Obama vino a otra América Latina

En uso de razón

La visita del presidente norteamericano a sus vecinos del sur tuvo un perfil más bien bajo. ¿A qué vino Obama a Latinoamérica?

POR Hernando Gómez Buendía

Llegada de Barack Obama a Brasilia el pasado 19 de marzo © Gregg Newton • corbis

 

“Veni, vidi y no dije nada”, escribió en Twitter el hermano-problema del presidente Pîñera para resumir la visita de Obama a su país. Y en esta apreciación lo acompañaron casi todos los observadores latinoamericanos –porque la prensa de Estados Unidos a duras penas registró su viaje de hace dos semanas a Brasil, Chile y El Salvador–.

Es verdad que la primera gira latinoamericana del presidente Obama pasó de agache y que no tuvo casi ningún resultado. No hubo el discurso histórico, de gran geopolítica, como el que Obama había hecho en sus visitas a El Cairo, a Berlín o a Nueva Delhi. No hubo el anuncio de algún new deal, como la Alianza para el Progreso, el Área de Libre Comercio, o el Plan Colombia siquiera. No se resolvió ninguno de los diferendos con Brasil (el del etanol, el del acero, el de Irán, el del Consejo de Seguridad), en Chile no pasó nada y para El Salvador ni siquiera hubo promesas. No se cerraron negocios y se habló poco de ayudas. La gira comenzó horas antes del ataque militar a Gadafi y se acabó horas antes de lo previsto.

Y sin embargo, por lo que dijo y por lo que no dijo, por lo que hizo y por lo que no hizo, esta visita de Obama habla mucho sobre cómo ha cambiado América Latina, sobre el giro de 180 grados en la política exterior de Estados Unidos y sobre lo poco que, por el contrario, hemos cambiado en nuestra percepción sobre Estados Unidos.

El principal cambio de América Latina se llama Brasil, y éste es el país que Obama realmente deseaba visitar. Con veinte años de sostenido crecimiento económico y una política social de mostrar, Brasil es ya la séptima economía del mundo, un miembro del G-20, una pieza decisiva en el balance energético y climático, y una potencia media con proyección extracontinental.

El giro en la política de Estados Unidos hacia América Latina obedece ante todo a las nuevas realidades económicas. Aunque de lejos sigue siendo la potencia (5% de la población y 25% del producto mundial), las locomotoras están en otras partes (sobre todo en China), los salarios internos son insostenibles, y el déficit fiscal prohíbe nuevas aventuras militares. Por eso el de Obama fue un viaje de negocios –y es la primera vez que un presidente norteamericano no viene a América Latina en plan de tirar línea ni repartir ayudas–.

Y con respecto a Bush, su antecesor, el giro es todavía más marcado. El mundo no se reduce a buenos y malos, de modo que Washington puede entenderse con gobiernos de derecha o de izquierda, siempre que jueguen limpiamente en el juego de la democracia. Chile es el ejemplo exacto de lo primero y El Salvador es el ejemplo exacto de lo segundo. A Chile, Obama le entregará información reservada sobre Pinochet –la criatura de Nixon– y en El Salvador visitó la tumba de monseñor Romero –la víctima de Reagan–. Gestos, sí, pero enfáticos, de que Washington quiere jugar limpio (como de hecho ha jugado la señora Clinton ante los golpes o intentonas de golpes en Honduras, Ecuador y Paraguay, tres gobiernos no afectos a Washington).

En términos políticos, el gesto más importante de Obama fue no venir a Colombia. Y fue el más importante porque durante años Colombia fue la punta de lanza de Estados Unidos en América Latina. Como adalid del eje Bogotá-Lima-Panamá-San José-El Salvador-México, el presidente Uribe sirvió de freno y contrapeso a los gobiernos de “la nueva izquierda” que por entonces parecían imparables en el intento de darle un nuevo rumbo a la política exterior de la región.

La otra gran realidad de América Latina es que no hay una sino varías Américas Latinas. Diría yo que en relación con Estados Unidos, existen hoy tres de esas Américas: la de izquierda, con Cuba, Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Ecuador; la dependiente, con México, Centroamérica y el Caribe; y la emergente, con Brasil, Chile y el resto del Cono Sur.

1. En vez de la confrontación estéril con los gobiernos de izquierda, estilo Bush-Uribe, Obama ha optado por una especie de indiferencia activa hacia este primer grupo de países. Las tensiones, que por supuesto subsisten, se tratan caso por caso y con mucho menos ruido. Por eso en toda la gira no hubo alusiones a Cuba, Venezuela o sus aliados de la ALBA: las relaciones entre Estados Unidos y América Latina ya no se agotan en el miedo a la revolución allá y el odio al imperialismo acá. Llegó el momento de dialogar como adultos.

2. Y sin embargo el “diálogo” sigue siendo asimétrico, en relación sobre todo con el segundo grupo de países. Las economías de México, Centroamérica y el Caribe dependen casi exclusivamente de la de Estados Unidos, y en las agendas de estos países tienen un gran peso las migraciones y el tráfico de drogas –los dos temas de América Latina que de veras les importan a los norteamericanos–. Por eso el anuncio de la única ayuda asistencial en San Salvador: los 200 millones de dólares para la guerra contra la droga en Centroamérica.

3. Por último, los países emergentes son Brasil, por lo que dije antes, y sus vecinos suramericanos por el efecto, sobre todo, de China. Ésta es la gran novedad geopolítica: por primera vez una recesión mundial no deprime los precios de las materias primas sino que –gracias a China– los países mineros, petroleros y agrícolas del sur se están fortaleciendo mientras que Europa, Japón y los propios Estados Unidos retroceden. De ahí que el viaje hubiera sido de negocios.

Países petroleros embarcados en un proyecto autoritario y populista (la vía Venezuela), países de maquila con destino al mercado estadounidense (la vía México) y países que exportan commodities al mundo (la vía Chile) son pues las tres apuestas de América Latina en una aldea global donde los jugadores grandes han perdido terreno y están entrando al juego pesos semipesados –Brasil, uno de ellos–.

Esta diversidad de rumbos significa que América Latina es cada vez más compleja, más heterogénea y más plural en sus alineamientos internacionales. Sin los anteojos maniqueos de Bush, ésta es la América Latina real que Obama vino a visitar.

La gira de Obama no sirvió para nada, salvo para mostrar que la región ha cambiado y ha cambiado la política de Estados Unidos hacia la región. Lo que no cambia son nuestros estereotipos. Unos se quejan porque América Latina sigue sin importarle a Estados Unidos, y otros en cambio se quejan porque en la gira no hubo promesas ni limosnas. Obama vino a decirnos que unos somos un poco más importantes que otros y que Estados Unidos no está ya en condiciones de hacer promesas.

Y Colombia, a todas éstas, se encuentra a medio camino entre el grupo de los países “dependientes” y el de los “emergentes”: existe la Colombia de la droga y la de los migrantes, que hemos sido, y también está la Colombia minera y petrolera que se viene. Por eso mismo existe la Colombia que pide donaciones de Estados Unidos, y la Colombia que habla con China de inversiones multimillonarias.

Y la pregunta es si vamos a ser parte de los socios cercanos de Estados Unidos, de la versión México-Centroamérica-Caribe, o si vamos hacia el sur, hacia la provisión de recursos naturales para China.

ACERCA DEL AUTOR


Hernando Gómez Buendía

Columnista de El Malpensante. Es también director de la revista digital www.razonpublica.com.

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