Decisiones; Armas de destrucción masiva: el caso HAARP

Los 50 de Patalay; Un blues

Ideas, apuntes, chismes, tendencias, habladurías

POR El Malpensante

Vladimir Nabokov • © Sophie Bassouls | Corbis

 

Decisiones

Vemos al escritor en su estudio. Emborrona, reescribe durante meses, quizá años. Llega a una decisión, una versión definitiva a veces contra sí mismo: “escribo para dejar de corregir”, dicen que dijo Alfonso Reyes. Entrega al editor y al fin se deshace de ese hijo tuerto y maltrecho que es un manuscrito inacabado. Atrás quedan los caídos en combate, hojas y hojas que solo alcanzaron la impresora del hogar; archivos y archivos que dan cuenta de las versiones sucesivas: segunda.doc, última.doc, últimaúltima.doc, últimaconcorreccionesdefulano.doc.

En vida él mismo alcanza a deshacerse de algunos de esos caídos. Otros papeles enemigos que olvidó liquidar, que dejó pendientes para revisarlos, los que puso en bajo para esa charla en la universidad, el relato que puedo sacar de este capítulo, la idea bonita que me sirve para el ensayo en tono jacarandoso, lo sobreviven. Ante la muerte inminente –los Lucky Strike han pasado cuenta de cobro, olvidó la recomendación que su mamá le hiciera de niño: mirar a ambos lados de la calle antes de cruzar– encarga a su ya casi viuda, a su hijo ya casi huérfano, que borren su disco duro, que rompan esa carpeta que van a encontrar en el cajón del medio de la cómoda. Quedan ellos con la decisión de echarlo al hoyo e irse a bailar, o cumplir su voluntad y acabar con esos papeles. ¿Qué hacer? ¿Privar a la humanidad de la genialidad del marido, del papá? ¿O pasar de los deseos de un fiambre, publicar y todavía más, esculcar cajones en busca de otras piezas maestras? Discuten en el asunto la humildad del muerto y la vanidad de sus herederos, de sus amigos.

En este punto pueden llegar al lector de esta nota los nombres de Franz Kafka y Max Brod, cómo no. Si hurga recordará que Virgilio antes de morir ordenó destruir la Eneida, Chateaubriand sus Memorias de ultratumba, Canetti todos sus archivos, Cioran su diario. Ya sabemos qué pasó en todos esos casos. Lo advirtió el escritor argentino Abelardo Castillo: “No publiques todas las porquerías que escribas, de eso se encargará tu viuda”. O tus amigos. O tus huérfanos.

Es el caso más reciente en esta historia de últimas voluntades pasadas por la faja. Mientras moría en Montreaux, Vladimir Nabokov pidió a su próxima viuda, la incondicional Vera, que quemara las fichas donde estaba consignada una novela que venía esbozando en los ratos que le dejaban sus problemas de ajedrez y la revisión de la traducción al alemán de Ada o el ardor. Alcanzó a escribir alrededor de treinta fichas de El original de Laura, como pensaba titular la novela, y, corrector milimétrico, lo atormentaba la idea de que una obra inconclusa quedara por ahí para perturbar su memoria. Vera no quemó las fichas, tampoco lo hizo su hijo Dmitri. En cambio, éste se dedicó a amenazar con su publicación y con su destrucción durante seis lustros. Hasta comienzos de este año, cuando dijo que su padre se le había aparecido para decirle que no quemara las fichas. Ahora sí obediente, se las vendió al agente Andy “El Chacal” Wylie, y el año entrante tendremos en las librerías una “nueva” “novela” de Nabokov.

Caso diferente pero con resultados parecidos es el de los autores que no pidieron destruir su obra, pero dejaron en los cajones ideas, piezas inconclusas, esbozos que hasta el momento de su encuentro definitivo con la parca nunca consideraron publicables. Y corren los deudos a desenterrar y publicar estas piezas. Pasa cada tanto: Roberto Bolaño y La universidad desconocida y El secreto del mal,TrumanCapote y Crucero de verano,Paco Umbral y Carta a mi mujer... ¿Querrían esos autores que sus herederos sacaran a la luz los esqueletos de las obras, los caídos en el combate que emprendieron con las palabras? No creemos. En general se trata de casos de una patología que podríamos llamar “yokoonismo editorial”: exprimamos el limón hasta el cansancio, que no hay quién se queje. Pero sí hay: los lectores respetuosos, los que leen obras y no plumas por más que sean las de Nabokov o Bolaño o Capote. Amanecerá y leeremos. Mientras tanto, Yokos y Dmitris y Echeverrías siguen bailando muy felices y contentos “a la memoria del muerto”.

