Jaime al teléfono

En breve, la Universidad de Antioquia publicará Satura, un libro que recoge todos los escritos de Jaime Alberto Vélez en El Malpensante. Adelantamos aquí el prólogo del volumen.

 

POR Mario Jursich Durán

Ilustración de Lorena Correa 

Hace ya más de quince años, en noviembre de 1997, recibí por correo las galeradas de un libro que estaba próximo a salir bajo el título El más humano de los géneros. El remitente era un profesor de la Universidad de Antioquia a quien yo no conocía en persona, pero del cual había leído poemas sueltos y un peculiar libro para niños. Jaime Alberto Vélez –ese era su nombre– me decía en una tarjeta anexa que se había topado con unas quejas mías respecto a la dificultad de encontrar practicantes del ensayo clásico en Colombia –el de Montaigne, el de Orwell, el de Cyril Connolly– y que tal vez por eso me interesaría el libro que me estaba enviando.

No estoy seguro de haber leído esas páginas de inmediato. Lo que sí recuerdo es que ese “ensayo sobre el ensayo” me cautivó a tal punto que le mostré aquellas pruebas de imprenta a Andrés Hoyos, entonces director de El Malpensante, quien solo con leer unos fragmentos respaldó mi entusiasmo por publicarlas en el siguiente número de la revista.

Comenzó así mi (desgraciadamente) corta relación con Jaime.

 

Al principio, mientras yo editaba su ensayo para incluirlo en el octavo número de El Malpensante, nos pasamos la Navidad del 97 hablando por teléfono. Yo lo llamaba a Medellín, o él me llamaba a mí, y juntos discutíamos sobre su excesiva (según mi punto de vista) inclinación a utilizar frases subordinadas o sobre mi caprichosa (según su punto de vista) tendencia a eliminar comas. Luego, cuando El más humano de los géneros apareció publicado en enero del año siguiente, seguimos telefoneándonos por puro gusto y muy pronto se nos convirtió en una placentera rutina hablar dos o tres veces a la semana.

Menciono este detalle, en apariencia baladí, porque fue decisivo en la génesis de la columna que Jaime empezó a escribir unos meses más tarde en El Malpensante.

Me explico. Lector omnívoro, Jaime tenía un talento innato para detectar en las muchas revistas y periódicos que leía, o en los muchísimos programas de radio que escuchaba, las sandeces geniales, los tics retóricos, las tonterías con pedigrí o los puros disparates. Así, no era extraño que en nuestras charlas aflorara, como un corcho sumergido en un líquido, algo que a menudo yo tomaba como un chiste o una exageración de Jaime y que resultaba siendo una cita casi literal. Todavía puedo oír su maliciosa voz de arriero paisa sofocada por la risa mientras me contaba que, curioseando en la biblioteca de la universidad, había descubierto una novela descrita como “una impensada zona de material semántico”, o que leyendo la edición dominical de un periódico se había topado con una reseña en la que se afirmaba, sin que el autor advirtiera el despropósito, que “esta obra se lee sola”.

Cuando en septiembre de 1998 le propuse escribir una columna, mi idea era calcar el esquema de nuestras conversaciones telefónicas. Yo me figuraba que la columna, cuyo primer título fue “Glosas”, debía empezar siempre con la cita de algo que Jaime hubiera pescado por ahí, seguida de un comentario cáustico sobre su debilidad conceptual o sobre su pura y llana ridiculez. Aunque de entrada lo entusiasmó la idea e hizo dos ensayos preliminares con frases del novelista R. H. Moreno-Durán y de Jorgelina Corbatta (esta última una de sus colegas en la Universidad de Antioquia), Jaime decidió al final que ese esquema tenía el grave inconveniente de parecer un argumento ad hominem. Y él –me lo explicó en una maravillosa carta– había porfiado toda su vida para que la crítica no fuera ni una rencilla personal ni un ajuste de cuentas.

