El pasado condicional

Muy a menudo los ensayos más relevantes resultan de anécdotas menores. Por ejemplo: la discrepancia entre dos hermanos sobre lo que su madre hubiera querido después de morir.

POR Julian Barnes

Ilustración de Julio César Gómez Penagos

 

No creo en Dios, pero lo echo de menos. Eso es lo que contesto cuando me ponen el tema. Una vez le pregunté a mi hermano, que ha enseñado filosofía en Oxford, en Ginebra y en La Sorbona, qué pensaba de semejante afirmación, sin revelarle que era mía. Me contestó con una sola palabra: «cursi».

La persona con la que debemos comenzar es mi abuela materna, Nellie Louisa Scoltock, apellidada Machin de soltera, que fue profesora de escuela en Shropshire hasta que se casó con el abuelo, Bert Scoltock. No Bertram, ni Albert, sino Bert: así lo bautizaron y así lo enterraron. Él era un rector con ciertas aficiones mecánicas: primero tuvo una moto con sidecar, luego un Lanchester, y al final, ya retirado, manejaba un Triumph Roadster pomposamente deportivo, provisto de una banca de tres puestos adelante y de dos asientos envolventes atrás cuando iba descapotado. Por los días en que conocí a mis abuelos, estaban retirados y se habían mudado al sur para estar cerca de su hija. Mi abuela asistía al voluntariado [Women’s Institute]: hacía conservas y las envasaba; desplumaba y asaba los pollos y los gansos que criaba mi abuelo. Era pequeñita, carecía de opiniones fuertes en apariencia y tenía los nudillos gruesos de los viejos, tanto así que debía jabonarse las manos cuando quería sacarse el anillo de matrimonio. El guardarropa de ambos estaba lleno de cárdigans tejidos a mano, los del abuelo con tendencia a ser de punto más grueso y masculino. Pertenecían a esa generación en la que los dentistas les sugerían sacarse todos los dientes de un tirón. Aquel rito de paso era corriente entonces: de la hilera endeble se pasaba a la porcelana total en un salto, a los desajustes y deslizamientos bucales y a la vergüenza del vaso espumoso en la mesa de noche.

A mi hermano y a mí el paso de la dentadura a la caja de dientes nos pareció a un tiempo grave y ramplón. Pero la vida de mi abuela contenía otro cambio enorme, al que nunca se hacía alusión en su presencia. Nellie Louisa Machin había sido criada como metodista, mientras que los Scoltock eran anglicanos. En algún punto del comienzo de su vida adulta, la abuela perdió la fe y, según la versión edulcorada de la familia, encontró otra: el socialismo. Ignoro qué tan fuerte o débil haya sido su fe religiosa, o cuál era la tendencia política de su familia; todo lo que sé es que una vez se presentó a las elecciones para el concejo local y perdió. Por la época en que la conocí en los años cincuenta, hacía tiempo que se había pasado al comunismo. Debe haber sido una de las pocas pensionadas de edad en los suburbios de Buckinghamshire que leía el Daily Worker y –según insistíamos mi hermano y yo– que le metía mano al dinero de las compras de la casa para enviar donaciones al fondo de sostenimiento del periódico.

A fines de los cincuenta se desató el conflicto sino-soviético, y los comunistas se vieron obligados a escoger entre Moscú y Beijín. Para la mayoría de los feligreses europeos ésta no era una decisión difícil; tampoco para el Daily Worker, que recibía dinero, además de línea, de Moscú. Mi abuela, que nunca en su vida había viajado al extranjero, que vivía en medio de bungalows recatados, por razones nunca explicadas optó por alinearse con los chinos. Su decisión me causó un entusiasmo no del todo desinteresado: su periódico ahora traía de suplemento un catecismo llamado China reconstruye, enviado directamente desde el Lejano Oriente, y ella me guardaba las estampillas que venían en los sobres marrones. Estas estampillas tendían a celebrar el éxito industrial: puentes, presas hidroeléctricas, cuando no mostraban una buena variedad de pacíficas palomas en pleno vuelo.