 

Armas de destrucción masiva: el caso HAARP

Primero pensamos que se trataba de una pega, puesta quizá por la mano de la CIA en las bocas, o más exactamente en las páginas web de unos falsos revolucionarios con el avieso propósito de desprestigiar a la revolución mundial. No estaríamos ante nada demasiado nuevo, pasa todos los días: la CIA infiltra tal cual antro lunático y planta su huevito; alguno de esos huevitos se descubre tras incubar, la revelación desata una reacción de paranoia y la agencia se lleva el mérito de casi todas las estupideces que circulan en el mundo. El único peligro que enfrentan en estos casos los agentes del imperialismo, un peligro muy real por cierto, es el de morirse de la risa. Pero no, indagando un poco más nos enteramos de que el caso HAARP no era una pega ni una pista falsa implantada por la CIA: los autores del material eran unos revolucionarios de carne y hueso que, tal vez, estaban comprando sin saberlo marihuana saturada de glifosato. ¿Dónde? Sus alucinaciones se refieren a Cuba, si bien resultó que el epicentro del asunto estaba aquí al lado, en la hermana república de Venezuela, a lo mejor no muy lejos de la Plaza Manuel Marulanda Vélez que inauguraron en días pasados en la barriada Veintitrés de Enero de Caracas.

La teoría de los amigos venecos, llena de detalles científicos y de descripciones históricas, es que la CIA está manipulando la ionosfera –una capa de la atmósfera que queda muchísimo más arriba que la famosa estratosfera– para causar huracanes devastadores que luego, mediante cálculos y manipulaciones muy complejas, se dirigen hacia Cuba, donde pretenden tumbar a Raúl Castro y enterrar por fin a Fidel a punta de ráfagas insidiosas. ¿La prueba reina? Que el huracán Ike cruzó la isla de lado a lado e iba despedazando su fragilísima infraestructura y su paupérrima agricultura. Pero citemos, quitando algo de paja, a nuestros informados amigos:

Es posible que EE UU [también] sea el que provocó el terremoto en China y el tsunami en Asia. Existen pruebas físicas: antes de los terremotos o los tsunamis se puede ver una esfera de plasma en el cielo, algo como un ovni, pero que no lo es, es la energía de rebote que se dispone a entrar a la Tierra. EE UU está bombardeando las nubes con elementos químicos como el bario y el litio, que han sido liberados sobre las capas de ozono creando espectaculares manifestaciones y nubes artificiales incandescentes como pueden observarse en las fotografías...

       Luego, esta energía mortal la está utilizando en estos momentos EE UU, sobornando a potencias como China, Japón y otros países para que cumplan sus peticiones políticas. También existe un plan secreto del mperialismo mundial, y de sus países cómplices de Europa, para eliminar, utilizando esta tecnología HAARP, a dos tercios de la población mundial. Los búnkers [...] se construyen en Europa, se ha filtrado hasta la fecha cuando lo pondrían en aplicación: 2012, que es cuando comenzarían a ocurrir terremotos violentos que destruirían a todos los enemigos potenciales de EE UU [...] Como sabemos, esta tecnología puede dirigir su energía de destrucción adonde se quiera. Incluso es posible que EE UU provocara el desastre en Vargas en Venezuela, como retaliación por el triunfo de Chávez, aunque nos parezca cosa de ciencia ficción. Estas cosas se estudian actualmente, pero la ONU no tiene autoridad para parar a EE UU. ¿Quién lo hará? Todos los países del mundo, destruyendo o a nivel político prohibiendo las antenas que están en Alaska.

Las antenas de Alaska a las que se refieren los amigos venezolanos existen y pertenecen, en efecto, al HAARP, un programa que sí les permite a los gringos experimentar con la ionosfera. La sigla significa “High Frequency Active Auroral Research Program”, o sea “Programa de Investigación Auroral sobre Altas Frecuencias Activas”. Sucede que las distintas capas de la ionosfera se comportan de forma diferente ante las ondas electromagnéticas, lo que tiene importantes implicaciones en la comunicación inalámbrica. De ahí que los científicos americanos hayan decidido que conviene entenderlas mejor hurgándolas un poco. ¿Estaremos descubriendo el agua tibia si decimos que casi toda investigación científica puede derivar en un uso militar? Pero esto no nos puede llevar a la precipitada conclusión de que Albert Einstein, por ejemplo, era un empleado de los servicios secretos de su tiempo, así sus ecuaciones hayan facilitado la fabricación de la bomba atómica.

