pasar? Claro que también forman grupos, también se ayudan entre sí, también tratan de conseguir pólvora y aspirinas, pero cuando se vive en una cueva (nuevamente no es una metáfora sino una realidad) en el subdesarrollo extremo no tienes otra opción que aferrarte a cualquier idea para sentir que tienes algo que hacer para mantenerte a ti y a los tuyos vivos.
 
Un corazón grande
 
Hace cuatro días estaba yo sentada en mi escritorio (como a las 4 p.m.) tratando de terminar el reporte mensual que les tenemos que mandar a los jefes de París, cuando de pronto me llamó Wakil (el portero) y me dijo que viniera corriendo. Cogí mi maletincito de emergencias y salí a la puerta a ver qué pasaba. Un hombre de la ong Infants Afgans, que no hablaba ni pío de inglés, me hizo señales para que viniera. Esta ong tiene su base en la casa de al lado de nuestra oficina y su función es llevar a París niños que necesitan cirugía para que los operen y luego los devuelvan. Los niños viajan solitos con un doctor viejito lo más de buena gente (parece un Papá Noel flaquito), que cada dos meses se lleva un avionado de muchachitos.
 
Resulta, pues, que llegué a la sala de la casa y me encontré con una niña de unos 13 años, completamente as-fixiada, con los labios morados, sentada sobre las piernas de la ma-má. Luego de examinarla, y sin entender bien lo que estaba pasando, me di cuenta de que la mamá la había traído porque tenía un problema cardíaco y albergaba la esperanza de que en este lugar se la llevaran para Europa a operarla. Cuando le quité el suetercito, me di cuenta de que estaba en los huesos, y que el corazón era del tamaño de un melón. Estaba en un edema agudo de pulmón. Tenía un soplo tan fuerte que se podía oír sin el estetoscopio. A los diez minutos apareció por coincidencia un médico que venía a recoger a su hijito ya operado y que hablaba algo de inglés. Al interrogar a la familia, me enteré de que a la niña le habían dado muchas amigdalitis en el campo hacia dos años y que la mamá nunca la llevaba al médico pues en ese tiempo en esa montaña no había médico. (Nota: en Afganistán hay pro-vincias con dos millones de habitantes sin ninguna estructura médica, ya sea por lo peligrosas o por lo montaño-sas). Aparentemente, le dio una fiebre reumática porque la mamá describe que se le hincharon las articulacio-nes y que después de eso el corazón le empezó a fallar. De cualquier manera, esta mamá se dio a la tarea de traer a la hija desde el campo para buscar ayuda. Se recorrió todos los hospitales habidos y por haber, se reco-rrió todas las ong durante dos años, y cada día la condición de la niña empeoraba. Como último recurso y en un acto de total desespero se apareció en la puerta de mis vecinos con la niña terciada al hombro y llorando. Es la escena más triste que se puedan imaginar. Una mamá metida entre una burka azul, literalmente mojada por las lágrimas, llorando y llorando y suplicando que le salváramos a la hijita (plenamente consciente de que la niña se estaba muriendo). El esposo lloraba parejo con ella pero no decía ni una palabra.
 
Lo único que yo podía hacer era conseguirle un lugar caliente y con oxígeno para que se muriera dignamente, así que llamé al conductor, pedí una cobija, la envolví y me fui con el médico como traductor improvisado, con su hijito recién operado, con la mamá emburkada y con el papá silencioso. En el carro casi me emperro a llorar pues yo la tenía cargada y metida entre mi chaqueta porque el frío la ponía peor y, cuando me quedé quieta por un momento, me di cuenta de que podía sentir contra mi camiseta el corazón de la niña trabajando como un carro viejo. En ese frío tan horrible, y en la oscuridad típica de Kabul, nos fuimos a buscarle una cama en un hospital. Nos recorrimos cuatro porque en todos nos decían que no había cama. (En realidad sí la había, pero como era una paciente terminal no se podían poner a ocupar la cama con ella pu-diéndosela dar a un paciente de mejor pronóstico). Finalmente y después de mucho rogar la recibieron en uno de los hospitales, le pusieron oxígeno y cuando yo me fui, la niña repetía ya medio delirando “Dios, ayúdame, Dios ayúdame”.
 
Como me dijo al despedirse una paciente kutchi: “Que muchas flores aparezcan en tu camino”.
 
