El poema llega solo

 X-504 acaba de cumplir ochenta años. La frase puede sonar críptica para quienes no sepan que se trata de un seudónimo. Esta conversación revela a Jaime Jaramillo Escobar, una fuente esencial para escarbar en los secretos del nadaísmo, el nudismo, la poesía y otros placeres no siempre literarios.

POR Fernando Mora Meléndez

© Juan Fernando Ospina

© Juan Fernando Ospina

 

En su infancia en Altamira leyó una biblia a escondidas, un tomo de Barba-Jacob, varios de psiquiatría e hipnotismo. Luego, en el suroeste antioqueño, fue editor de un periódico escolar, secretario de inspección en Bolombolo, alcalde de Anzá, a orillas del río Cauca. Trabajó con computadores en Cali y Medellín, cuando estos eran mamuts ruidosos que devoraban cartulinas perforadas. En Bogotá y Barranquilla fue un discreto publicista cuyos eslóganes le ayudaron a escribir su primer libro, Los poemas de la ofensa, con el cual ganó en 1967 el Premio Cassius Clay de Poesía Nadaísta. Era también la primera vez que firmaba bajo el seudónimo X-504, una suerte de santo y seña de su curiosa personalidad.

Jaime Jaramillo Escobar, quien fuera andariego en su niñez y juventud, hoy realiza largas travesías por las carreteras amazónicas con la velocidad prodigiosa de Google Earth, y sin embargo tales recorridos duran tanto como si las hiciera en una flota de tercera, porque se detiene a reparar en cada árbol del camino.

 


Sus otros viajes, los literarios, los comparte con sus pupilos del Taller de Poesía desde hace casi tres décadas y con el grupo de amigos que todos los lunes se reúne para leer en voz alta los doce tomos de la Historia de la humanidad patrocinada por la Unesco. Mientras sus escritos se traducen al chino, al inglés y al portugués, nuevas obras que han rondado su cabeza durante años acaban de publicarse, como las Cartas a Geraldino Brasil, o se disponen a ver la luz por estos días.

Para contrariar su consabida voluntad de anonimato, irrumpe a medianoche en un bar, en una velada de teatro patafísico o en un centro nudista de Medellín y comienza a leer sus poemas en medio de una concurrencia que a menudo le pide versos como si de un cantante de plaza se tratara.

Desde recién nacido le gusta estar en pelota y así es como ha escrito buena parte de sus versos. A pesar de confundirse con un ciudadano común en las colas para pagar el impuesto predial, le han sucedido hechos bastante raros, ha sufrido de presagios que se han cumplido. Una médium venida de la China también le reveló que iba a ser terco toda la vida. Desde entonces se ha vuelto más afecto al misterio que a la magia. Duerme poco y no entiende qué cosa es una siesta. No tiene mascotas. Le preocupan los ladrones de casas y de libros.

Pienso en eso al momento de entrar a su casa a entrevistarlo y también recuerdo uno de los Poemas de tierra caliente, que reza: “Si yo estoy en tu casa, no podré decirte nada que te hiera, así sea levemente, porque estoy acogido en tu casa y sería casi un delito de mi parte”. Pero esta vez se ha fijado el pacto a la manera de los pregoneros de feria que el poeta tanto admira y parodia. Ellos suelen gritar a boca de jarro: “Pregunte por lo que no vea”.

 

La edad primera

Usted pasó su infancia entre una aldea y otra, en trashumancia. ¿Cuáles fueron las razones?
Durante la década de los cuarenta la vida en Colombia era muy difícil, especialmente en los pueblos, que estaban muy aislados en aquella época. A veces una familia tenía que irse a otro pueblo para ver si por allá les iba mejor; entonces negociaban el cambio de una casa por otra. En Altamira, el pueblo donde me crié, no había colegios y tuve que irme a estudiar muy lejos, a un internado en Andes. Solo iba a mi casa cada seis meses, en un viaje que podía tardar uno o dos días, según el estado del tiempo: primero iba en carro, luego en tren y después a caballo. Unos años más tarde nos tocó irnos de Altamira por la violencia, mucho antes de la que ahora llaman “primera violencia”. Asaltaron el pueblo, llegaron a la casa de mis padres y le prendieron candela, pero en ese momento se largó un aguacero y se alcanzó a quemar un pedacito apenas. Mi papá era maestro de escuela, no se metía para nada en política, era un señor muy serio, muy callado, muy solo con su familia, y sin embargo llegaron a quemarle la casa.

Nací en el 32, cuando ya la Guerra de los Mil Días hacía tiempo había pasado. Pero la guerra deja odios que tardan mucho tiempo en desaparecer. Aún hoy quedan odios que surgieron en esa época de la primera violencia o cuando se construyó el Canal de Panamá... Hay odios religiosos que son todavía más viejos.

La violencia que padeció es recurrente en sus libros. Por ejemplo, en el poema “Indulgencias”, usted dice: “Ni en épocas de paz prende la guerra, ni en épocas de guerra prende la paz”. En otros pasajes usted se burla de los historiadores que hablan de la violencia de los años cuarenta.
Es que los historiadores… Hoy en día es muy común leer que la violencia empezó a raíz de la muerte de Gaitán y eso es completamente falso, lo sé porque yo lo viví. Eduardo Mendoza Varela tiene una frase burlona: “Hay una sola cosa que Dios no puede hacer: modificar el pasado. Pero los historiadores sí”. Yo estoy de acuerdo. La violencia se inició en 1946, con el propósito de subir a Mariano Ospina Pérez a la Presidencia de la República. El partido conservador trataba de atajar a Jorge Eliécer Gaitán. Esa persecución surgió desde el gobierno nacional en Bogotá y fue replicada por todas las gobernaciones en todo el país. Las órdenes llegaban de la Gobernación de Antioquia a alcaldías e inspecciones; hubo incluso una policía especial para atacar a la población liberal. Altamira era un pueblo de trapo rojo; los conservadores eran pocos, entre ellos mi papá que, como dije antes, no se metía para nada en política.