Por lo demás, el invento de HAARP y de la CIA, de ser cierto, estaría a medio terminar, porque uno imaginaría que cuando les funcione del todo, lanzarán los huracanes sobre la pobre isla de Cuba para descastrificarla y prepararla para la invasión capitalista, pero luego, en vez de dejar que los huracanes sigan hacia el norte, en donde Ike prácticamente borró del mapa a la isla de Galveston, entre muchas localidades costeras de Texas, los dirigirán hacia el sur, y ojalá haciendo a un lado a la proimperialista y pérfida Colombia, azotarán con toda su fuerza a la República Bolivariana de Venezuela, tal vez con la idea de desenterrar al Libertador Simón Bolívar para demostrar con ello que ni siquiera él puede contra la naturaleza, como prometió alguna vez.

La vida, lamentablemente, es más prosaica y ni los gringos –ni nadie– tienen la menor idea de dónde o cuándo va a surgir un huracán o un tornado. Es posible, sí, lograr la detección temprana de ambos fenómenos, pero una vez surgen y se detectan nadie tampoco parece tener ni la menor idea de hacia dónde se dirigen. Mucho menos, por supuesto, existe la posibilidad de usarlos como perros amaestrados.

Lo anterior, sin embargo, no quiere decir que Estados Unidos no use armas de destrucción masiva. Para nada. Quiere decir que éstas no tienen nada que ver con HAARP ni con la ionosfera. No, las armas de destrucción masiva que utiliza el imperio son las películas de Hollywood que estos intoxicados parroquianos de la hermana república se inyectan en la vena y se tragan a pie juntillas. ¿Confundir ficción y realidad será una virtud revolucionaria? Bueno, en el país de al lado también hay muchos que confunden a Hugo Chávez con Jesucristo y a Fidel Castro con Moisés.

Glenn Gould • © Patrick Guis | Corbis

 

Los 50 de Patalay

Además de videos de niños gordos jugando a ser guerreros Jedi y tutoriales que enseñan a mujeres y hombres a bañarse, en Youtube se puede encontrar un universo de material artístico y cultural de excelente calidad, posteado por fans del arte o por ociosos filantrópicos.

Ajesh Patalay, columnista de The Observer, presentó el pasado mes una selección de sus 50 videos favoritos en las categorías de artes escénicas, jazz, folk y rock, literatura, cine, arte y música clásica (ver enlace al final). Los 50 de Patalay incluyen entrevistas, audiciones, presentaciones en vivo, porno animado, documentales, cortometrajes, rarezas musicales –como el debut en vivo de Madonna– y clásicos –como la última aparición de Los Beatles en el techo del edificio de Apple.

Entre los videos literarios escogidos por Patalay está uno de Jack Kerouac leyendo On the Road, otro de William Burroughs armando un rompecabezas de recortes y dobleces y uno con la voz de Silvia Plath leyendo el poema “Daddy”. Kerouac lee como si cantara, con un piano de jazz y el tráfico de las calles de Manhattan al fondo. Si no sabe inglés no tendrá problemas con el video de Burroughs: viene con subtítulos en mandarín. Y si le gusta la Plath, el video es una especie de homenaje emo-surrealista de judíos, suicidas y huérfanos, usted juzgue.

Los fanáticos del buen cine tienen de dónde escoger: El clérigo y la concha marina, una película de 1928 basada en un guión de Antonin Artaud, considerada el primer film surrealista; Eveready Harton in Buried Treasure, un poquito de porno animado de 1928, que parece sentar el precedente de las actividades veraniegas de los jóvenes en fincas costeñas, y una joya: Kurt Rusell audicionando para el papel de Han Solo en Star Wars junto a un adolescente efusivo que lee las líneas de Luke Skywalker. Ninguno de los dos obtuvo el papel.

Entre los videos de arte vale la pena ver la entrevista de Jean-Michel Basquiat con Glen O’Brien, aunque está mejor un video del mismo Samo rayando las paredes de Nueva York; o Blowjob, un mediometraje de Andy Warhol que enfoca durante 35minutos la cara de un actor natural que pasaba casualmente por el set y que salió premiado con el papel protagónico y con una felación gratuita. Por último, no se pierda el video de Jackson Pollock en una casa de campo, con el pantalón y las botas de obrero untadas de pintura, caminando alrededor del lienzo tendido sobre el piso.

En cuanto a la música, quizá lo mejor de la selección de folk y rock no sean las presentaciones en vivo de Pavarotti a dúo con James Brown, o de Dolly Parton cantando que “las rubias pueden ser tontas pero la pasan mejor”, sino los videos de músicos al natural –muy distintos a los buenos muchachos en coloridas mansiones del MTV actual–, como Sid Vicious sin camisa, un año antes de morir, intercambiando cariñosos insultos con oyentes de un programa radial, o Hendrix y The Who destortillando escenarios y fritando instrumentos. O un ensayo de Nirvana en 1988, regado con muchas cervezas en el garaje de la casa de la mamá de Chris Novoselic.