Clandestinidad
 
Nilab es una mujer de 23 años que trabaja como intérprete en la oficina de msf en Kabul. Cuando uno la mira, no ve nada especial en ella. Usa burka como todas, mira al piso cuando viene un hombre y le pide permiso a la mamá cuando va a llegar diez minutos tarde. No es particularmente bonita, ni atractiva, pero cuando uno cono-ce la historia de cómo llegó a ser lo que hoy es, no le queda otra opción que mirarla con el más profundo respe-to. A lo largo de todos los períodos de represión de la historia siempre ha habido grupos que conforman “la re-sistencia”. Es difícil imaginarlo, pero durante el régimen talibán (que duró cinco años) muchos hombres y muje-res conformaron grupos para crear una resistencia académica. Estos grupos lucharon contra un régimen que no sólo los oprimía por diferencias religiosas o políticas, sino porque les impedía adquirir conocimientos. El castigo para aquellas mujeres que fueran encontradas estudiando oscilaba entre una simple paliza con un cable de la luz, y la cárcel por delito contra el honor.
 
Nilab es una mujer que eligió no someterse a la ignorancia y que literalmente puso en riesgo su vida sólo por no dejarse pisotear. Cuando el régimen talibán decidió cerrar todas las universidades para las mujeres y abolir la enseñanza de inglés en el país, Nilab ya había decidido que quería estudiar literatura y en particular literatura inglesa. Encontró, pues, una escuela clandestina de inglés en el barrio donde vivía, que funcionaba en el solar de una casa, y que como fachada tenía la tienda en un bazar. Las estudiantes se ponían la burka y fingían que iban a mercar. (Cabe anotar que los perros tali-banes consideraban que, aunque permisible, era mejor que las muje-res no salieran ni a mercar). Entonces entraban a la tienda, compraban unas cuantas cosas y seguían hacia aden-tro, hasta encontrar una puertecita para entrar en un único salón, que servía de aula para todos los niveles. Du-rante tres años asistió Nilab a las clases y cuando le faltaban tres días para “graduarse”, los talibanes descubrie-ron la escuelita clandestina y una noche llegaron a tumbar la puerta. Consciente del peligro de ser detenida, Nilab, junto con sus compañeras, se escapó por la ventana hacia el techo y salió corriendo de techo en techo. Los talibanes las persiguieron un rato pero cuando llegaron al extremo del bazar, se pusieron la burka y se mi-metizaron entre las otras mujeres y ninguna se dejó capturar. Aún hoy, que cuando Nilab cuenta esta historia se ríe, uno se da cuenta de que le hizo falta poderse graduar.
 
Navidad en Bamiyán
 
No voy a decir que esta Navidad fue la mejor de mi vida, pero por lo menos la más llena de peripecias, sí. Luego de múltiples peleas dentro del grupo de expatriates, decidimos salir hacia las montañas para pasar la Navidad con el equipo de msf que está en Bamiyán. Bamiyán es una ciudad muy antigua y famosa porque, hace miles de años, los monjes budistas construyeron en sus montañas tres gigantescos budas. A ambos lados de los budas hay cientos de cavernas y laberintos, que conforman la “ciudad”. En realidad no se trata de una ciudad, porque dentro de estas cavernas habitan sólo unas 700 familias. Es más bien un pueblito prehistórico. Los incultos tali-banes hace dos años resolvieron dinamitar los enormes budas hasta volverlos arena porque, según ellos, tenían que impedir la adoración de imágenes. Aunque Afganistán es claramente un país musulmán, en ciertas zonas aún se pueden ver rezagos de la cultura persa premusulmana y de la influencia budista. Para tratar de abolir cualquier señal de politeísmo, los talibanes resolvieron atacar fervorosamente todas las esculturas, templos o manifestaciones artísticas que incluyesen figuras potencialmente adorables.
 
