El bochorno global

Como todo el mundo sabe, Britney Spears nos brinda una excelente oportunidad para asistir a un nuevo capítulo del ocaso de los ídolos. Eso sí: con tanto placer como alguna vez contemplamos su ascenso.

POR Juan Villoro

Ilustración de Henry Rodríguez Herrera

 

Habitamos un planeta peculiar donde la gente se avergüenza si sueña que va desnuda al colegio, pero disfruta si una celebridad hace el ridículo en televisión. El pudor de nuestras noches es el morbo del día siguiente.

Durante varios años, Britney Spears contribuyó al calentamiento global con videos y coreografías de elevada temperatura. Sin llegar a los escarceos del soft porno, logró que su ombligo fuera esencial a su personalidad y demostró la atracción elemental que el pelo rubio, los pantalones de cuero y los movimientos de cadera ejercen ante organismos provistos de bilirrubina. Una canción resumió su lema existencial: «¡Ups, lo hice de nuevo!». Equivocarse es sexy.

En la reciente entrega de los premios MTV, Britney pasó del descaro al martirologio, protagonizando el caso más comentado del bochorno global.

Después de cortejar el fuego, la Reina del Pop se provocó quemaduras de tercer grado. Su historia evidencia los trágicos imperativos de la cultura de masas. ¿Qué se espera de los ídolos? ¿Que triunfen sin tregua o que se derrumben en forma espectacular?

Un guión típico en la fabricación de celebridades estadounidenses: un desconocido del que no se esperaba nada toma por asalto los escenarios y llega a la cima del cariño colectivo; actúa como monarca caprichoso hasta que se derrumba en una borrasca de drogas, infructuosas clínicas de rehabilitación, amores fallidos y tatuajes muy extraños. Para que el guión mejore, hace falta otro episodio: el comeback, el regreso contra todos los pronósticos.

«No hay segundos actos en la historia americana», escribió Francis Scott Fitzgerald, aludiendo a la dificultad de recuperarse ante una opinión pública que es permisiva en la victoria e inclemente en la derrota.

Las estrellas del espectáculo viven en estado de irrealidad hasta que estallan como supernovas. Cuando un rostro cubre un edificio para anunciar un disco o una película es difícil que siga siendo normal. La fama es una desmesura. ¿Qué espera la sociedad del espectáculo de sus favoritos?

Por principio de cuentas, el ídolo pop debe ser diferente. Surgido del barro común, dispone de un atributo esencial: una quijada, un ritmo, unos ojos, una voz, un cuerpo que lo separa de los otros. Su carisma no depende de los rigores del arte sino de la forma en que conecta con la multitud (en todas partes hay ídolos raros).

Una vez instalado en las preferencias de la gente, el elegido se singulariza a través de su estilo de vida. Compra sillones forrados en piel de tigre, un Cadillac rosa, los huesos de un pigmeo, un Van Gogh, una isla en el Caribe. Las revistas y los programas dedicados a la plutografía (la obscena exhibición de la riqueza) muestran su casa con 17 chimeneas y su campo de golf con hoyos de jade, excesos que parecen lógicos en alguien que vende trillones de discos o abarrota multicinemas planetarios. Obviamente no se espera que el león tenga una aburrida vida dichosa.

Un doble juego rige el seguimiento de los famosos: se celebran sus sábanas con hilo de oro y se cuestiona el uso íntimo que hace de ellas. ¿Es posible comportarse de manera no digamos común sino aceptable después de comprar una jirafa de ámbar de tamaño natural? Por supuesto que no. En la nueva era victoriana, los medios preparan con su admiración el escenario del escándalo: primero describen el Taj Mahal lleno de peluches de la diva y luego se asustan de que se enamore de su guardaespaldas.

En su novela Mesías, Gore Vidal plantea la hipótesis de un profeta televisivo que funda una nueva fe con su calvario de alto rating. Los medios actúan como si lo hubieran leído: construyen mitos evanescentes pero su meta es la crucifixión. Mientras más elevado sea el desplome, más popular será. El programa The E! True Hollywood Story sigue este esquema. El título anuncia una historia verdadera, guiño de doble sentido: tratándose de una celebridad, la verdad sólo interesa si es incómoda. El objetivo final de la cultura de la fama no es la admiración sino el sacrificio.

Britney Spears ofreció un casode laboratorio para una historia de clímax y deterioro. Se tiñó el pelo de rubio, pero conservó un lado oscuro. Su primer matrimonio duró poco más que uno de sus conciertos y el segundo terminó en una trifulca digna de las luchas en lodo. Los medios la siguieron con el frenesí paparazzi que acabó con la vida de Lady Di. Asediada, la cantante mostró el preocupante síndrome de Gran Hermano de las celebridades que pasan demasiado tiempo ante el ojo público: se comportó como si las cámaras no existieran o, peor aún, como si su intimidad sólo tuviera sentidoante las cámaras. Con temple suicida, salió a la calle sin ropa interior, se rapó como huérfana de orfelinato, entró y salió de las clínicas como de una licorería. Llegó un momento en que fue patético recordar su lema: «¡Ups, lo hice de nuevo!».

En la entrega de los premios MTV actuó como una zombi olvidadiza que no domina el equilibrio. Con el pelo mal teñido (las agraviantes raíces negras del descuido), uñas postizas a punto de caerse y el ombligo más famoso del planeta elevado por una leve pancita, negó lo que había conquistado en años de sudor y lágrimas. La Reina abdicó en vivo y en directo.

Su derrumbe cumplió el triste designio de una cultura ávida de destrucciones. Las cámaras que se recargan para captar a Paris Hilton y Lindsay Lohan ya tienen el trofeo de Britney.

Hace unos días, en Tordecillas, España, fue cazado el Toro de la Vega. El animal enfrentó una multitud armada de lanzas hasta que hincó sus rodillas en tierra.

La cacería de un ídolo no es menos salvaje. Quien depende del público acaba por hacer lo que éste le exige, incluyendo la humillación involuntaria.

El siglo XXI no interrumpe sus safaris. Unos dependen de las lanzas, otros de los ojos.

ACERCA DEL AUTOR


Juan Villoro

Entre las muchas distinciones que ha recibido por su extensa y polifacética obra están el Premio Herralde, que obtuvo en 2004 por su novela El testigo, y el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso, en 2012. Su última publicación es la novela La tierra de la gran promesa (2021).

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