El empleo

Un cuento 

POR Juan Carlos Orrego

© Turbo | Corbis

 

Me pasaba lo que a muchos: no lograba conseguir trabajo. Inicialmente, iluso, había creído que mi reciente título de maestría podría servirme para algo; después, pensando con un cierto candor malicioso que, en últimas, también tiene uno derecho a las malas jugadas, me convencí de que algún tráfico de influencias colmaría mi ansia laboral. Pero tampoco eso dio resultado, y el desengaño empezó oficialmente cuando me vi obligado a moverme por toda la ciudad cargado de hojas de vida. Y como bien dicen los sabios que no hay situación tan mala que no sea susceptible de empeorar, pronto llegó el día en que tuve que conformarme con la convicción de que lo importante era encontrar cualquier tipo de trabajo, así fuera despachando en una tienda de abarrotes o vendiendo lotería en las calles, sin importar la renuncia que ello implicaría a mis antiguas aspiraciones salariales de postgraduado en literatura.

Inicialmente, venciendo un horror poco creíble, envié una solicitud a una empresa de venta de libros puerta a puerta. Bien digo que lo hice con horror, porque justo un empleo como ése podía darme una idea de lo irónica que se había tornado mi situación: ahora la gente compraría los libros no por mis reseñas sino por mis ruegos. El día de la inducción en la empresa, sin embargo, huí despavorido cuando el vendedor en jefe dio a entender que los libros para vender eran, durante los primeros seis meses del contrato, lujosísimas Biblias para pagar en cuotas.
 
Después fue lo del banco: necesitaban un cajero en la más importante sucursal de una corporación de ahorros de segunda. Allí fui con mi hoja de vida, confiado en que el reposado continente al que me había reducido la academia vencería el escepticismo del gerente entrevistador; sin embargo, apenas la secretaria encargada de vérselas con los aspirantes echó un vistazo a mi currículum, fui rechazado por la más absurda razón:
–Lamentablemente, señor, las políticas de la empresa han fijado la edad para inicio de labores en los veinticinco años o menos. Usted, según informa aquí, tiene ya veintiséis –dijo la mujer, usando una voz artificial de muñeca indiferente y apócrifamente cortés.
 
No tuve más remedio entonces que estarme en casa todo el tiempo, hurgando con lupa los avisos clasificados del periódico que, sin falta, iba a pedir prestado en casa del vecino de mi derecha.
–Tranquilo, Mono –me decía don José–, que yo sé que vas a encontrar un trabajo muy bueno como... ah... ¿cómo es que se llama lo que vos estudiaste?
  Pero también esa malicia me llevó a lo que –aunque nada en el mundo permitía siquiera sospecharlo– se convertiría a la postre en mi salvación.
Pronto llegué a tener la suficiente malicia como para saber cuáles de las ofertas del periódico eran oscuros empleos como vendedor de Biblias, disfrazados de Multinacional requiere personas inteligentes dispuestas a fijarse su propio sueldo”.
 .... En el teléfono indicado me contestó una muchacha adormilada que, al parecer, nada tenía que ver con el asunto:
Se trataba de un aviso modesto, ubicado caprichosamente entre miles de ofertas para ingenieros y electricistas. El texto era el siguiente: ¿Se quedó sin empleo? Puedo ofrecerle algo sencillo (¡y limpio!) pero bien pago. Llámeme al
–¿El aviso? ¿Cuál aviso, señor? ¿Usted a qué teléfono está llamando?
 
Se lo repetí, dígito por dígito, marcando solemnes pausas donde mentalmente veía guiones. La muchacha reconoció que no había equivocación.
–Pues muy raro, señor, porque aquí...
–Es un aviso que dice que ofrecen un trabajo sencillo pero limpio, y que...
–¡Ah! ¡Claro! ¡Lo de don Justo!
–...
–Disculpe señor, disculpe, es que... eh... Bueno, en fin... Usted... ¿qué edad tiene?
 
No podía ser cierto: de nuevo iban a hacerme sentir como un carcamal inútil y desahuciado. Mentí:
–Veinticinco.
–Veinticinco... Bueno, creo que sirve. Pero usted tiene que hablar es con don Justo.
–Bueno, y él...
–No, él no está aquí. Usted tiene que buscarlo en el centro, en esta dirección: calle 55, número...
 
