De cómo Natanael hace una visita

Un cuento por Gabriel García Márquez

POR Gabriel García Márquez

Un lustrabotas sentado en un banco frente a un árbol

Ilustración de Wilson Borja

 

En la esquina había cuatro vientos encontrados. En el centro de la trabazón, la corbata gris aleteó un momento hacia el este; se desvió luego (impulsada por el otro viento); señaló alternativamente hacia las direcciones contrarias y se quedó quieta después, parada, sostenida en el equilibrio de los cuatro vientos iguales. Natanael la sostuvo, se arregló el nudo con el tacto y tuvo la sensación de que la corbata estaba viva. Tal vez fue eso lo que lo obligó a decidirse. Tal vez, cuando sintió moverse la corbata en su cuello, sola, autónoma, pensó que hasta una corbata estaba en condiciones de correr el riesgo que él mismo había temido correr unos minutos antes.

Desde lo más alto de su estatura, miró la punta de los zapatos deslustrados. 

“Quizá por eso no me había atrevido”, pensó. “¡Con estos zapatos!”.
Caminó hasta el puesto de limpiabotas, a mitad de cuadra. Encendió un cigarrillo, mientras el muchacho, silbando un airecillo de moda, ponía en orden los trastos, antes de iniciar la tarea de lustrarle los zapatos. Vio, abajo, la cajita de betún rojo. Vio los trapos ordenadamente plegados en el muslo del limpiabotas. Vio los cepillos: uno sucio de betún rojo, el otro negro. Cuando el muchacho humedeció con media naranja la punta del zapato izquierdo, Natanael sintió la fresca penetración ácida en los dedos y, casi simultáneamente, el sabor de la naranja en el paladar y el hilillo de saliva suelta y delgada que le llenó la boca de una corriente dulce. Fue como si el limpiabotas no le hubiera frotado la naranja en el zapato sino en la lengua. Sonó un golpe en la cajita y hubo un instantáneo y mecánico cambio de pie sobre la plataforma.
Sólo entonces Natanael vio el rostro del muchacho. “Parece joven”, pensó. Al menos estaba a prudente distancia para parecerlo. Por un momento se quedó mirando la habilidad con que el limpiabotas realizaba su tarea.
–¿Es usted soltero? –le preguntó.
El muchacho no levantó la vista. Siguió con la cabeza baja, untando betún rojo en el zapato derecho. Cuando acabó de hacerlo, respondió:
–Depende.
–¿Depende de qué?
–Depende de lo que usted entienda por soltero.
Natanael dio una chupada al cigarrillo. Se inclinó hacia adelante, hasta donde quedó con los codos apoyados sobre las rodillas.
–Quiero decir que si es casado.
–Ya eso es otra cosa –dijo el muchacho y dio un golpe en la cajita con el reverso del cepillo para un nuevo cambio de pie–. En ese caso sí soy soltero.
Natanael volvió a poner el zapato izquierdo en la plataforma. El limpiabotas inició otra vez el motivo popular que estaba silbando cuando fue interrumpido por la pregunta inicial. Después de permanecer un instante estirado en la silla, con la cabeza echada hacia atrás, Natanael chupó el cigarrillo por última vez y sin retirarlo de la boca volvió a apoyar los codos en las rodillas. El humo lo obligó a cerrar un ojo. Hizo una nueva pregunta, con el cigarrillo aún entre los labios, pero él mismo no la entendió. Retiró el cigarrillo para hablar mejor.
–¿Cómo se llama eso? –preguntó.
El muchacho cortó el silbido en el aire.
–¿Qué?
–¿Que cómo se llama eso? –volvió a decir Natanael.
–Entiendo –dijo el limpiabotas. Dejó de cepillar el zapato y levantó la cabeza–. Lo que le pregunto es que qué es lo que quiere saber cómo se llama.
–Lo que está silbando.
–Ya eso es otra cosa –dijo el muchacho–. No sé cómo se llama –hizo una pirueta malabarista con el cepillo, volvió a su tarea y acomodó el zapato que se estaba desviando de la plataforma–. Lo canta la gente por ahí –dijo. Y se puso a silbar con mayor fuerza.
