Elecciones Planetarias

¿Qué nos dice sobre el mundo en que vivimos la reciente reelección de Barack Obama como presidente de Estados Unidos? 

POR Hernando Gómez Buendía

 

 

“It's the economy, stupid!”. Fue James Carville, el gran cerebro electoral de Clinton, quien volvió a descubrir que los americanos votan con el bolsillo; y esta vez, según las encuestas a boca de urna, la economía fue el factor decisivo para 83 de cada cien votantes. Por eso mismo es muy raro que hubiera ganado Obama: con 23 millones de desempleados y 47 millones de personas en la pobreza, Romney ha debido barrer con la promesa de 12 millones de empleos y un paraíso de pequeños empresarios.

Sucede sin embargo que al lobo se le vieron las orejas: la gente no le creyó a Romney, por todo lo que es, por lo que dijo sin querer queriendo, y porque la mayoría de los encuestados sabía que Obama “entiende mejor la situación de las personas como yo”. Y es que la gente “como yo” no es boba: aunque los candidatos no lo digan ni puedan decirlo en público, los electores sabían que el nivel de vida de la mayor parte de los americanos es insostenible. Ese fue el núcleo y la clave de esta historia.

 

En un país extenso, con recursos naturales, con vocación tecnológica y guardado por dos mares, los empleos abundaban, los salarios aumentaban y el american dream era posible para los hijos y los hijos de los hijos. Pero la globalización se fue llevando los empleos: primero Japón, después los “tigres” asiáticos y ahora China e India se quedaron con la industria porque su mano de obra es más barata. En Estados Unidos el declive comenzó hace medio siglo, pero se aceleró en estos últimos años: entre 2000 y 2010 se perdió el 34% del empleo manufacturero, y el ingreso del hogar de clase media disminuyó en el 7%.

El remedio ha consistido en atenuar (artificiosamente) la caída. El precio cada vez más bajo de los productos de consumo masivo (¡gracias, China!) y la triplicación del crédito por parte de Mr. Greenspan sostuvieron la “larga prosperidad” que habría de naufragar en la megarecesión de hace cuatro años, y que Obama sigue tratando de superar a brazo partido. Su método no podía ser otro que regalar dinero y aumentar el gasto público, de suerte que hoy la deuda representa un 105% del producto nacional: Grecia está en el 137%, y si no fuera porque no hay justicia en esta vida, el Fondo Monetario estaría imponiendo un “programa de ajuste” parecido al que nos han aplicado varias veces en América Latina.

Pero, a diferencia de América Latina, la globalización o exportación de puestos de trabajo corre por cuenta de los ricos de Estados Unidos: son capitales norteamericanos los que han llenado al mundo de maquilas y los que hicieron posible el milagro de China o de la India (veo en la prensa que en estos dos años las “diez grandes” han creado tres veces más empleos fuera que dentro del territorio norteamericano). Para ser más precisos: la globalización creó una clase alta internacional que vive principalmente en Estados Unidos y cuyos intereses pasan por Estados Unidos: esta es la otra clave del asunto.

Las clases altas –y los fondos de pensión– del mundo entero tienen sus inversiones en Estados Unidos. China, la potencia emergente, es en efecto la primera interesada en la prosperidad de su rival: es el destino principal de sus exportaciones y es titular del 32% de su deuda. Los jeques árabes y los magnates de todos los colores necesitan que Estados Unidos no fracase, y este seguro le sirve a Wall Street para seguir sus maromas financieras. Es parte de lo que Joseph Nye llamó “poder suave”–la capacidad de dominar, no por la fuerza, sino porque al otro le conviene que yo gane–, un poder que distingue a Estados Unidos de los imperios que le precedieron y que lo induce o habría de inducirlo a actuar como un poder benévolo.