Era la calle Perú, un poco más arriba del teatro Libia, en la acera del otro lado. El asunto era sin duda inusual, pero yo, confiado en la igualmente singular promesa de la “limpieza” del trabajo, pensé que lo mejor era ir a ver de qué se trataba. En verdad estaba impaciente, así que tomé un taxi.
 
La dirección correspondía a una casa vieja de paredes encaladas y zócalo café. Cerca, recostado en la última ventana hacia el oeste (esto es, hacia la carrera Palacé), había un hombre que, a juzgar por el bastón y las gafas oscuras que llevaba, tenía que ser ciego. Inmediatamente sintió mis golpes sobre la puerta se puso alerta y se acercó, y cuando ya me disponía a despacharlo con algo como “Ahora no tengo nada, señor”, informó, como si yo le hubiese preguntado algo:
–Es que no hay nadie.
–¿No hay nadie?
–No. Yo soy don Justo.
 
 
Se trataba de servirle como lazarillo entre las ocho y las doce del día, sin salirse del marco del centro de la ciudad. Pagaba diez mil pesos por jornada, y no le interesaba trabajar ni los domingos ni los festivos. Al principio, por supuesto, me espanté y pensé en salir corriendo, pero después, viendo la cara serena del viejo (no miento si digo que tenía cierto parecido conmigo), su pulcritud y, principalmente, oyendo sus razones (“Vea, joven: se va a salir ganando el mínimo con un trabajo muy pendejo”), terminé considerando la propuesta con más detenimiento, y la decisión final llegó cuando, no sin cierta jactancia, me dije a mí mismo: “En últimas, yo soy un estudioso de la literatura, y la literatura es así como esto: imprevista, aventurera. Hay que dejar de ser mariquita y saber vivir las cosas como son”.
 
Quedamos en empezar al día siguiente, un martes. Don Justo me esperaba al pie del caserón de la calle Perú. Me advirtió antes de que lo saludara.
 
–Cómo está, joven.
–Don Justo, cómo está... eh...
–Supe que era usted por la loción.
 
Decidimos bajar hasta Palacé y de ahí seguir en sentido sur hasta Ayacucho. El ciego se agarraba con una mano a mi brazo izquierdo, y daba a la otra una forma cóncava para esgrimirla contra los peatones:
–Un limosnita para este cieguito, por el amor de Dios.
 
Debo decir que, al principio, sentía una incomodidad abrumadora desempeñando mi papel. Cada vez que don Justo hacía sus peticiones, la gente, antes que cualquier otra cosa, me echaba miradas descaradamente escrutadoras, de modo que no podía evitar sentirme como el responsable de todo el bochornoso espectáculo; además, la angustia de toparme con algún conocido me embargaba a tal punto que a veces no sabía por dónde encaminar al ciego, a quien no contestaba las inocentes preguntas con que intentaba amenizar la situación:
–¿Y usted que hacía antes de ayer?
–...
–Oiga, le pregunté que...
–¿Cómo, don Justo?
Sin embargo, cuando vi que, en su mayoría, la gente se mostraba generosa y asumía como un evento normal y hasta loable el que un joven robusto condujera a un pobre desventurado en la busca de su subsistencia, comencé a sentirme a mis anchas; incluso, opté por tomar parte en los ruegos de mi compañero:
–Una limosnita para este cieguito, por el amor de Dios.
–Un pobre que no puede trabajar, hombre.
 
Don Justo se mostraba satisfecho.
 
Muy pronto, yendo y viniendo por entre ese marco que forman la Avenida Oriental, San Juan, Echeverri y la Avenida del Ferrocarril, fuimos acostumbrándonos a la nueva situación y ganando en conocimiento mutuo. El ciego pronto supo que yo había estudiado literatura.
 
–Oiga, una cosa que yo nunca pude hacer. Y eso que no nací así.
 
Alguna vez, un día en que el trabajo estaba más bien malo (había una manifestación de sindicatos en el centro, por lo que los negocios estaban cerrados y la gente se había dispersado), don Justo invitó a que nos sentáramos en una banca del parque de Berrío. Después de haber estado un rato callados y de notar en él una cierta disposición ansiosa, me sorprendió con una petición que yo creí una obligación moral satisfacer:
–Repítame algo que haya aprendido de sus libros.
–¿Ah? ¿Algo?... ¿Como qué, don Justo?
–Pues... No sé, algo...
 