Mi hermano no competía por tales despojos, debido a que unos años atrás había habido en casa un cisma filatélico. Él había decidido especializarse en el Imperio británico. Yo, para marcar la diferencia, había anunciado por ende que me especializaría en una categoría que llamé, con lo que me pareció aparente lógica, el Resto del Mundo. La categoría se definía sólo en términos de lo que mi hermano no coleccionaba. Ya no recuerdo si se trató de una movida ofensiva, defensiva o simplemente pragmática. Todo lo que sé es que en ocasiones conducía a unos intercambios inefables en el club filatélico del colegio, entre coleccionistas que hacía poco habían descartado los pantalones cortos:

–¿Entonces tú qué coleccionas, Barnesy?

–El Resto del Mundo.

Mi abuelo era hombre de gomina, y el forro de su silla Parker Knoll –un modelo de espalda alta y alas para dormitar contra ellas– no estaba ahí apenas como decoración. Le habían salido canas antes que a la abuela; llevaba un pulido bigote de militar, fumaba una pipa de boquilla metálica y cargaba en el bolsillo distendido del cárdigan una bolsa de tabaco. También usaba un audífono abultado, aspecto éste del mundo de los adultos –o, mejor, del mundo de los adultos más viejos– del que mi hermano y yo nos burlábamos con gusto. «¿Qué decías?», gritábamos satíricamente el uno al otro, con las manos detrás de las orejas. Ambos solíamos esperar con ansiedad el momento estelar en que el estómago de la abuela hacía ruidos lo suficientemente fuertes como para que el abuelo saliera de su sordera para preguntar: «¿Está sonando el teléfono, mi amor?». Luego ambos regresaban a sus periódicos. El abuelo, en su silla masculina, con el audífono a veces pitando y la pipa haciendo un borborigmo a medida que la chupaba, bien podía sacudir la cabeza ante el Daily Express, que describía para él un mundo en el que la verdad y la justicia se veían constantemente amenazadas por el peligro comunista. En una silla más suave y femenina –digamos que en la esquina roja–, la abuela bien podía renegar sobre su Daily Worker, donde se describía un mundo en el que la verdad y la justicia, en sus versiones actualizadas, se veían constantemente acechadas por la amenaza capitalista e imperialista.

Para entonces el abuelo había reducido su práctica religiosa a ver un popular programa de himnos en la televisión [Songs of Praise]. Cuidaba el jardín, cultivaba allí su propio tabaco y lo secaba en el depósito del garaje, donde también guardaba tubérculos de dalia y copias viejas del Daily Express, amarradas con cabuya. Tenía preferencias por mi hermano, le enseñó a afilar formones y le dejó el baúl de herramientas de carpintería. No recuerdo que a mí me haya enseñado (o dejado) nada, aunque una vez sí me permitieron mirar mientras mataba un pollo en su cobertizo del jardín. Agarró al animal bajo el brazo, lo acarició hasta calmarlo, luego puso el cuello en una máquina de prensar atornillada a la pared y bajó la manija, mientras sostenía el cuerpo del pollo con cada vez mayor fuerza para controlar las convulsiones finales del animal.

Mi hermano recuerda un ritual –que yo nunca vi– que denomina la Lectura de los Diarios. Según él, tanto el abuelo como la abuela escribían diarios, y en las noches a veces se leían mutuamente en voz alta lo escrito cinco años atrás. Las entradas eran aparentemente de una asombrosa banalidad, pero delataban frecuentes desacuerdos. El abuelo proponía:

–Viernes. Bello día. Trabajé en el jardín. Sembré papas.

La abuela replicaba:

–Tonterías –y citaba–: Llovió el día entero. Demasiada agua para trabajar en el jardín.

Mi hermano también recuerda que una vez, cuando era muy pequeño, fue al jardín del abuelo y arrancó todas las cebollas. El abuelo lo azotó hasta hacerlo gritar, luego se puso inusualmente lívido, le confesó todo a nuestra madre y juró que no volvía a levantar la mano contra un niño. En realidad, mi hermano no recuerda esto, ni las cebollas ni la paliza; la historia se la contó nuestra madre repetidamente. E, incluso, si la recordara, bien podría ponerla en duda: en su opinión, muchos recuerdos son falsos, «tanto así que, basándonos en el principio cartesiano de la manzana podrida, no se debe confiar en ninguno de ellos, a menos que tenga algún soporte externo». Yo soy más confiado, o me engaño más, de modo que voy a seguir como si todos mis recuerdos fueran ciertos.

