La revolución, internet y los árabes

Somos testigos de una revolución capaz de movilizar revoluciones. ¿En qué consiste el poder político de las nuevas tecnologías y las redes sociales? ¿Puede internet subvertir las estructuras políticas del Medio Oriente?

POR Hernando Gómez Buendía

La revolución, internet y los árabes

© Samuel Aranda • Corbis

 
¿Revuelta callejera? ¿Levantamiento popular? ¿Insurrección? Los medios no han logrado encontrar un sustantivo justo para describir lo que está pasando en el norte de África y el Medio Oriente. Yo sugiero que lo llamemos revolución, aunque no es claro que lo sea en el sentido en que tendemos a entenderla en estos casos –no es “un cambio violento en las estructuras políticas, económicas o sociales de una nación”, como dice la Real Academia–. Violencia hay mucha en Libia, muertos ha habido en siete países que yo sepa, y es posible que algunos de estos procesos acaben en revoluciones, es decir, en cambios drásticos en la distribución de la riqueza o el poder.

Pero aquí hay otra revolución que ya ocurrió, porque se trata de algo que no se había visto antes en los países “árabes”, ni –lo que es más sorprendente– tampoco se había visto en el resto del mundo: alzamientos masivos de la gente que no están encabezados ni enrumbados por un líder y su combo de activistas políticos.

La historia por supuesto está llena de protestas, levantamientos o insurrecciones –y de revoluciones– que tumban o hacen tambalear a un gobierno impopular. Pero todos estos movimientos tienen un líder que encarna el descontento y un puñado de activistas que aseguran la rotación del poder. Un Lenin con sus bolcheviques, o un Gandhi con su Partido del Congreso, o un Villa y un Zapata con sus tropas, o un Fidel con sus barbudos, o un Hitler con sus camisas pardas, o un Walesa con su sindicato, o un Pinochet con sus gorilas, o un Ayatolá con sus clérigos, o un Nasser con sus tenientes, o un golpista fallido con sus cuates, como hay tantos en tantas partes del mundo –sobre todo, el tercer mundo–.

El líder es el símbolo y la guía, su equipo es quien asegura el cambio del gobierno viejo por el nuevo. Pero en Túnez y en Egipto, donde el dictador cayó; en Libia, donde sigue la matanza; en Argelia, Baréin, Jordania, Irak, Yemen y aun Arabia Saudita, donde crecen las protestas, no ha habido un jefe carismático con su grupo “de vanguardia” que conduzca y represente el movimiento. Es “la gente” o “el pueblo” o “las masas” los que se auto-organizan, exigen y logran o no logran resultados.

Ésta, creo yo, es la revolución que estamos presenciando. Y aquí el crédito sin duda pertenece al celular, a Twitter, a Facebook y a Google. Los medios tradicionales –el periódico, la radio, la TV– son para que alguien (el jefe) se comunique con muchos; los nuevos medios funcionan en red, son para que iguales hablen con iguales y el mensaje se propague de la misma manera que los virus: por contagio. Los viejos medios son verticales y unidireccionales, los nuevos son horizontales y reticulares; los unos necesitan jerarquía, los otros andan por camaradería.

Internet no necesita jefes, y sin embargo permite coordinar las actuaciones de miles o millones de personas. Es un producto avanzado de la modernidad –algunos dicen que de la postmodernidad– que sin embargo nos devuelve al tiempo premoderno o campesino, cuando las noticias y las consignas pasaban de boca en boca. Por eso en los países “árabes” está pasando hoy lo mismo que hace 533 años había pasado en un pueblo de España (mejor aún, de Córdoba, para ese entonces recién reconquistada de los árabes): al detestado Comendador de Fuenteovejuna no lo mató nadie porque lo mataron “todos a una”.

Este asunto –el de los tiempos superpuestos– es crucial para entender no solo la política sino la geopolítica de los hechos actuales. En su famoso libro El choque de civilizaciones, el profesor Samuel Huntington sostuvo que, caído el comunismo, el enemigo principal de Occidente sería el mundo árabe porque el islamismo es una antítesis de la democracia. El argumento –que tiene cierto mérito y cierto eco entre los eruditos– pasó a ser dogma en el proyecto neoconservador de Estados Unidos y en la política exterior de los Bush, con las guerras que hoy enredan al planeta.

Estamos viendo que en los países musulmanes hay, en efecto, dictadores vitalicios y corruptos. Pero Turquía y Malí son tanto (o más) democracias que Colombia. Hay eruditos para quienes el catolicismo y el confucianismo son otras dos antítesis de la democracia, y sin embargo ella existe –más o menos– en América Latina y el sur de Asia.

Y la cuestión debe apretarse mucho más: todas las religiones son incompatibles con la democracia, quiero decir, todos los dogmatismos religiosos o seculares (el fascismo, el comunismo), cuando pretenden dirigir la política y manejar el timón del Estado.

De suerte que además del fundamentalismo islamista, hay otros dos fundamentalismos que causaron, sostienen y justifican los horrores de estas guerras: el fundamentalismo cristiano desde la “mayoría moral” de Reagan hasta el Tea Party de Sarah Palin, con creencias tan extrañas como que Obama es musulmán, comunista y extranjero, que la evolución y el cambio climático son inventos “liberales”, o que los gays no caben en el Reino de los Cielos. Y el fundamentalismo sionista, que admite varios matices y hoy es socio del gobierno Netanyahu, con partidos religiosos integristas y dureza extrema frente a Palestina o hacia los ciudadanos árabes del propio Israel.