Mucho hay de cierto en esa advertencia jactanciosa de los viejos profesores de universidad: el momento del ejercicio práctico del arte o ciencia aprendido dista mucho de las situaciones idílicas que uno se imagina cuando está dentro de la academia. Ahora yo tenía que exponer algún tipo de conocimiento literario en un parque lleno de palomas y haraganes, muy lejos del claustro máximo de cualquier prestigioso centro de estudios.
 
–Pues... Bueno, hay unos versos que...
–Recítemelos, recítemelos.
–¿Ha oído mentar un libro que se llama La vida es sueño?
–No... O sí... No sé. Recite el verso para ver si sí.
–Ahí va pues: “Cuentan de un sabio que un día / tan pobre y mísero estaba, / que solo se sustentaba / de unas hierbas que cogía. / ¿Habrá otro (entre sí decía) / más pobre y triste que yo? / Y cuando el rostro volvió, / halló la respuesta, viendo / que iba otro sabio cogiendo / las hojas que él arrojó”.
–¿Cómo así?
–¿Cómo así qué?
 –¿Entonces sí había otro más pobre que él?
–Claro, no ve que... ¿No ve que era tan pobre que tenía que coger las sobras del otro pobre?
–Ah.
 
 
Salvo algún eventual regreso de la sensación de bochorno, los días transcurrieron dentro de cierta normalidad. Don Justo parecía contento con mi trabajo y yo, a qué negarlo, había llegado a conformarme con la situación: trabajaba apenas medio tiempo y ganaba más o menos un salario mínimo mensual; pero como tenía tanto tiempo disponible para la lectura y la escritura, ocasionalmente lograba ubicar algún artículo en una de esas pocas revistas de la ciudad que paga a sus colaboradores. Además, el ciego se había aficionado a mis anécdotas literarias de un modo tal que apenas pasaba un día sin que me hiciera alguna petición, cosa que no dejaba de halagarme y hacía que reconociera en mi nuevo empleo un cierto lustre intelectual. Así, caminando por Bolivia, Maracaibo o Sucre, era frecuente que yo relatara para mi patrón (dadas las circunstancias y, a pesar de nuestra creciente amistad, no dejaba de ser ésa una palabra oscura) las aventuras siniestras de Rodion Raskólnikov o –no sin ironía– las ocurrencias del famosísimo Lazarillo de Tormes. Sin embargo, las más de las veces yo no relataba algo espontáneamente por el solo hecho de creerlo ameno, sino que trataba de ajustar mis historias y versos a pedidos más o menos concretos de don Justo.
 
–¿No sabés alguna historia donde un hijo sea bien malo con el papá?
–¿Bien malo?
–Sí, que se odien bastante.
–A ver...
–Sí, que no se puedan ni ver, pero que el hijo tenga toda la culpa...
–Ajá... Bueno, ya sé.
–A ver.
–Es un cuento alemán, pero ahora no recuerdo cómo se llama.
–No importa. Seguí.
–El hijo le había... No... Como que le había... Bueno, no recuerdo qué fue lo que le hizo, qué clase de barbaridad, pero el caso es que el padre lo tuvo que matar. Y entonces lo condenaron, al señor. Pero no lo podían ejecutar antes de que se hubiera confesado, eso decían las leyes. Y el viejo nada, que por nada del mundo se confesaba. No lo podían ejecutar entonces. ¿Y sabe... sabe por qué, don Justo, el hombre no quería confesarse?
–No sé, ¿por qué?
–Porque si se confesaba significaba que Dios lo perdonaba, y así se iba para el cielo y no para el infierno.
–¿Y era que se quería ir para el infierno?
–Sí, porque allá estaba el hijo, y el padre decía que él lo quería matar otra vez. Tanto lo odiaba.
–No jodás.
–En serio.
© Turbo | Corbis
Cuando la historia se ajustaba a las condiciones del ciego, éste quedaba tan supremamente complacido que todo el día volvía sobre ella, haciendo preguntas tan obvias que más bien eran afirmaciones y que no había necesidad de responder:
–¿Entonces tanto lo aborrecía que él también quería irse para el infierno?
 
