La partida del bromista infinito

Réquiem para David Foster Wallace.

POR Javier A. Moreno

David Foster Wallace • © Corbis

 

Colgarse a veces sale bien y la mayoría de las veces mal, todo depende del cuidado que se tenga. El objetivo es romper las cervicales con el golpe de caída, pero si esto no se consigue (y la probabilidad es poca si la caída no es larga y directamente vertical) hay que aguantar dos, cinco minutos eternos de agonía consciente, a veces más. No hay dolor pero hay asfixia y angustia. El suicida es el cerebro, pero el cerebelo, terco, primario, quiere seguir viviendo, así que el cuello se tensiona, hay pataleo involuntario para mermar la presión, el diafragma hace todo lo que puede para seguir respirando. El sufrimiento cesa ya sea porque el cerebro no puede drenar sangre a través de la vena yugular o porque la arteria carótida (más profunda que la yugular) no puede subir sangre que oxigene el cerebro. La cara resultante cambia un poco dependiendo del caso, pero de una manera u otra pronto la hipoxia sobreviene y con ella la compasiva calma. El cuerpo, en últimas, es sabio. David Foster Wallace al parecer no lo fue tanto: su esposa lo encontró colgado el viernes 12 de septiembre, cuando ella regresó de su trabajo a las nueve de la noche.

Wallace se mató y ésta no es una noticia que yo quisiera leer un domingo por la mañana. En cambio, esperaba a finales de este año un nuevo avance en The New Yorker de su próxima novela y uno que otro artículo por ahí. En sus 46 años de vida alcanzó a publicar una novela heredera directa de Thomas Pynchon (The Broom of the System), una novela imposiblemente grande donde dejó lo mejor de sí (Infinite Jest), un entretenido libro divulgativo sobre la búsqueda del infinito matemático (Everything and More), tres colecciones de cuentos repletos de experimentación formal y poderosas divagaciones morales (Girl with Curious Hair, Brief Interviews with Hideous Men y Oblivion), e incontables crónicas reflexivas en revistas y periódicos sobre cualquier asunto concebible (McCain en campaña por pueblos en 2000, Kafka y sus depresiones, Lynch meando contra un árbol en el set de Lost Highway, el sexo en la era del sida...).

Wallace era profesor de escritura creativa en un exclusivo college californiano desde hace unos años y antes de eso había pasado la mayor parte de su vida en ciudades pequeñas del estado de Illinois, donde creció. No era un viajero ni un aventurero. Los que lo conocieron dicen que era tímido, cordial y generoso. En sus conferencias (busquen su nombre en Youtube, vale la pena) escondía la cabeza un poco entre los hombros y leía despacio con voz dulce. Tenía el pelo largo y usaba pañoletas para agarrarlo. Era grande, había jugado tenis profesional de joven, y usualmente andaba de jean y camisas de manga larga. Llevaba gafas sin marco. Su estilo al escribir es inimitable –y frecuentemente incomprendido–, y su capacidad para abordar temas, deslumbrante. Un ejemplo: en su crónica “Consider The Lobster”, publicada en la revista Gourmet en 2004 y luego en la compilación de crónicas con el mismo título, parte de un reportaje sobre un festival de la langosta en las costas de Maine y termina cuestionando los argumentos éticos para comer animales que se cocinan vivos.

Editor compulsivo obsesionado con la gramática, predicador ferviente del carácter fragmentado de nuestra realidad (decía que sus notas al pie eran una manera de simularlo sin romper drásticamente la linealidad inherente al texto escrito) y observador cuidadoso, curioso y detallado de la vivencia humana, alguien con un interés genuino en entender cómo habíamos llegado hasta acá, hacia dónde íbamos y con qué derecho. Sus críticos decían que era difícil de leer, que era excesivo, intrincado y críptico. Pero la dificultad de su prosa está en directa proporción con el impacto y la satisfacción que produce navegarla. La suya es una prosa difícil como son difíciles (y apasionantes) los problemas que terminan moviendo al mundo, y sus ficciones son fastuosas y desbordadas porque así es vivir en estos tiempos hiperconectados.