El doctor Otto Morales Benítez tiene claridad sobre el asunto y ha escrito sobre eso; pero hay una corriente de historiadores que quieren desfigurar la historia para que no le achaquen al partido conservador el hecho de haber iniciado la violencia.

Usted recuerda que en Altamira los arrieros llevaban muchas cosas del mundo, que eran como los gitanos de Macondo…
Así es. Aunque era un pueblo muy pequeño, se conseguían cosas que yo ni entiendo para qué las llevaban. Nos vendían aparatos que no funcionaban porque no había luz eléctrica; tampoco había radio, faltaban muchas cosas. Existía una biblioteca, pero nadie leía. La gente era sobre todo campesina, tenían sus fincas, sus cultivos, pero la mayoría no sabía leer.

¿Entonces cómo empezó a acercarse a los libros?
En Altamira había una biblioteca muy buena que solo yo frecuentaba, nadie más. En ese tiempo el gobierno nacional, siendo ministro el doctor López de Mesa, había establecido una biblioteca en todas las escuelas del país. Eran muy buenas, grandes, y mandaban los libros desde Bogotá. En el tiempo que yo estuve en Altamira me dijeron: “Usted es el único que lee, tenga la llave”.

© Juan Fernando Ospina

 

¿Recuerda algunos libros de esa época o autores que le hubieran interesado?
Todavía tengo un libro de la época del colegio, que he conservado, es La incógnita del hombre, de Alexis Carrel. En el Juan de Dios Uribe, de Andes, que era un internado, también había una pequeña biblioteca. La usábamos muy pocos: Gonzalo Arango, el Indio Tascón, Abelardo Ospina y yo. Éramos si acaso diez los que leíamos.

¿Cómo ocurrió ese primer encuentro con Gonzalo Arango?
Lo conocí en 1946. Él estaba en segundo de bachillerato cuando yo entré a primero. Nos hicimos muy amigos desde entonces, y esa amistad duró toda su vida. Era un chico que se distinguía en muchas cosas: era estudioso, tenía una rebeldía congénita o ingénita, pero también se veía muy serio y trascendental, como siempre lo fue.

Cuando les inculcaban la religión en el colegio, ¿cómo se las apañaban Gonzalo Arango y usted para cumplir con esos ritos?
Allá había cosas obligatorias como las misas de los domingos en formación, pero Gonzalo y yo éramos muy independientes. Uno de estudiante lo que más procura hacer es lo que le prohíben. Si un profesor me quitaba un libro, se lo podía llevar pero de alguna manera yo volvía a encontrarlo. Me pasó con libros de psicoanálisis; me veían leyendo uno y me decían que eso no era para muchachos. Yo tenía catorce años y ya había leído casi todo Freud. No quería seguir una norma como la de: “Estas son lecturas para niños y estas son para adultos”, porque yo fui un adulto desde niño por ser campesino.

Así había sido desde antes de que me saliera la beca para el colegio de Andes. Cuando llegué allí comenzamos los llamados “centros literarios”. Yo tenía un periodiquito. Recuerdo que una vez el párroco tronaba desde el púlpito: “¡No vayan a leer esa porquería!”. Gonzalo Arango escribió sus primeras crónicas para ese periódico que se llamaba Voces Andinas. Yo también escribía coplas y décimas. Eran de ocho a doce páginas, que imprimía en el mimeógrafo del colegio. De eso no se conserva nada, que yo sepa.

Años después cambiaron los papeles, Gonzalo era el director y usted colaboraba en la Revista de la Universidad de Antioquia. En esa época usted ya estaba en Medellín y tuvo acceso a los libros que figuraban en el llamado “Índex”, prohibidos expresamente por el clero.
En 1948 Gonzalo viajó a Medellín a terminar el bachillerato en el Liceo de la Universidad de Antioquia, pues eso le facilitaba su ingreso a la Facultad de Derecho. Yo me quedé en Andes, en el colegio, hasta el 50, año en que volví a encontrarme con Gonzalo en la biblioteca de la universidad. Iba allá cuando quería. Si estaban haciendo la revista trabajaba con él. Le colaboraba en corrección de pruebas, en revisión de artículos, pero como un gesto informal porque yo no tenía nada más que hacer en ese momento. La universidad tenía una biblioteca general para todos, pero en otro salón, con llave, estaban los libros prohibidos. Como era el secretario de la revista, Gonzalo tenía la llave de esa sala y me daba acceso a esos volúmenes que hoy son francamente cándidos.

¿Por ejemplo, qué libros?
Era una lista larguísima. Estaba por ejemplo Vargas Vila y casi todos los clásicos franceses y españoles, además de toda la gran literatura del siglo XIX. La parte prohibida de la biblioteca era más grande que la otra. En esa época, para publicar un libro se necesitaba un permiso eclesiástico, el nihil obstat. Y solo los que obtenían ese permiso eran de fácil acceso. Hasta la Biblia estaba prohibida, no la dejaban leer a menores. Yo la leí cuando tenía como doce años, y eso porque se la pedí prestada al párroco del pueblo. Me acuerdo que era una edición de lujo.