Si msf tiene un programa médico en esta zona es porque Bamiyán queda en el fin del mundo. Desde Kabul hay que viajar nueve horas en Toyota Carevaca con cadenas en las llantas y hay que cruzar pasos tenebrosos entre las montañas para llegar. Viajamos durante nueve horas en medio de una nevada aterradora, pero como estábamos embriagados de espíritu navideño, no nos importaba ni morirnos debajo de una avalancha. Cuando uno llega y se encuentra ante un peñasco lleno de cuevas, y los huecos de los budas y en el fondo las imponen-tes montañas que conforman el Hindu Kush, se da cuenta de que está ante una de las maravillas del mundo. Bamiyán está habitada por los hazaras. Los hazaras son un pueblo conocido como “los esclavos de Afganistán” porque son altamente repudiados a causa de su apariencia física. Descienden de los mongoles y tienen rasgos fuertemente orientalizados. Por siglos, los hazaras se han dedicado a recoger los excrementos de los baños de las ciudades, a jalar las carretas llenas de ladrillos, a hacer cualquier trabajo que nadie en el mundo haría. Unos 120.000 hazaras viven en la región de Bamiyán y la única estructura médica que tienen es un hospitalito de msf que funciona junto con un quirófano de la Cruz Roja. A nadie en el mundo le importan estas personas y por eso msf tiene que estar ahí. A estas personas se las conoce también como “los olvidados”. Se las llama así porque viven en condiciones tan horrendas que ni siquiera a su propio país le interesa mantenerlos vivos.
Literalmente tienen el desarrollo tecnológico de hace 300 años, hacen la ropa en telares, viven en cuevas, no saben leer ni escribir y, como les conté antes, todavía se los comen los lobos cuando se descuidan. Para la mues-tra un botón.
 
Una mañana salí a dar un paseo por la nieve con un traductor y me encontré a un campesino viejito. Como yo soy chibchombiana, cada vez que me bajo del carro me meto un puñado de nieve en la boca porque me sabe rico. El campesino me vio y me hizo señas para que no comiera más porque me iba a dar tos. Se me acercó y le dijo al traductor que me explicara que comer nieve era muy malo y que me preguntara por qué estaba hacién-dolo. Entonces yo le dije: “Es que en mi tierra no hay nieve”. (Nota: en Afganistán uno no habla de “mi país” sino de “mi tierra” porque la estructura es aún tribal, y a ellos en general les vale huevo que la tierra esté dividida en mapas. Para ellos la tierra está dividida en pueblos. Por ejemplo, el sufijo istán significa lugar, tierra. Por eso hay Pakistán, Afganistán, Turkmenistán, Tayikistán, Uzbekistán etc., y cada pueblo tiene su tierra. Es más, cuando a mí me preguntan de dónde soy, respondo: “pues de Colombistán”). En fin, él me respondió aterrado: “¿Cómo?, ¿no hay nieve?”, y miró al traductor para que le confirmara tan asombroso hecho. “Y si no hay nieve, ¿entonces ustedes qué siembran?”. Le dije: “café”. Me preguntó: “Pero si no hay nieve, entonces no hay agua para llenar los canales”. Le expliqué que en mi tierra el agua cae de los cielos en cantidades tan abundantes que ni siquiera tenemos que construir canales para irrigar los cultivos.
 
No quedó muy convencido pero de todas maneras se rió mucho y me empezó a contar historias de lobos. Los campesinos de esta zona saben que a los extranjeros les encanta oír historias acerca de los lobos y las peleas y desapariciones por los lobos. En realidad lo que ocurre es que, en el invierno, los animalitos silvestres escasean y los lobos hambrientos bajan por las noches a buscar comida. Normalmente se comen las gallinas, las ovejas y los terneros, pero si un campesinito da papaya también se lo comen. Sorprendente, ¿no? Pero bueno, en este pueblo también me di cuenta de que los burros no son tan “burros”. Los ha¬za¬ras no tienen caballos sino minibu-rritos que llevan unas cargas enormes. Cuando uno ve una recua de mini-burros desde lejos, parece una fila de hormigas cachonas porque, proporcional a su tamaño, pueden llevar a cuestas volúmenes enormes. No son nada de burros y no utilizan riendas. El campesino los guía con un palito. Cuando el campesino baja a mercar al bazar, carga al burro y lo saca hasta el camino principal, le da un golpecito y lo manda so-lo (mejor dicho, lo pone en piloto automático). El burrito conoce el camino perfectamente, así que unas horas más tarde el burrito llega a la casa, la mujer lo descarga, le pone el abrigo, y lo alimenta. Mientras tanto, el dueño todavía es-tá tomando té con los parceros en el bazar.
 
