Conversación en un quinto piso

La ley del más fuerte parece regir la construcción en Colombia. Un momento propicio para repensar la relación entre la arquitectura y la ética.

POR Juan Luis Rodríguez

Los Cerezos, entre el Unika a la izquierda y el Lares 78 en construcción © Andrea Garcés

 

Fui invitado a almorzar donde una amiga que vive en el edificio Los Cerezos, en la calle 78, abajo de la novena. En alguna ocasión habíamos hablado de la disparatada morfología urbana que están produciendo las normas en Bogotá, y en ese entonces me había expresado su preocupación por dos edificios que estaban construyendo a lado y lado del suyo. Después de la visita, “preocupación” es una palabra demasiado blanda y caritativa para lo que ahí ocurre.

Los Cerezos está atrapado entre el desproporcionado edificio Unika y el también gigante, en construcción, Lares 78. Pregunté a mi anfitriona si habían hecho “algo”, y me mostró una respuesta de la Comisión de Seguimiento a las Curadurías Urbanas de Bogotá, corroborando que en el Lares 78 hay, en efecto, una transgresión.

–Así, a simple vista, me parece que el Unika también –recalqué.

–¡¿No es cierto?! A nosotros sí nos pareció raro, pero la gente que manejaba la obra nos dijo que habían hecho un pacto con la dueña del penthouse de nuestro edificio, y la verdad es que dejamos de pararles bolas porque eran muy queridos y asumimos por su explicación que todo era normal.

–¿Puedo ver la reglamentación? –pregunté.

Mi amiga trajo un paquete que contenía el concepto de la señalada comisión y las normas para este sector de la ciudad. De hecho, ahí estaba la doble constatación para lo que se nota a simple vista: no solo que el Lares incumple la norma de empates, según la cual el patio propuesto debería alinearse con el patio existente, sino que el Unika hace lo mismo con la norma de aislamientos, según la cual las distancias entre los linderos dependen de la altura del edificio.

–¿Y cómo se puede saber que incumple?

–No es sino ver la reglamentación y comparar. En el Unika dejaron el aislamiento obligatorio en el primer piso y de ahí para arriba simplemente se volaron más de tres metros. Visto desde afuera, la mitad de lo que está sobre la puerta del garaje es ilegal.

–Pero entonces eso no se puede hacer...

–Por supuesto que no, pero habrá quién les diga que sí. No sé si recuerdan la anécdota de un alcalde de Bogotá que se negó a reunirse con el Concejo un sábado en la mañana, alegando que “a esa hora todo el mundo está jugando polo”. Bueno, aquí ocurre algo similar: si averiguan, probablemente les van a decir que “eso todo el mundo lo hace”. Afortunadamente, ustedes ya tienen confirmación oficial de que el curador autorizó algo incorrecto. En el caso del Unika, puede que la oficina del curador esté involucrada, aunque también podría ser una jugarreta entre el constructor y el arquitecto. Habría que investigar. Yo solo les cuento que en el medio es común utilizar dos juegos de planos: unos “de Curaduría”, que son los que se muestran, y unos “de obra”, que son los que se construyen.

–¿Podemos hacer algo como propietarios?

–Claro que sí. Por el lado de la obra, hacer que vengan de la Alcaldía de Chapinero a verificar medidas, y si éstas no corresponden con lo aprobado, proceder a hacer sellar la obra. Y por el lado de...

–Lo de ir a la Alcaldía ya lo hicimos. Fuimos y nos atendieron muy bien, pero nos dijeron que como la construcción fue aprobada por un curador, no es competencia de la Alcaldía sino de Planeación Distrital, la única entidad competente para revocar una licencia expedida por un curador.

–¿Y ustedes qué hicieron?, ¿dejaron la cosa quieta?

–No, para nada. Ya hicimos la vuelta y ahora tenemos que esperar tres meses para recibir una respuesta. De todas maneras, si tú lees todo el informe de la comisión verás que ellos ya mandaron tres solicitudes diferentes: a la Procuraduría, para que estudie si el incumplimiento de la norma amerita abrirle una investigación al curador urbano Nº 2; a la Secretaría Distrital de Planeación, pidiendo la revocatoria de la licencia de construcción; y al Consejo Nacional de Arquitectura, para que estudie la conducta del arquitecto. Estamos a la espera de todo.

–Bueno –dije yo–, me uno a la espera. Mientras tanto, ¿qué piensan hacer con el Unika?

–Nada. Ahí seguro tocará quejarse con el Mono de la Pila.

***

Este diálogo ilustra una triste realidad de la arquitectura en Colombia. El drama de unos profesionales que, amparados en justificaciones hipócritas como “todo el mundo lo hace” o en razonamientos falsos como “la tierra vale mucho”, violan las normas urbanísticas, aprovechando o propiciando circunstancias que cualquier arquitecto, si se quita la mano de la billetera, sabe que son indebidas. Y si atiende a su formación profesional, sabe que generan mala arquitectura, mala ciudad y mala ciudadanía.

Aunque soy consciente de que cambiar las normas no soluciona necesariamente el problema de su incumplimiento, como medida complementaria habría que impulsar una reglamentación que considere la calidad del espacio urbano y al ciudadano como su razón de ser. Adaptando a nuestra situación las palabras del arquitecto Aldo Rossi, una reglamentación que considere la ciudad como una “obra de arte colectiva construida en el tiempo”, en vez de otra que perpetúa el cinismo de que la vida es dura y la plata es la forma con la que mejor se ablanda.

A propósito de esta visión de la ciudad como obra de arte construida paso a paso, a los curadores se les llama así: porque deberían curar la ciudad, como quien cura una exposición artística. Por desgracia, la palabra “curar” también hace referencia a tratar cueros y carnes, lo que explicaría de dónde sacan nuestros curadores su inspiración, y a qué se parece el olor a curtiembre que producen algunas de sus aprobaciones.

La respuesta “no haremos nada” me inquieta porque rara vez constituye una buena opción. Así como a los ciudadanos se nos insta a fiscalizar las elecciones, la experiencia indica que se debería hacer lo mismo con lo que hacen arquitectos, curadores y constructores.

Va, pues, un efusivo ¡viva! para los propietarios de Los Cerezos por haber logrado someter a escrutinio a su vecino Lares 78. Confiando en las instituciones, pronto sabremos de manera oficial si el edificio está, o no, infringiendo las normas. Y va un más efusivo ¡ánimo!, para que se movilicen contra su otro vecino, el Unika. Ahí también vale la pena saber qué pasó, de manera oficial y sin necesidad de acudir al Mono de la Pila.

ACERCA DEL AUTOR


Juan Luis Rodríguez

Es profesor de Arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia.

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