 

Del nadaísmo y los nadaístas

¿Cómo recuerda su reencuentro con Gonzalo Arango y el momento de la creación del nadaísmo?
Habían pasado ocho años de esos encuentros con Gonzalo en la biblioteca, y ese año, 1958, cuando surge el nadaísmo, hacía tiempo que no lo veía ni tenía comunicación con él. Reanudamos nuestra amistad durante un viaje suyo a Cali, donde yo vivía. Él había lanzado ya el Primer manifiesto nadaísta y andaba regando el movimiento, primero en Cali, donde pensaba que había un ambiente más propicio. Me enteré por la prensa de que él venía y fui a saludarlo al hotel. Luego convocó a una reunión donde se sumaron otros jóvenes. Varios de ellos quedaron de inmediato matriculados en el nadaísmo. Gonzalo incluía a todos sus amigos en el grupo, aunque algunos nunca habían escrito nada, eran apenas simpatizantes. Pero después empezaron a escribir, y hubo quienes llegaron a ser importantes, como Amílcar Osorio.

Lo que pasa es que Gonzalo Arango era un hombre de fuego; era bajito y delgadito –pesaría por ahí 50 kilos–, pero tenía una fuerza interior que lo hacía muy atractivo; además cuestionaba la sociedad colombiana de su época. Muchos jóvenes fueron atraídos por él, por las ideas que afirmaba y por el movimiento que estaba creando. La palabra “nadaísmo” fue un acierto, era muy llamativa para los jóvenes que a cierta edad están contra todo.

Gonzalo reunió a jóvenes de su época en diversas ciudades y les dijo que escribieran o que fueran artistas. Cuando fue por primera vez a Cali, muchos jóvenes estaban pendientes de su llegada, ya era famoso desde hacía dos meses por el Manifiesto. Allí nos encontramos.

Como editor de Nadaísmo 70, ¿qué recuerda de esa revista? Se ha afirmado que si no fuera por su trabajo los otros nadaístas no la habrían sacado nunca…
En 1963 yo me fui de Cali a Bogotá con la intención de quedarme allí, y me encontré con Gonzalo, con quien ya mantenía algún tipo de relación por correspondencia. Entonces tuvimos la idea de hacer esa revista, aunque solo se concretó en el 69, durante mi segunda permanencia en la capital y después de haber trabajado en Barranquilla, en la agencia de publicidad de Plinio Apuleyo.

El nombre de Nadaísmo 70 fue idea de Gonzalo. Pero toda la labor editorial, gráfica y hasta administrativa la hacía yo solo en Bogotá. Y digo administrativa porque llegamos a lanzar una edición de 60.000 ejemplares, una cifra insólita en cualquier época, y algo así requiere tener una oficina. Yo mismo hacía la labor de diseño, que consistía en pegar los textos y los dibujos sobre cartulinas para después fotografiarlos; era lo que se llamaban artes finales en el sistema litográfico de impresión. Teníamos varios fotógrafos, amigos de Gonzalo, que nos colaboraban, como Hernán Díaz, o artistas como Álvaro Barrios. Por lo general enviaban los dibujos que ellos querían sin tener en cuenta qué textos iban a ilustrar, pero eso no importaba por la forma como yo componía todo.

En el 70, Gonzalo Arango se fue para el monte, andaba en la selva con una tribu de indios. La edición anterior de la revista no se había vendido mucho; sin embargo pensamos en lanzar un número especial porque teníamos un tema muy importante: una matanza de indígenas en Planas, Mitú.

Invertimos mucha plata en eso y las cosas no salieron como esperábamos. Gonzalo cometió un error, hizo la investigación y escribió el artículo que copaba casi toda la revista, pero además se anticipó a darle publicidad antes de que saliera. Alguien se enteró de la idea, le pareció maravillosa e hizo la misma investigación, escribió algo rápidamente y lo publicó antes, no recuerdo si en El Tiempo o en El Espectador. Cuando la revista salió, el tema ya no tenía interés; ya la gente había leído sobre esa matanza de indígenas, una de esas que todavía ocurren.

 
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¿A cuáles escritores del nadaísmo rescataría hoy?
Bueno, a Amílcar Osorio. No es un poeta tan conocido porque vivió muchos años fuera del país y murió joven, a los 45 años. Además, buena parte de su obra quedó inédita, aunque la Universidad de Antioquia ha hecho algunas ediciones. Tanto su poesía como sus cuentos son muy elegantes, de gran altura conceptual y literaria. Aparte de Gonzalo y Amílcar, otros autores importantes del nadaísmo son Eduardo Escobar y Jotamario Arbeláez.

¿Y por qué se ahogó Amílcar Osorio, si era tan buen nadaísta?
Lo de Amílcar nunca se investigó. En 1985, según la información que yo tengo, él y dos amigos fueron a un islote en la mitad de un lago pequeño, en una finca cerca de Támesis, Antioquia. Allá se quedaron hasta tarde en la noche, después decidieron regresar en una canoa, y dicen que al llegar a la orilla Amílcar no estaba. A mí me parece muy sospechoso. Yo no sé quiénes eran los que iban con él. También me pregunto: ¿cómo se desaparece en un trayecto corto, en un lago llamado La Oculta, de una finca no muy grande? No se investigó porque aquí esas cosas se quedan sin investigar.

Usted también suele recordar a miembros del nadaísmo que no eran escritores sino pintores. Uno de ellos era Kat, un personaje de una vida extraordinaria.
Sí, hubo varios pintores. Kat fue uno, otro fue Samuel Ceballos. La historia de Kat es como una novela. Yo lo conocí en la Librería Nacional de Cali, era un joven muy bien vestido, andaba de saco, corbata y todo eso, a pesar de ese calor de Cali. Después lo vi relacionado con amigos del nadaísmo. Incluso pasó mucho tiempo en San Andrés, una isla donde vivieron varios nadaístas y de la que se enamoraron Jotamario, Gonzalo Arango, Kat, Samuel Ceballos.

Kat era muy silencioso. Un personaje muy raro en todo sentido. Empezando porque conseguía unas mujeres bellísimas que yo no me explicaba cómo lograba conquistar. Era tan extraño que se hizo sacar todos los dientes de arriba para reemplazarlos por una cuchilla de acero. Él se quedaba todas las tardes en una mesa, dibujando a las personas que entraban a la librería. Tenía gran habilidad para dibujar retratos.