 

Nuestra madre, como hija única, fue bautizada Kathleen Mabel. Ella odiaba el «Mabel» y se quejó de él ante el abuelo, quien le contestó que «una vez había conocido a una muchacha estupenda llamada Mabel». No estoy enterado del progreso o retroceso de sus creencias religiosas, aunque tengo su misal, encuadernado junto con unos «Himnos viejos y modernos» en una gamuza marrón, cada volumen marcado con su nombre en una sorprendente tinta verde y con una fecha: «Dic: 25: de 1932». (Admiro su caprichosa puntuación, algo que hoy no se consigue.) Durante mi infancia, las tres áreas inmencionables eran las usuales: política, religión y sexo. Para la época en que pude discutir estos temas con ella –los dos primeros, esto es, pues el tercero nunca entró en la agenda–, ella era «azul de Prusia» en política, Tory y conservadora a ultranza, la cual supongo que fue siempre su actitud. En cuanto a la religión, me dijo con firmeza que no quería «nada de jaleos raros» en su entierro. Así que llegado el día, el encargado de los servicios funerarios me preguntó si quería que quitaran los «símbolos religiosos» de la pared del crematorio, y yo le dije que pensaba que así era como ella lo hubiera deseado.

Ilustración de Camilo Mahecha

 

El pasado condicional, entre otras cosas, es un tiempo verbal que para mi hermano resulta muy sospechoso. Mientras esperábamos a que empezara el funeral, tuvimos no una disputa (lo que hubiera ido contra la tradición de la familia), sino un intercambio que demostró que, si según mis propios criterios yo soy racionalista, según los suyos mi racionalismo es muy débil. Cuando mi madre se vio incapacitada por un derrame, se alegró de que su nieta C., hija de mi hermano, usara su carro. Era el último de una larga fila de Renaults, la marca a la que mi madre había mantenido una lealtad francófila durante cuatro décadas. Así que, mientras estábamos en el parqueadero del crematorio, yo esperaba ver llegar el familiar perfil cuando, para mi sorpresa, mi sobrina llegó al timón del carro de R., su novio. Dije, estoy seguro que suavemente:

–Creo que Ma hubiera querido que C. viniera en el carro de ella.

Mi hermano, con la misma suavidad, estuvo en desacuerdo con esto. Me señaló que hay los deseos de los muertos –o sea, las cosas que los ahora muertos antes deseaban–, y hay los deseos hipotéticos, o sea, las cosas que la gente habría o podría haber deseado. «Lo que nuestra madre hubiera querido» era una combinación de ambos: un deseo hipotético de alguien ahora muerto. Resultaba, por lo tanto, doblemente sospechoso.

–Sólo podemos saber lo que nosotros queremos –dijo, y le pareció que especular sobre la hipótesis materna sería tan irracional como si él ahora les prestara atención a sus propios deseos del pasado. En respuesta, yo propuse que deberíamos tratar de hacer lo que nuestra madre hubiera querido porque: a) teníamos que hacer algo, y ese algo (a menos que simplemente dejáramos que el cuerpo se pudriera en el jardín del bungalow) involucraba alternativas; y b) porque esperamos que al morir nosotros, los otros a su vez hagan lo que hubiéramos querido.

No veo mucho a mi hermano, de modo que con frecuencia me sorprende la manera en que funciona su mente, aunque la convicción en lo que dice es muy genuina. En el carro de regreso a Londres tuvimos el que, para mí, fue un intercambio todavía más peculiar referente a mi sobrina y su novio. Habían estado juntos durante largo tiempo, si bien hubo un período de rompimiento durante el cual C. salía con otro hombre. Mi hermano y su mujer habían estimado que este contrabandista era un pendejo; de hecho, a mi cuñada le había tomado apenas diez minutos descartarlo. No pregunté por la manera en que lo descartó. En cambio, pregunté:

–¿Pero les gusta R.?

–Es irrelevante –replicó mi hermano– si me gusta R. o no.