El viernes, día de mercado, vimos en la carretera como unos veinte miniburros que iban rumbo a casa sin el amo pero con el mercado. Pero bueno, volviendo al tema de la Navidad, la Nochebuena la pasamos metidos en un cuarto minúsculo, pegados a una estufa de madera. A mí me dieron de regalo un patu (es como una ruana súper caliente de lana) hermoso y un adorno para el pelo. La temperatura bajó hasta -18°C en la noche, y las puntas de los dedos y las orejas nos dolían terriblemente. Sin embargo, fue muy agradable quedarnos callados mirando las estrellas, sin ninguna luz que contaminara el paisaje, y oír a los lobos aullando. Al otro día salimos para Yakaolang (significa: la tierra del cojo), y me di cuenta de que ese lugar sí es el fin del mundo. Hay un lago hermoso, que se llama el Bandiamir, pero nos atrancamos en la nieve y nos tocó sacar las palas y hacer caminos para desatrancar la “Lima” (nota: nuestras Toyotas se llaman “Lima 1”, “Lima 2”, “Lima 3”, etc., y tenemos en Bamiyán un burro que carga el agua desde el río hasta la misión, que lo apodamos “Lima Zero”).
 
En fin, pasamos rico porque tuvimos que almorzar con los camioneros en una estación en la mitad de ninguna parte. Acababan de matar una vaca y en cuestión de media hora ya nos tenían un platado de kebabs y un regue-ro de sangre roja que había formado en la nieve un bonito dibujo.
 
Un día libre
 
Las actividades del viernes, mi día libre, se redujeron a atender el parto de la esposa de un compañero médico afgano en la casa, con una psiquiatra de asistente, y casi a oscuras, con la escasa luz de una lámpara de petróleo. Resulta que el doctor Khaled (el pediatra supervisor de mis clínicas) me dijo hace dos días que su esposa estaba embarazada y que le estaba saliendo líquido amniótico. Cuando le pregunté cuánto tenía de embarazo, me dijo: “porai nueve meses”. Le sugerí que la trajera a una de las clínicas pero ella no quiso, así que me fui en el carro de msf hasta la casa de ellos a revisarla. El pediatra vive a 45 minutos del centro de Kabul, en una casa de barro, toda la familia (él, ella y dos hijos) en una sola pieza. El barrio donde viven no tiene luz ni alcantarillado, así que entre casa y casa corre la materia fecal en riachuelos hediondos, pero la piecita en la que viven es muy limpia.
 
Revisé a la esposa y confirmé que tenía ruptura prematura de membranas (o sea que se le rompió la fuente antes de tiempo). Le dije a Khaled que se la llevara para un hospital grande para inducirle el parto y ambos dije-ron que no. No hubo poder humano que los convenciera de la importancia de sacar al muchachito. Entonces les sugerí una ecografía, por lo menos para saber qué tan prematuro era. Al otro día Khaled me dijo que lo habían discutido, y que ella había decidido que como el ecografista era hombre, entonces no. Obviamente tampoco había hecho control prenatal a pesar de estar casada con un pediatra. Esta muchachita no sabe ni leer, ni escri-bir, y es además nieta de un mulá (o sea de un líder religioso de la vereda). En este país todo se deja en las ma-nos de Dios, incluyendo la vida propia.
 
Nos despedimos y les dije que si me necesitaban, a cualquier hora me podían buscar. El viernes a las tres de la tarde (y cabe anotar que en el invierno a las cinco es de noche) Khaled bajó en la moto a buscarme. Cogí de la farmacia un equipo básico de emergencia que incluía pitosín y metergina, me eché la bendición, me llevé a Dalila y me fui en la Toyota Carevaca de msf a ver qué hacía. Parece ser que la bendición funcionó muy bien (claro está que el 98% de los partos en el planeta no se complican) porque a las 6 p.m., en un cuartico oscuro y con sólo una lámpara de petróleo, le atendimos el parto a la esposa del pediatra. Salió como pepa de guama una hermosa afganita de unos 3.000 gramos, rosada y chillona. Ella, muy feliz de nacer, pero la madre y las dos abuelas muy tristes al saber que era una hembra. Una afganita más que pasará a engordar las listas del ejército de mujeres afganas que se van como vacas para el matadero.

ACERCA DEL AUTOR


Ginecóloga colombiana que ha trabajado con la Cruz Roja y la ONG Médicos sin Fronteras.

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