En una ocasión, Simón González, que era gerente de Incolda en Bogotá, resolvió hacer una exposición de sus pinturas en una de las torres del centro de Bogotá. Le pidió al pintor que llevara suficientes cuadros para vender. Con el dinero pensaban comprar buenos materiales y mejorar un poco su vida, que no anduviera más por la calle tirado. Simón sabía que podía vender los cuadros por sumas que resultaban baratas, pero que para Kat eran mucho dinero.

Cuando Kat llegó a su exposición, los porteros no lo dejaron subir porque lo vieron muy feo, muy raro. Hubo que hacer una cantidad de gestiones para que entrara, pero él ya no quería; se quedó en la calle, frente al edificio, pintando esos cuadros que hacía muy rápido. Él les decía a los que llegaban a ver la exposición: “¡Vea! Cómpremela aquí que yo se la doy por quinientos; allá arriba son muy caras esas pinturas”. Vendió tanto en la exposición como en la calle. Cuando Simón González le entregó la plata de las ventas, Kat salió a la calle con ese dinero, no sé cuánto sería, y lo repartió todo entre gente pobre e indigentes. Esa misma noche ya no tenía un centavo.

¿Cómo fue el incidente de Jotamario con un cuadro que le había comprado a Kat?
Fue algo muy extraño. Jotamario vivía en un piso muy alto de un edificio en Bogotá. El anterior habitante había blindado el apartamento y entrar ahí sin la llave era casi imposible. Jota no tenía nada importante que le robaran, pero había un cuadro de Kat. Durante un viaje de Jota a Cali, Kat entró al apartamento, llevó pinceles y pintura, modificó el cuadro y volvió a salir. Nadie sabe cómo lo hizo. Cerró convenientemente todo. Cuando Jota volvió del viaje no vio nada raro, todo estaba en su lugar, el apartamento bien cerrado, pero el cuadro ya no era el mismo. Eso lo hizo en varias ocasiones con distintas familias. Él iba con sus materiales y decía: “Yo soy Kat, soy el autor de ese cuadro que usted tiene ahí, vengo a hacerle una corrección, déjeme hacerla porque yo soy el pintor y tengo derecho a modificarlo”. Entraba, modificaba el cuadro y se iba.

Poetas, escritores, artistas… Durante el nadaísmo se produjo mucha correspondencia. ¿Qué pasó con esas cartas?
Gonzalo Arango tuvo la idea de hacer una selección de cartas de él y sus corresponsales. Ese libro se iba a llamar Nadaísmo por correspondencia. En esa época no teníamos fotocopiadoras, así que todos entregamos las cartas originales. Gonzalo reunió el material y compuso el libro, pero antes de gestionar la publicación ocurrió el accidente en el que murió.

El original quedó entre sus papeles. Cuando decidió viajar con Angela Hickie a Londres estuvo buscando con quién dejar sus cosas, cuatro cajas grandes de madera con libros y archivos personales. Quería dejarlas en manos amigas, pero no sabemos a quién se las entregó y todo eso se perdió.

Años después, Eduardo Escobar resolvió averiguar si habían quedado cartas de esa época. Logró recoger algunas, suficientes para hacer un volumen; probablemente no eran las mejores porque ya Gonzalo había hecho la primera selección. En cuanto a los demás archivos personales de Gonzalo, nunca se volvió a saber nada.

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¿Recuerda cómo fue el accidente en que murió Gonzalo?
Fue en un taxi. Él iba en la banca de atrás con Angelita y otra persona. Gonzalo iba en la mitad. El choque ocurrió de manera inesperada, el golpe levantó a Gonzalo y se dio muy fuertemente contra el techo del carro. Trataron de llevarlo a Tocancipá, la localidad más cercana, pero cuando llegó a la clínica ya estaba muerto.

Y Gonzalo Arango había acabado de renegar del nadaísmo, ¿su muerte tuvo que ver con eso, como suelen decir los cronistas del movimiento?
Sí, nosotros decimos que fue por eso... [risas]. Mira, eso lo tengo expresado en una conferencia titulada “El nadaísmo como vanguardia poética”, que hace parte del tomo segundo de Método fácil y rápido para ser poeta. En ella cuento: “La periodista caleña Alegre Levy dijo en El Tiempo que el nadaísmo se había acabado, y no había acabado de decirlo cuando ya la periodista Alegre Levy no existía.

”Muchos renombrados periodistas proclamaron cada año, durante veintinueve años, que el nadaísmo se había acabado. Ninguno de esos periodistas existe ya, al menos como periodista.

”El mismo Gonzalo Arango, que sentía debilidad por el número 13, declaró cancelado el nadaísmo en 1971, a los 13 años de fundado. Poco tiempo después estábamos asistiendo al funeral de Gonzalo Arango”.

Hay gente que dice que usted no es nadaísta, o que tal vez es el único nadaísta. ¿En qué se diferencia usted de los demás miembros del grupo?
Pues en este momento en nada, pero antes tal vez sí porque ellos se encargaron de difundir una figura pública que daba la impresión de desorden, desobediencia, drogas, de muchas cosas que se generaban por esa actitud en contra de la sociedad de entonces, y yo no participaba en ese tipo de eventos, siempre estuve trabajando y nunca anduve con ellos en esas cosas de las que hicieron alarde...

Bacanales...
Tampoco en eso. Además yo creo que eran mentira. Gonzalo Arango con Diego León Giraldo, Jotamario Arbeláez, Elmo Valencia y otros hicieron en Cali lo que llamaron un lanzamiento del nadaísmo. ¡Y en ese preciso momento que declaran fundado el movimiento están oliendo por primera vez una botella de aguardiente! Se las había regalado un amigo publicista. Ellos decían que hacían muchas cosas que realmente no hicieron. Claro que, después, algunos se aficionaron a cierto tipo de cosas como la marihuana. Pero en la época de comienzos del nadaísmo eran muchachos: Eduardo Escobar tenía catorce años.