Con ese cambio de enfoque, también nos vimos abocados a buscar un nuevo nombre para su columna. Jaime, que era un erudito en literatura clásica, quería un nombre en latín y propuso “Satura” (con acento en la primera a), un encabezado desconcertante que pese a todo se impuso sin mayor resistencia entre Andrés y yo. La palabra en realidad no es tan extraña: significa “sátira” y es como en la Antigua Roma se conocían los escritos de Juvenal, uno de los poetas preferidos de Jaime. Alguna vez él me explicó que también era el nombre de una salsa agridulce en la época del emperador Trajano, pero nunca he encontrado mayor información al respecto. Visto en retrospectiva, me parece que la elección fue acertada incluso si para muchísimos lectores aquel nombre continúa siendo un enigma. Toda la literatura de Jaime, desde sus poemas hasta sus cuentos cortos, desde sus aforismos hasta sus fábulas, desde sus ensayos hasta su novela inédita, puede cobijarse bajo el paraguas de un género que, tras su irrupción en el siglo i d.c., no ha dejado de ser una magnífica pareja de baile para quienes creen en el poder revulsivo de la inteligencia.

La primera Satura en El Malpensante apareció en octubre de 1998 y es una reflexión socarrona sobre el “invento más reciente de la industria editorial: el libro sin lector”. A partir de allí, y durante cuatro años mal contados, Jaime no solo escribió corrosivas piezas en torno a supersticiones muy extendidas entre los burócratas y pedagogos (por ejemplo, “el placer de la lectura” o las equivalencias entre literatura y moral), sino que dio abundantes muestras de cómo debería ser la cabeza de un crítico literario.

Un ejemplo: él tenía la costumbre de llamarme hacia las once de la mañana, nunca antes. Sin embargo, un día sorpresivamente lo hizo muy temprano. Quería saber con urgencia qué opinaba yo del famoso ensayo de Estanislao Zuleta, “Elogio de la dificultad”. Luego de oírme, añadió que a él también le parecía una de las grandes piezas de nuestra tradición, pero que le disgustaba la forma sacramental en que era leído. “¿Qué te parece si escribo una columna en su contra?”, me preguntó riéndose como siempre a las carcajadas. Para él la admiración solo era real si era crítica.

Fue una sorpresa inmensa enterarme de que tenía una agresiva variedad de leucemia. Más de una vez me había dicho que esperaba vivir hasta los 90 años –su padre estaba cerca de alcanzar esa edad–, y para ello se ejercitaba regularmente y llevaba una vida de serena templanza. No fumaba, no bebía, no cometía excesos (hasta donde yo sé). Estaba convencido de que esos hábitos le permitirían, a él que escribía con la lentitud de una oruga, finalizar todos los libros que había planeado.

No fue así. En la noche del 2 de febrero de 2003 murió en su casa de El Poblado. Tenía apenas 53 años.

Al repasar su bibliografía, siempre me asalta la impresión de que Jaime escribió mucho menos de lo que debió haber escrito. Son, contando los inéditos, catorce o quince sus títulos, que pueden parecer bastantes a condición de ignorar que casi ninguno supera las cien páginas. Creo que esta parquedad se debe a que Jaime era, en todos los sentidos de la palabra, un orfebre de la lengua, un estilista. Nunca se cansaba de corregir. Nunca se cansaba de enmendar. En los cierres a menudo me llamaba para cambiar un verbo o un adjetivo, y luego, unos minutos más tarde, para “ajustar” una frase a la cual no había nada que ajustarle. Esa revisión incesante solo se detenía cuando yo le decía, exhausto: “¡¡Jaime, no podemos parar la rotativa!!”.

Aunque no tengo nada para probarlo, creo que la obligación de escribir una columna y entregar en un plazo fijo modificó sus hábitos de escritura. No es que dejara de ser el escritor preciso y riguroso de siempre, sino que la tradición colombiana del buen decir ya no pesó tanto en su espíritu. Jaime empezó a redactar de un modo más aéreo, a prestarle menos atención a Flaubert, cuya “mot juste” había sido su divisa, para concedérsela a Dostoievski, un autor al que significativamente elevó al pedestal de gran modelo literario en una de sus columnas.

 Ahora que está muerto, es imposible saber adónde lo hubiera llevado este impulso; con todo, tengo para mí que hubiera abandonado la escritura de novelas, en las que no destacó mucho, y se hubiera concentrado definitivamente en los ensayos y en la poesía, o en una mezcla de ambos géneros. Me parece que en las 33 piezas recogidas en este libro –29 columnas, dos ensayos largos y dos cuentos cortos– hay un atisbo del luminoso destino al cual parecía estar acercándose. 

ACERCA DEL AUTOR


Mario Jursich Durán

Escritor. En 2014 publicó ¡Fuera zapato viejo!, un libro sobre la salsa en Bogotá.

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