El interés de don Justo por todas estas anécdotas literarias se intensificó de tal forma que en algún momento llegué a preguntarme si él salía conmigo verdaderamente para que le ayudara como lazarillo o si, más allá de eso, lo esencial estaba en las historias, extractos y declamaciones con que sabía entretenerlo. Muy pronto, sin embargo, pude vislumbrar cuál era el verdadero sentido de todo el asunto.
 
Estábamos, un sábado muy frío, en esa infecta y minúscula plazoleta que marca la separación entre Junín y Palacé. En la mañana había llovido, y por eso algunos chatarreros y gamines se apiñaban en torno de una insoportable fogata alimentada con papel periódico y madera mojada. Algo calentaban en una minúscula paila, pero el hedor de las frituras y el volumen del humo eran tales que no había forma de acercarse para ampliar la información. Don Justo insistía en que permaneciéramos ahí, y yo porfiaba en que nos adentráramos en el parque San Antonio. En eso estábamos cuando, de repente, mi compañero cambió el rumbo del alegato para preguntarme:
–Vienen unos tacones. ¿Quién es?
 
Se trataba de una mujer de unos cuarenta años, vestida con orden y modestia, y que a juzgar por el papel que traía entre los dedos y que constantemente consultaba, estaba buscando alguna dirección o negocio en específico.
–Es una cuarentona con cara de ser mamá y vivir en Castilla.
–Arrimémonos –ordenó más que pidió don Justo, y sin esperar mi reacción comenzó a moverse hacia donde lo guiaba su instinto.
–Madrecita –dijo cuando supo que estaba a su lado–. Madrecita, una limosna para este pobre cieguito que no tiene nada para comer.
–Ay, señor, es que yo ahora no tengo nada...
–Madrecita, por Dios, vea que el hambre es mucha. Ni mi sobrino ha comido –dijo mientras me señalaba con un movimiento azaroso de los labios–, y lo más triste es que estamos aquí esperando a que esta gente termine de comer a ver qué nos deja...
–Pero...
–Imagínese, madre, que somos tan pobres que tenemos que sustentar... alimentarnos con lo que ellos arrojen... ¿habrá otros más pobres y tristes que nosotros?
 
La mujer no dijo nada y, luego de vencer el estatismo en que se quedó por espacio de unos diez segundos, abrió la cartera con un gesto compungido y sacó una moneda de mil pesos.
–Vea pues señor, aunque sea para que se tomen un tintico.
 
Don Justo recibió la moneda y, tras murmurar el consabido “Mi Dios le pague”, se persignó y me jaló hacia donde suponía que estaba el parque San Antonio. La mujer cruzó Palacé.
 
–Ahora sí vámonos. Es de mil, ¿cierto?

Sin que yo lo hubiese siquiera sospechado cuando candorosamente empecé a transmitirle mis recuerdos literarios a don Justo, nuestra sociedad de ciego y lazarillo se convirtió prontamente en un singular dúo de timadores, donde un asesor artístico aportaba los argumentos que el otro, poniendo una increíble cara de sufrimiento, simulaba vivir en carne propia.

Debo decir que hasta entonces había visto en mi jefe a un pobre hombre que, vilipendiado por la vida, trataba de sobrevivir basado en la cortesía y rectitud con que presentaba al mundo su deficiencia, y que si merecía las monedas que la gente dejaba caer en su mano era porque de antemano se hacían evidentes la resignación y pudor con que las aceptaba. Así, fue toda una sorpresa –y no propiamente grata– ver también en él ese rescoldo de malicia y mezquindad que justifica ese odio por la humanidad que hace presa en uno ciertas tardes tediosas de domingo. Porque la expresión satisfecha en su rostro cuando acarició aquella moneda había sido indudablemente siniestra.
 
Sin embargo, puesto que en todo caso no podía evitar sentirme tranquilo al ver cómo por intermedio mío mejoraba la vida de un pobre hombre a quien había cobrado simpatía, y como, además, yo también tenía idea de mis propias mezquindades (alguna vez había esperado obtener empleo aprovechando influencias clandestinas), vi que lo mejor era sofocar mis espantos y tolerar una situación que, a fin de cuentas, no dejaba de ser normal; y es que, para progresar, es necesario mentir.
 