A propósito de ese amigo publicista, se ha dicho que los nadaístas, aun siendo tan anarquistas e irreverentes, vivían de la publicidad para financiar sus revistas.
Sí, pero eso es legítimo. Yo trabajé más de veinte años en publicidad y según algunos escribir poesía es incompatible con hacer publicidad. No estoy de acuerdo. La publicidad es una actividad como cualquiera otra. Además, gracias a ese trabajo aprendí mucho acerca de la escritura: concisión, claridad, pertinencia, efectividad, cosas muy útiles para la literatura. Trabajar en ese oficio no es delito ni pecado ni nada reprochable. Los que trabajamos en publicidad fuimos Jotamario y yo. Jotamario trabajó en mi agencia, lo mismo que Amílcar Osorio. No era una agencia de ventas sino institucional.

Mientras estaba en ese medio, le propuso trabajo a Gonzalo Arango. ¿Cómo fue esa historia?
La agencia era mía y de Gabriel Urrea. Como Gonzalo no tenía ingresos y vivía de milagro, una vez mi socio me dijo que lo contratáramos como creativo para que la agencia le pudiera dar un dinero mensual, sin que él tuviera la obligación de ir a las reuniones creativas ni a nada, simplemente que figurara en la nómina y así pudiéramos ayudarle por amistad.

Un día mi socio se lo propuso a Gonzalo y él muy cortésmente rechazó la oferta, se fue y no volvió nunca más a la oficina.

¿Qué le reprocha al nadaísmo como movimiento, o como literatura?
Yo creo que las cosas se dan como son. El movimiento se acabó porque Gonzalo se sintió desilusionado del nadaísmo y de los nadaístas. En primer lugar, ya a mediados de los setenta, los nadaístas estaban dejando de ser jóvenes, otros se retiraron del movimiento o habían muerto. Además se sentía otro ambiente. Había llegado el hippismo y también cambios sociales y políticos que modificaron el pensamiento nadaísta. Gonzalo incluso era otro, se había enamorado de Angelita y quería experimentar un cambio en su vida. En el año de su muerte, 1976, estaba planeando irse con ella a Gran Bretaña y no regresar más a Colombia. Decidió terminar el movimiento, apartarse e irse. Es curioso que en uno de sus últimos escritos dijera que legaba la dirección a Hernando Santos, el director del periódico El Tiempo. A los nadaístas esto les pareció muy raro, quedó como anécdota, y cada uno le otorga una interpretación distinta. Pero el nadaísmo siguió con los demás y sigue todavía. Yo no tengo ninguna cosa que reprocharle, nada es perfecto y mucho menos un movimiento que se hizo revolucionario.

 

La poesía de x-504

En algunos de sus poemas usted hace reclamos históricos, a la manera de los poetas indígenas o del mismo Ernesto Cardenal. ¿Cómo ve usted esa “función” de la poesía?
Yo creo que la poesía es la voz del pueblo, y pienso que debe ser útil. Por eso le puse Poemas útiles a un libro de Geraldino Brasil que traduje.

Lo que le ocurre a una persona, cosas amorosas y personales, no tiene mucho interés para los lectores, me parece que es tiempo perdido. Tomás António Gonzaga tiene un libro muy famoso que es eso: sonetos a su amada, un libro clásico de la literatura portuguesa, pero son casos excepcionales. Por lo general esos poemitas de amor son bobaditas. Yo pienso que la poesía debe tener una función social, debe servir a un país y debe ser una voz de todos.

Una vez publicados los poemas, ya no los considero míos, son públicos. Por ejemplo, cuando a mí alguien me dice que en ese poema conocido como el “poema de las frutas” (“Alheña y azúmbar”) yo no puse su fruta preferida, o también cuando me dicen que en ese poema en el que menciono muchas localidades de Colombia (“Multi-poema”) no está su pueblo, yo les digo: “Camine, vamos a mi casa, cogemos el poema y vemos dónde podemos poner su fruta o su pueblo”. Y lo he hecho ya varias veces para que el poema sea de todos, no mío, porque si no qué gracia tiene.

Yo tuve la intención de publicar los poemas sin firmarlos, pero no se pudo porque a los editores no les sirve eso, lo necesitan incluso para hacer el contrato. Al principio lo hice con seudónimo para ocultar un nombre, aunque al final en la práctica no se pudo, pero esa es mi idea: si el poema es bueno y anda de mano en mano, entonces es de quien lo guarda en su bolsillo o le saca una copia para darla a un amigo. Hay un caso colombiano que se puede mencionar, es un poema muy popular de Bernardo Arias Trujillo, “Roby Nelson”. Arias no publicó ese poema, empezó a andar de mano en mano hasta hoy; eso ha hecho que mucha gente se lo sepa de memoria, y cuando lo transcriben lo modifican, porque se les olvidó algo, entonces todas las versiones del poema son distintas. Puede ser deliberado o de otra forma, pero el poema finalmente termina siendo hecho por todos y perdura.

Mucha de la poesía política en boga durante el nadaísmo envejeció pronto, ¿no es cierto?
La poesía política es la más endeble de todas porque en diez años cambia la situación de un país o de una región; entonces algunos de los poemas de autores como Ernesto Cardenal o Nicanor Parra pierden vigencia muy rápido.

 

© Juan Fernando Ospina

 

Pero hay cosas que siguen iguales, ¿no? Por ejemplo, usted menciona varias veces el tema de la pobreza de la gente que vive en las orillas del Cauca.
Sí, la función de la poesía es encontrar en las cosas su profundidad y con ella su belleza. Esa gente tan pobre tiene una importancia histórica y literaria, y es rica en el sentido de que nos muestra cómo era la vida en una determinada región en ciertos años.