–No, no es irrelevante. C. podría querer que a ti te gustara.

–Al contrario, ella podría querer que no me gustara.

–Pero en todo caso no es irrelevante para ella si a ti te gusta o no te gusta.

Él lo pensó un momento y dijo:

Por todos estos intercambios tal vez se podrá deducir que él es el hermano mayor.

 

Mi madre no había expresado opiniones sobre la música que quería en su funeral. Yo escogí el primer movimiento de la Sonata para piano de Mozart en mi bemol mayor, K. 282. Pareció durar por ahí quince minutos, en vez de los siete prometidos, y yo me llegué a preguntar si estábamos ante otra repetición mozartiana, o si el reproductor de compactos del crematorio estaba dando saltos hacia atrás. El año anterior yo había participado en un programa de radio llamado «Los discos para la isla desierta» y, de Mozart, en esa ocasión había escogido el Réquiem. Después de la emisión, mi madre llamó y me comentó que durante el programa me había referido a mí mismo como agnóstico. Dijo que así era como mi padre se solía referir a sí mismo, mientras que ella era atea. Y lo hizo sonar como si ser agnóstico fuera la actitud de un liberal badulaque, en contraste con la naturaleza pura y dura del ateísmo.

–¿Por lo demás, a qué viene toda esta alharaca con la muerte? –continuó.

Le expliqué que no me gustaba la idea.

–Eres como tu padre –contestó–. Tal vez sea tu edad. Cuando tengas la mía, no te importará tanto. Yo ya vi lo mejor de la vida de todos modos. Y piensa en la Edad Media: entonces la expectativa de vida era realmente corta, pero hoy en día son setenta, ochenta, noventa años... La gente cree en la religión porque le teme a la muerte.

Mi madre, como se podrá ver, era una mujer de mente despejada y opiniones contundentes, que no tenía mucho tiempo para los puntos de vista contrarios. Su dominio en la familia, y sus certidumbres sobre el mundo, hicieron las cosas útilmente claras en la infancia, restrictivas en la adolescencia y machaconamente repetitivas en la edad adulta.

Tras la cremación, yo recuperé mi cd de Mozart de manos del «organista», quien, pensé, probablemente había cobrado sus honorarios completos por poner y quitar una sola pista del disco. Mi padre, Albert Leonard Barnes, había sido despachado cinco años antes en otro crematorio por un organista de verdad que sí se ganó la plata con Bach. ¿Era esto «lo que él hubiera querido»? No creo que hubiera objetado: era un hombre tranquilo de mente liberal al que no le interesaba mucho la música. En ello, como en la mayoría de las cosas, cedía –aunque no sin muchas acotaciones irónicas– a su esposa. Sus vestidos, la casa en que vivían, el carro que conducían: tales decisiones las tomaba ella. Cuando yo era un adolescente implacable, lo juzgué débil. Más adelante me pareció flexible. Todavía más adelante, de convicciones claras, aunque poco inclinado a batirse por ellas.

Él murió una muerte moderna, en un hospital, sin la familia, atendido en sus horas finales por una enfermera, después de que la ciencia médica hubiera prolongado su vida más allá del punto en el que lo que ésta ofrecía valía la pena. Mi madre lo había visitado en los días anteriores, pero luego cayó enferma con herpes zóster. Durante la última visita, ella le dijo de forma muy característica:

–¿Sabes quién soy? Porque la última vez en que estuve aquí no tenías ni la menor idea.

Mi padre contestó, de forma también característica:<

–Creo que eres mi esposa.

Conduje a mi madre hasta el hospital, donde nos entregaron todo en una bolsa de plástico negro y en un gran talego color crema. Ella seleccionó el contenido de ambos con gran rapidez, sabiendo exactamente lo que debía dejarle al hospital, o al menos lo que no quería llevarse consigo. Le pareció una lástima que él no alcanzara a usar las grandes pantuflas marrones que ella le había regalado unas semanas atrás; de una forma que me pareció misteriosa, alzó con ellas para la casa. Tenía horror de que le preguntaran si quería ver el cuerpo de su esposo. Cuando el abuelo murió, me dijo, la abuela se había comportado como una «inútil» y le había dejado toda la carga a ella. Pero en el hospital, por quién sabe qué necesidad atávica, la abuela había insistido en ver el cuerpo, y nadie pudo disuadirla. Mi madre la acompañó. Cuando les mostraron el cadáver, la abuela se volteó hacia su hija y le dijo:

–¿No se ve espantoso?