Cuando descendió de la plataforma, Natanael vio brillar, a la luz que se filtraba por entre los árboles, el resplandor rojo de sus zapatos. Parecían nuevos. Tan nuevos que ahora era el vestido lo que deslucía en el conjunto. Arrojó la colilla al otro lado de la calle, sacó un billete y se lo entregó al limpiabotas. Pero el muchacho dijo que no tenía para el cambio.
–No importa –dijo Natanael–. Vamos hasta la tienda de la esquina.
Caminaron por la calle sombría, bajo los árboles tristes que habían empezado a envejecer en la espera de una estación retardada. A mitad de cuadra Natanael, caminando con las manos en los bolsillos y frotando el billete que llevaba envuelto en el índice, preguntó:
–¿Le gustan?
El muchacho no se volvió a mirarlo.
–¿Qué? –preguntó a su vez.
–Que si le gustan.
–Entiendo –dijo el muchacho. Y sólo entonces se volvió a mirarlo de lado–. Lo que le
pregunto es que qué es lo que usted me pregunta si me gusta.
–Los árboles –dijo Natanael. Sacó una mano del bolsillo para arrancar la ramita que reverdecía a la altura de su cabeza.
–Ya eso es otra cosa –dijo el muchacho–. Pero de todos modos, eso depende.
–Depende de qué –dijo Natanael. Y estrujó las hojas contra el billete que se desenvolvía en su índice.
–Depende de lo que uno quiera hacer con los árboles.
Natanael se detuvo. Volvió a guardar las manos en los bolsillos del pantalón y se puso de espaldas a la calle, con el frente hacia la acera por donde el muchacho seguía avanzando.
–Quiero decir que si le gustan como espectáculo.
–No sé qué es eso –dijo el limpiabotas sin volver la cabeza.
–Espectáculo es lo que se ve –dijo Natanael y empezó a caminar de nuevo.
–Ya eso es otra cosa –dijo el limpiabotas–. Pues francamente, si es apenas para verlos, no me gustan los árboles –miró por encima de su hombro y añadió–: deberían servir para alguna otra cosa.
Habían llegado a la esquina. Cruzaron la calle, a compás, repentinamente absortos, como si las últimas palabras del muchacho hubieran agotado todos los argumentos. Natanael entró a la tienda, compró una cajita de goma de mascar (fue lo primero que vio en el frasco de golosinas) y regresó a la puerta donde lo esperaba el limpiabotas. Le entregó dos monedas; le entregó la cajita y hasta le habría preguntado si le gustaba la goma de mascar, pero el muchacho se dio vuelta en el acto y se alejó sin darle las gracias.
Parado otra vez en la esquina de los cuatro vientos, Natanael se arregló el nudo de la corbata. Ahora no parecía viva. Era, simplemente, una corbata gris como cualquiera en el cuello de cualquier hombre sin rumbo. Sin embargo, se sentía bien. Un poco mal trajeado pero con los zapatos limpios. Sólo necesitaba un ligero esfuerzo para caminar media cuadra, no ya en la dirección de la calle sino en la dirección de la avenida. Debía entrar en la sexta casa de la acera (lo sabía porque había contado las puertas), la única casa que permanecía con las luces encendidas.
Nunca había transitado por esa calle, no porque estuviera demasiado distante de su apartamento, sino porque sólo existía una ruta para él, la del apartamento a la oficina. Antes nunca sintió necesidad de salir, pero esa noche... Hacía calor; deseaba respirar el aire de la calle que era tibio y vital después de haber pasado por la respiración de los árboles.
No sabía cuánto tiempo estuvo caminando sin dirección. Y allí mismo, cuando se disponía a regresar, vio una salita estrecha, decorada con innumerables objetos de fantasía. En un rincón de la salita, sola, sentada en un sofá, estaba una mujer. Tenía la actitud deliberada de quien espera a alguien que puede llegar en cualquier momento. No era bella ni tampoco tenía la apariencia de lo que se conoce generalmente como una mujer atractiva. Pero estaba sentada de espaldas a la luz, haciendo nada más que eso. Esperando. Entonces Natanael pensó que la mujer podía estar esperando a un hombre que nunca había visto en su vida, en una palabra, a él.
 