La historia me parece un conocimiento muy importante para los poetas y los escritores. No necesitan ser historiadores, pero conocer la historia les da objetividad y perspectiva, les enseña a ver el mundo y a tener una actitud crítica pero ilustrada.

Herman Kahn, en su libro Los próximos doscientos años, dice que la poesía no se acabará, sino que, por el contrario, la gente tendrá más tiempo libre y la poesía será una de las cosas que prevalecerán: “Se acabarán los zapatos, la India se dividirá en cuatro naciones, tal cosa pasará, pero la poesía quedará”. Y Kahn no era propiamente un poeta, a no ser que se vea desde otro punto de vista. Nosotros también consideramos poeta a Gonzalo Arango, aunque los poemitas que él escribió son muy pocos y no son gran cosa, excepto unos cuantos. Pero él era un poeta en su prosa y en su vida: ser poeta no significa escribir versos, sino vivir como un poeta, ver el mundo, ver las cosas con esa visión, aunque no se escriban.

El libro Los poemas de la ofensa, considerado por muchos como un clásico de la literatura colombiana, ¿cómo llegó al mundo? ¿Cómo recuerda esa época y las circunstancias en que lo escribió?
Yo no lo sé. Desde niño empecé a escribir poemas porque había leído algunos y me había gustado, me parecía muy natural escribir poemas. Yo los escribía como escribir una carta o cualquier cosa. Ha pasado varias veces que yo he soñado un poema, me despierto y ahí mismo lo escribo, eso ya no es culpa mía sino del sueño. Los poemas de la ofensa se fueron recogiendo y publicando cuando estaban sueltos por ahí. Entonces el nadaísmo convocó a un concurso de poesía, el Cassius Clay, y yo dije: “Los voy a mandar a ver qué pasa, nada se pierde”. Obtuve el premio y a partir de ahí se han hecho muchas ediciones de ese libro.

Usted firmó ese libro con el seudónimo x-504, ¿de dónde salió?
Era para ocultar mi nombre y también como una forma de crítica. En esa época yo trabajaba en la Administración de Impuestos en Cali, y como era empleado público, aunque de ínfima categoría, me parecía mejor que apareciera con un seudónimo y no con mi nombre, por eso la x. Y el 504 proviene del número de mi cédula: 504.547. Inicialmente puse el número completo, pero Gonzalo González, GOG, director del suplemento literario de El Espectador, me recomendó abreviarlo.

En ese libro el tema de la muerte aparece de modo jocoso...
Todos estamos cerca de la muerte. Es una presencia permanente. Es algo muy importante para la poesía.

Otro tema es el del amor homosexual, ¿cómo se recibió en ese momento, en un país tan moralista como este, sobre todo en aquella época?
En ese momento la homosexualidad estaba prohibida por ley. Al que lo pillaran iba para la penitenciaría de la Araracuara. También la religión lo condenaba a su manera. Por el contrario, en esos poemas aparece como algo muy natural, de un modo elegante y digno. No como en Gómez Jattin, que es muy directo. En mi caso está tratado de un modo poético y con cierta nobleza que no vulgariza el tema ni lo demerita.

Creo que nunca antes en la poesía colombiana se había tratado ese tema del modo en que lo hace un poema como “El deseo”­, que relata un encuentro amoroso entre dos hombres, con el fondo de la ciudad y un espectáculo de lucha libre. Empieza así:

Hoy tengo deseo de encontrarte en la calle,
y que nos sentemos en un café a hablar largamente de las cosas pequeñas de la vida,
a recordar de cuando tú fuiste soldado,
o de cuando yo era joven y salíamos a recorrer juntos
la ciudad, y en las afueras, sobre la yerba, nos echábamos
a mirar cómo el atardecer nos iba rodeando.

Ese poema es muy viejo, por ahí del año 1950. Es curioso porque me lo han pedido muchas veces en lecturas públicas, y yo he dicho: “No lo tengo aquí”, pero me lo sacan y me dicen: “Aquí está, léalo”. Me parece curioso porque para mí es un poema muy infantil, yo tenía unos dieciocho años, y se refiere a un recuerdo muy concreto.

 

De nudistas y locos

Existe una vecindad de viejos tiempos entre la poesía y la locura. Usted casualmente ha tenido contacto con varios poetas lunáticos y suicidas en sus talleres y en otros escenarios. Para citar el caso de un gran poeta: Gómez Jattin.
Gómez Jattin se hizo muy famoso por una carta que yo le mandé de Bogotá, que ha sido muy pública. Se la envié en 1983, poco después de que Milcíades Arévalo me remitiera Poemas, el primer libro que Gómez Jattin escribió. En ella le manifiesto mi admiración por esos poemas, muy diferentes a todo lo que escribían los jóvenes en ese momento. Pasado algún tiempo la carta llegó al Magazín Dominical de El Espectador, donde publicaron un fragmento. A partir de allí empezó el interés por Gómez Jattin, porque antes de eso nadie lo conocía. Mira, en uno de sus apartes la carta dice: “Las polvorientas calles de Cereté te ven y no te creen, porque nos ha dado por pensar que los poetas tienen que vivir en Bogotá, muertos de frío a las puertas de la Academia mendigando un gerundio y poniendo mucho cuidado para que no los vaya a picar el ‘que’ galicado. Los poetas de Bogotá se hacen tratamientos para la conjugación, toman pastillas para el pronombre, siguen una dieta rigurosa de solecismos y cacofonías y sufren de estreñimiento de la lengua. Pero tú ya hiciste la revolución, pusiste el mundo patasarriba, aunque no se den cuenta los que viven bocabajo”.

