Nora Lezano, el ojo del rock

Introducción de Daniel Riera

Así la bautizó un funcionario cultural en los años noventa. Y aunque Nora Lezano ha fotografiado muchas otras cosas, en una época solo pudo fijarse en lo que hacían los músicos encima de un escenario. De esa obsesión resultó la espléndida colección de fotos que aquí puede verse.

POR Nora Lezano

Nueve de cada diez fotógrafos se creen artistas. Nora Lezano lo es y no se lo cree. Tuve la suerte de trabajar muchas veces con ella. No hay manera de imitarla: la gente que va a retratar está enamorada de Nora desde mucho antes de que dispare el obturador. Eso no se aprende en escuelas de fotografía. No lo intenten en sus casas: no se puede ser como Nora sin ser Nora. Me recuerdo sacadísimo, discutiendo con un jefe de prensa en un departamento anodino en el centro de Río de Janeiro, mientras ella y yo aguardábamos la llegada de Caetano Veloso, a quien no conocíamos personalmente.

–Las fotos las tienen que hacer acá adentro. Caetano no quiere hacerlas en exteriores –dijo su jefa de prensa.

–¿No les parece extraño, por no decir ridículo, traer un fotógrafo al Brasil para que se limite a hacer fotos en un departamento?

–Las condiciones son esas, lo siento mucho.

Nora permanecía en silencio, ajena a la discusión, hasta que llegó Caetano. Entonces le dijo, simplemente:

–Caetano, ¿vamos a la playa?

–Vamos –contestó Caetano. Y fuimos.

Es una pena que no le haya pedido que le firmara un cheque en blanco o que le cediera los derechos de autor de sus canciones, porque Caetano habría hecho cualquier cosa que ella le pidiera. Nora no había escuchado un disco entero de Caetano en su vida, apenas unas canciones sueltas del disco Livro, que acababa de salir. A mí me parecía que era un error que llegara en ese estado a fotografiar a semejante monstruo. El equivocado era yo: Nora sabía muy bien lo que estaba haciendo, en la medida en que fotografía personas, no monstruos. Y su vínculo con las personas es mucho más íntimo que enciclopédico.

La escena se repitió cada vez que trabajamos juntos, con cada una de las personas que yo entrevisté y ella retrató: entrega incondicional e instantánea. No sé cómo lo logra, pero lo logra. Siempre. Cuando quiere jugar, los retratados se convierten en niños para ella: saltan, hacen morisquetas, se disfrazan, lo que ella pida... Así logró, dicho sea de paso, su increíble colección de perros, dibujados a pedido de Nora por gente como Paul Auster, Noel Gallagher, Charly García o Mario Vargas Llosa. Cuando quiere ponerse honda, llega a la raíz del otro sin ningún problema, y en eso consisten sus mejores fotos. Nora tiene un estudio en su casa y puede hacer allí lo que sea, pero la mejor Nora es, para mí, la más austera. Hubo una época en la que solo retrataba gente sobre fondo blanco, preferentemente en blanco y negro. No necesitaba nada más.

Un día se despojó de todo, de los personajes y de las cámaras. Se quedó sola con una Polaroid. En esas fotos no hay ni un músico de rock, y sin embargo son, acaso, las más rockeras, mezcla de pastillas y honestidad brutal, lo más ominoso de su trabajo.

Al cabo de un tiempo sin verla, me mandó un mail con una invitación para una obra de teatro dirigida por ella, un unipersonal basado en poemas de Olga Orozco. No sabía que le gustara el teatro ni que hubiera leído a Olga Orozco. La llamé y le pregunté cómo había llegado hasta ahí.

–La actriz hacía sola este mismo espectáculo. Vi la obra y cuando terminó le dije: está muy bien, pero acá tenés que mirar a la izquierda, acá tenés que mirar a la derecha, acá tiene que ser suave, acá lo tenés que decir llorando... La actriz me dijo que tenía razón y me pidió que la dirigiera –me explicó, con absoluta naturalidad.

Fuimos a un concierto de Rod Stewart. Nunca vi las fotos de aquella noche, pero estoy seguro de que resultaron mucho mejores que el concierto. Huimos en el intervalo, aburridísimos de tan exagerada preocupación por entretenernos. Llegamos a la casa de Nora, había una Olivetti Lettera 32 sobre la mesa. Me dijo: “Estoy escribiendo mucho últimamente, ¿querés leer?”, y empezaron a brotar cuadernoras de debajo de la tierra, con poemanoras, narranoras, dianorarios, y descubrí así que Nora es una escritnora impresionante. Me dijo: “Estoy pensando en no sacar más fotos, en dedicarme a escribir”, y me pareció lo más lógico del mundo, quiero decir, me pareció lo más lógico del mundo que la mejor fotógrafa argentina dejara de sacar fotos si era capaz de escribir de ese modo, mitad Cioran, mitad Silvina Ocampo. Y no hemos hablado de sus collages, síntesis Nórica de imágenes y palabras.

Lo que ven en esta revista es una introducción fabulosa a la parte más conocida de su obra. Me pregunto en qué formato se manifestará Nora en los próximos años. Ya ha coqueteado con los videoclips. Supongo que seguirá sacando fotos y seguirá escribiendo. Ignoro cuál será su orden de prioridades: Nora es un género en sí misma.

ACERCA DEL AUTOR


Nora Lezano

Ha retratado a grandes estrellas de rock. Fue invitada al Festival Malpensante 2010, donde presentó una exposición con algunas de estas fotografías.

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