Así que las historias, en Pichincha, Juanambú, Tenerife o Cundinamarca, iban y venían:
–Patroncito, ayúdenos por Cristo, que debemos el alquiler de la piecita... Mi hijo y yo, vea... Éste es el hijo que me quedó, porque los otros... Mejor dicho, patroncito, y discúlpeme, pero yo hasta quisiera irme para los infiernos a arreglar cuentas con ellos...
–Madrecita, una ayudita para el cieguito... Vea que hace cuatro años, once meses y dos días que mi sobrino y yo estamos por aquí sin poder volver al pueblito...
–Jefecito, una limosnita por el amor de Dios... Yo soy ciego, como puede ver, y este muchacho vino a Medellín porque le dijeron que aquí había vivido su padre, Pedro Páramo...
–Una limosna por el amor de Dios, señor. Vea que yo no puedo valerme y tengo que costear el estudio de este muchacho... Porque quiero que estudie, como yo, aunque nunca pude terminar porque me volví ciego de tanto leer libros de caballería.
 
Las monedas caían en las manos de don Justo como las palomas ávidas sobre los granos de maíz en el parque de Berrío.
 
Pronto, sin embargo, comenzaron los problemas, como suele ocurrir donde quiera que el dinero rebose la bolsa que se haya dispuesto para guardarlo. El ciego, hambriento de monedas, pedía cada vez más historias, y como yo no atinaba todas las veces a ajustar mis recuerdos con sus deseos, empezó a tratarme mal y a sacarme en cara el sueldo que me había asignado:
–¿No sabés ninguna historia de una mujer que haya amenazado de muerte a su esposo ciego? ¿No? ¡Ah! ¿Cómo que no? ¡Tenés que saber!... ¡Qué maricada!... ¡Pero si yo te pago, pero si yo te pago!... ¡Vos tenés que colaborar, no jodás!...
 
Algunos días, cuando amanecía con el genio menos agriado, trataba de sonsacar mi ayuda usando ademanes menos iracundos:
–Muchacho, muchacho, pensá que si le metemos historias bien buenas al parlamento podemos ganar más platica... Porque si la ganancia es buena, contá con que tu sueldo sube...
–¿Sube? ¿Cuánto?
–No sé, depende, hay que ver primero cuánto se gana... Pero que sube, sube con seguridad.
 
Esta promesa hizo que la tensión se disipara por algún tiempo, pues a la vez que contagiado de ambición me sentí halagado en mi sapiencia libresca, de tal forma que puse todo mi empeño en rememorar los más fabulosos y desgarradores episodios de la literatura universal con el fin de que don Justo se lucrara de ellos. El conjunto de todos los embustes del Decamerón ylas infamias de los siete círculos del infierno dantesco surcaron las recitaciones del ciego, y creo no equivocarme si digo que incluso llegué a instruirlo sobre los siete viajes de Simbad el Marino –aunque no recuerdo con qué finalidad– y la totalidad de las cuitas del malogrado Werther.
 
Como lo había previsto don Justo, el dinero cayó por puñados en sus manos, y fue tan evidente el superávit que se vio obligado a cumplir lo que antes me prometiera.
 
–Bueno, creo que ya es justo que te suba el sueldo.
–Sí, nos ha ido bien, ¿cierto?
–Sí. Ahora te voy a pagar doce mil pesos.
 
Era ridículo: mientras que él había mucho más que decuplicado sus ingresos, yo era merecedor de un pírrico aumento de dos mil pesos. Se lo hice saber, acaso no en las mejores palabras, y no había terminado de formular todas mis quejas cuando, iracundo y enrojecido de un modo inaudito, interrumpió para espetarme con ira:
 
–¡Pero es que el ciego aquí soy yo, grandísimo maricón!
 
Ofendido y salpicado en la cara por su saliva inmunda, dejé caer la respuesta inevitable:
–Claro que sí, viejo de mierda, y por eso no podés leer.
 
 
Después de esa disputa don Justo y yo rompimos relaciones, y desde eso lo he visto unas dos o tres veces a lo sumo.
 