Si no es muy fanático de la música clásica y los nombres de Leonard Bernstein e Igor Stravinsky le dicen poco, puede quedarse embobado viendo la cara de María Callas y disfrutando de su voz aunque no entienda italiano. En caso contrario, le recomendamos a Herbert von Karajan dirigiendo a la filarmónica de Berlín en la Quinta Sinfonía de Beethoven y a Glenn Gould, abstraído, medio poseso, tocando El arte de la fuga de Bach.

En cuanto al jazz, los buenos videos son más bien fáciles de encontrar en Youtube. Sin embargo, de la selección de Patalay vale la pena detenerse en dos piezas clásicas: John Coltrane tocando “My Favorite Things” en Alemania, en 1961, con McCoy Tyner al piano, y Charlie Parker junto a Dizzie Gillespie tocando “Hot House” en 1952. El problema de hablar sobre videos musicales es que, como dice el propio Parker, “La música habla más duro que las palabras”.

Algunos videos han sido desmontados de Youtube por violación de los términos de uso; otros, como el de la bailarina Pina Bausch actuando en Barba Azul, están cortados en doce pedazos y cuando el último está a punto de llegar al final se acaba y uno se queda iniciado, con el aplauso amarrado. Todos los demás se pueden ver, completos, y con mucha atención al lado izquierdo de la pantalla para echarle ojo a los videos relacionados, que a veces están mejores que los recomendados por Patalay.

 

Un blues

Cuando el Teatro Libre anunció, a comienzos de este año, que el Festival de Jazz de Bogotá tendría sedes alternativas, muchos nos alegramos. Y cuando se supo que una de ellas sería el Auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional, nos regocijamos por partida doble. La verdad es que el vetusto edificio del Teatro Libre en la calle 61 hace rato se quedó exiguo para los ímpetus del evento. Hacía falta, pues, conseguir un sitio con mayor aforo y que conservara la calidad de sonido que siempre ha distinguido al Festival.

El León de Greiff parecía que ni pintado para la ocasión. Hace poco se remodeló, le caben unas 1.700 personas (prácticamente el doble que al Teatro Libre) y es, con seguridad, uno de los sitios con más brillante acústica en la capital. Así las cosas, todo parecía servido para que los conciertos de Ron Carter y Jacques Loussier fueran memorables.

Qué vaina: no lo fueron. En ambos, grupos de supuestos estudiantes rompieron las ventanas o se metieron por las malas al auditorio y ocuparon los asientos que otras personas habían pagado. Para mayor inri, nadie, ni los acomodadores del León de Greiff, ni los celadores y mucho menos la organización del Teatro Libre (por ahí se veía a su director, Ricardo Camacho, con cara de eso no es conmigo), hizo el menor gesto para detener el atropello. La cuestión fue de tal magnitud que no se les permitió a los músicos hacer un intermedio en vista de la furrusca que se anunciaba entre los que habían comprado boletas de casi cien mil pesos y los que pantalonudamente disponían de los derechos ajenos.

Obviamente, el asunto no es de ahora. Desde tiempo atrás, gente muy violenta y amiga de las vías de hecho comete las mismas tropelías. Su argumento es que la Universidad Nacional es un bien público y que, por lo tanto, cualquier evento restrictivo es una forma solapada de privatización. A sus ojos, primero se empieza cobrando un conciertito por aquí, una conferencia por allá; luego, en un dos por tres, la universidad entera es capitalismo salvaje y globalización.

Aquí no discutiremos si todos los eventos de una universidad tienen que ser gratis o estar abiertos y sin restricciones al público; tampoco nos meteremos en el complejo tema de la autonomía universitaria, aunque no sobra preguntar si estos desmanes se presentarían con tanta frecuencia si hubiera cerca alguna forma de policía distinta a los celadores. Lo que importa es que actos de esta naturaleza no solo enturbian las relaciones entre el campus y el resto de la ciudad (a menudo la impresión es que cualquier cosa hecha en predios universitarios queda impune) sino que conducen derechito a una especie de aporía. En la Nacional, como en otros centros de enseñanza, uno ve gente que se queja con toda razón de lo que hacen guerrilleros, mafiosos y paramilitares: llegar a un sitio, ocuparlo a la brava y quedarse con lo que no es de ellos. Curioso que no vean las similitudes.

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