El rumor de tu presencia

El ronquido no goza de una gran tradición literaria, pero sin duda puede espolear la imaginación –como en este relato– hasta un límite insospechado.

POR Luis Miguel Rivas

Ilustración de Miguel Otálora
 

Daniel Álvarez tiene un vecino que ronca. Mucho. Tanto que puede modificar la vida de quienes lo escuchan. Una noche de diciembre pasado conocí, de oídas, a este roncador que ya es parte de la familia bonaerense de Daniel. Estábamos conversando en el patiecito de la casa cuando lo escuché al otro lado del muro, proveniente de no se sabía qué vivienda, habitación o apartamento. A juzgar por el sonido que salía del pecho anónimo (nunca nadie lo ha visto ni lo ha oído despierto), era evidente que el tipo contaba con un portentoso aparato respiratorio. Además, según me fui enterando, tiene una cualidad complementaria: duerme mucho, a casi todas las horas de todos los días. Como si tuviera anemia. Y cuando duerme, obviamente… ronca… para todo el mundo.

Lo conocí sin verlo, el día que Daniel y su novia nos invitaron a Laura y a mí para hacer un encuentro envigadeño y comer frijoles en el caserón de Serrano 865 del barrio Villa Crespo en la Capital Federal de Buenos Aires, donde viven Daniel y su novia Ana con dos franceses y una brasileña. Esa noche solo nos reunimos los antioqueños. Después de despacharnos una bandeja paisa-porteña (arepa hecha con polenta en vez de maíz) a la una de la mañana, salimos al patiecito fresco de la casa y nos pusimos a conversar alegremente de todo y de nada. Estábamos en esas cuando percibí que una especie de sonido de fondo subyacía a la conversación. Me distraje un poco de mis amigos y escuché con atención: era la mezcla de una moto luchando por no apagarse con el gruñido de un animal extrañamente enardecido y aperezado a la vez. Se manifestaba en un estertor que crecía por momentos, parecía desaparecer a veces, volvía a emerger con furor y se esfumaba antes de dar paso a una especie de quejido delgadito y ahogado que hacía pensar en la palabra agonía. Luego volvía a emerger y continuaba el ciclo, que se repetía sin tregua ni concesiones.

Cada vez se me dificultaba más atender a la conversación, porque segundo a segundo sentía más fuerte la presencia del rugido. Y cada vez me extrañaba más la actitud impertérrita e indiferente de los anfitriones. No me explicaba la tranquilidad de Daniel y Ana, ni sus gestos ecuánimes y desentendidos ante la presencia de un ruido que podría ser la antesala de una catástrofe natural. Dudé de mí. Podría estar oyendo “visiones” otra vez. Pero en el momento de mayor confusión resurgió con redoblado ahínco, de modo real y verificable, ese ahogamiento amplificado, esa aspereza retumbante del aire que se arrastra entre la materia. Volví a mirar a la pareja de anfitriones. No se inmutaban. Volví a dudar. Miré a Laura buscando el apoyo de un amigo neutral y noté que tenía una pregunta atrancada en la garganta. La vi mirar con inquietud a los dueños de casa. Luego se inclinó hacia adelante y levantando el dedo índice, como señalando el cielo, se dirigió a la pareja:

–¿Eso es un ronquido?

Miré a Daniel con ansiedad porque sabía que en su respuesta estaba el dictamen de mi condición mental. Sonrió y cruzó las piernas.

–Ah, sí, ése es el vecino que ronca.

–¿Y no te importa? –pregunté liberado.

No me contestó directamente sino que hizo un pequeño recuento de su historia y su relación con el sonido que era ese hombre. Sí, me he referido siempre al “hombre” aunque no haya pruebas de que lo sea. Yo respeto la perspectiva de género y sé que una mujer también merecería ser relacionada con un ronquido anónimo. Pero éste era tan bronco, tan áspero, tan torpe, ¡tan masculino!

Las primeras veces que Ana, Daniel y los demás habitantes de la casa lo escucharon, tuvieron esa misma reacción de asombro y terror que nos genera lo colosal. El largo proceso que llevó a la comprensión y la tolerancia mostradas por nuestros anfitriones esa noche no estuvo exento en sus inicios de incomodidad, indignación, irritación, e incluso de odio puro. Pero finalmente, ¿qué podés hacer con un enemigo ubicuo e incierto, como el mismísimo Mi Dios? No queda más que comprenderlo y convivir con él, como hacemos con el mismísimo Mi Dios.

Daniel y Ana aprendieron a leer, dormir, comer, amar, hablar e incluso a meditar en casa, imaginando que vivían en una hermosa caverna a lado del mar en la que entraba todos los días y a cualquier hora la potencia de los vientos alisios raspando las estalactitas. Igual proceso ocurrió con los demás habitantes de la casa. El ronquido empezó a convertirse en un tema común de conversación para la cosmopolita familia. Que cómo había amanecido hoy, que ayer había parado a las seis de la mañana, que podría estar enfermo porque estaba intercalando los estertores con unos pitidos que no sonaban nada bien. Y cuando llegó el verano y todos se disponían a salir de paseo por varios días surgió la preocupación de dejarlo solo y entonces acudieron a una vecina para pedirle el favor de que entrara cada tanto a darle una vuelta.

El grupo familiar, reunido en el patiecito, se extendía en largas disquisiciones y especulaciones sobre las características del dueño del ronquido. Con seguridad era un hombre solo, despreciado por la sociedad, arrinconado por la incomprensión del mundo, señalado por cuenta de la apnea del sueño que le tocó en suerte. Un hombre que trataba de evadir el aislamiento y la discriminación entregándose, no a las drogas ni al alcohol, sino al sueño, lo que a su vez impulsaba el paulatino perfeccionamiento de los estertores y la consecuente cuadruplicación del desprecio general; como una espiral ascendente que fuera ampliando los espacios y la magnitud del rechazo.

Y en cualquier caso, decía Ana que decían las mujeres de la casa, ese “monstruo del dormir” podría ser en estado de vigilia un tipo inteligente, talentoso, carismático, atractivo. Una especie de doctor Jekyll acosado por un míster Hyde inofensivo pero escandaloso, grandilocuente e irritante.

Sobre esas materias se discurría en las habitaciones y pasillos de Serrano 865 del barrio Villa Crespo. Días y noches enteras. Hasta que a fuerza de convivir con él, de hablar de él, de explorarlo, de conocerlo, de tratar de entenderlo, los habitantes de la casa entablaron una especie de comunión con el espíritu del ronquido, lo percibieron en su esencia, se hicieron uno con él. Por esa razón Daniel y Ana habían permanecido impertérritos en el patiecito ante lo que para mí era la inminencia de la hecatombe. A esas alturas mis amigos ya eran iniciados, habían interiorizado al ronquido. Lo concebían como el ser que se metió sin permiso en el alma de todos para transformarse en el espíritu tutelar de la familia, en el Gran Hermano, en un Padre intangible que creó lazos y cohesionó lo que antes era solo un grupo casual.

Así viven hoy en día en esa casa. Arropados y protegidos por el Gran Gruñido. Y algún día no muy lejano, en la entrada de Serrano 865 del barrio Villa Crespo, habrá de estar escrita en letras de molde aquella frase de Vinícius de Moraes: “Quien nunca tuvo un padre que ronca, no sabe lo que es tener un padre”.

ACERCA DEL AUTOR


Luis Miguel Rivas

El Fondo Editorial Eafit publicó a comienzos del 2007 una selección de sus cuentos titulada Los amigos míos se viven muriendo.