Ilustración de Wilson Borja

Natanael no podía tomar una decisión. Debía recorrer la media cuadra que lo separaba de la mujer. Y al no decidirse se sentía culpable. Culpable de todo lo que puede serlo un hombre que permanece parado en una esquina, sin resolverse, mientras seis casas más allá una mujer lo espera. Al principio no había podido explicarse ese profundo sentimiento contradictorio que lo invadía. Pero ahora tenía la impresión de que le sería difícil continuar viviendo con el remordimiento de no haber hecho nada, en un instante en que habría podido realizarlo todo. Y antes de que su conciencia hubiera tenido tiempo de tomar la resolución definitiva, se sintió caminando con pasos medidos, inconscientes, a lo largo de una avenida purificada por el aire de los árboles bajos.

A última hora habría podido arrepentirse, pero iba a seguir de largo. La mujer estaba ahí, como la había visto antes, sentada en el rincón. Cuando pasó frente a la ventana, la mujer no regresó de la abstracción; no cambió de actitud, sino que siguió con la mirada fija en un cielo indefinido. Arrancaba motitas del sofá, la falda plegada sobre los muslos. Natanael se mordió los labios y entró.
La mujer regresó como de un sueño; se estiró un poco; sacudió la cabeza ligeramente, viendo ya al hombre que se paró frente a ella, silencioso y concreto. Cuando la mujer preguntó qué deseaba, con una voz que daba vueltas más allá de lo convencional, Natanael volvió a rectificar el nudo de su corbata.
–¿Qué desea?
–Deseo casarme con usted –dijo Natanael. No supo por qué lo dijo. Sólo supo que en ese instante la mujer en el sofá era una mujer y él un hombre solo, en una sala desconocida.
La mujer pretendió hablar, pero se contuvo. Visiblemente indignada, volvió a sumergirse en el indefinido espacio que la había rodeado antes. Cruzó las piernas; se alisó, con el dorso de la mano, el reborde de la falda. Enlazó las manos y las puso sobre la rodilla. Natanael se había sentado frente a ella. La mujer lo miró de soslayo y empezó a mover ligeramente la cabeza, al ritmo de una secreta y creciente pulsación interior, y se daba golpecitos en la rodilla. Natanael siguió sentado, en una paciente actitud de espera. Por fin ella se echó contra el espaldar del sofá y habló con palabras cortas.
–Tenga la bondad de salir –dijo. Y agregó que si no salía llamaría a Clotilde.
Natanael, ignorando por completo quién podía ser Clotilde, volvió a arreglarse el nudo de la corbata. Ahora estaba más tranquilo. Si se quedaba allí y seguía hablando, era posible que viniera Clotilde. Deseaba conocerla.
–Estoy hablando en serio, señorita –dijo, y se inclinó hacia adelante–. Deseo casarme con usted –pero en realidad había pensado: “Deseo casarme con Clotilde”.
De pronto la mujer modificó por completo su actitud hostil y se tornó lejana, indiferente, como si hubiera vuelto a sentirse sola en la casa. Natanael no supo qué decir pero sentía que para un hombre que visitaba a una mujer, seguir hablando era una obligación.
–Lo cierto es que usted no me comprende –dijo Natanael después de una pausa y trató de acentuar la voz en un ritmo persuasivo, familiar–. Pero uno no debe ser como los emboladores.
La mujer continuó impasible, con las piernas cruzadas y los brazos caídos en el regazo. Natanael sintió que algo había quedado sin enmendar en sus palabras anteriores.
–Los emboladores son también gente indecisa –dijo–. Cuando uno les pregunta si son casados o solteros, responden: “Depende...”.
La mujer seguía distante. Quizás estaba pensando que un hombre que entra a una casa sin ningún motivo, debe salir de ella por alguna razón igual.
–¿No cree usted, señorita –siguió diciendo Natanael–, que la única manera de que un hombre no sea soltero es que se haya casado?
La mujer soltó una risita. Fue como si repentinamente hubiera comprendido que el hombre sólo pretendía divertirse un rato a costa suya. Lo miró con una mirada densa y directa, que dejó en Natanael la sensación de que por primera vez en su vida lo habían mirado por completo.
Volvió a pensar en Clotilde y dijo:
–Es cierto, señorita. Sólo a un embolador se le ocurre decir que no sabe si es casado antes de afirmar que es soltero.
La mujer no pudo contenerse por más tiempo y rió con franqueza. Después dijo que no siguiera hablando simplicidades y mejor se retirara.
Natanael se inclinó un poco más hacia adelante, para distinguir mejor el rostro de la mujer.
–No son simplicidades –dijo–. Los emboladores son la gente más indecisa del mundo.
Sacó un cigarrillo, lo encendió y se puso en pie para dejar el fósforo en el cenicero. En eso dijo que los limpiabotas son tan diferentes, tan simples, que se alegran la vida silbando tonadillas cuyos nombres desconocen.
–Silban simplemente por silbar.
Los ojos de la mujer se fijaron ahora en la mano que reposaba sobre la butaca. Una mano larga, descuidada, que sostenía un cigarrillo cuya ceniza amenazaba con desprenderse. Natanael siguió hablando, sin oírse quizás. Ya había llegado a los árboles.
–Cuando usted encuentre a un hombre que desearía que los árboles sirvieran para algo más que para admirar su verde, puede usted estar segura de que ese hombre es un embolador.
La mujer lo interrumpió.
–¡Lo único que faltaba era eso! –dijo–. Que me echara a perder la alfombra con la ceniza.
Natanael se inclinó hacia adelante, sin mover la mano que sostenía el cigarrillo y llevó a la butaca el cenicero de la mesa de centro. Descargó el cigarrillo y vio cómo volvió a arder la brasa. 
En ese instante la mujer dijo que había llegado al extremo final de su paciencia.
–No me interesan nada sus limpiabotas –agregó.
–Eso he descubierto –dijo Natanael. Y volvió a sentirse solo en la casa.
Pero no se puso en pie, sino que apoyó los codos, con mayor fuerza, en los brazos de la butaca y dio una nueva chupada al cigarrillo.
–Usted no –dijo, admirando el sabor que ya maduraba en sus palabras–. Usted no: pero tal vez me entienda Clotilde.

ACERCA DEL AUTOR


Gabriel García Márquez

Es el más grande escritor de la literatura colombiana, premio Nobel de Literatura en 1982.

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