Pero la clase alta mundial, que sobre todo es la clase alta americana, se ha distanciado vertiginosamente del resto del país: la totalidad de la riqueza nueva que se creó entre 1980 y 2010 quedó en manos del 30% más rico de los estadounidenses, y la tajada del 1%, que son los super ricos, pasó del 11,3 al 32,9%. En La ruptura, el bestseller de Charles Murray, se retratan los dos países opuestos en sus maneras de vivir o de comer o de bailar o de reír o de lavar la ropa: “América está rota”.

Y llegan las elecciones. Si los pobres votaran como habrían de votar, en Estados Unidos tendría lugar una revolución contra los super ricos: el 70% de los que no han ganado desandaría el camino que hace treinta años comenzó Reagan, y el presidente sería algún demócrata a la izquierda de Obama. ¿Cómo explicar entonces la elección tan reñida y el centrismo que Obama ha mantenido tan cuidadosamente?

La respuesta cortica es que los super ricos se las han arreglado para que los pobres no voten con el bolsillo sino con el fanatismo. Es el otro secreto de aquella sociedad tan peculiar, que está a la punta de la modernidad y donde sin embargo la religión sigue mezclada con la vida pública. Desde el principio y a lo largo de dos siglos, los movimientos revivalistas han estado recorriendo las praderas –contando aquí al mormonismo, la muy extraña religión de Romney (enseñan por ejemplo que Dios reside en el planeta Kólob), y al no menos extraño Tea Party (que no cree en la evolución ni en el cambio climático ni en que la violación pueda producir embarazo)–. En fin, el hecho fue evidente: en los suburbios, donde viven los ricos, ganaron Romney y Ryan 3 a 1; en el campo, donde viven los pobres que votan por motivos religiosos, ganaron 2 a 1; en las ciudades, donde viven los negros y los blancos que votan por razones de este mundo, Obama y Biden se impusieron 3 a 1.

Lo malo de esta historia es que siguió el empate entre ambos bloques: Obama gana por un margen escaso, en el Senado no hay la mayoría del 60% que (tramposamente) se necesita para decidir, y la Cámara es todavía más republicana. Por eso la primera potencia del mundo –y el único “paísindispensable”– va a seguir atascada entre dos rutas que en teoría podríanvolver a enderezarla pero se oponen y obstaculizan mutuamente. Habríala ruta de bajar los impuestos a los ricos, con la esperanza (creo yo, ilusa) de que dejen su plata en Estados Unidos y creen los empleos bien pagados que mantengan el sueño americano. Habría la ruta de que el Estado invierta en ciencia, educación e industrias verdes para crear empleos mejores que los de China.

Y sin embargo, con cicatrices abiertas –y el “abismo fiscal” a la vuelta de la esquina–, bien nos irá si la economía de Estados Unidos sigue a tropezones –con el mundo a rastras–.

Pero en un plano que en realidad podría ser el decisivo, sí se produjo un cambio de gran calado: el voto blanco bajó de 88 a 72% en esta década, y Obama obtuvo el 98% de la votación negra, el 72% de la votación latina y el 63% de la asiática. Romney ganó entre los hombres pero perdió por 28 puntos entre las mujeres. Los menores de 29 años votaron nítidamente por Obama y los mayores de 65 lo hicieron por Mitt Romney. Tres estados aprobaron el matrimonio entre homosexuales, otros dos legalizaron el uso recreacional de la marihuana, y las enmiendas junto con los candidatos al Senado antiabortistas fueron muy limpiamente derrotados. 

En este país-mundo, donde pasan las cosas que sí importan, está pues emergiendo la coalición de los que no cabían. Y ese país-imperio amado y detestado con la pasión está volviendo a ser lo mejor de sí mismo, "la nación de las naciones" que celebró Walt Whitman "el lugar donde todos tenemos un hogar", un pedazo de vida, un pariente cercano, la ilusión de una visa, la ciencia que aprendimos, la música o el cine de cuando fuimos jóvenes o niños. País mundo y elecciones planetarias. 

ACERCA DEL AUTOR


Hernando Gómez Buendía

Columnista de El Malpensante. Es también director de la revista digital www.razonpublica.com.

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