La injusticia del Palacio de Justicia

El Palacio de Justicia construido tras la toma de 1985 no solo es muy cuestionable estéticamente, sino también un flaco homenaje para las casi cien personas que perdieron allí la vida.

POR Juan Luis Rodríguez

La injusticia del Palacio de Justicia

Placas en honor a los magistrados caídos en la toma del Palacio de Justicia.

 

Como el tema de las víctimas ha cobrado actualidad, decidí examinar cuidadosamente el tratamiento que la arquitectura le dio a los más de noventa muertos en el holocausto del Palacio de Justicia, entre el 6 y el 7 de noviembre de 1985. 

Para ello llamé a Tania Maya, una colega que hizo una tesis acerca de los dos Palacios de Justicia, el edificio de los años sesenta que alojó la masacre del 85, y el de los noventa que lo sustituyó y que hoy ocupa el costado sur de la Plaza de Bolívar en Bogotá.

Después de años de retraso, en 1998, cuando al fin entró a funcionar el nuevo edificio, la prensa lo reseñó ampliamente. A excepción de lo dicho por Germán Pardo, presidente de la Sociedad Colombiana de Arquitectos: “Una arquitectura con rasgos monumentales, respetuosa y sobria… a ello contribuyen el diseño de sus proporciones y los materiales que se van a utilizar”, todas las opiniones fueron negativas: “Sirve como escenario para la serie Dallas”, “Parece una caricatura”, “Impositivo y anacrónico”, “Olvida que vivimos en el siglo XX...”. Eran críticas orientadas solamente a la estética del edificio, pero ajenas por completo al factor emocional, al homenaje a las víctimas y sus familiares.

Apenas en 1999, el Consejo Superior de la Judicatura creó el comité de Ornato para el Nuevo Palacio, con el fin de dar cumplimiento a la Ley 34 de 1988, en la que se propone la conmemoración de los sucesos de 1985 y se establece el homenaje a los magistrados caídos. Atención: solo a ellos, los magistrados. Sobre el resto de los muertos, nada, absolutamente nada que indique siquiera una intención de “reparar” a los familiares de los muertos.

Volviendo a lo estrictamente estético, aunque fue construido en los noventa, el edificio responde a la teoría posmodernista que tuvo auge en la década anterior. Como lo sintetiza el comentario del Presidente de la SCA: “El principio dominante fue ‘integrarse’ a la plaza, añadiéndole la clave del éxito de la teoría posmodernista que consistía en reutilizar elementos históricos”. Durante parte del proceso de diseño, se pensó que esta “clave del éxito” debía ser un tímpano griego, similar al de la Casa de Nariño, pero se descartó en un Consejo de Ministros, precisamente porque a los comités que participaron –la Corporación La Candelaria, el Consejo de Monumentos Nacionales y el Consejo de Ministros– no les gustó “la fachada”. La gran idea fue sustituir el tímpano por un baldaquino, una forma venida a más por cuenta del altar de la Catedral de San Pedro, en Roma, y puesta de moda entonces por el arquitecto norteamericano Charles Moore. De manera que a partir del momento en que se descartó el tímpano griego, la inspiración histórica llegó por la vía del barroco-norteamericano, y ahí nos quedó ese extraño edificio, en plena Plaza de Bolívar, con un baldaquino y una obra de carácter pretendidamente astronómico pintada en el piso.

Por si fuera poco todo está medio al revés. Al patio del edificio solo se puede entrar por detrás, lo cual podría considerarse una buena metáfora espacial de cómo entienden los colombianos la justicia. Al entrar por la calle 12, justo ahí, a lado y lado de una insulsa escalera, sin ningún preludio arquitectónico, sin ningún lugar para detenerse, sin ningún sentido ceremonial, están los nombres de los caídos grabados en piedra. A vuelo de pájaro, parecen veintidós nombres, pero son realmente solo once repetidos dos veces, a lado y lado de la escalera.

Aunque había pasado por ese lugar varias veces en los últimos años, en mi nueva visita se me fue el aire. No podía creer que no me hubiera dado cuenta antes. No podía creer que seamos tan mezquinos. Provocar esa asfixia momentánea sería un logro del arquitecto si esta sensación implicara un estado de recogimiento, respeto o circunspección, pero no es así. Es un sentimiento más cercano a la impotencia.

Para los arquitectos este asunto debería estar muy claro, pues todos conocemos las dos sentencias canónicas sobre el tema, escritas por Adolf Loos hace más de cien años: “Solo hay una pequeña parte de la arquitectura que pertenece al arte: el monumento funerario y el monumento conmemorativo. Todo lo demás, lo que sirve para un fin, debe quedar excluido del reino del arte”. Y la otra: “Al toparnos en el bosque con un montículo de seis pies de largo y tres de ancho, arrumado como una pirámide, nos diremos circunspectos y llenos de respeto: aquí yace alguien…Ésta es la arquitectura”. También existe un dicho, menos poderoso pero preciso para este caso: “Cuando en simetría se comete un error se comete dos veces”. Y ahí están los once nombres de los magistrados, duplicados a lado y lado de una escalera trasera, solo para conservar la simetría.

Hay monumentos célebres por su capacidad conmemorativa. Uno muy especial que ya no existe porque Hitler lo mandó a demoler: el Monumento a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, famosos por oponerse a la Primera Guerra Mundial, una obra de Mies van der Rohe, construida en Berlín, en 1926. Otro es la pared conmemorativa que hace parte del Monumento a los Veteranos de Vietnam, en Washington. Y un tercero, célebre sin haber sido construido, es el Reflejo de la Ausencia, ganador entre cerca de cinco mil concursantes para homenajear a las víctimas del atentado a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001.

En estos tres monumentos, los homenajeados son todos, sin excepción alguna. Se entiende que en el Palacio de Justicia no estén los nombres de los guerrilleros –lo prohíben expresamente la Ley de Víctimas y el Derecho Internacional Humanitario–. Pero es inaceptable que no estén los celadores, aseadoras, secretarias, soldados desaparecidos y demás inmolados. La supuesta dignidad ni siquiera alcanzó para los magistrados auxiliares.

El punto es que la arquitectura conmemorativa del palacio de Justicia está en deuda con las víctimas y los familiares de los asesinados y desaparecidos. Todos ellos, que son cientos, tienen derecho a que el nombre de su mamá, hija, esposa o compañera tengan su nombre grabado en un lugar digno del Palacio de Justicia de Bogotá. Quizá si se hubieran limitado a escribir el listado de magistrados una sola y no dos veces, hubiera alcanzado el avaro espacio para incluir todos los nombres de las demás víctimas.

Habría que empezar por reconocer la insuficiencia y pobreza de las plaquitas actuales. Luego, lo mejor sería convocar un concurso para un monumento conmemorativo a los muertos en la masacre del Palacio de Justicia. E incluirlos a todos, tal como se va a hacer en el Reflejo de la Ausencia, en Nueva York.


El proyecto ganador debe generar algo parecido a la circunspección de la que hablaba Loos en aquellas dos máximas citadas al principio, para no olvidar un evento tan dramático como la inmolación de casi cien personas. Un monumento mediante el cual se haga justicia a las víctimas y se logre resarcir una doble vergüenza para la arquitectura nacional: la del arquitecto que lo hizo y la del gremio que lo permitió.

ACERCA DEL AUTOR


Juan Luis Rodríguez

Es profesor de Arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia.

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