Chávez y la izquierda colombiana

Tras la desaparición del caudillo venezolano, perfiles y análisis de su gestión inundan los medios y las redes sociales. Ninguna mirada medianamente seria pasa por alto que, al margen de los muchos aspectos polémicos de su gobierno, Chávez logró materializar algunos ideales de la izquierda latinoamericana. ¿Qué puede aprender de ello la desarticualada izquierda de Colombia?

POR Francisco Gutiérrez Sanín

Piedad Córdoba, en las honras fúnebres de Hugo Chávez • © Presidencia de Venezuela | Xinhua Press | Corbis

 

La muerte de chávez desató un miniplebiscito, principalmente tuitero, de la izquierda colombiana a su favor. Petro fue directo a la yugular, informando a sus seguidores que Chávez no había sido apenas un “payaso”. ¿No? Esta vez –como usuario de Twitter, no como usuario de las calles bogotanas– tiendo a estar de acuerdo con él. Acaso esta –la del payaso– fue apenas una de las facetas de su laberíntica personalidad.

 


La experiencia de gobierno de Chávez fue tan compleja como él mismo, y esto –por razones a las que volveré enseguida– debería ser tomado en cuenta por la izquierda colombiana, si es que está pensando en un proyecto político viable a largo plazo. Chávez obtuvo éxitos indudables. Bajó muy significativamente la desigualdad, y centró todos sus esfuerzos en la inclusión social. Disciplinó –a veces desordenadamente, pero siempre con dureza– sus élites económicas. También fue un apasionado antiyanki. Su política exterior violó todos los tabús que había intentado imponer Estados Unidos al hemisferio occidental. Y sin duda otorgó a su pueblo –dueño de por sí de una larga tradición nacionalista– una nueva dignidad. Así que respecto a los dos grandes referentes de la izquierda –y buena parte de la intelectualidad– latinoamericana, fue enormemente exitoso. Pero esta moneda tiene otra cara. El chavismo fue brutal en sus relaciones con la oposición, incluyendo también la de izquierda. Es cierto que no disparó contra ella, como se hace en Colombia (en realidad, sí lo hizo: pero solo marginalmente. Nada comparable a las dimensiones colombianas). Manipuló descaradamente las instituciones para perpetuarse en el poder, manteniendo con este fin solo una delgada película de legalidad. Chávez no solo irrespetó los pesos y contrapesos de la democracia liberal (creo que simplemente no los entendía: para él, democracia significaba ni más ni menos que gobierno de las mayorías): también cultivó una estridente intolerancia. Insultó sin descanso a quien se atravesó en su camino. Y sí, en este trance a menudo se puso la máscara del histrión. Su caudillismo fue –y estaba diseñado para ser– asfixiante. Esto implicó golpear con dureza a todo aquel que intentara comportarse autónomamente, y esto no solo incluye a los proverbiales majunches. Entre sus blancos se encontraban desde líderes estudiantiles hasta representantes de la clase obrera organizada. De hecho, su base social seguramente sean los pobres de las grandes ciudades en la informalidad. Ni los obreros ni los campesinos –el Gini rural venezolano es tan malo como el nuestro–, las dos grandes figuras de la izquierda doctrinaria sesentera, son protagonistas del flamante socialismo del siglo XXI. Que, como destacó acertadamente Mauricio García en El Espectador, admite en su seno generosas dosis de caudillismo y clientelismo.

Estas no explican ni de lejos los triunfos electorales repetidos de Chávez, que en este terreno fue un peso pesado. Disfrutaba de estos torneos, y se desempeñaba endiabladamente bien en ellos. En cierto sentido, sacrificó su vida por no perder una elección. Eso habla de compromiso y generosidad, pero también de pasión ganadora pura y dura.

Lo cual contrasta –en lo bueno y en lo malo– con la izquierda colombiana. La mayoría de edad electoral, e institucional, de esta llegó con la Constitución de 1991, cuyo ethos está atado a tres grandes componentes: la democracia liberal, la defensa global de los derechos humanos, y la crítica letrada a la politiquería (algunos dicen también que al neoliberalismo, pero creo que esto es llevar las cosas demasiado lejos). Todo ello constituye casi que la antítesis del chavismo, con su insensibilidad e incluso hostilidad a los derechos humanos (véanse sus trifulcas con Vivanco, o su iniciativa de reformar la Comisión Interamericana), su incomprensión de los componentes liberales de la democracia, y su malestar activo con respecto a los letrados y los pedantes. A propósito, una de las características sociodemográficas que separan más netamente, en todas las encuestas que conozco, a chavistas de antichavistas en Venezuela es el nivel educativo. Aquellos venezolanos que han dedicado más años de su vida al estudio tienden a sentir más antipatía por el caudillo.

El duro período de Uribe –ocho años de agresiva estigmatización de la oposición– reforzó esta tendencia. La crítica de izquierda e intelectual al sistema se concentró en la politiquería, la corrupción, la violación de los derechos humanos, el caudillismo, las trampas para perpetuarse en el poder. Petro, por ejemplo, llegó a las grandes ligas gracias a su valiente denuncia de la connivencia entre políticos y paramilitares, pero, más en general, del clientelismo. La experiencia de gobierno de la izquierda colombiana ha sido también básicamente liberal y modernizante. Se podrá hablar mal o bien de ella. Pero en términos de inclusión de los más pobres resulta débil. Piénsese en Bogotá: esfuerzos y resultados más bien marginales. Los grandes éxitos del gobierno de la izquierda en la capital se relacionan por ejemplo con la incorporación (encomiable) de minorías sexuales, para nada afín con la agenda chavista, y en cambio central para la lógica liberal global. Piénsese en las administraciones de Navarro, de lejos lo mejor que nuestra izquierda tiene para mostrar en términos de gobierno: su fórmula básica ha sido anticlientelismo y buena administración. No hablemos ya de que a buena parte de los izquierdistas colombianos todavía les da pena ganar las elecciones. ¿No se avergonzaba no hace mucho el candidato presidencial más exitoso de su historia, Carlos Gaviria –muy apersonado de su papel de letrado y constitucionalista–, de ser político y participar en política?

Estas tradiciones de nuestra izquierda constituyen un patrimonio pero también un conjunto de restricciones. Y la muerte de Chávez le da un pretexto tan bueno como cualquier otro para aclarar las ideas. Hay muchos modelos de izquierda en América Latina. ¿A cuál le está apostando? ¿Se puede ser al mismo tiempo antiuribista y chavista? ¿Cómo promover un modelo de gobierno que recoja su vínculo con la agenda global liberal y la Constitución de 1991, y que a la vez genere políticas masivas de inclusión?

ACERCA DEL AUTOR


Francisco Gutiérrez Sanín

Columnista de El Malpensante y El Espectador. Es profesor en el Iepri de la Universidad Nacional de Colombia.

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