La primera vez que fui a la iglesia con mi familia –para el matrimonio de un primo– me asombró ver cuando mi padre se hincaba de rodillas en el banco y luego se cubría la frente y los ojos con una mano. ¿De dónde viene eso?, me pregunté, antes –creo recordar– de librarme a un desanimado gesto de imitación piadosa, que probablemente involucró una cierta necesidad de mirar furtivamente por entre los dedos. Fue uno de esos momentos en los que los padres lo sorprenden a uno, no porque descubra algo nuevo sobre ellos sino porque descubre una área más de la que lo ignora todo. ¿Estaba mi padre apenas siendo cordial? ¿Se preocupaba de que si no se arrodillaba de una lo tomaran por un ateo recalcitrante? No tengo ni idea.

Cuando murió mi madre, el sepulturero, en un pueblo cercano, preguntó si la familia quería ver el cuerpo. Yo dije que sí; mi hermano, que no. En realidad, él dijo (o me dijo a mí, cuando le transmití la pregunta):

–Por Dios, no. Sobre eso estoy de acuerdo con Platón.

El pasaje al que se refería no me llegó de inmediato a la mente.

–¿Qué fue lo que dijo Platón? –pregunté.

–Que no le parecía bueno ver cadáveres.

Cuando me acerqué a la funeraria –que más parecía la parte trasera de un negocio de trasteos–, su director me dijo como disculpándose:

–Me temo que por ahora está en el cuarto de atrás.

Lo miré perplejo, y él completó:

–Está en una camilla.

Entonces me vi respondiendo:

–Pues el ceremonial nunca fue lo suyo –aunque no estaba en condición de saber si hubiera, o no, exigido otro trato en semejantes circunstancias.

Ella yacía en un cuarto pequeño y limpio en el que había una cruz colgada en la pared; estaba, en efecto, en una camilla, con la nuca hacia mí cuando me asomé, lo que de entrada evitó el cara a cara. Parecía, pues, muy muerta: los ojos cerrados, la boca levemente abierta, un poco más del lado izquierdo que del derecho, genio y figura hasta la sepultura, pues un cigarrillo le solía colgar de la esquina derecha de la boca mientras hablaba por el otro lado. Traté de imaginar cómo había sido su conciencia en el momento de la extinción. El deceso había ocurrido un par de semanas después de que se mudó del hospital a un asilo de ancianos. Para entonces padecía de una demencia senil avanzada, con oscilaciones: en un momento se creía todavía en control de las cosas, y constantemente irritaba a las enfermeras criticándolas por errores imaginarios; en la otra, sabía que había perdido el control, se volvía niña de nuevo, revivía a todos sus parientes muertos y estaba pendiente de que su madre o su abuela acababan de decir algo de suma urgencia. Antes de la demencia, con frecuencia me vi desconectándome durante sus monólogos solipsistas; de repente, se había vuelto dolorosamente interesante. Yo solía preguntarme de dónde venía todo aquello, de qué manera su cerebro producía esa realidad falsificada. Tampoco podía yo sentir el menor resentimiento porque ahora sólo quisiera hablar de sí misma.

Ilustración de Camilo Mahecha

 

Me dijeron que dos enfermeras se encontraban con ella en el momento de la muerte, y que estaban en proceso de voltearla cuando simplemente «se les fue». Quiero imaginar –porque hubiera sido característico, y la gente debe morir como ha vivido– que su último pensamiento se dirigió a sí misma, y que sugería algo como: bueno, pues, entonces sigan. Pero esto –lo que ella hubiera querido (o, mejor, lo que yo hubiera querido para ella)– es sentimentalismo, y tal vez, si estaba pensando en algo, se imaginaba otra vez de niña y sentía que su madre muerta mucho tiempo atrás le estaba dando la vuelta durante una fiebre fastidiosa.

