Vivienda de desinterés social y arquitectónico

Espacio público, arquitectura, cerramientos, ¿cuál es el panorama al recorrer los proyectos de Metrovivienda en la capital?

POR Juan Luis Rodríguez

© Juan Luis Rodríguez 

 

Después de leer y entusiasmarme con lo que anuncia la página de Metrovivienda sobre sus proyectos en Bosa y Usme –que su diseño contempla áreas para parques, vías y equipamientos adecuados, además de “una óptima calidad ambiental”–, asumí que ir a verlos me daría motivo para escribir una columna halagüeña, a ver si dejamos, o dejo yo por lo menos, tanto lamento.

Como adicionalmente en esos días andaba en pleno furor el bloqueo camionero sobre una zona en la que los alimentadores de Transmilenio dependen del Portal Américas, me pareció oportuno ir a El Recreo, en Bosa, una zona localizada a tiro de cañón del portal.

Estando allá, me resultó cierta y sorprendente la generosidad de las áreas para equipamientos. También la amplitud de las vías principales y más aún que estén arborizadas. Pero al examinar la promesa de “óptima calidad ambiental” a cualquiera se le acaba el entusiasmo. Se imagina uno que la vivienda de interés social (VIS), que cuenta con la participación de arquitectos en todo el proceso, tendría, en efecto, especial cuidado en la calidad del espacio urbano. Pero el encuentro con un sector como El Recreo y la falta de un mínimo encanto deja un sabor agrio y la impresión de que la arquitectura ahí presente hubiera salido de una piñata. En general, todo lo que uno ve son las mismas casas unifamiliares repetidas hasta el hastío, con un parchecito de color aquí y allá para disimular; con los mismos brotes de informalidad en los que cada dueño, a medida que va consiguiendo plata, aprovecha para montar un chuzo o alquilar una pieza y generarse un ingreso adicional; y con los mismos multifamiliares, insulsos, constreñidos y atarugados de parqueaderos, sin tratamientos de último piso, con culatas en lugar de esquinas y cercados por baratijas metálicas.

Los dos principales motivos de este desmadre se repiten en toda Bogotá: los andenes y las rejas. La mayoría de los andenes de El Recreo, y todas las rejas, son para el olvido.

Si el efecto Peñalosa prevaleciera, el tema de los andenes ya sería una marca de Bogotá. Superficies amplias y continuas, arborizadas, con espacios mínimos y especificaciones estándar para bicicletas (compartiendo la vía, no el andén), coches, sillas de ruedas, peatones, vehículos y parqueos (al nivel de la vía, no sobre el andén). Kilómetros de espacio arquitectónico que no se reducirían a los andenes de las grandes avenidas o grandes bulevares, sino a cualquier andén de cualquier rincón de la ciudad.

Si el efecto Salmona prevaleciera, no habría rejas para mejorar la seguridad interna de los conjuntos, mientras aumenta la inseguridad externa. Otro gallo cantaría si en vez de vallas hubiera cerramientos arquitectónicos pensados como jardines y como elementos paisajísticos, no como los símbolos de desprecio hacia lo público que son todas las rejas, a las cuales la costumbre y la paranoia nos acostumbraron a cacarear como un mal necesario.

Cualquiera que sea el desayuno –café con croissant o aguadepanela con roscón–, los “buenos días” de la ciudad comienzan en los andenes del barrio, no en la gran avenida o la gran plaza, que la mayoría de los ciudadanos no vemos sino de vez en cuando. Sin embargo, aunque estemos hablando de andenes y rejas como punto de partida para referirnos al espacio público, el tema central a este respecto es la calle.

Cuando uno le pregunta a un ingeniero qué es una calle urbana, éste contesta sin titubear que se trata de una superficie terminada en asfalto o concreto, con una base y una sub-base. En cambio, entre arquitectos la respuesta probablemente va precedida de un suspiro y un ademán, seguidos de un lamento, con los cuales quieren decir que calles son las de Venecia o los grandes bulevares de París. O, con un giro hacia lo lírico, que “la calle es un espacio para el encuentro” o “algo contra lo cual la modernidad se ensañó”. Desafortunadamente, entre la prosa técnica de los ingenieros y la poética de los arquitectos, algo tan simple como que la calle es el espacio urbano que constituye más o menos el 90% del espacio público de la ciudad parece no estar contemplado.

Con gran claridad, un doctorando en políticas públicas me explicó lo que podría ser una causa para mi tedio. “A nosotros los conservadores”, me dijo, “la pobreza nos da lástima, como debe ser, y hacemos caridad en lo personal y planes económicos y sociales realistas en lo estatal. En cambio, a ustedes, los que se las dan de liberales y progresistas, la pobreza les da vergüenza y se paralizan. Entonces nos critican y proponen quimeras para las que nunca alcanza la plata. Nosotros aceptamos la realidad tal como es y sin embargo la mejoramos; ustedes todo lo cuestionan y lo que se les ocurre como alternativa de salvación son utopías sin fondo y sin fondos”.

Debe ser por compartir este espíritu conservador que la calidad espacial de “una realidad” como El Recreo es tan desoladora. Cruzarse de brazos y aceptar esta “realidad” sería como resignarse a que, dado que la violación es inevitable, lo mejor es relajarse y disfrutarla.

En mi opinión, nos iría mejor si aceptáramos que lo anticívico es la actitud lastimera y la condescendencia con la que entendemos el interés social. Para acabar de una vez con la pobreteadera, deberíamos introducir el espacio público como parte de la canasta familiar de los servicios públicos, junto al alcantarillado, la electricidad y el acueducto. Tal como los estándares técnicos de estos servicios no están estratificados, el espacio público tampoco debería estarlo. Sin importar si lo que hay como límites de este espacio son elegantes edificios, modestas casitas, rejas o muros, la calle tiene que ser un espacio arquitectónico pensado como el salón de una casa al aire libre y para el disfrute, la comodidad y la seguridad de cualquiera.

Definida desde un mínimo vital y funcional, una calle debería ser un espacio arquitectónico donde se pasa gran parte de la vida; un espacio con área suficiente para la circulación de peatones, bicicletas, coches, sillas de ruedas y automóviles. ¡Y árboles! Siempre y en cualquier parte. Para que esto funcione bastaría con establecer unas dimensiones mínimas, por ejemplo: cinco metros para circulación de vehículos en un solo sentido; dos metros al lado izquierdo de la vía para parqueo vehicular y arborización (intercalados: el parqueo a nivel de la vía y los árboles a nivel del andén); un metro y medio al lado derecho de la vía para circulación exclusiva de bicicletas (como parte de la vía, no del andén); y dos metros a cada lado para los andenes. Nada más para comenzar, pero tampoco menos. En síntesis, 12.5 metros como dimensión mínima para el espacio de cualquier calle, con una dotación estándar, también mínima. Y luego, exigir profesionalismo para que los límites del espacio, sean fachadas, o cerramientos en muro o reja, se conciban y ejecuten como arquitectura, no como males necesarios o como puntos para la motosierra presupuestal. Si obligar por reglamentación a introducir árboles al interior de un predio fuera una revolución, como sostuve con poca modestia en mi anterior columna, esta solución sería igualmente revolucionaria, pero infinitamente más significativa.

ACERCA DEL AUTOR


Juan Luis Rodríguez

Es profesor de Arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia.

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