Me causó asombro una vez que él estaba en una de esas casas que anteriormente se llamaban manicomios y que ahora se llaman clínicas. Lo llamé por teléfono varias veces a Cartagena, eran largas conversaciones en las que él hablaba normal y perfectamente, nada indicaba que estuviera en un lugar de esos, y él me decía: “Es que yo no estoy loco, me metieron acá por otra cosa”.

© Juan Fernando Ospina

 

También le tocó tratar en el taller gente que bordea la locura, fronterizos...
Sí, en los noventa varios psiquiatras de Medellín mandaron a sus pacientes al Taller de Poesía, no a todos, a los que consideraban que les podría servir. A algunos les sirvió mucho. Entonces me invitaron a dar una conferencia para médicos con el cartel lacaniano de Medellín. Yo les respondí que no era médico ni nada, no tenía autoridad para hablar ante un grupo de profesionales, pero insistieron mucho y al final acepté. Entré a ese salón y ¡cómo es posible, estaba lleno de los mejores psiquiatras y psicólogos de Medellín! ¿Y yo qué iba a hacer? Llevaba apenas una cosita escrita... Fue cuando resolví que la solución era hipnotizarlos, de modo que pudiera decir cualquier cosa y no hubiera problema. En efecto, los hipnoticé e hice la conferencia, pero cometí un gran error: se me olvidó despertarlos, y allá deben estar dormidos todavía...

Hablando en serio, en su poema “Maestro de locura” cita el caso psiquiátrico de un muchacho y lo incorpora al texto: “En Barranquilla hay un joven que está loco, encadenado en un sótano, a nadie puede ver. Solo recibe a un amigo. Con él se muestra cariñoso, le lame las manos.
      ”Porque la locura se da por falta de amor, la locura es falta de amor”.

Ah, sí, eso fue un caso real también. Ese pelado era hijo de un médico y lo tenían encerrado en un sótano porque no podían con él. Solamente aceptaba a un amigo que había sido su compañero de estudio: Moisés Paternina era quien podía llevarle comida y tratarlo. Nadie más podía con él. Era como una fiera, pero cuando llegaba Moisés, se portaba normal, comía, todo. Eso sucedió hace mucho tiempo. Luego, Moisés Paternina se fue para otra parte y no sé cuál sería el final de ese joven.

Además de locos, usted se ha relacionado con la gente de la calle. Alguna vez, según contaba, le regaló a un muchacho una edición de lujo de La divina comedia, y este se había aficionado poderosamente a la parte del “Infierno”.
Ese niño se llama Surlay Farlay. Cuando lo conocí tenía trece años tal vez, era un gamín del Parque de Bolívar. Él se acercó al taller porque escribía poemitas y tenía su noviecita, que era otra gamina del Parque de Bolívar, con collares de perro y eso, así como eran en los noventa los gamincitos de ese parque. Ella supo del taller y le dio los 2.000 pesos que en esa época necesitaba para inscribirse. Entonces el pelaíto fue allá y de inmediato vi las cualidades que tenía. Presentó sus textos y yo lo atendí muy bien, lo mejor que se pudo, y en 1994 le publicamos un libro que se llama A la espera de Nayán, en la colección de Simón y Lola Guberek. Son poemas de un niño, pero allí muestra ya su capacidad. Lo incluí en la antología Medellín en la poesía, que cubre doscientos años de poesía en Antioquia. Él cierra el libro con este poema:

En las escuelas
Las profesoras enamoran a sus alumnos
Y por eso ellos van a la escuela.
Pero las profesoras no saben qué es el amor/
Y todo termina mal.

Ha leído usted poesía en los lugares más insólitos, menos en el Festival de Poesía, ¿por qué?
A mí no me gusta mucho relacionarme con poetas, esa gente es complicada. Y no solo he leído en diversos sitios, sino también a horas muy extrañas. En Caracas, a las tres de la mañana, en un bar inmenso. He leído en emisoras deportivas de Cali a las ocho de la mañana. Y en lugares muy raros porque me lo han pedido, y no ha salido mal, la poesía puede estar en todas partes. Lo que pasa con el Festival de Poesía es que está hecho para que viajen los poetas, no la poesía.

También ha hecho lecturas en sitios nudistas...
Hoy en día el nudismo se volvió público y muy general. Hay muchos establecimientos en Medellín, en Itagüí, en todas partes. Yo fui a la Casa Inclinada con el poeta Verano Brisas. Los dueños nos invitaron: que si éramos capaces de leer unos poemas allá en pelota. Verano no se presentó desnudo, le dieron licencia para que fuera con un vestido de monje antiguo que era de una escena de teatro, y yo fui normalmente. Como todo el mundo estaba desnudo, era muy natural, sin morbo, igual que si estuviéramos vestidos.

Allá hay una sala, como la sala de una casa. Si uno se quiere sentar a conversar, a tomar un ron, lo puede hacer. No dejan emborrachar a nadie. Sí le venden trago, una o dos copitas, pero no más. También hay salas para descansar, para dormir o para acostarse con otro, si se quiere, pero no es un requisito. No hay ninguna malicia. También hay en ciertos días y a ciertas horas lo que llaman orgías. Yo no he ido a ninguna pero se supone que las hay.

Aparte de ese caso especial en el que tenía que estar desnudo, normalmente usted se prepara antes de un recital, y hasta ayuna...
Me preparo porque hay que respetar al público. Ensayo la lectura, según el lugar donde vaya a leer. Hay que escenificarla un poco porque es un acto teatral. La mejor lectura que he hecho en toda la vida fue hace poco en Manizales. El salón se prestaba para hacer algo muy teatral. Yo podía desplazarme por un pasillo central y dirigirme a los asistentes. Le daba un verso a cada persona como si conversara con ella. Recuerdo la cara que puso un joven porque le dije mirándolo de frente: “Quisiera convertirte ahora mismo en un bello unicornio, así podríamos tú y yo conocer los unicornios”, y ese muchacho abrió los ojos así... [risas]. Es muy bonito involucrar a las personas en el poema.