En la funeraria, le toqué la mejilla varias veces y luego le besé el borde del pelo. No, no se veía espantosa: nada en ella estaba sobredecorado, y el pelo, como le hubiera gustado, tenía buen aspecto. («Desde luego que nunca me lo tiño: es todo natural», le dijo con orgullo una vez a mi cuñada.) ¿Estaba tan fría porque venía del congelador o porque los muertos se enfrían naturalmente? El deseo de verla muerta provenía más, lo admito, de la curiosidad del escritor que del sentimiento filial, pero la despedida era necesaria, después de mi larga exasperación con ella. «Bien hecho, Ma», murmuré. Había muerto, en efecto, de «mejor» manera que mi padre. Él padeció un serie de pequeños derrames, que luego se agrandaron, y su decadencia duró años; mientras que ella pasó del primer ataque a la muerte con más eficiencia y velocidad. Cuando recogí la maleta con su ropa en el asilo, sentí que estaba más pesada de lo esperado. Primero descubrí una botella de jerez, y luego, en una caja cuadrada de cartón, un ponqué de cumpleaños intacto, comprado en una pastelería del pueblo por amigos lugareños que la habían visitado en su octogésimo segundo cumpleaños, el último.

Mi padre murió a esa misma edad. Siempre imaginé que la muerte de él me iba a dar más duro, porque lo había querido más, en tanto que sentía hacia mi madre a lo sumo un afecto irritado. Pero funcionó al revés: la muerte que presumí menor demostró ser más complicada y peligrosa. La muerte de él fue sólo suya; la de ella fue la de ambos. Y la subsiguiente limpieza de la casa se convirtió en una exhumación de lo que habíamos sido como familia, pese a que lo fuimos por entero apenas durante los primeros trece o catorce años de mi vida. Ahora, por primera vez, examiné la cartera de mi madre. Aparte de las cosas normales, contenía un recorte del Guardian referente a los 25 mejores bateadores de críquet de la postguerra inglesa (ella, que nunca leía el Guardian) y una fotografía del perro de nuestra infancia, Max, un Retriever dorado. En el reverso venía una leyenda de caligrafía extraña, Maxim, le chien, presumiblemente escrita por uno de los assistants franceses de mi padre a comienzos de los años cincuenta. Max se voló o, más probablemente, fue robado un poco después de tomada la foto y, adondequiera que haya ido a parar, debía haber muerto cincuenta y tantos años atrás. Aunque mi padre así lo quería, ella nunca permitió tener otro perro en casa después de ése.

 

Dado el antecedente familiar de una religiosidad débil, yo pude haberme vuelto devoto como parte de la rebeldía adolescente. Pero el agnosticismo de mi padre y el ateísmo de mi madre nunca fueron del todo explícitos, para no hablar de que nunca se presentaron como ejemplares, de modo que su discreta incredulidad no parecía justificar rebelión alguna. De haber existido la posibilidad de escoger, yo podría, supongo, haberme vuelto judío. Fui a un colegio en el que de novecientos niños, ciento cincuenta eran judíos. Como un todo, parecían más listos, mejor vestidos y más sociables; tenían mejores zapatos (un contemporáneo hasta calzaba un par de botas Chelsea con elásticos en los costados) y sabían de mujeres. También tenían más vacaciones, lo que parecía una ventaja. Y hubiera servido para escandalizar útilmente a mis padres, quienes compartían el antisemitismo de baja intensidad propio de su tiempo y clase social. (Cuando pasaban los créditos al final de una obra en la televisión y aparecía el apellido Aaronson, uno o el otro podía comentar con ironía: «Otro galés».) No que se hayan comportado de forma diferente con mis amigos judíos, uno de los cuales se llamaba con justicia, en mi opinión, Alex el Brillante. Alex leía a Wittgenstein a los dieciséis y escribía poesía repleta de ambigüedades dobles, triples y cuádruples, como bypasses coronarios. Recibió una beca para ir a Cambridge, después de lo cual le perdí la pista; pero con el paso de los años ocasionalmente pensaba en él, imaginando que se había forjado una buena carrera en una de las profesiones liberales. Tendría yo más de cincuenta años cuando me enteré de que durante más de la mitad de la vida había estado considerando vivo a alguien que había muerto. Alex el Brillante se había suicidado a los veintitantos años, y mi informante no supo decirme por qué.