Claro está que en Israel o en Estados Unidos el fundamentalismo se reduce a la mitad o a un tercio de la población: a los más atrasados, los ignorantes, los que más temen a la globalización y son por tanto xenófobos e intolerantes. Son el equivalente, mejor dicho, de los fellahs, los campesinos más pobres del Medio Oriente y el norte de África, como no dice la Real Academia. El diccionario tampoco incluye mulá (experto en el Corán) ni fedayín (militante), pero estas tres palabras dan una buena idea de dónde tiene raíces el terrorismo islamista.

Turbante, barbas, túnica y sandalias: ésa es la imagen que desde el 11 de septiembre (si no antes) repiten cada día los noticieros de la “aldea global”, y es comprensible que “árabe” signifique para muchos talibán, y “musulmán” quiera decir Al Qaeda. Lo grave es que Bush y Blair y Aznar y los señores del Pentágono piensen lo mismo y hayan montado su política exterior sobre esa imagen.

Pues ¡oh sorpresa! En el mes largo que las CNN han transmitido en vivo desde El Cairo, Saná, Riad o Bengasi, los televidentes hemos descubierto que hay señoras y niños y taxistas y estudiantes y tenderos que se afeitan, que dicen sensateces, que saben lo que pasa y hasta hablan idiomas extranjeros, pero no mientan para nada el Corán. Y es porque allá también existen las ciudades grandes, los colegios, las fábricas, el cine y los demás agentes que en Occidente produjeron la tan cantada “secularización”.

Mientras Estados Unidos y Europa arman la geopolítica alrededor de los fellahs y de los mulás, la política en esa parte del mundo está girando alrededor de lo que tendríamos que llamar las clases medias. La prueba es evidente: estas revueltas, levantamientos o insurrecciones existen porque existen celulares y afiliados a Twitter o a Facebook. Gentes que pueden pagarlos, saben leer y escribir, en lugar de talibanes que abominan y clausuran las escuelas.

Un fantasma recorre el mundo árabe, y ese fantasma es el poder de la web. Pero la web no puede masificar cualquier causa, y solo es eficaz en tanto exista un sentimiento generalizado e intenso desde el cual se convoca.

En el caso de los países árabes, el sentimiento se resume en una palabra: desesperación. Desesperación sobre todo de los jóvenes (dos de cada tres personas tienen menos de 25 años) que no tienen empleo ni futuro (esta fue la chispa que prendió el incendio en Túnez). Y desesperación de quienes no estaban en la camarilla del poder –es decir, de casi todo mundo– con dictadores brutales y de opereta que compiten si acaso con Batista, Videla y sus gemelos latinoamericanos.

 

© Samuel Aranda • Corbis

 
Deponer a estos tiranos fue –o será– un logro formidable. Como sostiene en sus libros Eva Bellin, la inexistencia de la democracia en los países árabes (un tema viejo en la ciencia política) se debe sobre todo al enorme poder del cual disfrutan los aparatos coercitivos en esa parte del mundo:

Primero, porque cuentan con los recursos cuantiosos –y constantes– que producen el petróleo o el canal de Suez.

Segundo, porque las dictaduras han sido promovidas o apoyadas desde Europa y Estados Unidos. Igual que en América Latina, África y el este de Asia, las dictaduras servían para evitar revoluciones “comunistas” –y por eso no ha habido más golpes desde que terminó la Guerra Fría–; pero en el Medio Oriente se han dado tres razones, además de la amenaza comunista, para que Washington mantenga dictadores: la seguridad de Israel, el petróleo, y hoy por supuesto la amenaza del terrorismo islámico.

Tercero, porque la familia, el clan y en otros casos la secta o el lugar de origen son la base del tejido social entre los árabes, de suerte que los hijos, hermanos o compadres del dictador o el rey controlan el ejército y la policía política, y su vida depende de que no caiga el régimen.

Y cuarto, desde el lado de los súbditos, está la proverbial debilidad de la sociedad civil, o la falta de organizaciones capaces de convocar y movilizar a esa enorme mayoría de descontentos para exigir el cambio del gobierno.

Éste precisamente fue el aporte de los nuevos medios de comunicación: al permitir que todos protestaran al mismo tiempo, derrotaron el miedo que hace posible que una minoría ínfima pero brutal y bien armada mantenga indefinidamente su dominio sobre una multitud de individuos aislados.

Con esto quedaron atrás los 24 años de dictadura de Ben Ali en Túnez, los 30 de Mubarak en Egipto o los 42 de Gadafi en Libia. Pero el “gobierno de transición” en Túnez está lleno de amigos del ex dictador, Egipto pasó a manos de una junta militar que por supuesto fue cómplice de Mubarak, y Libia se desangra en una guerra civil. Ninguno de estos tres escenarios es la “democracia”, ni siquiera en el sentido mínimo de elecciones abiertas, poderes limitados y rotación del partido o el grupo en el poder.

Y es porque la multitud movilizada puede derrocar un gobierno, pero solo la ciudadanía organizada es capaz de garantizar una democracia. Ver si un movimiento de masas puede transitar hacia una cultura y unas instituciones duraderas es la pregunta que de veras interesa a los jóvenes de todas partes del mundo.

ACERCA DEL AUTOR


Hernando Gómez Buendía

Columnista de El Malpensante. Es también director de la revista digital www.razonpublica.com.

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