Con su muerte, los comentaristas han iniciado la correspondiente disección literaria para buscar allí trazas de la nota de suicidio que no encontró nadie. Es una tarea sencilla: su vida fue corta pero su obra fue extensa y riquísima. Si buscaran religiosidad o proclividad al nudismo en público también las encontrarían. En solo Infinite Jest, su magnus opus tragicómica de mil páginas en su formato de bolsillo y un apéndice de 388 notas al pie, Wallace recorrió todos y cada uno de los aspectos visibles e invisibles de la sociedad americana actual. Hay suicidios, sí (el excéntrico James Incadenza, un personaje fundamental en la trama central, se mata metiendo la cabeza en un horno microondas, para no ir más lejos), pero también hay tenis (como su metáfora adaptable a casi cualquier cosa), capitalismo corporativo, terrorismos varios, adicciones, manipulaciones mediáticas, burocracias, enfermedades del alma y el cuerpo, soledades de todos los sabores, y (esto es clave) personas con mayor o menor suerte enfrentadas con más valentía que resignación a todo lo anterior. Es fácil encontrar notas sombrías en el sarcasmo de la obra de Wallace, pero es más difícil reconocer que su pesimismo ácido siempre iba de la mano de un humanismo esperanzador. En una nota al pie en un artículo sobre Federer que publicó en la sección de deportes del New York Times hace dos años, intentaba argumentar por qué es importante reconciliarnos con nuestro cuerpo y por qué los grandes atletas tienen un papel ahí:

 

La posesión de un cuerpo tiene sus lados malos. Si esto no resulta tan evidentemente obvio como para no requerir de ejemplos, podemos al rompe mencionar el dolor, las llagas, los olores, la náusea, el envejecimiento, la pesadez, la infección, la torpeza, la enfermedad, límites todos ellos, rupturas definitivas entre nuestros deseos físicos y nuestra verdadera capacidad. ¿Puede alguien dudar de que se necesita una reconciliación? Después de todo es el cuerpo el que muere.

La posesión de un cuerpo tiene también sus lados maravillosos, obviamente, lo que pasa es que éstos son mucho más difíciles de sentir y de apreciar en tiempo real. Los grandes atletas, un poco como sucede con cierto tipo de epifanías sensuales superlativas (“¡Qué maravilla tener ojos para poder apreciar semejante atardecer!”), parecen ser los catalizadores de nuestra conciencia sobre lo glorioso que es tocar la materia y percibirla, que es moverse por el espacio. Cierto, los grandes atletas pueden realizar hazañas con sus cuerpos con las que el resto de los mortales apenas podemos soñar. Pero semejantes sueños son importantes y muy reparadores.

 

En su obra predomina la fascinación e incluso la reverencia por la manera como las personas no se dejan vencer. Wallace veía belleza en esa lucha y la señalaba. Era el mejor haciendo eso y la encontraba por todos lados. Sabía cómo hacerlo bien, sin sentimentalismos ni basura motivacional. Tanto en sus crónicas como en sus ficciones nos advertía sin sutilezas de las amenazas que engendraba nuestro desarrollo como sociedad al tiempo que decía: No, esperen, no todo está perdido, podemos seguir, podemos encontrar una manera, es más, ahí está, es cuestión de pensar, de creer, de trabajar juntos, vamos, sin matarse, hay salidas, una para cada cual.

Tal vez por eso la muerte de Wallace, en últimas alguien distante a quien apenas conocí a través de sus libros, me duele. Tal vez por eso su suicidio (la mayoría de ellos, a decir verdad) no es tan respetable como la norma moderna obliga a admitir. El suicidio de Wallace, para mí, se siente como el fracaso repentino de una visión del mundo que compartía y apreciaba. Siento como si el guía experimentado, luego de señalar el abismo y decirnos que tengamos cuidado pero que no nos rindamos porque hay senderos seguros aquí y allá, saltara al hueco con premeditación y sin despedirse, abandonándonos en medio del viaje. Así se siente, como una traición, y eso duele y frustra y jode. Por fortuna sus palabras no se van con él, siguen ahí en sus libros. Lo que no sé, y eso me preocupa, es si podremos obviar las circunstancias de su muerte al releerlo. No sé si la esperanza que manaba de ellas habrá sobrevivido a su dura partida o si también se quedó sin aire tras el golpe. Quiero creer que sigue ahí. Quiero creer que siempre fue sincero y que la suya fue una derrota en franca lid. Más le vale, por el bien de todos, que haya sido así.

ACERCA DEL AUTOR


Es matemático y escritor ocasional, o viceversa.

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