El trato injusto que había recibido, aunado a la importancia que el ciego se veía obligado a reconocer a mis historias, hizo que entrara en franca rebeldía con la pusilanimidad en que hasta entonces había sumergido mi propia vida y que decidiera sacar un provecho mucho más directo de los conocimientos que había logrado comprimir en mi cabeza luego de más de diez años tortuosos de universidad. No era justo que, de la forma más mezquina imaginable, un desarrapado se diera la gran vida luego de chupar, como la más descarada lombriz intestinal, mi más preciada esencia.

Estaba, sin embargo, lo insalvable de la escasez de oportunidades laborales, cuestión que me obligaba a ser muy consciente de que, a pesar de los buenos propósitos que me alentaban, había de enfrentarme con los más serios obstáculos si quería salir avante. Sin embargo, animado por los guiños que –imaginaba– me hacía la deidad literaria, confiaba en que un juicioso esfuerzo imaginativo me sacaría de cualquier atolladero. Y así fue.

Pero quiero, antes de revelar en qué consistió mi audaz estratagema, volver a don Justo y describir la figura en ruinas que exhibía la última vez que lo vi.
 
Me encontraba en una de las tranquilas esquinas que Maracaibo forma al cruzarse con Palacé, cuando por la acera que va a dar a lo que antes fue la Librería Técnica apareció el condenado ciego. Vestía un traje mugroso, y estiraba con patetismo su mano izquierda para comprobar la existencia de las paredes y vidrieras que limitaban su camino. Cuando sentía pasar a los peatones por su lado, giraba la cabeza hacia donde creía que marchaban y movía la boca, como esgrimiendo nada más que una súplica tímida. Nadie, por supuesto, reparaba en él. Finalmente llegó a la esquina, desde donde lo contemplaba yo, apoyado en el tubo de un semáforo. El ruido de los motores lo acobardaba, pero tampoco se veía dispuesto a pedir ayuda para cruzar la calle. Me dejé ir hacia él y, sin hablarle, le tomé por el brazo y lo obligué a avanzar.
 
–Gracias, mi Dios le pague... balbució apenas.
 
Al otro lado lo solté y cuando, después de dedicarme una babosa reverencia, se aprestaba a seguir de largo por la acera oriental de Palacé, me fui de nuevo contra él y tomé su cuello violentamente con una mano hecha zarpa. Don Justo fue presa de un sobresalto estrambótico, y un segundo antes de soltar la protesta o chillido que se anunciaba en su abierta boca desdentada, como por instinto adoptó una tensa actitud en que sobresalía la sumisión con que se entregaba a la captura. En medio de todo su estatismo solo la naricilla se le movía, olisqueante. Algunas personas alrededor nos miraban con sorpresa y otras cuchicheaban con disimulo.
 
–Ya sabés que soy yo –le dije después de que su temor mudo no pudo ser más evidente.
–Suélteme –musitó.
–¡Ah! Querés que te suelte. Raro. Antes solo querías que te contara historias.
–Suélteme –insistió.
–Te voy a soltar, hijueputa, pero antes te voy a contar la última historia.
–Suélteme.
–Esperá, que es cortica. Es la historia de un ciego que mataron por avaro, y lo mató otro que no era ciego, pero que...
 
Entonces lo solté. Confundido por el pánico, se escabulló dándose golpes con todos los peatones, así que muy pronto perdió el rumbo y, sin darse cuenta, fue a dar dentro del pasaje Palacé-Junín. Sin embargo, antes de perderlo de vista y a sabiendas de que iba a escucharme perfectamente, levanté la voz para advertirlo:
–Y no te volvás a aparecer por aquí.
 
La gente me miraba. Un poco avergonzado por la imprudencia –es decir, la imprudencia cometida contra mi trabajo, no contra el pajarraco aquél–, compuse las solapas de mi saco y me acomodé los anteojos sobre la nariz. Esperé un poco. Después, cuando vi que el flujo de transeúntes se había renovado, empuñé mi bastón y dando tumbos me puse junto a un hombre que traía a una niña del brazo:
–Disculpe, buenos días. Señor o señora, disculpe. Una limosna para este pobre ciego llamado Ismael...

ACERCA DEL AUTOR


Juan Carlos Orrego

Profesor de la Universidad de Antioquia, es Magister en Literatura Colombiana de la misma universidad. Autor del libro Cuentos que he querido escribir (Eafit)

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