No solo en el momento de la lectura, también para escribir tiene sus particularidades. Por ejemplo, dice que escribe literalmente desnudo, ¿de dónde le viene su interés por el nudismo?
Me parece natural. La ropa por lo general estorba. Mi cuñada me preguntó un día si no me daba pena recibir a la gente en pelota, y si cuando estaba haciendo frío también lo hacía. Yo la miro y me río porque es una ingenuidad ver las cosas de esa manera. Cuando fui por primera vez a Caracas, me preguntaban sobre eso. También fue escándalo en Brasil, yo tengo un periódico de ese país con un titular a seis columnas, en la primera página de la sección cultural, que dice: “Escribe desnudo”. Y en días pasados, en un lugar de la ciudad donde estuve haciendo un conversatorio, alguien me preguntó si no me daba pena hacer esas declaraciones. Yo le respondí que las llamadas de la gente que quiere ir a mi casa habían aumentado desde entonces...

¿Y encuentra más inspiración estando desnudo?
Si uno está desnudo no está pensando que está desnudo, es lo mismo que estar vestido. La ropa es un disfraz. Creo que lo aprendí de los griegos antiguos que no tenían problema con eso. Yo era muy aficionado a la literatura griega y a la historia griega desde niño. Y todos esos dioses y héroes se me aparecían desnudos.

 

© Juan Fernando Ospina

 

Para ser poeta...

Decía Montaigne que la miel sabe a todas las flores que ha probado la abeja, no sabe solamente a una flor. ¿ Usted a quién cree que su poesía le debe algo?
A muchos. Inicialmente a Barba-Jacob, que era mi poeta de cabecera en la época de niño y de estudiante. Pero después de esa primera experiencia ya vienen muchos otros, todos los demás que uno ha leído. La lista es muy larga, se inicia con Walt Whitman, que es el padre de la poesía en el continente americano. Están los poetas brasileños del siglo pasado como Manuel Bandeira, Carlos Drummond de Andrade, Vinicius de Moraes y tantos más. La poesía que perdura es la que la gente puede entender. La que no se entiende, por ejemplo, la de Lezama Lima, no perdura porque está en manos de muy pocas personas, y si tú le preguntas a alguno de ellos: “Ya que usted entiende, ¿por qué no me explica este poema?”, entonces te va a contestar: “No, es que eso no se puede explicar, hay que entenderlo intuitivamente, como usted quiera”.

Los clásicos son todos comprensibles, no quiere decir que sean sencillos y fáciles, pero son comprensibles; si uno pone cuidado a lo que dicen, sabe de qué se trata. Los mejores maestros que yo he escogido son clásicos, tantos los antiguos como los modernos. De los modernos hacen parte Marcel Proust, Thomas Mann, y la gran novela del siglo xix. Ellos enseñan cómo se debe escribir, por eso perduran a través de los siglos.

Usted dice que lee más prosa que poesía.
Sí, es que hay más poesía en la prosa. La definición de poesía no incluye el verso; la poesía puede ser en prosa o en verso, o en cualquier otra forma. Siempre he dicho, y eso lo digo también en el taller, que el prosista necesita la poesía para poder escribir una cosa dúctil, agradable, inteligente y amena, una prosa que se haga leer; y el poeta también necesita leer a los prosistas para que sus poemas tengan consistencia, contenido, algo de solidez, y que el poema salga con cuerpo y con fuerza. Es la prosa la que ayuda a eso, por eso no las separo.

En un ensayo titulado “La soledad del poeta” se lee:
“La vida social es contraria a la vida creativa. La concepción de un asunto puede ocurrir en cualquier momento, pero el trabajo literario requiere aislamiento, silencio, concentración y tiempo indefinido. No se puede escribir con la horrible perspectiva de que de pronto le llamen a almorzar”.
¿Hasta qué punto es importante vivir solo para poder escribir?

Es necesario, sí, yo siempre he vivido solo. Pero es que uno no está solo, está con sus libros, ese es el concepto que yo tengo de soledad y compañía. Soy muy estudioso y trabajador, siempre lo he sido porque así me educaron. Pienso que uno no puede, con una familia, destinar todo el tiempo que se necesita para esas labores de creación.

A pesar de que usted es tan trabajador, también habla de la necesidad del ocio para ser poeta...
Claro, para poder pensar. El ocio es relativo porque cuando uno, aparentemente, está por ahí sentado, está pensando. Eso lo dice García Márquez: el escritor puede estar echado en un campo, de barriga al aire, y la gente cree que está durmiendo o haciendo pereza, pero su cabeza está trabajando.

¿Qué espera escribir ahora?, ¿cuál es su próximo sueño?
Yo no me preocupo por eso, el poema llega solo, y en el momento que llega pues lo hago. Si no llega, tranquilo. Pero yo no tengo ese proyecto de escribir determinadas cosas. Ahora estoy preparando dos libros porque ya están terminados, tengo que rematarlos en los meses próximos y entregarlos. Pero yo espero que el poema llegue solo, uno se va preñando de él. Sacar poemas a la fuerza no me parece que dé resultado.

Yo tengo poemas que vengo pensando desde hace treinta años y todavía no les he dado la forma; hasta que no salga la idea completa yo no me esfuerzo en sacarlo porque queda falso. Si uno lo arma por pedacitos obtiene un muñeco sin vida. Tengo poemas en la cabeza todo el tiempo y a medida que van saliendo los escribo, pero no tengo un plan.

ACERCA DEL AUTOR


Fernando Mora Meléndez

En el último Festival de Cine de Cartagena estrenó su documental 'La eternidad tiene tiempo de esperarme'.