Así que no tenía fe que perder, tan sólo una resistencia (que sentía más heroica de lo que en realidad era) al poco severo régimen de referencias a Dios presentes en la educación inglesa: lecciones sobre las Escrituras, rezos matinales e himnos, y un servicio anual de acción de gracias en la Catedral de St. Paul. (¿Dar gracias por qué? ¿Por la vida, por otro año, por el resultado de los exámenes, por la fundación del colegio?) Y eso, aparte de mi papel de segundo pastor en una obra sobre la Natividad en la escuela primaria, era todo. Nunca fui bautizado, nunca me enviaron a la escuela dominical. Nunca he asistido a un servicio religioso normal en la vida. Voy a bautismos, matrimonios, funerales. Constantemente estoy entrando en iglesias, pero por razones arquitectónicas y –más ampliamente– para tener una sensación de lo que fue el carácter inglés alguna vez.

Mi hermano tuvo algo más de experiencia litúrgica que yo. Como cachorro de boy scout, asistió a un par de servicios religiosos normales. «Creo recordar mi perplejidad de antropólogo infantil en medio de los antropófagos», escribe. Cuando le pregunto por su propia descristianización, contesta:

–¿Perder la fe? Nunca la perdí, porque nunca la tuve. Me di cuenta, eso sí, de que todo era pura paja el 7 de febrero de 1952 a las 9 a.m. cuando el señor Ebbets, rector de la escuela de primaria Derwentwater, anunció que el rey había muerto, que había partido a la eterna gloria y a la felicidad de estar en el Cielo con Dios, y que, en consecuencia, todos íbamos a llevar brazaletes negros durante un mes. Pensé que había algo turbio allí, y Vaya Si Tenía Razón. No se me corrió ningún velo de los ojos, no sentí que perdía nada, etc., etc. Tampoco he tenido ningún presentimiento religioso. Espero –agrega– que esta historia sea verdad. Ciertamente, se trata de un recuerdo muy claro y duradero; pero ya sabes cómo es la memoria.

Mi hermano debía acabar de cumplir los nueve años cuando murió Jorge VI. Mi propio acto de soltar los restos o la última posibilidad religiosa ocurrió a una edad más avanzada. De adolescente, en cuclillas sobre algún libro o revista en el baño de la casa, me solía decir que Dios no podía existir, porque esa noción de que me estaba mirando con malos ojos mientras me masturbaba era absurda; aún más absurda era la noción de que todos mis antepasados muertos podían estar haciendo fila para mirarme también. No se trataba de un argumento poderoso, sino de un sentimiento leve aunque convincente. Y, claro, tenía que ver con mi propio interés: la noción de que la abuela y el abuelo se enteraran de lo que estaba haciendo me habría desconcentrado considerablemente.

Mientras escribo esto ahora, me pregunto, sin embargo, por qué no examiné mejor las posibilidades. ¿Por qué asumí que Dios, si estaba mirando, necesariamente reprobaba la manera como yo desperdiciaba mi simiente? ¿Por qué no se me ocurrió que, si el cielo no se derrumbaba al verme aplicado e incansable en trance de autoabuso, era porque al cielo eso no le parecía pecado? Mucho menos tenía yo la imaginación necesaria para concebir que mis antepasados muertos igualmente podían estar sonriendo ante mis acciones: sigue, hijo, gózalo mientras lo tienes; no habrá nada parecido cuando seas un espíritu incorpóreo; ojalá hubiéramos ejercido más en nuestro tiempo, así que échate otra mano por cuenta nuestra. Tal vez el abuelo se habría sacado su celestial pipa de la boca, me hubiera picado el ojo en forma poco característica, y hubiera murmurado en tono de complicidad: «Una vez yo conocí a una muchacha estupenda llamada Mabel».

ACERCA DEL AUTOR


Julian Barnes

Barnes es autor de varias novelas policiacas que ha publicado con el pseudónimo de Dan Kavanagh. En 2004, en Francia, ganó el reconocimiento Caballero de las Artes y de las Letras.

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